La conquista del Fuerte Eben-Emael por paracaidistas alemanes que permitió la invasión de Bélgica

La entrada al fuerte aún muestra las huellas de la batalla/Imagen: Jean Housen en Wikimedia Commons

El papel de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial no fue especialmente brillante. Confiando en una política de neutralidad, su ejército estaba obsoleto y mal equipado, por lo que cuando finalmente se movilizó por presión internacional únicamente pudo resistir dieciocho días a la Wehrmacht antes de capitular. Ni siquiera funcionó el que se consideraba el principal bastión defensivo, Fort d’Ében-Émael, proyectado y construido precisamente para detener una invasión, pero tomado por paracaidistas alemanes tras una operación minuciosamente preparada.

La Operación Fall Gelb/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Los germanos entraron en territorio belga el 20 de mayo de 1940 como paso intermedio para atacar Francia. Era el llamado Fall Gelb (Plan Amarillo), que tenía como objetivo someter también los Países Bajos y Luxemburgo. Como decíamos, el rey Leopoldo III sólo tenía para oponerles un ejército anticuado, sin apenas tanques y menos de dos centenares de aviones, en el que únicamente destacaba el considerable número de efectivos: casi seiscientos cincuenta mil hombres, el veinte por ciento de la población masculina. Poco podía hacer ante la extraordinaria maquinaria bélica germana.

Otra muestra de esa mentalidad era la confianza que había en el sistema de fortificaciones fronterizo levantado en torno al Canal Alberto, cerca de la ciudad de Maastricht, siguiendo la moda de décadas anteriores que también habían asumido los franceses con su Línea Maginot e incluso los propios teutones con la Línea Sigfrido. El canal era un brazo fluvial de 127 kilómetros de longitud y 3,4 de profundidad inaugurado recientemente, en el verano de 1939, para conectar Lieja con Amberes. El desnivel de 56 metros que hay entre ambas se salvaba mediante media docena de esclusas que permitían realizar el trayecto navegando en siete días.

Una de las cúpulas del Fuerte Eben-Mael / foto Scargill en Wikimedia Commons

Construido paradójicamente por una empresa alemana, debía servir también como primera defensa, no sólo de Bélgica sino también para el norte de Francia, pues a esas alturas ya estaban claras las intenciones de Hitler. Y es que a lo largo del canal se construyó la llamada Posición Fortifiée de Liège I, formada por cuatro fuertes; de norte a sur: el citado Eben-Mael, Fort d’Aubin-Neufchâteau, Fort de Battice y Fort de Tancrémont. El segundo y el cuarto eran más pequeños pero unos y otros resultaban de una ampliación de doce fortalezas originales diseñadas por el general Henri Alexis Brialmont en el siglo XIX.

Fort d’Ében-Émael fue el más grande del grupo. También el más seco y mejor drenado, al ubicarse bajo el monte Saint-Pierre, una pequeña elevación orográfica calcárea (120 metros) de la ribera oeste que separa los valles del Mosa y el Geer, y alguna de cuyas abruptas laderas acantiladas proporcionaba un extra a la defensa del sitio. Se empezó a construir en 1931 tomando como inspiración la mencionada Línea Maginot, para subsanar la llamada brecha de Limburgo, por donde el ejército alemán había penetrado durante la Primera Guerra Mundial siguiendo la modificación que Moltke hizo del Plan Schlieffen.

Plano de Fort d’Ében-Émael con sus defensas/Imagen: W.Rebel en Wikimedia Commons

Quedó terminado en 1935. Tenía una planta pentagonal irregular que abarcaba unos 750 metros cuadrados -aunque un segundo tramo se extendía otro tanto-, lo que recordaba un poco a las antiguas fortificaciones Vauban de siglos anteriores. Sin embargo, la mayor parte de esas estructuras estaban bajo tierra, con una red de túneles de cuatro kilómetros -dotada de ventilación antigases- que conectaba los puestos de combate con otras instalaciones: cuarteles, depósitos de munición, planta de energía…

Unicamente afloraba una enorme techumbre de hormigón armado de metro y medio de grosor que resultaba peculiar, pues era completamente llana hasta el punto de que hoy sirve para albergar un bosquecillo y un trigal, pero que entonces era usada por los soldados para jugar partidos de fútbol (por eso no se colocaron minas, gravísimo error como veremos luego). En ella se apoyaban las cúpulas y casamatas de acero y hormigón que alojaban la artillería, los bloques de ametralladoras y varias trincheras y zanjas antitanque.

Torreta retráctil de los cañones dobles de 75 mm/Imagen: Wasily en Wikimedia Commons

Aproximadamente 1.200 soldados estaban destinados a Eben-Emael al mando del mayor Jottrand; de ellos, un millar eran artilleros divididos en dos grupos (uno de guardia, otro acuartelado en un pueblo cercano) que se relevaban cada semana. Su nivel no era bueno, ya que se trataba básicamente de reservistas movilizados sobre la marcha, tras la invasión alemana de Polonia. Los 200 restantes eran técnicos diversos (personal de mantenimiento, administrativos, sanitarios, cocineros, etc).

Aún así, el fuerte parecía temible a priori. Contaba con cuatro casamatas replegables y sesenta y cuatro fortines que albergaban seis cañones de 120 mm, dieciséis cañones de 75 mm, doce cañones antitanque de 60 mm, veinticinco ametralladoras y varios cañones antiaéreos acompañados de quince reflectores. El alcance de esa artillería se situaba entre 11 y 17,5 kilómetros; no se instalaron piezas de mayor calibre porque la neutralidad de la que presumía Bélgica imponía que el territorio germano quedase fuera del alcance de cualquier disparo. Otro error.

