Categorías
Historia

Queronea, la batalla que permitió a Filipo de Macedonia dominar toda Grecia

La estatua de mármol sobre la fosa común del Batallón Sagrado, en Queronea, restaurada. Mide 8,5 metros de altura/Imagen: George E. Koronaios en Wikimedia Commons

Se considera que una de las batallas más decisivas de la Antigüedad fue la de Queronea, que enfrentó a la coalición formada por Macedonia, Tesalia, Argos y Arcadia contra la alianza helena que lideraban Atenas y Tebas. La importancia de esa contienda estriba en que la victoria fue para el líder de la primera, Filipo II, lo que le otorgó el dominio sobre toda Grecia y le permitió crear la llamada Liga de Corinto para afrontar su objetivo más ambicioso: una campaña contra el Imperio Persa en su propio suelo. Algo que no podría llevar a la práctica, pero cuyo testigo fue tomado por su hijo, Alejandro Magno.

Tras la victoria espartana en la Guerra del Peloponeso y la consiguiente caída de Atenas, el equilibrio de poder que había en el mundo griego se quebró. No sólo por la primacía de Esparta sino porque Persia supo aprovechar la ocasión para disgregar aún más a sus viejos enemigos al fomentar una alianza entre Atenas, Corinto, Argos y Tebas, siendo esta última la que emergería como nueva potencia dominante. Eclosionó en el año 371 a.C. debido a su posición hegemónica en la Liga Beocia, que reunía a varias ciudades estado de esa región y liberó Mesenia, privando a los espartanos de la mano de obra que constituían los ilotas, dañando así su economía.

El mundo griego bajo la hegemonía de Tebas/Imagen: Megistias en Wikimedia Commons

No obstante, en ese auge también tuvo su responsabilidad una figura excepcional: Epaminondas, estadista y militar que tuvo una brillante mano derecha, Pelópidas, gracias al cual se aseguró la paz con los persas. Buena parte de las polis griegas vieron el peligro y se enfrentaron unidas a Tebas, yendo de la mano incluso rivales ancestrales como Atenas y Esparta, pero fueron contundentemente derrotadas en el 362 a.C., en la batalla de Mantinea, donde los tebanos hicieron alarde de su revolucionaria táctica en cuña con el famoso Batallón Sagrado al frente, confirmando lo que había pasado en Leuctra nueve años antes.

Eso hubiera supuesto el culmen de la labor de Epaminondas de no ser porque él mismo murió en combate, igual que Pelópidas lo había hecho dos años atrás. El resultado fue que la confusión se extendió por Grecia. Esparta, con su economia tocada y el ejército medio desecho, estaba hundida; Atenas pugnaba por un resurgir que no acababa de concretar porque la nueva Liga Ática que propugnaba despertaba recelos; y Tebas trataba de mantener su precaria posición. Todo lo cual parecía allanar el camino a potencias extranjeras, pues entretanto, en la periferia se producían dos destacadas coronaciones: la de Artajerjes III en el trono de Persia y la de Filipo II en el de Macedonia.

Filipo sucedió a su hermano Pérdicas III en el 359 a.C. Hasta entonces, Macedonia había sido un reino vasto aunque tribal; helenizado pero despreciado por los griegos. Sin embargo, el nuevo rey había estado un trienio de rehén en Tebas, lo que aprovechó para aprender de Epaminondas, a quien terminaría superando en astucia política -se le ha descrito como maquiavélico- y habilidad militar. Tras asentar su posición como nuevo gobernante, dedicó un tiempo tanto a enriquecer Macedonia como a reformar su ejército hasta convertirlo en una poderosa máquina de guerra. Combinando ésta con una inteligente política matrimonial, se hizo con el control de las tierras septentrionales (Calcídica, Iliria, Épiro).

