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El derrumbe de la letrina de Erfurt, uno de los peores accidentes del Sacro Imperio Romano

La Peterkirsche, donde ocurrieron los hechos/Imagen: TomKidd en Wikimedia Commons

Las muertes siempre son desgraciadas y más si se producen como resultado de un accidente. Pero, a veces, hay óbitos que reúnen unas características especialmente humillantes y probablemente entre los peores que registra la Historia está el incidente ocurrido en Erfurt en plena Edad Media, cuando decenas de miembros de la corte de Enrique VI perecieron al desplomarse el piso del edificio donde estaban. Muchos perdieron la vida por la caída pero otros lo hicieron ahogados en excrementos, ya que cayeron a una fosa séptica.

Enrique de Hohenstaufen había nacido en Nimega en 1165. Era hijo de Federico I Barbarroja, titular del Sacro Imperio Romano Germánico, razón por la cual fue designado Rey de Romanos cuando apenas contaba cuatro años de edad y empezó a acompañar a su padre en sus campañas, primero en la de 1176 contra la Liga Lombarda, y después en la represión de la rebelión de Enrique el León, todo ello en el contexto de las luchas entre güelfos y gibelinos. Tal precocidad le otorgó una amplia experiencia militar que le vendría muy bien cuando Federico I Barbarroja se sumó a la Tercera Cruzada, dejándole a él a cargo del gobierno imperial.

Enrique VI en el Codex Manesse/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esa iniciación en las cuestiones políticas y bélicas se compatibilizó con una cuidada educación que le hizo aprender latín y derecho; como además uno de sus tutores fue el minnesänger (trovador) Friedrich von Hausen, también componía poemas. Asimismo, en 1186 contraería matrimonio en Milán con la princesa Constanza de Sicilia, que era una década mayor que él pero constituía un buen partido por ser hija póstuma de Roger II, el monarca normando de Sicilia, y por tanto su heredera, ya que el sucesor de Roger, Guillermo II el Bueno, no tenía descendencia. Enrique terminaría tomando el relevo de su padre como emperador en 1191.

Pero todo eso ocurrió después del trágico accidente citado, que se produjo el 26 julio de 1184, durante otra de aquellas campañas que encabezaba; en concreto, contra Polonia, aunque lo que le llevó a instalarse con la corte en Erfurt, en el ducado de Turingia, fue intentar mediar en la disputa que mantenían su primo, el landgrave (duque) Luis III y el arzobispo de Maguncia, Conrado de Wittelsbach, tras la caída en desgracia del duque Enrique el León. Éste había apoyado la causa güelfa pero luego no pudo acudir en ayuda de Barbarroja ante los lombardos y ambos se enemistaron; tras derrotarle, el emperador le desterró.

Sumisión de Enrique el León a Federico I Barbarroja (Johann Peter Theodor Janssen)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso alteró la estabilidad en una región atomizada en multitud de pequeños dominios que a menudo chocaban por rivalidad entre sí o por los diferentes candidatos que se presentaban a la elección al trono imperial. En este caso, se enfrentaron Turingia y Maguncia cuando el arzobispo de la segunda comenzó en 1180 la construcción de un castillo en una colina de Heiligenburg, sitio muy cercano a la frontera turingia. El proyecto se debía al temor a una invasión por parte de Luis III pero éste lo consideró una provocación y, a la vez, una amenaza. Así estaban las cosas cuando Enrique llegó a Erfurt (la misma ciudad donde en 1507 sería ordenado sacerdote Lutero) para solucionar el conflicto; allí había sido condenado años atrás el León.

La Dieta, convocada por él mismo, tuvo lugar en el piso superior de la rectoría de la Peterskirche, la iglesia del monasterio de San Pedro, el edificio más antiguo de la Ciudadela Petersberg, germen de la actual catedral y sede de una comunidad monástica benedictina. Se congregaron reuniéndose su séquito y los representantes de ambas partes litigantes, invitadas para debatir el asunto. Es difícil saber cuántas personas había exactamente pero eran muchas más de un centenar, ya que la disputa se había ramificado implicando a otros señores que tomaban partido por un bando o por el otro. Tantos eran que las vigas del suelo, probablemente podridas, no resistieron el peso y todo se vino abajo.