Los fallschirmjäger (paracaidistas) designados para asaltar el fuerte/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

La Wehrmacht había concebido el plan de esquivar la Línea Maginot francesa entrando por territorio belga y girando hacia el sur, de manera que la BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) y las tropas galas que la apoyaban quedaran aisladas del resto del país y de los belgas, cuyos planes eran retirarse hacia ellos a través de tres puentes. Por tanto, era vital para los alemanes apoderarse de dichos puentes, defendidos sólo por blocaos con ametralladoras que servía una única división de infantería (con una brigada en cada puente) con apoyo artillero de Fort d’Ében-Émael.

Por consiguiente, se decidió encargar la misión al Sturmabteilung Koch (Destacamento de Asalto Koch, llamado así por su comandante, Walter Koch), compuesto por miembros de la 7ª División Aérea y la 22ª División Aerotransportada. La primera (tres regimientos de paracaidistas y uno de infantería) debía tomar puentes, canales y el aeródromo de Waalhaven, cerca de Róterdam, mientras la segunda (dos regimientos de infantería y uno de paracaidistas) tenía como objetivo capturar los aeródromos del entorno de La Haya (Valkenburg, Ockenburg e Ypenburg).

Uno de los planeadores DFS 230 empleados en el ataque y acompañado de un bombardero Stuka/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Para asaltar el fuerte se eligió a miembros de ambas, casi todos fallschirmjäger (paracaidistas) más algunos pilotos de la Luftwaffe, pero se consideró que lanzarse normalmente diseminaría los efectivos y retrasaría el ritmo, así que se optó por un aterrizaje con planeadores, muy silenciosos; se dice que el propio Hitler se mostró entusiasmado con ello, aconsejado por su piloto personal. Finalmente, ochenta y cinco hombres resultaron elegidos para la misión, para lo cual llevaron a cabo un entrenamiento específico (se construyó una réplica a escala de las instalaciones belgas) y secreto.

Una vez lista, toda la fuerza de ataque, dividida en cuatro grupos (bautizados como Granito, Acero, Hierro y Hormigón), embarcó en medio centenar de planeadores y el 10 de mayo de 1940 aterrizó sobre la zona de operaciones, cada grupo en el sitio asignado para su respectivo cometido. Entraron en combate enseguida, al ser descubierta su llegada, pero aún así la sorpresa (no hubo declaración de guerra previa) les ayudó a tener éxito; sufrieron 22 muertos, 26 heridos y un prisionero.

Los soldados belgas se rinden ante los alemanes en uno de los puentes/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Entretanto, los once planeadores del grupo Granito, el que debía tomar Eben-Emael al mando del teniente Rudolf Witzig, se posó sobre el techo de la fortaleza, que debía ser conquistada en no más de una hora. Los paracaidistas empezaron a explosionar con cargas huecas -un arma nueva- las torretas de los cañones que pudieran destruir los puentes y frenar el avance germano, a la par que usaban lanzallamas contra los puestos de ametralladoras. Todo salió bien excepto la voladura de las piezas de mayor calibre, que necesitó de más tiempo y ayuda de un bombardeo por parte de Stukas.

El espectáculo debió ser curioso, con los alemanes corriendo de un lado a otro por aquella gran superficie lisa, ora detonando explosivos, ora poniéndose a cubierto de sus propios aviones, mientras los defensores resistían tras los gruesos muros más de lo previsto; ni unos podían entrar ni los otros salir. Ya estaba desmantelada toda la artillería cuando los belgas enviaron fuerzas al lugar para contratacar. Pero fue inútil, ya que, irónicamente, habían conseguido destruir uno de los puentes… lo que no impidió a los alemanes usar el resto y, por contra, sí obstaculizó la llegada de auxilio. Por tanto, fueron repelidos.

El fuerte después de la batalla / foto dominio público en Wikimedia Commons

Ese contaataque no pudo contar con la ayuda de los defensores del fuerte, ya que los paracaidistas habían destruido las puertas dejándolos encerrados. Los fallschirmjäger los mantuvieron así hasta el amanecer, en que les llegó el relevo con refuerzos; éste logró, cinco horas después, forzar la rendición de la posición. Los belgas sufrieron sesenta muertos y cuarenta heridos, por seis muertos y diecinueve heridos alemanes. Todos los paracaidistas supervivientes fueron condecorados personalmente por Hitler, algunos con la Cruz de Hierro, como Witzig.

Los otros fuertes también cayeron: Aubin-Neufchâteau, el 20 de mayo, tras agotar sus municiones; Battice dos días después, el 22; y Tancrémont resistió hasta el 29, cuando capituló el gobierno belga. La batalla terminó, pues, con éxito teutón, permitiendo a la Wehrmacht entrar en Bélgica sin más obstáculos.


Fuentes

Belgium in the Second World War (Jean-Michel Veranneman)/Fort Eben-Emael (Tim Saunders)/Siegecraft – No fortress impregnable (Harold A. Skaarup)/The fall of Fort Eben Emael: The effects of emerging technologies on the sucessful completion of military objectives (Major Thomas B. Gukeisen)/German Airborne Divisions: Blitzkrieg 1940–41 (Bruce Quarrie)/Storming eagles: German airborne forces in World War Two (James Sidney Lucas)/The forts and fortifications of Europe 1815- 1945: the neutral states: the Netherlands, Belgium and Switzerland (J.E. Kaufmann, H.W. Kaufmann)/Web oficial de Fort Eben-Emael/Wikipedia