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Diviciaco, el único druida de la Antigüedad cuya existencia está históricamente comprobada


Los druidas eran los líderes religiosos de los pueblos de cultura celta que se extendían por las islas británicas, la Galia y otras zonas de Europa, una especie de sacerdotes que también actuaban como jueces, médicos o consejeros. Lamentablemente ningún druida dejó nada escrito, al parecer debido a que sus creencias se lo prohibían, y todo lo que sabemos de ellos es a través de contemporáneos como griegos y romanos.

Ceremonia druídica, cuadro de Noël Hallé (h.1737) / foto dominio público en Wikimedia Commons

Por ello tampoco conocemos sus nombres, y los pocos que han trascendido están más relacionados con la mitología y el folclore que con la realidad. Es el caso de Cathbad, druida principal de la corte del Rey Conchobar mac Nessa del Ulster, o de Amergin Glúingel, el druida de los milesios que invadieron y arrebataron Irlanda a los Tuatha De Danann, tal y como se narra en el Ciclo Mitológico.

Otros druidas de la tradición mitológica, como Tadg mac Nuadat o Mug Ruith, que era ciego, comparten espacio legendario con las bandrúi, druidas femeninas como Bodhmall, Tlachtga o Biróg, en Irlanda, Escocia o Gales.

Una bandrúi, cuadro de Alexandre Cabanel (h.1850) / foto dominio público en Wikimedia Commons

La primera mención acerca de los druidas la encontramos en dos textos griegos de hacia 300 a.C. El primero es una historia de la filosofía escrita por Soción de Alejandría, y el otro un texto sobre magia que se atribuye a Aristóteles. Ninguna de estas obras ha sobrevivido, pero fueron ampliamente citadas por Diógenes Laercio en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, escrita en el siglo III d.C.

Algunos dicen que el estudio de la filosofía se originó con los bárbaros. En que entre los persas existían los Magos, y entre los babilonios o asirios los Caldeos, entre los indios los Gymnosofistas, y entre los celtas y galos los hombres que eran llamados druidas y semnoteos, como relata Aristóteles en su libro sobre la magia, y Soción en el vigésimo tercer libro de su Sucesión de Filósofos.

Diógenes Laercio, Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres Introducción, 1

La primera obra que conservamos completa y que hace referencia a los druidas son los Comentarios a la Guerra de las Galias de Julio César, escrita entre 50 y 40 a.C. Algunos estudiosos han criticado los escritos de César como inexactos y exagerados, entre otras cosas, adscribiendo a los druidas unas funciones que nunca habrían tenido. Otros opinan que sí son fiables.

Estatua de un druida en Croome Park, Worcerster / foto PicturePrince en Wikimedia Commons

En cualquier caso, es en este contexto donde aparece el que puede ser el único druida cuyo nombre y existencia están documentados por las fuentes. Lo menciona Marco Tulio Cicerón en su obra De divinatione (Sobre la adivinación), escrita en los primeros meses de 44 a.C. durante la última dictadura de Julio César. Cicerón afirma haber conocido a un druida galo de nombre Dividiaco, miembro de la tribu de los Heduos.

Tampoco se ignora la práctica de la adivinación ni siquiera entre las tribus incivilizadas, si es que hay Druidas en la Galia – y los hay, porque yo mismo conocí a uno de ellos, Divídiaco, el Heduo, tu invitado y adulador. Afirmaba tener ese conocimiento de la naturaleza que los griegos llaman «fisiología», y solía hacer predicciones, a veces por medio de augurios y a veces por medio de conjeturas

Cicerón, De divinatione I.41.90

El problema está en si Dividiaco (o Diviciaco, como se le denomina generalmente hoy) era o no era un druida. Julio César lo nombra varias veces en sus escritos, pero nunca se refiere a él como druida, solo como líder militar y político. Sin embargo, como hemos visto, Cicerón indica claramente que era un druida. Y si le hacemos caso, entonces Diviciaco sería el único druida de la historia que está documentado y cuyo nombre conocemos con seguridad (según el diccionario de la lengua gala de Delamarre, el nombre Diviciaco significaría vengador).

