Cómo la unión entre Hannover y Reino Unido se deshizo por culpa de la ley Sálica

Ernesto Augusto recibe las llaves de Hannover en 1837 / foto Bernd Schwabe in Hannover en Wikimedia Commons

Seguramente sabrán que el apellido Windsor de la casa real británica no es original. En 1917, el rey Jorge V de Reino Unido decidió adoptarlo en sustitución del verdadero, Sajonia-Coburgo y Gotha, debido a que éste, heredado por vía paterna, era de origen germano y en esos momentos los imperios Británico y Alemán estaban en guerra, conveniendo marcar distancias. Lo que muchos quizá no sepan, es que por vía materna también había un apellido germano: Hannover; ambos fusionados por el matrimonio de sus abuelos, Victoria y Alberto.

La Casa de Hannover estaba vinculada a Gran Bretaña desde principios del siglo XVIII, cuando el fallecimiento sin herederos de la reina Ana llevó al trono británico al príncipe elector de Hannover, que asumió el nombre de Jorge I. Fundó así una nueva dinastía e inauguró un largo período en común de ambos territorios, aunque manteniendo cada uno su propia idiosincrasia. Ahora bien, Hannover tenía una historia anterior y se remontaba a la Edad Media, cuando formaba parte del Ducado de Brunswick-Luneburgo.

El parecido del escudo del Reino de Hannover con el de Reino Unido de Gran Bretaña es patente/Imagen: Glasshouse en Wikimedia Commons

Era éste un electorado del Sacro Imperio Romano Germánico, surgido de la unión de los dos territorios que le dan nombre bajo Otón el Niño, allá por 1235. Aunque a su muerte quedó atomizado entre sus descendientes, que se fueron ramificando, todos eran conscientes de pertenecer a la dinastía Welf (la que originó la facción de los güelfos, que apoyó a la Casa de Baviera frente a la de Suabia, la de los gibelinos -llamada así debido a que tenía su sede en el castillo de Waibinglen-, por el control de Italia) y, consecuentemente, solían mantener estrechos lazos.

Con el paso del tiempo, los centros de poder pasaron de Brunswick y Luneburgo a Celle y Wolfenbüttel. Uno de los territorios que integraban el ducado era el Principado de Calenberg, creado en 1432, cuya capital sería trasladada a Hannover en 1636 por Jorge, duque de Brunswick-Luneburgo y príncipe de Calenberg, de modo que el ducado pasó a conocerse por el nombre de esa ciudad. Casi medio siglo más tarde, un descendiente suyo, Ernesto Augusto, recibió la promesa del emperador Leopoldo I de nombrarlo elector por su ayuda en la Guerra de los Nueve Años.

La reina Ana hacia 1702 (John Closterman)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, no hubo quorum en la Dieta Imperial y, como fue necesario esperar a tenerlo, no se consiguió hasta 1708; para entonces, el agraciado llevaba ya una década muerto. Su hijo Jorge Luis, que le había tomado el relevo ampliando sus dominios por herencia o por las armas (los principados de Calenberg, Brunswick- Wolfenbüttel y Luneburgo-Grubenhagen, así como los condados de Diepholz y Hoya), fue quien heredó el título y, dado que se estableció en Hannover, empezó a ser conocido como elector de tal lugar. Su corte tuvo un brillo especial al contar con la presencia del filósofo Leibniz y el músico Händel.

Entretanto, Gran Bretaña estaba sumida en una compleja cuestión sucesoria. Tras su derrota ante la Revolución Gloriosa, el monarca católico Jacobo II tuvo que huir y se dictó la Bill of Rights (Declaración de Derechos) de 1689, ley que consideraba su huida como una abdicación, entregándose la corona a su hija María II y el marido de ésta, Guillermo III de Orange. Ambos eran protestantes y fallecieron sin hijos, de ahí que Ana, la otra hija, quedase cómo única heredera. Pero tampoco ella tuvo descendencia, como dijimos antes.