Busto de Demóstenes/Imagen: Sting en Wikimedia Commons

El estallido de la Guerra Social, un conflicto en el que varias polis insulares (Quíos, Rodas y Cos) se enfrentaron a Atenas ayudadas por Bizancio, le sirvió a Filipo para extender su campo de operaciones al sur. El casus belli fue el saqueo de Delfos por los focios (debido a que dependía de Tebas): los macedonios invadieron Fócida y ocuparon el lugar de los tebanos como padrinos del santuario. Pero lo realmente importante era que Filipo avanzaba hacia el centro de Grecia contando con el apoyo de Tesalia y la Liga Beocia. Atenas, empezó entonces a escuchar las advertencias que en ese sentido había estado haciendo Demóstenes; sus célebres Filípicas.

Las negociaciones de paz que parecían haber fructificado por iniciativa del ateniense Filócrates, se basaban en cesiones a Filipo que únicamente lograron acentuar su ambición y provocar la condena del primero cuando fracasaron. Atenas quedó dividida entre un partido promacedonio, impulsado fundamentalmente por intelectuales, y otro contrario liderado por Demóstenes. No hubo forma de alcanzar un acuerdo y en tales situaciones normalmente se terminaba yendo a la guerra, como fue el caso. El ejército macedonio marchó sobre el Helesponto, línea de comunicación para los estados comerciales griegos, poniendo sitio a Perinto y Bizancio.

No tuvo éxito debido a la intervención de la poderosa flota ateniense, lo que significaba el enfrentamiento abierto ya entre ambos bandos. Excepto el Peloponeso, que se mantuvo neutral, el resto de Grecia se polarizó, dándose la insólita circunstancia de que Tebas se alineara con Atenas, formando una nueva liga que incluía a Acaya, Corinto, Calcis, Epidauro, Mégara y Trecén. Sus tropas combinadas se dirigieron al encuentro de las macedonias para cortarles el paso. Era el verano del año 338 a.C. y el inevitable choque tendría lugar en una ciudad beocia llamada Queronea, que posteriormente aumentaría su fama por dos razones: ser la cuna de Plutarco y terminar destruida por Alejandro Magno, que únicamente dejaría en pie la casa del poeta Píndaro.

Movimientos de los dos contendientes hacia Queronea (en azul, macedonios); en rojo, (atenienses y tebanos)/Imagen: Alonso de Mendoza, rowanwindwhistler, en Wikimedia Commons

Pero volvamos al año que nos ocupa. En realidad, parece probable que hubiera alguna escaramuza previa, ya que Demóstenes reseña una batalla invernal anterior, pero no se sabe más al respecto. La ubicación de Queronea, situada unos ochenta kilómetros al oeste de Delfos, tenía un especial valor estratégico porque estaba considerada la puerta a la región del Ática, de ahí que los atenienses siempre hubieran intentado mantener cierta tutela sobre ella. Aún así, los tebanos prefirireron unirse a esos tradicionales enemigos al considerar a los macedonios aún peores.

Los dos ejércitos sumaban un número similar de efectivos, en torno a treinta mil soldados de infantería; Filipo contaba, además, con dos mil de caballería, mientras que la élite del adversario era el Batallón Sagrado tebano, constituido por centenar y medio de parejas de guerreros, cada una compuesta por un erastés o veterano más un erómenos o joven que tenían mutuo vínculo afectivo y amoroso. Su creador, un compañero de Epaminondas llamado Górgidas, pensaba (según Plutarco) que «un batallón cimentado por la amistad basada en el amor nunca se romperá y es invencible; ya que los amantes, avergonzados de no ser dignos ante la vista de sus amados y los amados ante la vista de sus amantes, deseosos se arrojan al peligro para el alivio de unos y otros«.

