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Cómo se nombraba a las mujeres en la antigua Roma

Fresco romano en el Museo Arqueológico de Nápoles / foto Carole Raddato en Wikimedia Commons

La Antigüedad Clásica no fue precisamente la época ideal para las mujeres. En Grecia, su condición era de subordinación total al varón, desprovistas de ciudadanía y recluidas en el gineceo, no pudiendo salir más que acompañadas (quizá con la excepción de Esparta); y en Roma, aún habiendo adquirido algún derecho como el divorcio y salvo en el ámbito religioso, seguían sometidas a la autoridad del padre o el marido. Es más, la mujer romana ni siquiera pudo tener un nombre propio hasta tiempos imperiales, cuando empezaron a relajarse un poco las normas. Luego, el cristianismo dio el golpe de gracia a las viejas costumbres.

La nominación romana era más compleja de lo que se cree. Tanto en cine como en literatura nos hemos acostumbrado a ver los típicos nombres compuestos pero en realidad eso no obedecía al libre albedrío sino a unas reglas. De hecho, no se trataba exactamente de nombres compuestos tal como los conocemos hoy; cada palabra tenía su razón de ser y ni siquiera eran dos sino tres, lo que se conocía como tria nomina, algo de lo que tenemos noticia al menos desde el siglo II a.C: praenomen, nomen y cognomen, aunque se podía añadir una cuarta, el agnomen. Veamos en qué consistía cada uno.

El praenomen correspondía al nombre de pila de hoy. Lo elegían los padres al tener un hijo, siempre tomando el de algún antepasado (al primogénito solía ponérsele el del padre y a sus hermanos los de abuelos y tíos) y haciéndolo ocho o nueve días -según su sexo- después del dies lustricus, la preceptiva ceremonia de purificación en honor de la diosa de la infancia Nona, la más joven de las tres Parcas (equivalente a la griega Cloto, era la protectora del embarazo y su nombre una referencia etimológica a esos nueve meses que duraba); en ese rito, la partera daba tres vueltas alrededor del lar con el bebé y luego le echaba unas gotas de agua en la cabeza, a lo que seguía un banquete en el que el pater familias presentaba a su hijo en brazos.

Sin embargo, el praenomen únicamente se utilizaba en el ámbito familiar o de amistad muy estrecha y con el tiempo terminó desapareciendo porque se omitía en los registros públicos. A finales del período republicano ya sólo se empleaba una lista muy reducida de praenomina, en torno a una veintena (de los que los más populares eran Lucio, Cayo y Marco), a la que se sumaban nombres ordinales (Primus, Secundus, Tertius, Cuartus, Quintus, Sextus, Septimus, Octavus, Nonus y Decimus) que se ponían a los vástagos según nacían (aunque a veces se saltaba el orden).

En la vida pública, los romanos eran llamados por su nomen -algo así como nuestro apellido- porque identificaba a qué gens pertenecían, de ahí que se conociese como nomen gentilicium (la gens era el clan o linaje, patrilineal y muy importante en aquella sociedad, sobre todo durante la República). Con el tiempo perdería valor, ya que la concesión general de la ciudadanía a los bárbaros supuso que muchos adoptaran un nomen romano (siendo muy utilizado Aurelio porque Marco Aurelio Severo Antonino, alias Caracalla, fue el que impulsó aquella medida), pero continuó usándose como mínimo hasta el siglo VIII d.C.

Busto del emperador Caracalla/Imagen: Marie Lan-Nguyen en Wikimedia Commons

Ahora bien a medida que pasaban las generaciones, la gens iba ramificándose y se hacía necesario distinguir a las familias resultantes y para eso apareció el cognomen, que se convirtió en el apelativo habitual. No se trataba de un segundo apellido, ya que también se heredaba por vía paterna y no tenía por qué limitarse a uno solo sino que podía haber varios; solía hacer referencia a alguna anécdota (Magno=grande) o característica física (Scaevola=zurdo), a veces en tono de burla, por lo que estaría más cerca del concepto de mote que del de apellido, aunque con la particularidad de pasar de padres a hijos. Los libertos adoptaban el praenomen y el nomen de sus dueños, sumándole su nomgre anterior como cognomen.

Claro que los romanos podían tener un apodo aparte, el agnomen, que no era hereditario. Ello no significa que todos pudieran presumir de uno y decimos presumir porque su origen iba vinculado con frecuencia a una victoria militar (el caso de Publio Cornelio Escipión Africano es el más evidente), aunque no necesariamente (a Calígula le empezaron a llamar así los legionarios de niño, cuando estaba con su padre Germánico en campaña, por usar unas pequeñas caligae o sandalias del ejército hechas a su medida).

En suma, si echamos un vistazo a romanos famosos encontraremos el porqué de sus nombres (y eso que la cosa podría complicarse un poco más en la administración, pues algunos documentos añadían la filiación y la tribu para una mejor identificación: «hijo de…, nieto de…»). El de Cayo Julio César es un ejemplo clásico de praenomen, nomen y cognomen; el citado de Publio Cornelio Escipión Africano, añade el agnomen. Ahora bien, todo esto es válido para los romanos pero no para las romanas. Las mujeres no estaban sujetas a estas normas y carecían de praenomen, usando únicamente el nomen familiar (que podían cambiar al casarse para adoptar el del marido) más un cognomen si era necesario.

