Cuando la derrota bizantina en Mancicerta abrió las puertas de Asia Menor a los selyúcidas

El basileus Romano IV Diógenes, derrotado tras la batalla de Mancicerta (diorama del Museo Militar de Estambul)/Imagen: O.Mustafin en Wikimedia Commons

Si algún lector ha visitado Estambul en los últimos años, es probable que se haya acercado a ver la mezquita de Çamlıca, aunque no está en la parte occidental de la capital turca sino al otro lado del Bósforo, en el distrito de Üsküdar (antigua Chrysopolis). Pero es que se trata del mayor templo musulmán del país, pese a que la mayoría suele creer que ese puesto lo tiene Santa Sofía. Curiosamente, ambos tienen una cosa en común: si Santa Sofía era una antigua basílica ortodoxa del Imperio Bizantino, algunos elementos de la mezquita de Çamlıca tienen medidas referidas al episodio histórico que supuso el inicio de la decadencia bizantina en Anatolia ante el empuje selyúcida. Nos referimos a la batalla de Mancicerta.

Concretamente, cuatro de los seis imponentes minaretes de Çamlıca miden 107,1 metros de altura en recuerdo de aquel enfrentamiento, ya que éste tuvo lugar el 26 de agosto de 1071. La anécdota de ese tamaño y la cantidad de minaretes (uno por cada artículo de la fe islámica) son lo más interesante de hecho, pues en realidad es un edificio muy reciente, inaugurado en 2016. Por eso lo que vamos a ver en este artículo no es la arquitectura sino el pasado, la mencionada batalla de Mancicerta y sus consecuencias.

La mezquita de Çamlıca/Imagen: Håkan Henriksson en Wikimedia Commons

Las repercusiones de la derrota bizantina fueron analizadas en términos catastrofistas desde el principio, debido a que abrieron la puerta de Asia Menor a un Imperio Selyúcida en expansión, que ya venía de apoderarse de Siria y Egipto, reduciendo el área de dominio de Constantinopla a la península Anatolia, Grecia y los Balcanes. Sin embargo, habría que matizar que eso no ocurrió de forma inmediata; lo que de verdad lo ocasionó fue la descomposición interna del Imperio Bizantino, que ya venía intuyéndose desde tiempo antes.

Retrocedamos en el tiempo, al año 1067, cuando falleció el emperador Constantino X Ducas, fundador de su dinastía al ser coronado tras la abdicación de Isaac I Comneno (un usurpador al que había apoyado y que en 1059 abdicó para hacerse monje). Constantino gozaba de renombre por estar casado en segundas nupcias con Eudoxia Makrembolitissa, sobrina del famoso patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, pero no fue un gobernante popular. Durante su mandato, dedicó la mayor parte de los recursos financieros a la corte, la burocracia y la Iglesia, debilitando al ejército, lo que acarrearía graves problemas.

El Imperio bizantino en la primera mitad del siglo XI/Imagen: Cplakidas en Wikimedia Commons

Así, suprimió la poderosa milicia armenia que custodiaba los límites orientales del imperio frente a los selyúcidas y sustituyó a las tropas permanentes por mercenarios, dejando degradarse las fortificaciones fronterizas, todo lo cual llevó a un intento de asesinato por parte de los jefes militares. Eso le hizo recapacitar y reasignar fondos al ejército, pero para ello se vio obligado a subir los impuestos a la población, enajenándose su favor. El resultado inmediato de todo ello fue la pérdida de los territorios bizantinos en la península italiana a manos de los normandos, al igual que los húngaros le arrebataron Belgrado y los turcos oguz buena parte de los Balcanes.

El principal problema, empero, eran los musulmanes. En 1064, Alp Arslan, segundo sultán selyúcida, había heredado las riendas del imperio fundado por su bisabuelo Selyuq unas décadas antes, lanzándose a una política expansionista que le permitió conquistar Capadocia, Armenia y Georgia ese mismo año; únicamente le detuvo una tregua firmada con Constantino, pero estaba claro que sería algo meramente temporal.

Cristo coronando a Romano IV Diógenes y Eudoxia Makrembolitissa/Imagen: Clio20 en Wikimedia Commons

El emperador, viejo y enfermo, falleció en mayo de 1067, no sin antes nombrar sucesor a su primogénito Miguel, que ya reinaba asociado a él, y exigir a su esposa que no volviera a casarse para evitar que tuviera más hijos y se presentaran problemas sucesorios. Pero Miguel, que era un adolescente, no mostró especial interés en ser emperador y Eudoxia, que tuvo que ejercer la regencia junto con su cuñado Juan Ducas, rompió su voto y tomó un nuevo esposo. Se llamaba Romano Diógenes y era un noble capadocio emparentado con la antigua dinastía imperial Argiria.

