Cuando los atenienses condenaron a sus propios generales victoriosos por no rescatar a los náufragos de la batalla de Arginusas

Barco de guerra en una vasija de cerámica griega/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

¿Puede una victoria militar suponer la pena capital para los generales que tomaron parte en la batalla? Dentro de lo extremo de la medida, cualquiera responderá que sí, pensando en los derrotados. Pero durante la Guerra del Peloponeso hubo una sonada condena a muerte a la mayoría de los mandos vencedores de un enfrentamiento naval en el que los atenienses se impusieron a los espartanos. La razón se debió al elevado número de bajas sufrido cuando decidieron no socorrer a los náufragos por desatarse una tormenta, un deber casi sagrado. Fue en la batalla de Arginusas.

Como cabe suponer, el episodio se enmarca en la larga contienda que enfrentó a la Liga de Delos con la del Peloponeso, lideradas respectivamente por Atenas y Esparta, en el intento por controlar Grecia y sus territorios del Egeo. Concretamente, tuvo lugar en el 406 a.C., la última fase por tanto; conocida como Guerra de Decelia, ese año remató un lustro en el que una serie de victorias atenienses en el mar parecían augurarles una victoria que, sin embargo, al final terminó por decantarse hacia el bando espartano.

El mundo helénico durante la Guerra del Peloponeso. Está señalado el lugar de la batalla de Arginusas, en la costa de Asia Menor/Imagen: Marsyas en Wikimedia Commons

Esa prometedora etapa para Atenas había llegado de la mano de Alcibíades, un peculiar personaje que tuvo que cambiar de bando varias veces: primero, se vio obligado a refugiarse de sus enemigos políticos en Esparta al acusarle de sacrilegio (decían que ordenó destruir las estatuas de dioses y profanó los misterios de Eleusis durante una campaña en Sicilia); luego, pese a otorgar a los espartanos no pocas victorias, tuvo que escapar de sus anfitriones cuando descubrieron su relación amorosa con la esposa del rey Agis II; su tercer amparo lo encontró con el sátrapa persa Tisafernes.

Alcibíades en una pintura dieciochesca de François-André Vincent/Imagen: Katolophyromai en Wikimedia Commons

Posteriormente, fue perdonado por sus compatriotas y regresó en loor de multitud. Había apoyado soterradamente un nuevo régimen de carácter oligárquico, el de los Cuatrocientos, luego relevado por el de los Cinco Mil, que en correspondencia le nombró estratego junto a su amigo Trasíbulo. Ambos obtuvieron algunos triunfos que llevaron a Esparta a solicitar una paz negociada. Pero Atenas, crecida, la rechazó pensando en una inminente victoria total. Las cosas no sucederían como se esperaba para nadie.

A Alcibíades se le culpó de llegar tarde en refuerzo de Antíoco en la batalla de Notio, en la que se impuso la flota del espartano Lisandro, por lo que fue relevado por Conón y optó por marchar de nuevo al exilio, esta vez de forma definitiva; acabaría asesinado por orden de Lisandro. Paralelamente, a éste le sucedió Calicrátidas como navarca de Esparta, ya que había agotado su período de mandato de un año.

El primero tomó el mando de la flota de Samos, que disponía de setenta trirremes, mientras que el segundo reunió ciento cuarenta con los que conquistó Lesbos, amenazando el suministro de cereales a Atenas. Conón trató de recuperar la isla pero fracasó, perdió una treintena de naves y terminó bloqueado en el puerto de Mitilene en el 406 a. C.

Las islas Arginusas se llaman ahora Garip y pertenecen a Turquía/Imagen: Mr. Erkmen Senan en Wikimedia Commons

La noticia de su apurada situación llegó a Atenas, donde se recurrió a medidas extraordinarias para organizar una escuadra de socorro. Para financiar barcos se decretaron nuevos impuestos y se fundió el tesoro de la Acrópolis, y para completar las tripulaciones se reclutó como marineros a metecos y esclavos. De este modo, un centenar de trirremes, engrosado con otros cincuenta de los aliados de la Liga, zarpó bajo un insólito mando conjunto de ocho estrategos: Aristógenes, Aristócrates, Erasínides, Diomedonte, Pericles el Joven, Lisias, Protómaco y Trasilo.

Ante aquella improvisación Calicrátidas consideró que su fuerza era superior, así que dejó medio centenar de naves bloqueando Mitilene y partió con el resto, alrededor de ciento veinte, al encuentro de los atenienses. Los encontró en las islas Arginusas, dos pequeños pedazos de tierra situados en la costa de Esmirna, frente a Lesbos, actualmente conocidas como Garip y pertenecientes a Turquía. Estaban acampados y su primera idea fue atacar inmediatamente para sorprenderlos en plena noche, aunque una tormenta le obligó a retrasar el plan.