El Batallón Sagrado había demostrado su eficacia tomando parte en victorias tan renombradas como las citadas de Leuctra y Mantinea ante los espartanos, por lo que acumulaba treinta y tres años de invencibilidad. Pero esta vez se iba a encontrar enfrente algo distinto, nuevo. Como dijimos antes, Filipo había reorganizado su ejército, equipándolo perfectamente (lo que incluía ración de grano para un mes) y sometiéndolo a adiestramiento continuo (según Polieno, con marchas de trescientos estadios diarios, o sea, unos cuarenta y cinco kilómetros), hasta el punto de que prácticamente era profesional. Para ello disfrutaba de una ventaja: disponer de gente de sobra, ya que la mayoría de la población se dedicaba al pastoreo, no a la agricultura, y ésa era una tarea que podían hacer sus familias.

Asimismo, dotó a sus hoplitas de una coraza ligera y la sarissa, una larga pica de hasta cinco metros y medio de longitud (que sobresalía cuatro metros de la primera línea o lochos, otorgando ventaja sobre el enemigo), aunque ello obligaba a manejarla con las dos manos por su peso (unos cinco kilos, lo que a su vez implicaba reducir el diámetro del escudo). De esta forma, las cuatro filas delanteras de la falange macedonia presentaban un frente erizado, con las sarissas de los primeros dieciséis pezetaroi (infantes) hacia delante y las de las otras tres filas siguientes enarboladas por entre los cuerpos de sus compañeros. El resto las llevaban en alto, para cubrirse de los proyectiles y en espera de su turno. Solían complementar su armamento con una espada, a menudo una kopis.

Esquema con las formaciones y desarrollo de la batalla de Queronea/Imagen: Esceptic0 en Wikimedia Commons

La profundidad habitual de aquella imponente formación era de dieciséis filas, agrupadas de cuatro en cuatro al mando de un tetrarca. Cuatro tetraquías formaban un sintagma, cuatro sintagmas una quiliarquía y cuatro quiliarquías una strategia. Tenía como apoyo a los peltastas (infantería ligera) y la caballería, integrada ésta por las clases superiores y los heitaroi (guardia real); los jinetes se equipaban al estilo frigio y se encuadraban en escuadrones (ile) de doscientos hombres, a su vez divididos en cuatro tetrarchai de cuarenta y nueve individuos. Frmaban así en cuatro cuñas, algo que Filipo tomó de los tracios (y éstos, a su vez, de los escitas), lo que otorgaba gran movilidad y descargaba de esa cualidad a la falange.

Los macedonios se encontraron al enemigo en la calzada, formando una línea de cuatro kilómetros entre el río Cefiso y el monte Turión. Los atenienses estaban en el ala izquierda, a las órdenes de Cares y Lisicles, y los tebanos en la derecha, dirigidos por Teágenes (los contingentes de otros aliados eran bastante menores). La sólida posición defensiva que ocupaban dificultaba a Filipo atacarlos. Él tomó personalmente el mando de su ala derecha, integrada por caballería, entregando el centro de la falange a Parmenión y la izquierda, también a caballo, a su hijo Alejandro, que por entonces sólo tenía dieciocho años y por eso le hizo acompañar de varios generales veteranos y de los aliados tesalios.

Al no conservarse fuentes contemporáneas de los hechos, no se sabe con exactitud cómo fue el desarrollo de la batalla, ya que los relatos posteriores son confusos e incompletos. La versión habitual dice que, una vez iniciada la lucha, el rey macedonio pudo obtener una victoria rápida pero prefirió alargarla para agotar a los atenienses, menos entrenados que sus hombres. Luego fingió una retirada, lo que incitó a los otros a salir en su persecución, extendiendo y desorganizando la formación. Ésa acción terminó en un altozano, donde Filipo, al ver que Parmenión conseguía romper el centro del adversario, ordenó súbitamente dar media vuelta y entonces sí, emplearse a fondo contra el exhausto adversario apoyándose en la caballería.

