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Arqueología Historia

Mons Claudianus, la gran cantera de la Antigua Roma en Egipto

Vista del Mons Claudianus con los restos del campamento romano / foto Хрюша en Wikimedia Commons

Los turistas que visitan hoy la parte central de Egipto suelen llevar dos lugares marcados en sus planes: uno, por sus monumentos, es Luxor; otro, por tratarse de una zona playera del Mar Rojo, Hurghada. Pero a medio camino entre ambos sitios, cerca de la ciudad de Qena, se encuentra un extraño rincón que puede ser interesante porque tiene la particularidad de haber sido explotado no por los egipcios sino por los romanos, a partir del siglo I d.C. Se trata de Mons Claudianus, una cantera de la que se extraía la rara piedra utilizada para edificios como el Panteón de Agripa, el palacio de Diocleciano o la villa de Adriano, entre otros.

Las Colinas del Mar Rojo/Imagen: Youhana Nassif en Wikimedia Commons

Corría el año 1823 cuando los ingleses John Gardner Wilkinson y James Burton lo descubrieron. A ambos se les suele aplicar el apodo de padre de la egiptología porque fueron pioneros en estudiar el mundo de los faraones científicamente. Fue allá por el primer cuarto del siglo XIX, no mucho después de que la famosa expedición de Napoleón al país del Nilo fracasara militarmente pero retornara cargada de maravillas arqueológicas que fascinaron a toda Europa.

Wilkinson pasó doce años en Egipto excavando, dibujando y registrando todo lo que encontraba, antes de regresar otras dos veces a lo largo de su vida y dejar para la posteridad varias obras que reflejan su paso por prácticamente todos los escenarios egipcios conocidos. Por su parte, Burton centró su actividad en el Valle de los Reyes, Medinet Habu y Karnak, descubriendo varias tumbas importantes y la Lista Real entre 1820 y 1834. Uno y otro se conocieron al trabajar para Sir John Soane (un prestigioso arquitecto y coleccionista de arte y antigüedades cuya casa es hoy la sede del museo que lleva su nombre) y colaboraron para excavar Mons Claudianus.

Mapa de la región de Itbay con la ubicación de las canteras romanas/Imagen: A.M. Hense

Mons Claudianus está en el sureste egipcio, en la región de Itbay, enclavado a setecientos metros de altitud en una cadena montañosa llamada Colinas del Mar Rojo -porque las elevaciones corren paralelas al litoral- que separa la llanura costera del Desierto Oriental. Una de las características de esa orogenia es haber sido utilizada desde muy antiguo como cantera, muy valiosa además debido a la escasez de piedra que sufrían los egipcios para sus construcciones, si bien solían conseguirla más fácilmente en otras como las de Asuán, Edfú, Jebel el-Ahmar, Jebel el-Silsileh, Widan el-Faras, El Amarna, Idahet, etc.

De una de esas montañas, antaño denominada Mons Porphyrites (actualmente Jabal Abu Dukhkhan) se extraía pórfido; el negro también pero sobre todo el carísimo rojo, conocido como imperial por los romanos debido a que lo usaban para los sarcófagos de los emperadores por su similitud cromática con el púrpura (otros ejemplos de uso serían la escultura de los cuatro tretarcas en Venecia, o los paneles del citado Panteón) y con la particularidad de que únicamente se extraía allí.

Base de un pozo en Mons Claudianus/Imagen: Criuxa en Wikimedia Commons

Pero no eran ésas las únicas canteras. Separadas entre sí por unas decenas de kilómetros había otras, como Mons Ophiates (Wadi Umm Wikala), Mons Basanites, Umm Balat, Umm Toliat, Tiberiane… Todas tenían como denominador común el haber sido explotadas fundamentalmente por el Imperio Romano entre los siglos I y V d.C., la mayor parte de ellas bajo la administración del mismo procurator metallorum y con las aldeas de los trabajadores protegidas por un fuerte erigido en lo que hoy es Abu Sha’ar.

Según cuenta Plinio el Viejo en su Historia natural, fueron descubiertas por el legionario Cato Comino Leugas en el año 18 d.C. Y, ciertamente, el registro arqueológico (talleres, herrerías, hornos, pozos, termas, necrópolis, templos, torres de vigilancia…), bien conservado gracias a la sequedad ambiental, revela que no hubo asentamientos anteriores a esa fecha en las inmediaciones. En cambio, los miles de ostraca encontrados nos proporcionan interesante información sobre cómo era la vida allí.