Dotado de gran talento militar, había combatido en el Danubio y gobernado la provincia de Bulgaria, lo que le dio poder para intentar dar un golpe de estado. No resultó, pero la viuda de Constantino, viendo que estaba a merced de los generales, le ofreció su mano para tranquilizar las cosas. El matrimonio no tuvo oposición prácticamente, al considerarse conveniente que hubiera en el trono un hombre fuerte y con experiencia bélica en la guerra. Lo exigían las circunstancias: en 1068, Alp Arslan había acometido una segunda campaña que le llevó a hacerse con dos de sus provincias bizantinas más prósperas, las reseñadas Siria y Egipto.

Al año siguiente, Arslan ofreció una tregua a Romano para poder centrarse en aplastar a los fatimíes. Dos años después todavía no había rematado su objetivo, así que se renovó el acuerdo. Sin embargo, el emperador sólo había estado ganando tiempo para preparar su plan, que era aprovechar el conflicto entre musulmanes para recuperar sus posesiones. Con ese fin, reunió un ejército de sesenta mil hombres que a priori parecía temible; la realidad resultaba bien distinta, ya que los años de dejadez habían rebajado considerablemente la capacidad operativa y la preparación de las tropas.

Además, los éxitos obtenidos en 1068, invadiendo el emirato de Alepo y tomando Hierópolis, sofocando un motín de los mercenarios normandos y venciendo a los turcos en Cilicia, resultaban relativos. Los selyúcidas derrotados lograron escapar y sólo perdieron su botín, mientras que en 1070 una flota bizantina, que navegaba para socorrer Bari del asedio a que la sometían los normandos, fue interceptada por éstos. Aún así, todavía hubo un intento de negociación que el general Manuel Comneno, que había caído prisionero en una escaramuza, ofertó a Arslan.

El Imperio Selyúcida en 1092, en su máxima expansión tras ocupar Asia Menor/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

El sultán contestó tomando las ciudades de Mancicerta (o Manzikert) y Archesh, en el extremo oriental de la actual Turquía. Romano propuso intercambiarlas por Hierópolis mientras trataba de compaginar esa irregular marcha de la política exterior con los problemas interiores que se le presentaban. Y es que había gran descontento tanto entre los nobles por la rebaja de sus salarios para sostener el gasto de la corte, como en el pueblo, al que se le negaban sus ansiados espectáculos en el hipódromo por falta de dinero y se subían los impuestos a los campesinos.

Por último, decíamos, estaba la degradada situación militar. La infantería del ejército expedicionario estaba formada por bizantinos procedentes de todos los themas (divisiones administrativas del imperio) y mercenarios de diversas nacionalidades (turcos y normandos, básicamente, pero también georgianos, armenios e incluso algún varego) en proporción similar, sumando unos cuarenta mil efectivos. La razón para depositar tanta confianza en soldados de pago estribaba en que el emperador tenía más confianza en su lealtad por dinero que en la de militares propios, susceptibles de aliarse con sus rivales políticos.

Carga de catafractos bizantinos contra búlgaros/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A esa tropa había que sumarle en retaguardia la caballería pesada, poderosa pero que no pasaba de cinco mil catafractos (jinetes y caballos con armadura) dirigidos por el estratego Andrónico Ducas, hijo de Juan Ducas (el cuñado de Eudoxia). Al frente de todo se puso Romano en persona, esperando que un triunfo le devolviera el favor general, si bien viajar a todo lujo no ayudó a inspirar confianza en los suyos. Menos aún en las poblaciones por las que pasaron, ya que los mercenarios francos las saqueaban sin que nadie se atreviera a poner orden y al final tuvieron que ser licenciados; otros, como los germanos, se amotinaron y sólo fueron reconducidos a costa de un gran esfuerzo.

El objetivo de la expedición era la citada Mancicerta. Atravesar toda Asia Menor fue duro, pero en junio de 1071 llegaron a Teodosiópolis (hoy Ezurum), donde unos sugerían atrincherarse y esperar al enemigo, frente a otros que preferían seguir para sorprender a éste. Se impuso la segunda opción al considerar que Arslan estaba lejos, cuando en realidad ya había llegado a la región con treinta mil hombres y, al contrario que su oponente, sabía perfectamente dónde acampaban los bizantinos.

Romano despachó a su general José Tarchaneiotes con una fuerza de exploración de veinte mil soldados, la mitad del ejército. Ese cuerpo desapareció misteriosamente sin que se sepa qué fue de él a ciencia cierta. Las fuentes bizantinas no dicen nada al respecto y las selyúcidas aseguran que Arslan les salió al encuentro y los aplastó. Es posible que ambos bandos se encontraran y los soldados de Tarchaneiotes huyeran o, simplemente, él mismo desertara por alguna razón; de hecho, se sabe que sobrevivió porque dos años más tarde sería dux de Antioquía, así que quizá tenía algún acuerdo con Andrónico Ducas, por lo que veremos.