Formaciones adoptadas por las dos flotas (la ateniense en amarillo y la espartana en rojo)/Imagen: Leonidas1206 en Wikimedia Commons

Fue a la mañana siguiente cuando se produjo el choque. Las fuerzas estaban más o menos equilibradas en número, pero Calicrátidas confiaba en la superioridad y veteranía de sus marinos frente a la inexperiencia del enemigo. Sin embargo, éste suplió sus carencias con imaginación y osadía. En sus Helénicas, Jenofonte describe así la formación ateniense:

Aristócrates en el ala izquierda mandaba quince naves, después de éste Diomedonte con otras quince; Pericles estaba formado detrás de Aristócrates y Erasínides, detrás de Diomedonte; al lado de Diomedonte, los samios con diez naves, formados en una sola fila; era su estratego el samio Hipeo; a continuación las diez de los taxiarcos también en una sola fila; detrás de éstas las tres de los navarcos y algunas aliadas más. Protómaco tenía el ala derecha con quince naves; junto a él Trasilo, con otras quince; detrás de Protómaco, Lisias con igual número de naves; detrás de Trasilo, Aristógenes. Formaron así para no permitir rupturas de líneas, pues eran más lentas.

Jenofonte, Helénicas I.6.29

Es decir, adoptaron una formación general en dos líneas (lo normal era una, como hizo el rival), ideada para contrarrestar la rapidez de los espartanos en la técnica del diekplous; consistía ésta en colarse a toda velocidad por un hueco entre barcos, rompiendo sus filas de remos, para luego atacarlos desde popa o un costado con los espolones. Asimismo, la flota ateniense se estructuró en ocho grupos, cada uno dirigido por un comandante, de gran movilidad y capaces de actuar por su cuenta.

Sección de un trirreme griego. Su línea de remos podía ser rota mediante el diekplous, quedando inoperativo para sufrir una embestida contra el casco/Imagen: Eric Gaba en Wikimedia Commons

A todo ello se sumó algo inesperado: Conón, enterado de la inminente batalla, logró romper el bloqueo con varias decenas de trirremes y, dejando el resto en defensa de Lesbos, acudió rápidamente a reforzar a los suyos. De ese modo, los atenienses incrementaron su número y ello les permitió extender su flanco izquierdo, amenazando con superar el derecho de los espartanos y envolverlos. Calicrátidas fue advertido de ello por su piloto, Hermón, que le recomendó no presentar batalla. Pero el navarca respondió que sería una vergüenza y que sí moría, Esparta seguiría igualmente bien gobernada.

Considerando suficiente contramedida dividir su flota en dos, tomó personalmente el mando del ala derecha y ambos contendientes entablaron combate. En medio del caos, las acciones empezaron a centrarse precisamente en esa zona. Los comandantes espartanos se vieron en más dificultades de las previstas y el despreocupado augurio de Calicrátidas terminó por hacerse realidad. Su barco intentaba embestir a otro cuando se produjo la tragedia: él resultó herido y cayó al agua, desapareciendo para siempre. El otro extremo resistió más tiempo pero terminó cediendo ante Protómaco.

Maqueta de un trirreme griego/Imagen: Matthias Cable en Wikimedia Commons

Eso significaba el desastre. La flota peloponesia viró y emprendió la huida hacia Quíos y Focea, mientras la ateniense retornaba a las Arginusas porque otra vez se levantaba un temporal. Así reseña Jenofonte las bajas y lo que sucedió después:

Perdieron los atenienses veinticinco naves con su tripulación, salvo unos pocos que fueron llevados a tierra; los peloponesios nueve laconias —eran diez en total—y el resto de los aliados, más de sesenta. Los estrategos atenienses decidieron que Terámenes y Trasibulo, que eran trierarcas, y algunos taxiarcos, se dirigieran con cuarenta y siete naves a las que estaban hundiéndose en ayuda de su tripulación y con el resto marchar contra las de Eteónico ancladas en Mitilene. Cuando intentaban hacer esto, el viento y una fuerte tempestad que se produjo se lo impidió.

Jenofonte, Helénicas I.6.34

Es decir, por culpa del mal tiempo no pudieron llevar a cabo ninguna de las dos cosas, ni rescatar a los náufragos ni destruir a la flota espartana que bloqueaba Mitilene, permitiendo que ésta se retirase. Así que se limitaron a levantar un trofeo sin imaginar que su decisión iba a desatar una fuerte controversia en Atenas: ya de vuelta, se encontraron con la hostilidad de la opinión pública y Erasínides fue arrestado y multado por Arquedemo, el encargado de la dioebelia (un fondo de ayuda a los pobres y desamparados por la guerra, fundado en el 410 a.C.).