Cicerón denunciando a Catilina, cuadro de Cesare Maccari (1889) / foto dominio público en Wikimedia Commons

El momento del encuentro entre Cicerón y Diviciaco tuvo lugar en el año 61 a.C., cuando este acudió a Roma para pedir la ayuda de César contra Ariovisto, el rey suevo aliado con los arvernos en contra de los heduos. Diviciaco se alojó en la suntuosa villa de Cicerón en el Palatino como invitado. Es posible que ambos ya se conociesen, gracias a su interés común en el comercio del vino en la Galia, e incluso parece que Cicerón da a entender que Diviciaco era amigo de su hermano Quinto.

Roma ya había apoyado a los heduos en 121 a.C. y ahora Diviciaco solicitaba renovar la alianza. Como ya vimos en otro artículo, los heduos se consideraban hermanos de sangre de los romanos, y de hecho tenían un sistema político muy parecido, basado en un senado que reunía a las familias aristocráticas, al igual que la República Romana, con la limitación de que solo un miembro por familia podía pertenecer a él.

Ese fue el pretexto que César utilizó para reanudar la conquista de la Galia. Curiosamente Diviciaco tenía un hermano llamado Dumnorix, profundamente anti-romano, y que fue uno de los principales quebraderos de cabeza para César durante toda la campaña. Al final acabaría siendo capturado y, a pesar de que César le había prometido a Diviciaco que no le castigaría, moriría al intentar huir.

Diviciaco, abrazándose con César, deshecho en lágrimas, se puso a suplicarle: «que no hiciese alguna demostración ruidosa con su hermano; que bien sabía ser cierto lo que le achacaban; y nadie sentía más vivamente que él los procederes de aquel hermano, a quien cuando por su poca edad no hacía figura en la nación, le había valido él con la mucha autoridad que tenía con los del pueblo y fuera de él, para elevarlo al auge de poder en que ahora se halla, y de que se vale, no sólo para desacreditarle, sino para destruirle si pudiera. Sin embargo, podía más consigo el amor de hermano, y el qué dirán las gentes, siendo claro que cualquiera demostración fuerte de César la tendrían todos por suya, a causa de la mucha amistad que con él tiene; por donde vendría él mismo a malquistarse con todos los pueblos de la Galia». Repitiendo estas súplicas con tantas lágrimas como palabras, tómale César de la mano, y consolándolo, le ruega no hable más del asunto; asegúrale que aprecia tanto su amistad, que por ella perdona las injurias hechas a la República y a su persona

Julio César, Comentarios a la Guerra de las Galias I.20
Estatua de Diviciaco en Autun, desmontada y fundida por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial / foto Le blog de L’Autunois par Mr Vieillard Patrick

Se desconoce la propia fecha de fallecimiento de Diviciaco, pero en el año 44 a.C. que es cuando Ciceron escribe De divinatione, ya habla de él en pasado. En el año 61 a.C., cuando llegó a Roma, debía tener unos 34 años. En ese momento quizá era vergobreto (la magistratura superior entre los heduos), un cargo electivo anual que confería el poder político y militar.

Según algunos investigadores Diviciaco aunaba el poder político de vergobreto y el religioso de druida, del mismo modo que en aquel momento César era el pontifex maximus y principal magistrado de Roma.

En cualquier caso Jane Webster, en su estudio sobre el druidismo, indica que es poco probable que los druidas sean identificados arqueológicamente, y que la especulación es abundante porque los datos son pobres. Tanto que, por ahora, solo tenemos un nombre.

La ciudad de Autun inauguró una estatua de Diviciaco el 14 de octubre de 1884, obra de Arthur de Gravillon. El personaje no debía ser muy del agrado de los alemanes (Diviciaco se alió con César contra las tribus germanas) y por eso durante la ocupación en la Segunda Guerra Mundial fue desmontada y fundida.


Fuentes

Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres (Diógenes Laercio) / Sobre la adivinación (Cicerón) / Comentarios de la Guerra de las Galias (Julio César) / Webster, Jane. At the End of the World: Druidic and Other Revitalization Movements in Post-Conquest Gaul and Britain. Britannia 30 (1999): 1-20. doi:10.2307/526671 / In fidem venerunt. Expresiones de sometimiento a la República Romana en Occidente (Anthony-Marc Sanz, Enrique García Riaza) / Wikipedia.