Otra vista de la cantera de Mons Claudianus / foto AndroidTrotter en Wikimedia Commons

Una de las sorpresas es que el nivel de vida estaba por encima de la media del país, dado que no se empleaban esclavos sino obreros asalariados, con buenas pagas: hasta cuarenta y siete dracmas mensuales, se reseña, el doble de lo que cobrarían en otras canteras egipcias, aparte de una asignación individual de trigo. Muchos eran simples peones pero también los había cualificados, que solían residir con sus familias; y luego estaban los soldados obviamente, siempre tan vinculados al progreso económico. En total, se estima que en Mons Claudianus habitaría un millar de personas.

Asimismo, de las inscripciones se deduce que su alimentación era buena, abundante en proteínas -llegaba mucho pescado del cercano Mar Rojo- y vitaminas -frutas, verduras-; los restos de cebada sugieren que se fabricaba cerveza, hay presencia de hierbas aromáticas como albahaca y menta, e incluso productos importados de Asia, como la pimienta o la cidra. No obtsante, la mayor parte de todo ello se plantaba y cosechaba in situ, identificándose decenas de especies diferentes, tanto animales como vegetales.

Vista del asentamiento romano de Mons Claudianus (Gebel en el desierto oriental de Egipto, dibujado por el Prof. G. Schweinfurth en 1885 / foto dominio público en Wikimedia Commons

Los animales de carga (burros y camellos) completaban el panorama de Mons Claudianus, que era un poco diferente al de Mons Porfhyrites (que está a cincuenta kilómetros): si éste constaba de cinco campamentos repartidos por nueve kilómetros cuadrados en torno a un sexto central, el otro estaba centralizado y defendido por un sistema de murallas y torreones, quedando aún en pie varios edificios en aceptable estado, destacando especialmente las enormes columnas -siempre tan fotogénicas- de dieciocho metros de altura y doscientas toneladas; algunas se rompieron durante la fabricación y quedaron abandonadas, como el Obelisco Inacabado de Asuán.

El tipo de roca que se obtenía en Mons Claudianus era granodiorita, una roca ígnea plutónica (o sea, de origen magmático y enfriamento lento) de textura a medio camino entre el granito y la diorita, de ahí su nombre. Hoy se emplea triturada en carreteras y pavimentos, pero históricamente se destinó sobre todo a monumentos arquitectónicos romanos, como los mencionados del Panteón (concretamente en la columnata de la fachada) o la villa que Adriano tenía en Tívoli, ya que los egipcios preferían construir con arenisca y caliza. Eso hizo que fuera más o menos ignorada hasta la época ptolemaica, a la que corresponde la obra más famosa en ese material: la Piedra de Rosetta (196 a.C.).

Restos del asentamiento romano en Mons Claudianus, en 1913 / foto Internet Archive en Wikimedia Commons

En cuanto al trabajo en sí, los bloques extraídos se trasladaban hasta el Nilo para subirlos en barcazas y mandarlos por vía fluvial hacia el Mediterráneo, desde donde partían para el puerto de Ostia y remontaban el Tíber hasta Roma. Dependiendo de su tamaño y peso, podían llevarse hasta el embarcadero arrastrados sobre enormes patines de madera o en carros que tenían entre cuatro y doce ruedas (según se deduce de las peticiones de envío de nuevos ejes, que debían resultar maltrechos en cada operación); facilitaba la cosa una calzada de conexión entre la cantera y el río, deliberadamente construída cuesta abajo.

Dado que el trayecto era de unos cien kilómetros y que se hacía muy lentamente para evitar accidentes, a lo largo de esa calzada se situaban una serie de estaciones intermedias que permitían descansar a operarios y animales. Disponían de alojamientos para pernoctar y comer, ya que tenían asignado un suministro regular de víveres. Todo ello se llevaba a cabo en primavera, cuando el nivel del Nilo estaba más alto debido a las inundaciones anuales y quedaba garantizado el caudal suficiente. Egipto era, pues, algo más que el granero de Roma; también la cantera, al menos para algunas cosas.


Fuentes

Historia natural (Plinio el Viejo)/Mons Claudianus (Adam Bülow-Jacobsen)/The early explorers of the eastern desert and the history of monasticism. Sir John Gardner Wilkinson and James Burton (Blaz Zabel y Jan Ciglenecki)/The Red Land. The illustrated archaeology of Egypt’s Eastern Desert (Steven E. Sidebotham, Martin Hense y Hendrikje M. Nouwens)/Imperial mines and quarries in the Roman world. Organizational aspects 27 BC-AD 235 (Alfred Michael Hirt)/The Eastern Desert of Egypt during the Greco-Roman Period. Archaeological reports (Jean-Pierre Brun, Thomas Faucher, Bérangère Redon y Steven Sidebotham, eds.)/Wikipedia