Cómo Robespierre creó el Culto al Ser Supremo durante la Revolución Francesa

Fiesta del Ser Supremo en el Campo de Marte (Pierre-Antoine Demachy)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hay un buen número de iglesias en Francia que, al igual que sucedió en los territorios donde triunfó el protestantismo, fueron desacralizadas y reutilizadas para otros usos, a menudo como graneros, establos o cuarteles. Sin embargo, los franceses no se sumaron masivamente a la nueva fe y el catolicismo siguió siendo la religión principal. La causa de la desacralización en ese caso fue la Revolución, que llevó a muchas a ser demolidas y a otras a acoger un nuevo e insólito tipo de rito en honor a la diosa Razón, que duró apenas cinco meses, los que tardó Robespierre en sustituirlo por el conocido como Culto al Ser Supremo.

Temple de la Raison, se llamaba a aquellos templos que en noviembre de 1793 asumieron las tesis hebertistas e impartieron el Culte de la Raison en sustitución del catolicismo. Los hebertistas o «exagerados» eran los miembros de un movimiento revolucionario de carácter extremista que procedía del Club des Cordeliers (Club de los Cordeleros, en alusión al cordón con que ceñían su hábito los franciscanos, ya que la sede estaba en un antiguo convento de la orden), siendo éste una sociedad política aún más radical que el jacobinismo, que desde el principio clamó por la abolición de la monarquía en favor de una república y la implantación del sufragio universal.

Portada de la iglesia de Criteuil-la-Madeleine, Charente, con la inscripción: «Templo de la Razón. El pueblo francés reconoce al Ser Supremo y la inmortalidad del alma»/Imagen: rosier en Wikimedia Commons

En el club militaban los famosos sans-culottes (literalmente sin culottes, en referencia al pantalón para usar con medias típico de las clases acomodadas), las masas de gentes humildes -obreros, campesinos, artesanos…-que constituyeron la vanguardia revolucionaria ostentando una inconfundible vestimenta a base de pantalones a rayas y carmañola (chaqueta con filas de botones) y gorro frigio. Pero no tardaron en escindirse en dos grupos: los indulgentes, liderados por Danton y Desmoulins, y los citados hebertistas, que seguían los postulados ideológicos de Jacques-René Hébert.

Jacques-René Hébert en un grabado de Edme Bovinet, según un dibujo de François Bonneville/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hébert, de familia burguesa, fue incoporado a la Comuna de París (el gobierno municipal surgido de la revolución) y a través de su periódico, La Père Duchesne, difundía sus ideas extremistas contra los privilegiados (monarquía, nobleza y clero), mostrándose especialmente anticlerical a pesar de citar a Jesús como modelo de «la beneficencia, la fraternidad, la libertad, la igualdad, el menosprecio de las riquezas». Tras la muerte de Marat se radicalizó aún más y apoyó el régimen del Terror y un proceso de descristianización, cuya guinda fue el Culto a la Razón.

En buena medida, los hebertistas fueron responsables de la caída de la Convención Girondina, formada por los revolucionarios moderados que habían logrado hacerse con el poder en un primer momento, pero que terminaron enfrentados con los jacobinos por colaborar en el gobierno con Luis XVI. El asesinato de Marat, tras ser absuelto de la acusación de difamación e incitación a la rebelión por el Tribunal Criminal Extraordinario, más el arresto de Hébert por los mismos motivos, encendió la chispa que determinó su caída.

Los hebertistas subieron como la espuma y, con ellos, su ideología. Entre otras cosas, abogaban por extender la revolución a otros países, afrontar la crisis de subsistencia luchando contra los acaparadores de mercancías y poner en marcha el mencionado proceso anti-religioso. Esto último se explicaba porque el clero constituía el segundo estamento privilegiado en la pirámide social (el primero era la nobleza y el tercero, el estado llano) y su poder llevaba ya tiempo cuestionado, no sólo por Hébert sino también por otros pensadores como Antoine-François Momoro, Pierre-Gaspard Chaumette y el famoso Joseph Fouché.

Antoine-François Momoro (dominio público en Wikimedia Commons) y Pierre-Gaspard Chaumette (dominio público en Wikimedia Commons)

Momoro, impresor de ascendencia española, es célebre por ser el autor del lema «Liberté, égalité, fraternité» (Libertad, igualdad, fraternidad), que originalmente añadía al final la coletilla «ou la mort» (o la muerte). Chaumette, marino, enfermero y maestro, militante antiesclavista, consideraba que el cristianismo era un conjunto de «ideas ridículas» que se habían usado para legitimar el despotismo y frenaban el progreso de la Ilustración, por lo que defendía una moral laica y racionalista con separación Iglesia-Estado. En cuanto a Fouché, clérigo que no llegó a tomar los votos, entró en política con los girondinos, pero los abandonó al intuir su caída para pasar a ser un jacobino y adalid de la descristianización.