Rutas seguidas por los bizantinos (en rojo) y los selyúcidas (en verde)/Imagen: Bakayna en Wikimedia Commons

El caso es que el contingente del emperador ya sólo sumaba veinte mil hombres e, ignorando lo que había pasado, siguió avanzando hacia Mancicerta, tomándola fácilmente el 23 de agosto a la par que enviaba otra columna a conquistar Akhlat. Entonces se presentó, por fin, Alp Arslat. Romano ordenó a la columna que regresara a toda prisa, pero otro ejército selyúcida le cortó el paso y finalmente tuvo que retirarse hacia Mesopotamia. Los bizantinos volvían a ver sus efectivos más reducidos todavía y la cosa se agravó al desertar también los mercenarios turcos. Pese a todo, el emperador rechazó una oferta de paz, consciente de que volver sin una victoria dificultaría su permanencia en el trono.

El enfrentamiento no llegó hasta dos días después. Romano salió a campo abierto con los suyos divididos en tres cuerpos, mandando él personalmente el central. Arslat le oponía una fuerza superior de treinta mil hombres dispuestos en forma de media luna. Aunque cayó una lluvia de flechas sobre los cristianos, consiguieron alcanzar el centro enemigo y hasta tomaron su campamento, pero sin percatarse de que todo era un ardid: la parte central retrocedía deliberadamente para permitir a las alas selyúcidas envolver a los bizantinos, cuyas alas, a su vez, fueron progresivamente mermadas por los arqueros.

La batalla de Mancicerta en un diorama del Museo militar de Estambul/Imagen: O.Mustafin en Wikimedia Commons

Entretanto, su caballería ligera practicó el clásico tornafuye (atacar y retirarse), evitando enzarzarse en el choque directo que buscaban los cristianos. Al empezar a oscurecer, Romano ordenó regresar a Mancicerta con la idea de continuar al día siguiente, para lo cual ordenó a Andrónico Ducas que cubriera la retirada. Pero éste ignoró la orden y Arslan, que se percató, vio la gran oportunidad, ordenando rápidamente un ataque. Según unas fuentes, los mercenarios armenios fueron presa del pánico y huyeron; según otras, eso lo hicieron los auxiliares turcos; en cualquier caso, el ala derecha bizantina se desintegró y no tardó en seguir el mismo destino el ala izquierda.

Ducas se las arregló para desaparecer del campo de batalla con sus hombres, dejando sólo al basileus, quien quedó rodeado y resultó herido antes de caer prisionero mientras asistía al desastre total de su expedición. Cubierto de sangre, fue llevado ante el sultán, quien, según cuenta la tradición, le preguntó que haría con él en su lugar; Romano admitió que le ejecutaría o le exhibiría por las calles de Constantinopla, a lo que Arslan le respondió que le iba a hacer algo peor: dejarle en libertad.

Alp Arslan humillando a Romano IV Diógenes en una miniatura medieval/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Efectivamente, tras una semana para reponerse de las heridas, tiempo en el que fue bien tratado mientras se negociaban las condiciones de paz (pagar millón y medio de nomismata -piezas de oro- más otras 360.000 cada año, pactar un matrimonio de sus hijos y entregar Antioquía, Edesa, Hierápolis y Mancicerta), el emperador pudo retornar a su país escoltado por un centenar de mamelucos. Anatolia pasaba a ser selyúcida, con el impacto psicológico que la enorme merma territorial supuso a los bizantinos (el imperio ya se limitaba a suelo griego y balcánico) y la imagen de debilidad que dejaban ante todos sus enemigos.

Peor aún fue para Romano, pues en cuanto se supo de su liberación en Constantinopla, los rivales se movilizaron para coronar a Miguel VII Ducas, el hijo de Constantino, obligando a Eudoxia a ingresar en un convento y enviando un ejército contra Romano. Era la puerta a la guerra civil, que se dirimió en la batalla de Dokeia (actual Tosya) entre el ex-basileus y el traidor Andrónico Ducas. Ganó el segundo, que le perdonó la vida a cambio de que se retirase a un monasterio. Romano aceptó, pero Juan Ducas prefirió aplicarle la tradicional pena de cegarle (se suponía que una tara física inhabilitaba para reinar en el Imperio Bizantino, dado que el basileus era la representación de Dios en la Tierra), practicada tan torpemente que al final murió de una infección meses después.

Antes del óbito hubo dos curiosas anécdotas de muy distinto cariz. Una denotaba la bajeza moral del cortesano humanista Miguel Psellos, tan sabio como intrigante (había apoyado al nuevo emperador, discípulo suyo), quien al llegar la noticia de la ejecución de la sentencia envió un mensaje a Romano felicitándole jocosamente por ser un mártir dichoso: la pérdida de sus ojos era un signo de que Dios consideraba que merecía una luz superior. La otra la protagonizó también Romano: antes de rendirse ante Andrónico Ducas en Adana (Cilicia), reunió todo el dinero que encontró en la ciudad y se lo envió a Alp Arslan para pagar lo prometido y en agradecimiento por su deferente trato.


Fuentes

Historia del Estado Bizantino (Georg Ostrogorsky)/Bizancio (Franz Georg Maier)/Manzikert 1071. The breaking of Byzantium (David Nicolle)/Warfare, state and society in the Byzantine world 560-1204 (John Haldon)/Battle 100. The stories behind History’s most influential battles (Michael Lee Lanning)/Historia de las Cruzadas (Steve Runciman)/Wikipedia