El problema estaba en que el Parlamento de Westminster dictó en 1701 el Act of Settlement (Acta de Establecimiento), una ley que vetaba a los católicos en la sucesión para cerrar el paso a los herederos de Jacobo II. Había que buscar un candidato protestante y resultó que el familiar más cercano de Ana era precisamente Jorge Luis, el príncipe elector de Hannover: su abuela fue Isabel Estuardo, hija de Jacobo VI de Escocia e Inglaterra (además de reina consorte de Bohemia y electora palatina). El elegido, que tenía entonces cincuenta y cuatro años, un hijo y una hija, aceptó.

Jorge III (Thomas Gainsborough)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Era miembro de la Orden de la Jarretera, veterano militar (mariscal de campo en la región del Rin durante la Guerra de Sucesión española) y tesorero imperial. Pese a todo, hubo gran oposición y tras su coronación en la abadía de Westminster brotaron disturbios en toda Inglaterra. Jacobo II había muerto en 1701 pero su hijo tomó el relevo de la causa con el apoyo de Francia, España, los estados Pontificios y Módena; además, los tories también simpatizaban mayoritariamente con los Estuardo y algunos hasta apoyaron la rebelión jacobita.

El movimiento fracasó y una generación después los Estuardo perdieron toda opción de recobrar el trono. El rey, que adoptó el nombre de Jorge I, siguió siendo muy impopular por sus dificultades para expresarse en inglés (a pesar de que lo corrigió con los años, pues por otra parte hablaba correctamente alemán, latín, francés, neerlandés y algo de italiano) y por el trato vejatorio que daba a su esposa (de la que se separó porque ambos tenían sus respectivos amantes, impidiéndole volver a ver a sus hijos). Paradójicamente, el resto de Europa le consideraba moderno, culto y ejemplar.

Durante ese tiempo, Gran Bretaña, Irlanda y Hannover estuvieron unidas dinásticamente y esta última siguió ampliando sus fronteras en 1719 con la incoporación de Bremen y Verden, hasta entonces dominios suecos. Esas ganancias territoriales crecieron aún más en 1803, cuando una secularización de propiedades eclesiásticas permitió sumar el Principado-Obispado de Osnabrück. Para entonces Jorge I había fallecido, como es obvio, siendo ocupado el trono sucesivamente por Jorge II y Jorge III.

Ernesto Augusto I (retrato atribuido a George Lethbridge Saunders)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ese mismo año de 1803, Francia invadió el electorado hannoveriano, que en 1807 quedó adscrito al Reino de Westfalia. No era la primera vez que tropas francesas lo ocupaban, pues ya había ocurrido durante la Guerra de los Siete Años, aunque en aquella ocasión se consiguió expulsar a los galos. Pero en esta ocasión era Napoleón el responsable y además en pleno apogeo de su poder. Para evitar riesgos, el ejército de Hannover fue disuelto y muchos de sus miembros huyeron a Gran Bretaña, donde se alistaron en las filas británicas formando una división germana, la King’s German Legion, que intervendría decisivamente en la batalla de Waterloo.

Jorge III había declarado la guerra al Imperio Francés, pero se daba una curiosa paradoja: desde su exilio inglés, el gobierno germano hacía causa comun con su anfitrión contra Bonaparte al mismo tiempo que mantenía buena relación diplomática con Austria y Prusia, con las que Londres era teóricamente beligerante (porque habían sido obligadas a aliarse con los franceses). Por otra parte, Napoleón disolvió el Sacro Imperio en 1806, con lo que dejaba de tener sentido seguir considerando un electorado a Hannover. Por eso en 1814 el Congreso de Viena lo convirtió en reino, ampliándolo con más territorios colindantes.

