Un edificio que lleva ciento treinta y dos años en construcción; una iglesia popularmente conocida como catedral de los pobres gracias a un cuadro; un templo que es el más visitado de Europa después de la Basílica de San Pedro; un proyecto aparentemente interminable en todas las acepciones de la palabra, que absorbió -y sigue haciéndolo- absorbiendo enormes cantidades de dinero y de profesionales colaboradores. Todo esto y mucho más es la Sagrada Familia de Barcelona; incluyendo su carácter icónico para la ciudad y el turismo.

El Temple Expiatori de la Sagrada Família, que tal es su nombre completo, atrae a miríadas de visitantes que no tienen problema en contemplarlo entre grúas y andamios, como tampoco para aguardar largas colas y moverse en multitud; tal es la capacidad de atracción de ese emblemático lugar. Aunque, en realidad hay formas de conseguir entradas para la Sagrada Familia sin esperar tanto, igual que las hay de no fosilizarse aguardando el turno de entrada. En cualquier caso, todos dan por buena la experiencia, así que es obvio que la expectación está más que justificada.

Al fin y al cabo, fue un santo su impulsor. Se llamaba Josep Manyanet, al que se canonizó en 2004, y se convirtió en el sacerdote que, tratando de promover el culto a la Sagrada Familia como medio de fomentar la educación cristiana entre los jóvenes, dio la idea de erigir un templo con esa dedicatoria a Josep María Bocabella. Éste era un librero y filántropo, muy creyente -fundador de la Asociación de Devotos de San José-, que invirtió 172.000 pesetas de la época en adquirir unos terrenos para ello, creando una revista religiosa para recabar fondos. Corría el año 1867, aunque la primera piedra no se colocó hasta 1882.

Ahora bien, al año siguiente, como todos sabemos, la autoría del proyecto recayó en el joven Antoni Gaudí, tras rechazar Bocabella a los dos arquitectos previos. Gaudí era el ayudante de uno de ellos, pero desde el primer momento decidió aplicar sus propias ideas estéticas. De ese modo, respetando lo construído hasta el momento, que era la cripta (en la que, por cierto, hoy están enterrados el promotor y el autor), el nuevo encargado sustituyó el estilo neogótico previsto por otro muy diferente que empezaba a abrirse hueco en la historia del arte en esa segunda mitad del siglo XIX: el modernismo.

El modernismo constituía una ruptura estética por los novedosos elementos que lo caracterizaban: predominancia de las curvas sobre las rectas y de la asimetría sobre la simetría, junto con el uso de materiales incorporados al albur de la Revolución Industrial (hierro forjado, vidrio, cemento) y la aplicación de una minuciosa decoración en la misma línea que, en el caso del arquitecto catalán, ensalzaba el recurso del trencadís (mosaico con fragmentos cerámicos). Las críticas al nuevo estilo, al que se consideraba degenerado, no sólo caerían en saco roto sino que tuvieron que asistir a toda una apoteosis estilística con la que se identificaría Barcelona hasta bien entrado el siglo siguiente.

Gaudí dedicó el resto del su vida a la Sagrada Familia, hasta el punto de que sus últimos meses incluso se instaló en un taller in situ. Ello no fue óbice para que, paralelamente, diseñase otros edificios que actualmente también forman parte del patrimonio modernista catalán en particular (como las Casas Batlló y Milá o el Parque Güell) y nacional en general (caso del Capricho de Comillas, el Palacio Episcopal de Astorga, la Casa de Botines leonesa, etc). Sin embargo, la magnitud del proyecto principal le obligó a adoptar algunas medidas extraordinarias.

Por ejemplo, las obras iban avanzando insólitamente en altura en vez de hacerlo en horizontal, de manera que las sucesivas generaciones de barceloneses pudieran ver tramos acabados; se preveía que el templo no estaría concluido en siglos, como las antiguas catedrales. Por eso en el último cuarto decimonónico el templo aún carecía de nave y, por contra, presentaba ya varios muros y torres. Esa imagen es la que retrató el pintor Joaquím Mir i Trinxet en su reseñada obra La catedral de los pobres, firmada en 1898, que muestra a una familia de humilde condición con el magnífico telón de fondo de la Sagrada Familia en sus primeras fases, envuelta en andamios.

Otra iniciativa de Gaudí en ese sentido fue dejar la mayor cantidad posible de documentación sobre la iglesia: planos, maquetas, bocetos de la decoración… buena parte de los cuales se perdieron durante la Guerra Civil, ocasionando serios problemas para continuar. Él mismo era consciente de que nunca vería su obra acabada y, de hecho, cuando falleció en 1926 (de forma absurda, atropellado por un tranvía) sólo había podido hacer el ábside, la fachada de la Natividad y la torre de San Bernabé (a todo lo cual se sumaba la cripta). Es más, su ayudante, Domingo Sugrañes, le sobrevivió una década y en ella únicamente terminó otras tres torres.

En 1944, pese a los difíciles años que vivía España entonces y a que el modernismo había pasado de moda, se retomaron los trabajos recopilando todo lo que se pudo salvar. Un equipo de arquitectos y escultores que se ha ido pasando el relevo de generación en generación, junto con el aseguramiento de la provisión de fondos y el progreso en técnicas constructivas, han hecho posible que de un tiempo a esta parte la Sagrada Familia diera un paso de gigante, hasta el punto de que por fin se está más cerca de la meta que de la salida… aún cuando la pandemia de covid-16 supuso un parón por primera vez, tanto en trabajos como en visitas.Hoy en día, adoptadas las debidas medidas de precaución, se ha reabierto al público.

Gracias a ello, cualquier persona que acceda podrá maravillarse ante la contemplación de ese bosque de columnas inclinadas y sin basa que sostienen las bóvedas hiperboloides, por el que se desparrama la luz de mil colores que atraviesa los atípicos vitrales. También la mencionada fachada de la Natividad (con sus portales dedicados a las tres virtudes teologales, rebosantes de piedra esculpida magistralmente por los Matamala -padre e hijo- combinada con las puertas de bronce policromado), la de la Pasión (también con puertas de bronce pero decoradas por el escultor Josep María Subirachs, además del curioso cuadrado mágico y una estatuaria con la Pasión de Cristo) o las enormes torres, que serán las más altas de la arquitectura cristiana mundial.

Todavía faltan cosas, por supuesto. La fachada de la Gloria, a medio hacer, alcanzará todavía mayores cotas de espectacularidad que las otras. Asimismo, se añadirán varias torres hasta completar el número previsto de dieciocho (una por cada apóstol, cuatro de los evangelistas y los dos cimborrios de Jesús y la Virgen María), albergando veinticuatro campanas. Lo cierto es que se podría escribir un libro entero narrando cada rincón, señalando cada detalle, de la Sagrada Familia. Lo mejor, sin duda, es ir a verlo personalmente. Nadie se arrepiente.


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