Eran tiempos políticamente convulsos porque el partido democrático acababa de recuperar el poder tras el período oligárquico, por eso el Consejo aceptó la propuesta de arrestar también a los demás comandantes. Éstos escribieron una carta a la Asamblea culpando a los trierarcas (capitanes) Trasíbulo y Trieramenes de no haber obedecido sus órdenes de rescate. Los aludidos no se quedaron cruzados de brazos y adujeron que la tormenta lo impidió. Además, en la siguiente sesión, sus partidarios aprovecharon la celebración de las Apaturias para presentarse vestidos de luto (mantos negros, pelo rapado), como si fueran familiares de los fallecidos; enseguida veremos la relación.

Sócrates en su cargo de epístata, representado en una pintura mural de Éfeso/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La guinda del pastel fue la comparecencia de Euriptólemo, quien decía ser un náufrago que logró salvarse en un tonel, apoyando con un vibrante discurso la acusación contra los estrategos, solicitando que fueran sentenciados al Báratro (un pozo al que se arrojaba a los criminales). Su alocución fue especialmente emotiva porque era pariente de Pericles y amigo de Diomedonte. Se concluyó que si éstos resultaban declarados culpables en una votación por tribus -algo ilegal porque no garantizaba el voto secreto-, se les condenaría a muerte con confiscación de bienes. Según Jenofonte:

Después que dijo este discurso Euriptólemo redactó una moción: que los acusados sean juzgados uno a uno por separado conforme al decreto de Canono. Pero la del consejo era juzgar a todos en bloque con un solo voto. Los presentes votaron a mano alzada y aprobaron en un principio la de Euriptólemo. Pero Menecles la declaró ilegal bajo juramento e hicieron una nueva votación a mano alzada y aprobaron la del consejo. Luego condenaron por votación a los estrategos que participaron en la batalla naval, que eran ocho. Fueron ejecutados los seis presentes.

Jenofonte, Helénicas I.7.34

La versión que da Diodoro de Sicilia es similar. Dice que dos de los estrategos, Aristógenes y Protómaco, no se presentaron al juicio, mientras que los otros daban con sus huesos en prisión y Erasínides era condenado. Después, las declaraciones de los estrategos resultaron convincentes, pero como el proceso se desarrolló en el contexto de las mencionadas Apaturias (unas fiestas en las que los jóvenes de cada tribu en edad de pasar a ser ciudadanos se presentaban con el cabello rasurado, como en el luto) y la ausencia de los padres caídos en Arginusas era estentórea, todo se volvió en contra otra vez.

Lisandro ordena demoler las murallas de Atenas; grabado decimonónico/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Calixeno, portavoz del Consejo, exigió votar la inocencia o culpabilidad sin más demora en un juicio único y conjunto. Sócrates, el famoso filósofo, que ejercía el cargo de epístata (un magistrado supervisor), lo denegó y abogó por juicios individuales con el apoyo de Euriptólemo. Sin embargo, Menecles logró imponer una votación a mano alzada de la que salió la condena para los ocho estrategos, ejecutándose a los seis presentes. Tanto Jenofonte como Diodoro reseñan que los atenienses no tardaron en arrepentirse y perseguir a los que instigaron las ejecuciones. La mayoría lograron huir aprovechando el caos de una revuelta contra Cleofonte, el nuevo estratego designado por el partido democrático.

Ello se debió al hambre que sufría una Atenas sitiada por Esparta. Y es que ésta, que había visto rechazada su oferta de paz, fue capaz de sobreponerse a la derrota de Arginusas y aprovechar la enorme pérdida que suponía para la Liga de Delos el haber eliminado a ocho de sus marinos más capacitados. Siguiendo el consejo -y el dinero- del persa Ciro, Lisandro recuperó el puesto de navarca -obviando el hecho de que la ley se lo impedía dos veces seguidas (para sortear el obstáculo, se le puso un hombre de paja como superior)- y organizó una nueva flota con la que aplastó a Conón en la batalla de Egospótamos, obligando a rendirse a una Atenas ya sin barcos con los que recibir suministros. Se acababa la Guerra del Peloponeso.


Fuentes

Helénicas (Jenofonte)/Biblioteca histórica (Diodoro de Sicilia)/Vidas paralelas: Lisandro (Plutarco)/Vidas paralelas: Alcibíades (Plutarco)/Griegos y persas. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua (Hermann Bengtson)/Alcibíades (Jacqueline de Romilly)/Wikipedia