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Textos de execración, las inscripciones de magia que los egipcios hacían contra sus enemigos

Figura antropomorfa con un texto de execración inscrito/Imagen: naunakhte en Wikimedia Commons

Acuérdate, Señor, contra los edomitas, que decían el día de Jerusalén: «Destruidla, destruidla hasta sus cimientos». Babilonia, devastadora, dichoso el que te devuelva el mal que nos hiciste; dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas.

(Salmos, 137)

Estos versos de la Biblia son considerados un buen ejemplo de una costumbre que existía desde tiempos muy antiguos y se extendía por la mayor parte de Oriente Próximo: evocar a un enemigo para desearle el mal, en venganza por alguna cuenta pendiente. A menudo, eso se hacía por escrito sobre arcilla que a continuación era destruida simbólicamente. Es lo que se conoce como textos de execración.

El Creciente Fértil/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Según la Real Academia de la Lengua, execración es el «conjunto de palabras o fórmula con que se execra«; a su vez, la acepción de execrar es «condenar y maldecir con autoridad sacerdotal o en nombre de cosas sagradas». Tenemos pues dos elementos definitorios fundamentales del verbo, tales como el aborrecimiento de algo o alguien y el carácter sacro que se da a su puesta en práctica.

Si echamos un vistazo hacia atrás encontramos que los primeros casos de textos de execración se dieron en el Creciente Fértil. De hecho, en ellos se mencionan sitios tan familiares como Biblos, Jerusalén, Damasco, Tiro, Acre, Kadesh, Tebas, Kush, Abidos, Sakkara o Giza, entre otros, aunque no en todos se han hallado restos arqueológicos, ya que muchas de las piezas estaban hechas de materiales muy endebles, perecederos, como suele pasar con los objetos textiles y de madera.

Básicamente, consistían en unas estatuillas antropomorfas, modeladas en arcilla pero sin cocer (a veces se empleaban otro tipo de vasos cerámicos e incluso bloques de barro o piedra), sobre los que se escribían los nombres de enemigos, ya se tratase de personas o de estados extranjeros; por supuesto, también eran susceptibles de sufrir la execración los opositores al mandatario, pero no se sabe si sólo se hacían en tiempos de guerra o también en paz ni si eran habituales u ocasionales. La inscripción fenicia de Tabnit, del siglo V a.C., parece evidenciar que la cosa se extendía al ámbito particular.

Reproducción de la incripción de Tabnit/Imagen: Egiptomaníacos

Yo, Tabnit, sacerdote de Astarté, rey de los sidonios, hijo de Esmuzanar, sacerdote de Astarté, rey de los sidonios, yazgo en este sarcófago. Quienquiera que seas tú, hombre que encuentras este sarcófago, ¡no abras su tapa y no me molestes!, pues ni tesoros de plata ni tesoros de oro ni nada valioso, sino sólo yo, yazgo en este sarcófago. No abras su tapa ¡y no me molestes!, pues abominación de Astarté sería tal cosa y si abrir su tapa abrieras, y molestar a mí me molestas, no habrá para tí ni descendencia entre los vivos bajo el sol ni descanso junto a los antepasados.

Resulta evidente el valor que tienen los textos de execración para los arqueólogos e historiadores, ya que una vez juntados los fragmentos como un puzzle y debidamente traducidos, se transforman en auténticas fuentes documentales sobre detalles de la política exterior y/o interior de las civilizaciones que producían los textos. Aclaramos que no están en escritura jeroglífica sino hierática, menos solemne y normalmente empleada en documentos administrativos pero también en algunos religiosos, sobre todo en papiro.

Fragmentos de textos de execración/Imagen: captamondo en Wikimedia Commons

Asimismo, si hablamos de fragmentos no es porque el paso de los milenios haya hecho mella en los textos de execración, que también, sino al ceremonial en el que se integraban. Porque no se trataba de meros testimonios sino de un auténtico ejercicio de magia simpática, aquella practicada desde la prehistoria y que se basa en la imitación obedeciendo al principio de que lo semejante produce lo semejante, de forma análoga a lo que ocurre con el vudú.

Y es que, tras la escritura, esos objetos eran destruidos para evitar su reutilización, recurriendo a un ritual preestablecido cuyas características eran variables. En unos casos se aplastaban las figurillas; en otros se pisoteaban; a veces eran quemadas y a veces se cortaban; otras, simplemente se las ataba e introducía en pequeños sarcófagos, pero el arco de posibilidades eran tan amplio que podía incluir escupirles e incluso realizar necesidades fisiológicas encima… o todo ello. Al final se colocaban los pedazos resultantes en pozos cercanos a los enterramientos y lugares dedicados al culto religioso.

Figurillas antropomorfas con textos de execración/Imagen: U0045269 en Wikimedia Commons

No están del todo claros ni el lugar exacto donde se inició esa práctica ni el período en que lo hizo. Pero parece haber acuerdo en que fue en Egipto, donde los textos de execración están acreditados desde el Imperio Antiguo hasta el Nuevo, lo que deja un arco cronológico de milenio y medio, aproximadamente desde el 2686 a.C. hasta el 1069 a.C.. No obstante, también hay textos procedentes de otros sitios, como veremos.