Joseph Fouché años después de la Revolución, cuando Napoleón ya le había nombrado duque de Otranto (Maria Theresa Noireterre)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Chaumette, recogiendo el legado materialista de Diderot, Meslier y d’Olbach, era el teórico más virulento y lo demostró cambiándo su nombre por el de Anaxágoras («un santo que fue ahorcado por sus principios republicanos»). Fouché no tenía su poso intelectual, por lo que tuvo una actuación fundamentalmente sobre el terreno, algo en lo que se mostró implacable gracias a que formaba parte del temible Comité de Salut Public (Comité Central de Salud Pública, aunque la traducción exacta de salut debería ser «salvación»), una institución creada por Robespierre y Danton para reprimir a quien se alejase de la ortodoxia revolucionaria.

Entre todos, y con el apoyo de otros hebertistas destacados, pusieron en marcha el proceso contra la religión, con medidas como la persecución del clero (el 6% de las ejecuciones), retirada de cruces y estatuas de los cementerios, colocación de placas a la entrada de los camposantos con la frase laica La muerte es un sueño eterno, y veto al culto en las iglesias, en cuyos muros se puso la inscripción Temple de la Raison et de la Philosophie (Templo de la Razón y de la Filosofía). Asimismo, se abolió el calendario juliano, sustituido por uno que cambiaba los nombres de los meses y no tenía santoral (en su lugar, cada día se dedicaba a una herramienta, planta, animal, etc).

Pero probablemente la iniciativa más radical fuera la creación de la Fête de la Raison (Fiesta de la Razón) el 20 de brumario del año II (10 de noviembre de 1793). Para celebrarla, Chaumette organizó en la catedral de Notre-Dame una extraña ceremonia profana con chicas vestidas con túnicas blancas clásicas y fajas tricolores, en torno a un fuego en el altar mayor y encabezadas por una mujer que simbolizaba a la diosa Razón (por cierto, encarnada para la ocasión por Sophie Fournier, esposa de Momoro, debido a la identificación entre razón y sabiduría, sophia en griego). Sin embargo, aquel espectáculo disgustó a muchos que lo consideraron retórico y depravado. Entre los críticos estaban Danton y Robespierre: «farsa ridícula», lo definieron.

Grabado anónimo mostrando la Fête de la Raison (Festival de La Razón) celebrada en Notre-Dame/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Fiesta de la Razón solamente estuvo vigente cinco meses. Al llegar la primavera de 1794, el extremismo de Hébert, pilar del Terror -fue uno de los que votaron ejecutar a María Antonieta-, alarmó al propio Robespierre (a quien el otro consideraba conservador) y éste, que desde su entrada en el Comité de Salud Pública se había convertido en el dirigente de facto, con poderes excepcionales para afrontar una situación también excepcional, resolvió quitárselo de enmedio. Hébert, Momoro y muchos de sus seguidores fueron ejecutados el 24 de marzo, aunque otros lograron salvarse gracias a apoyos que tenían en los comités. Chaumette también acabó en la guillotina veinte días después.

Ŕetrato anónimo de Maximilien Robespierre/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para entonces, el Terror había recobrado brío y bajo la dirección del nuevo líder quedó expresado en la frase «El terror, sin virtud, es desastroso. La virtud, sin terror, es impotente». Eso supuso la guillotina para cualquier sospechoso de heterodoxia y así cayeron también otros revolucionarios, como los mismos Danton, Desmoulins o Fabre d’Englantine. La Revolución se sumió en una vorágine sangrienta en la que, como un Saturno abstracto, devoraba a sus hijos uno tras otro. El Club de los Jacobinos se impuso al de los Cordeliers, que sólo subsistió un año más, y el Culto a la Razón fue eliminado por ateo, dada la otra parte del binomio Terror-Virtud. Pero la cosa no acabó ahí.

Robespierre destestaba el ateísmo. Entendiendo el papel que la religión jugaba en la psicología popular y como crisol unificador para los divididos franceses, pero sin poder restablecer la católica por su carácter reaccionario ni permitir la creada por sus defenestrados rivales políticos, optó por establecer una de carácter sincrético. Mezclaba cosas de ambas con aportes filosóficos ilustrados acuñados por intelectuales (Voltaire, Rousseau) y con una pátina ritual inspirada en la francmasonería (el concepto de Gran Arquitecto), más el fondo iconográfico característico del arte del momento, que era el estilo neoclásico -tan opuesto al barroco de sangre azul-, trufado con motivos egipcios. Así nació el Culto al Ser Supremo.