Le ayudó el hecho de que, entretanto, Alejandro también desbaratase a los tebanos y acabara con el Batallón Sagrado, que se mantuvo en liza hasta el último de sus miembros. Al menos así lo asegura Plutarco, que les dejó un bonito epitafio puesto en boca de Filipo al ver la montaña de cuerpos: «Perezcan los que hayan podido pensar que entre semejantes hombres haya podido haber nada reprensible«. Décadas más tarde se erigiría un momumento en su honor, el León de Queronea (del que ya hablamos en otro artículo), sobre la fosa común donde fueron enterrados. Las excavaciones encontraron doscientos cincuenta y cuatro esqueletos, lo que significa que sólo habrían sobrevivido cuarenta y seis de sus miembros, heridos o prisioneros.

El número de bajas sufrido por tebanos y atenienses sumó dos millares, aproximadamente (a los que hubo que sumar unos cuatro mil cautivos), desconociéndose las macedonias. Demóstenes fue uno de los supervivientes que lograron ponerse a salvo en Atenas y disponerse al previsible asedio. No llegó a producirse; Filipo consideraba a aquella ciudad la cuna de la cultura griega y no deseaba su destrucción, aparte de que no contaba con una fuerza naval para bloquearla durante el tiempo que seguramente resistiría. Por ello, se limitó a disolver la Segunda Liga Ática, permitiéndole conservar su colonia de Samos como contrapartida de la exigencia de entregarle el Quersoneso.

Tampoco Tebas sufrió el temible destino que muchos esperaban. Las condiciones de rendición fueron duras, con la obligación de pagar el rescate de los prisioneros y otros gastos de guerra, aparte de ser ocupada y sustituir a sus dirigentes por otros favorables pero locales. Sin embargo, no se disolvió la Liga Beocia y se reconstruyeron las polis de Platea y Tespias, que habían sido destruidas por los tebanos. Otras ciudades recibieron garantías a cambio de admitir guarniciones macedonias. Sólo Esparta se negó, contestando simple y orgullosamente «Sí» a la amenaza de Macedonia, que en consecuencia invadió Laconia; y, aunque la capital fue respetada, los espartanos se negaron a enviar delegados a la reunión que Filipo convocó en Corinto ese mismo año.

Fruto de ella fueron las propuestas de koiné eirene (paz general) y una simmachia (alianza), que se hizo realidad en la Liga Helénica, más conocida hoy como Liga de Corinto. Para dirigirla contaba con un poder legislativo desarrollado por un sinedrión o consejo de representantes, con voto proporcional a su importancia, y un poder ejecutivo en manos de un hegemón que, obviamente, sería Filipo. Cada estado conservaría su autonomía, pero debía aportar un contingente, también proporcional, para formar un gran ejercito y afrontar la política exterior común.


El mundo griego a la muerte de Filipo II/Imagen: Marsyas en Wikimedia Commons

El macedonio recogía así la idea de panhelenismo que había ido calando desde hacía tiempo, de ahí la tendencia a las uniones estratégicas parciales de polis que, sin embargo, no acababan de dar el salto definitivo a una unión total. Isócrates plasmó esa idea en su Panegírico del 380 a.C., identificando a Persia como el enemigo de todos y la necesidad de hacerle frente unidos. Decía que el liderazgo debía corresponder a Atenas por la fuerza de su flota (al fin y al cabo él era ateniense), pero transcurridos tantos años y ante el cambio de circunstancias, reasignó ese papel a Filipo. No pudo ser porque éste falleció en el 338 a.C., pero sí lo asumiría su hijo Alejandro.


Fuentes

Biblioteca histórica (Diodoro de Sicilia)/Estratagemas (Polieno)/Vidas paralelas: Alejandro (Plutarco)/Vidas paralelas: Pelópidas (Plutarco)/A history of the Ancient world (Chester G. Starr)/Alejandro Magno. Ejército. Sus batallas. Sus enemigos (Ruth Sheppard)/Armies of Ancient Greece circa 500 to 338 BC. History, organization & equipment (Gabriele Esposito)/Griegos y persas. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua (Hermann Bengtson)/Wikipedia