Lápida dedicada por Tiberio Claudio Geta a su mujer, Lucia Tertula, hija de Quinto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, un matrimonio que tuviera una hija la llamaba por el nombre de la gens debidamente feminizado (por ejemplo, una hija de los claudios sería Claudia). Si tenía más de una se recurría a comparativos a modo de cognomen (Claudia Maior, Claudia Minor) y si había más de dos, se usaban los ordinales citados antes (Claudia Prima, Claudia Secunda…). Curiosamente, se les ponía con mayor prontitud que a los varones, un día antes de esos nueve reseñados antes, también después del rito de purificación (en el que se colgaba a la entrada de casa una simbólica madeja de lana para indicar el sexo femenino del bebé, en lugar de la guirnalda de olivo que se ponía por los nacidos varones).

Era la costumbre en la primera mitad del período republicano, pero iría evolucionando con el tiempo. A finales de esa etapa, es cuando el cognomen cobra importancia para distinguir a la rama familiar y si el hijo varón lo hereda la mujer empieza a incorporarlo también, aunque feminizado. Ese cambio se afianzó durante el Imperio, ya desde el reinado de Augusto, pudiéndose encontrar ejemplos notorios en los que ni siquiera se trocaba el nomen del padre por el del esposo si la gens del primero era mas importante. Uno clásico es el de las hijas de Julia Maior y Marco Vipsanio Agripa, que se llamaron Julia Minor y Agripina Maior, en vez de Vipsania Tertia y Vipsania Quarta.

Teresa Ann Savoy interpretando a Julia Drusila en Calígula/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En tiempos de la dinastía Julio-Claudia (la emparentada con Julio César, que además del propio Augusto incluye a Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón) se suceden más casos de nombres distintos. Claudia Julia Livila, hermana de Germánico y Claudio, se llamó así en honor de su abuela Livia (Livila es un diminutivo), esposa de Augusto. Su sobrino Calígula tenía tres hermanas: Agripina Minor, que llevaba el nombre de su madre (y, como ella, recibiría el agnomen de Augusta); Julia Drusila, que recibió el cognomen de su abuelo Nerón Claudio Druso; y Julia Livila, que también se llamó así por Livia.

Claudio tuvo dos hijas, la primera con Elia Petina y la segunda con Valeria Mesalina, que no se llamaron Claudia Maior y Claudia Minor sino Claudia Antonia y Claudia Octavia respectivamente, la primera por su abuela Antonia Minor (que fue quien la crió en su primera infancia) y la segunda por su bisabuela Octavia Minor. Por tanto, los nombres de las mujeres continuaron la tendencia a diferenciarse progresivamente de los de sus progenitores, haciendo común lo que antaño era excepción (y hay una muy curiosa: la patricia Claudia Pulcra, hija de Apio Claudio Pulcro, una mujer cultivada pero que llevó una vida escandalosa a caballo entre los siglos I a.C. y I d.C., alteró su nomen dándole connotaciones plebeyas y, tras casarse con su primo Quinto Cecilio Metelo Céler, pasó a llamarse Clodia Metela).

Retrato renacentista de Clodia Metela/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cuando llegaron las siguientes dinastías, la de los Flavios, la de los Severos, los usos se habían modificado bastante. Ya explicamos antes que Caracalla generalizó el nomen Aurelio, pero es que para entonces también se había vuelto frecuente que las mujeres de la familia imperial adoptasen el praenomen Julia, una buena forma de legitimar a las dinastías que accedieron al poder mediante golpes militares, que fueron la mayoría, emparentando con la prestigiosa gens homónima. De hecho, a partir del siglo II d.C., la agnatio o parentesco por descencia masculina se vio acompañado cada vez más por la cognatio, el que venía por vía materna, cediendo la autoridad absoluta del pater familias.

La difusión e implantación del cristianismo, especialmente tras su legalización y asimilación por el Estado, le dio una vuelta de tuerca a todo esto. A partir de ahí, se hizo común adoptar nombres relacionados con esa fe y, a medida que ésta se asentaba cada vez más, incluso se pasó a cambiar el nombre pagano por uno cristiano: el original de la emperatriz Teodora era otro (se desconoce cuál, dado su humilde origen; Teodora significa regalo de Dios) y así surgieron unos cuantos que se pusieron de moda en la corte bizantina, caso de Irene (paz), Ana (gracia), Agnes (sagrada), etc. Todavía perduran.


Fuentes

Women’s life in Greece and Rome. A source book in translation (B. Fant y Mary R. Lefkowitz)/The family in Ancient Rome. New perspectives (Beryl Rawson, ed.)/La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio (Jerome Carcopino)/La vida en la antigua Roma (Stanford Mc Krause)/Wikipedia