Ser Supremo era una evidente y eufemística fórmula para referirse a Dios, ya enunciada por D’Alembert en L’Encyclopedie (1758) y recogida luego en el preámbulo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789). Se trataba, eso sí, de un dios que, frente al de las enseñanzas de la iglesia, se mantenía al margen de los acontecimientos humanos: el Deus otiosus (Dios ocioso o inactivo) que enunciaba la tradición deísta, aquella corriente que explicaba a Dios precisamente a través de la naturaleza y la razón, en vez de por la fe o las revelaciones, de manera similar al panteísmo.

Grabado anónimo publicado en 1794. Entre motivos iconográficos típicos (el ojo al estilo masónico o el busto de Lucio Junio Bruto, legendario fundador de la república romana)se reconoce a Voltaire. El texto dice «Ser supremo. Pueblo soberano. República Francesa«/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Al fin y al cabo, una de las citas volterianas favoritas del deísta Robespierre era «Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo». Y, consecuentemente, la Convención Nacional autorizó el 7 de mayo de 1794 la instauración del Culto al Ser Supremo como religión cívica de Francia, controlada por el Estado. Sus principios fundamentales eran la creencia en una divinidad y la inmortalidad del alma, lo que implicaba la existencia de un código moral superior que regulaba la virtud pública, la cual debía alcanzarse a través de la libertad y la democracia. Fijó el 20 prairial (8 de junio) como día del Ser Supremo, estableciendo festivos cada diez jornadas.

Autorretrato de Jacques-Louis David hecho en 1794/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Al igual que hicieron sus predecesores, el día señalado se organizó un evento público multitudinario cuyo diseño recayó en el pintor Jacques-Louis David, el artista más célebre del momento por su ruptura estilística con el rococó imperante en el Antiguo Régimen y reconocido militante jacobino (votó a favor de la ejecución de Luis XVI y pintó El juramento de la sala de pelota -inconcluso- y La muerte de Marat, aunque sean más famosas otras obras suyas como las anteriores El juramento de los Horacios y El rapto de las sabinas o las posteriores de época napoleónica). Cabe suponer que también influiría en la designación el hecho de que fuese amigo de Robespierre.

Éste justificó la celebración por su «utilidad social» y ofició personalmente el acto, que tuvo lugar en el extremo este de los Jardines de las Tullerías. Varios artistas plasmaron la escena en cuadros y grabados, el más conocido, firmado por Pierre-Antoine Demachy; pero hay otros, como el de Thomas Charles Naudet. En cualquier caso, interesantes documentos gráficos para hacerse una idea de cómo fue.

El montículo del centro era artificial, levantado ad hoc para representar el ateísmo, estando rodeado de alusiones metafóricas a la ambición, el egoísmo y la falsa sencillez. Robepierre, que portaba en sus manos un ramo de flores y mazorcas de maíz, vistiendo casaca azul celeste como símbolo del cristianismo y bufanda tricolor en homenaje a la Revolución, prendió fuego a esas alegorías y a la estatua de la Razón.

Fiesta del Ser Supremo en el Campo de Marte (Thomas Charles Naudet)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A continuación, encabezó una procesión de diputados de la Convención y el pueblo en general hasta el Campo de Marte, al son del himno al Ser Supremo que compuso el músico François-Joseph Gossec con letra del poeta Théodore Désorgues, el estribillo decía así:

Padre del universo, inteligencia suprema,
benefactor ignorado por ciegos mortales,
revelaste tu ser al reconocimiento,
el único que levantó tus altares.

No obstante, no se creó una jerarquía religiosa -es más, los eclesiásticos siguieron siendo perseguidos-, sino que cada uno desarrollaba el culto libremente, por su cuenta, aunque periódicamente se hacían ese tipo de fiestas cívicas en los ámbitos regional y local, dedicadas a valores como la Amistad, la Fraternidad, el Género Humano, la Naturaleza, la Infancia, la Juventud, etc.

Otra visión de la Fiesta del Ser Supremo, esta vez anónima/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lamentablemente para Robespierre, el Culto al Ser Supremo fracasó en casi todo: en su pretendido intento de unir los franceses, en sustituir a la religión católica y en integrar a los ateos. De hecho, éstos no le perdonaron e, instigados por los resentidos hebertistas -empezando por el intrigante Fouché-, se tomaron cumplida venganza: acusado de dictador, el 28 de julio Robespierre acabó en la guillotina junto a su ayudante, Saint-Just, y una veintena de colaboradores. Con ellos cayó el Culto al Ser Supremo, que sería definitivamente prohibido por Napoleón en 1801.


Fuentes

A cultural history of the French Revolution (Emmet Kennedy)/Robespierre. Una vida revolucionaria (Peter McPhee)/Robespierre.Una política de la filosofía (Georges Labica)/Festivals and the French Revolution (Mona Ozouf)/Le Culte de la Raison et le Culte de L’Ètre Suprème (1793-1794) (F. A. Aulard)/Wikipedia