Los más antiguos conocidos corresponden a la dinastía VI, que se desarrolló aproximadamente entre los años 2324 y 2160 a. C. y fue la que cerró esa fase para dar paso al Imperio Medio tras el fallecimiento de la reina Nitocris (cuya existencia real, por cierto, está cuestionada, porque podría haberse confundido su nombre con el masculino Netjerkare Siptah, aunque ésa es otra historia). A ese período corresponden unas estatuillas antropomorfas de arcilla sin cocer que representan a extranjeros y llevan inscritos en la zona del pecho unos nombres, a veces trazados con tinta roja.

Se encontraron en Elefantina y Balat pero sobre todo en Giza, donde salieron a la luz casi medio millar de ellas. Incluyen nombres del entorno geográfico de Egipto, como Fenicia y Canaán, e incluye la que posiblemente sea la primera mención a Jerusalén. Nos han llegado gracias al trabajo de traducción, transcripción y publicación que llevó a cabo en 1926, bajo el título Textos de Berlín, un egiptólogo y filólogo alemán llamado Kurt Sethe (autor asimismo de un aplaudido diccionario de egipcio antiguo y de una versión de los Textos de las Pirámides).

Otro importante hallazgo tuvo lugar en la necrópolis de Sakkara, el lugar donde está la famosa pirámide escalonada del rey Zóser, si bien el material recuperado era posterior, de la dinastía XII (Imperio Medio). En este caso, las figuras eran de tamaño variable, grandes y pequeñas, representando a prisioneros y con más datos geográficos: los nombres de siete países y sesenta y cuatro ciudades, pueblos y tribus enemigas, además de una treintena de gobernantes. Se los conoce como Textos de Bruselas porque así los publicó en 1957 el egiptólogo francés Georges Posener.

Georges Posener con dos inscripciones traducidas por él/Imagen: Égyptophile

Durante el Imperio Medio se empezaron a aprovechar vasijas de cerámica para la execración, según parece deducirse del descubrimiento de un considerable número de ellas en Mirgissa, un asentamiento comercial más allá de la Segunda Catarata, lo que hoy es Sudán, donde el ejército faraónico levantó una fortaleza para proteger la frontera (actualmente, Mirgissa esta sumergida bajo las aguas del lago Nubia, como resultado de la construcción de la presa de Asuán) y donde hay varias necrópolis.

Allí aparecieron cientos de vasijas, unas con inscripciones y otras no, junto a estatuillas de materiales diferentes como barro, piedra y cera (éstas medio derretidas deliberadamente); una de las figuras no tiene cabeza. De nuevo un egiptólogo francés, Yvan Koenig, especialista en escritura hierática y traductor habitual de pairos y ostraca, fue quien los publicó en 1990 bajo el título de Textos de Mirgissa.

Reconstrucción artística de Mirgissa/Imagen: Franck Monnier en Wikimedia Commons

A todo esto habría que añadir un hallazgo especial en Avaris, la que había sido capital de Egipto durante la dominación de los hicsos, aunque para lo que nos ocupa la datación es algo posterior, de la importante dinastía XVIII y, por tanto, de comienzos del Imperio Nuevo. En ese yacimiento, hoy denominado Tell el-Dabb’a, hay dos pozos, uno pequeño y otro mayor, habiéndose extraído del primero tres cráneos humanos, dos con agujeros en el occipital, y varios dedos, mientras que en el otro había dos esqueletos debajo de cientos de vasos rotos, curiosamente sin inscripciones; se supone que la inmolación hacía las veces.

La frecuencia con la que se citan nombres cananeos, fenicios, nubios, libios y sirios no debe sorprender, ya que a menudo sus tribus estuvieron en pie de guerra con Egipto, de ahí que reseñe a cientos de reyes de esos pueblos. La desgracia de los egipcios se troca en suerte para los arqueólogos y, sobre todo, para los estudiosos de la historia bíblica, que tienen en los textos de execración una fuente impagable. De hecho, hay numerosas execraciones en la Biblia, como en Daniel 11:41; Isaías 11:14; Jeremías 48-49; Sofonías 2: 8-9; Ezequiel 25: 1-14 y Nehemías 13: 1-2: 23.

Empezamos con uno y acabamos con otro. Gracias a ese tipo de documentos se ha podido establecer, por ejemplo, que los «hijos de Set» que menciona uno, eran los moabitas:

«Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca; una estrella se destaca de Jacob, surge un cetro de Israel. Aplasta las sienes de Moab y el cráneo de los hijos de Set. Edón pasa a ser suyo. Seir pasa a ser su posesión. Israel despliega su poder. De Jacob saldrá un dominador que acabará con los queden en la ciudad».

(Números, 24)

Fuentes

Antes del combate. La información sobre el enemigo y su execración durante el Reino Antiguo (Andrés Diego Espinel)/Sagrada Biblia (EUNSA ed.)/The land of the Bible. A historical geography (Yohanan Aharoni)/Egypt, Canaan and Israel. History, imperialism, ideology and literature (S. Bar, D. Khan y JJ. Shirley, eds.)/The Oxford history of the Biblical world (Michael David Coogan y Michael D. Coogan)/Wikipedia