El peso era tal que al llegar personas, maderos y piedras al firme del primer piso también lo hundieron y continuaron la caída hasta el subsuelo del edificio, donde estaban las letrinas y debajo una gran fosa séptica que recibía los desechos de éstas y de los aborteker (unas estructuras sobresalientes de la fachada que se utilizaban como vestidores y retretes, estando dotadas de una abertura inferior por la que caían las heces a un pequeño pozo que las canalizaba hasta la citada fosa de debajo). En cualquier caso, también las letrinas cedieron y, por la fuerza de la garvedad, todos acabaron sumergidos en una gran piscina fecal, en lo que debió ser una visión a medio camino entre lo estrambótico y lo trágico.

Porque, a decir de las fuentes contemporáneas, hubo más de sesenta víctimas mortales, algunas por los golpes que recibieron de los cascotes al caer sobre ellos pero muchas ahogadas en las toneladas de excrementos acumulados durante años (no solían vaciarse a menudo sino al llenarse). Entre los que perdieron la vida de manera tan poco honrosa figuraban Gozmar III, conde de Ziegenhain; Beringer I von Meldigen; el graf Friedrich de Abinberc; el graf Heinrich von Scwarzburg; el burgrave Friedrich von Kirchberg; y el burgrave Burchard von der Wartburg (graf era el equivalente a conde y burgrave un título nobiliario menor que graf pero mayor que barón, usado para designar al señor de un castillo o una ciudad).

Un típico aborterker o letrina/Imagen: AxelHH en Wikimedia Commons

Otros tuvieron más suerte, resultando sólo heridos o incluso saliendo con contusiones menores. Fue el caso de Luis III, que si bien cayó al pozo negro pudo salir y superar las imaginables infecciones que quizá sufrió por las heridas y raspaduras. También sobrevivió su adversario, el arzobispo Conrado, que al estar sentado en el alféizar de una ventana pudo agarrarse al marco del vitral y aguantar hasta ser rescatado. El propio Enrique VI se salvó por la misma razón, quedando allí hasta que pudieron bajarle mediante una escalera de mano. Por cierto, abandonó la ciudad inmediatamente.

Eso sí, la Crónica de San Pedro de Erfurt eludió entrar en detalles escatológicos y despachó el accidente con más elegancia de la que realmente hubo; no dice cómo sobrevivió el rey y describe eufemísticamente el destino de los menos afortunados:

«El rey Enrique pasaba por Erfurt en su camino hacia Polonía y encontró allí a Conrado de Maguncia que mantenía una violenta disputa con Luis de Turingia. Mientras estaba sentado tratando de que hicieran las paces entre ellos, rodeado de muchos en una habitación alta, el edificio se derrumbó de repente y muchos cayeron en el pozo inferior, algunos de los cuales fueron laboriosamente salvos, mientras que otros se asfixiaron en el barro

El monasterio benedictino de San Pedro y San Pablo, en Erfurt. La iglesia del accidente es la coloreada en verde/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso abre la imaginación a una interesante posibilidad: que en el momento del colapso el rey estuviera sentado precisamente en una letrina de ladrillo, lo que le habría librado de caer con los demás al estar en el muro exterior. Irónicamente, su necesidad fisiológica habría determinado así la frontera entre vivir y morir, de igual modo que la de los miembros de la comunidad acumuladas en el tiempo mataron a parte de sus súbditos.


Fuentes

Fuentes: Chronik von St. Peter zu Erfurt/The Erfurter Latrinensturz (The Fortweekly)/The Erfurt Latrine Disaster. That time when sixty members of nobility died in a latrine disaster (Bob Cromwell en The Toilet Guru)/Wikipedia