El nuevo Reino de Hannover pasó a ser el cuarto estado en tamaño de la Confederación Alemana, sólo superado por Prusia, Austria y Baviera. No obstante, seguía unido a Gran Bretaña y estaba gobernado por un virrey, Adolfo de Cambridge (uno de los hijos de Jorge III), que fue quien instauró una moderada constitución y un sistema parlamentario bicameral en 1819. El monarca británico, que nunca visitó la tierra de sus ancestros, falleció en 1820 y dejó el testigo a su primogénito, Jorge IV, quien reinó una década y al que sucedió su hermano Guillermo IV.

Jorge V (Franz Xaver Winterhalter)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue Guillermo quien concedió a Hannover una nueva constitución que democratizaba más el país, si bien sería revocada en 1837 por su hermano y sucesor, Ernesto Augusto I. Aquí hay que hacer un inciso para aclarar que esa sucesión fue sólo en el reino germano, ya que allí estaba vigente la ley sálica y no podía reinar la sobrina que ciñó la corona del Reino Unido a falta de descendencia directa. Se trataba de Victoria de Kent y con ella se ponía fin al discurrir común de ambos países ya que tuvo que renunciar a la corona del reino germano. Su tío Guillermo IV fue el último monarca inglés en serlo también de Hannover.

La famosa reina Victoria contraería matrimonio en 1840 con Alberto de Sajonia-Coburgo y Gotha, de modo que sus descendientes abrieron una nueva rama dinástica que ostentó ese apellido hasta que, como decíamos al comienzo, Jorge V lo trocó por Windsor. Entretanto, Ernesto Augusto I optó por el absolutismo para Hannover, no sin tenaz oposición. Como en España, la Revolución de 1848 tuvo poca incidencia; bastó la amenaza del rey de irse y dejar al país en manos de una intervención prusiana. No obstante, el monarca tampoco quiso forzar y aceptó cierta dosis de libertades.

Su reinado fue relativamente corto; quince años. Murió en 1851 y el puesto fue ocupado por su hijo Jorge V, que casualmente estuvo el mismo tiempo en el poder. Resultó ser más absolutista que su progenitor, pero eso no supuso mayor problema comparado con sus simpatías austracistas, que le llevaron a votar en la Confederación Alemana a favor de una movilización contra Prusia, algo que terminó por provocar un ultimátum anexionista de ésta. La respuesta hannoveriana fue aliarse con Austria, en una decisión tan orgullosa como suicida. El ejército prusiano barrió a sus enemigos en 1866, en la llamada Guerra de las Siete Semanas, lo que supuso el derrocamiento de Jorge V y la anexión de Hannover.

El Reino de Hannover entre 1815 y 1866/Imagen: kgberger en Wikimedia Commons

Desde entonces el antiguo reino se quedó en simple provincia de Prusia primero y del Imperio Alemán después, a partir del 1871. Jorge V había seguido reivindicando sus derechos desde Holanda, donde incluso organizó con voluntarios la Legión Güélfica. Fue inútil y aunque su hijo Ernesto Augusto continuó con la causa, su nieto se casó con la princesa Victoria Luisa, hija del káiser Guillermo II, jurando fidelidad al Imperio Alemán y poniendo fin a la cuestión. En suma, Hannover mantuvo ese estatus menor hasta 1918, cuando la derrota en la Primera Guerra Mundial llevó a una reorganización administrativa.

Hannover todavía protagonizó un interesante epílogo en 1947, estando Alemania ocupada tras la Segunda Guerra Mundial y esa parte bajo mandato de la Administración Militar Británica: la conversión a estado alemán, fusionándose con Brunswick, Oldemburgo y Schaumburg-Lippe, bajo la denominación de Baja Sajonia. Hasta hoy; conserva la capitalidad y su escudo de armas, eso sí.


Fuentes

Hannover and England: a garden and personal union? (Marcus Köhler y Joachim Wolschke-Bulmahn)/Hanover and the British Empire, 1700-1837 (Nick Harding)/The Hanoverian dimension in British history, 1714–1837 (Brendan Simms y Torsten Riotte)/Wikipedia