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Cómo los prisioneros atenienses en Siracusa consiguieron la libertad por saberse de memoria las tragedias de Eurípides

La flota ateniense en Siracusa, en un grabado del siglo XIX / foto dominio público en Wikimedia Commons

Cuando finalizó la primera fase de la Guerra del Peloponeso, en el año 421 a.C., Atenas y Esparta firmaron la paz de Nicias que debía durar 50 años. Sin embargo, solo cinco años más tarde llegó a Atenas una embajada de la ciudad de Segesta, en Sicilia, con una oferta irresistible.

También es cierto que ni atenienses ni espartanos habían cumplido las condiciones impuestas por el tratado de paz, y se habían enzarzado en escaramuzas apoyando a una u otra ciudad en el Peloponeso. Por eso cuando los de Segesta llegaron a Atenas en 416 a.C. sabían que tenían muchas posibilidades de obtener lo que buscaban.

Llevaban un tiempo enfrentados con otra ciudad siciliana, Selinunte, ante la que ya habían perdido una primera batalla. Ahora venían a pedir la ayuda de Atenas y además se ofrecían a costear toda la expedición. A cambio se comprometían a ayudar a los atenienses a hacerse con Siracusa, la gran aliada de Esparta en la Magna Grecia. Los atenienses dudaban de que Segesta tuviera la capacidad económica necesaria, así que enviaron embajadores a comprobarlo.

Atenas, Esparta y sus aliados en la Guerra del Peloponeso / foto Kenmayer en Wikimedia Commons

Estas amonestaciones de los egestenses, que hacían muy a menudo a los atenienses, expuestas al pueblo de Atenas, fueron causa de que éste determinara enviar primeramente sus embajadores a Sicilia, para saber si los egestenses tenían tanto dinero para la guerra como ofrecían, y además para ver los aprestos de guerra que poseían e informarse del poder y fuerzas de los selinuntios, sus contrarios, y del estado en que se encontraban sus cosas, lo cual fue así hecho.

Tucidides, Historia de la Guerra del Peloponeso VI.1

Los de Segesta se las arreglaron para engañar a los embajadores atenienses, mostrándoles un poco de oro y plata y haciéndoles creer que tenían mucho más. Cuando los embajadores regresaron a Atenas con 60 talentos de plata, que equivalían a la paga de un mes de 60 naves, el envío de tropas se aprobó con entusiasmo.

Al principio del verano regresaron los embajadores que los atenienses habían enviado a Sicilia, y con ellos algunos egestenses de los principales, que trajeron sesenta talentos de plata, no labrada, para la paga de un mes de sesenta naves que pedían socorro a los atenienses. Estos egestenses y los embajadores fueron admitidos en el Senado y, al darles audiencia delante de todo el pueblo, propusieron muchas cosas para poder persuadir a los atenienses de su demanda, y entre otras fue la de afirmar que tenía su ciudad gran copia de oro y plata, así en el tesoro público como en los templos, aunque no era esto verdad

Tucidides, Historia de la Guerra del Peloponeso VI.2
La ruta de la expedición ateniense / foto Alvaro qc en Wikimedia Commons

La flota ateniense zarpó en junio de 415 a.C. El ejército, que sumaba 134 trirremes, 130 naves de transporte, 5.100 hoplitas, 1.300 arqueros y honderos, además de las tripulaciones de los barcos y personal no combatiente (en total unos 27.000 hombres), navegó al norte hacia la isla de Corcira, y de allí tomó rumbo a Sicilia. Desembarcaron en Regio, frente al estrecho de Mesina, y allí les llegó a los atenienses la confirmación de que habían sido engañados por los segestanos. No había ni oro ni tesoros.

Los generales atenienses, Nicias, Alcibíades y Lámaco, decidieron entonces olvidarse de Selinunte e ir directamente a atacar Siracusa. Cuando los siracusanos supieron que Atenas enviaba una flota a Sicilia no se lo podían creer. Estando pendiente de un hilo la paz con Esparta, cómo era posible que aprovechasen la excusa de ayudar a Segesta para invadirles.

La expedición no fue tan bien como los atenienses habían pensado. Para julio de 413 a.C., dos años después de su llegada, seguían atascados sin poder tomar la ciudad. De hecho y, gracias a la ayuda espartana a Siracusa, los sitiados eran ellos, más que los siracusanos. Cuando llegaron los refuerzos al mando de Demóstenes, éste decidió regresar a Atenas ante la imposibilidad de tomar la ciudad y a la vista de que los espartanos habían ocupado y fortificado Decelia, unos 22 kilómetros al noreste de Atenas, interrumpiendo gravemente su suministro por tierra, por lo que se imponía regresar para defender Atenas de la invasión espartana.

El asedio ateniense a Siracusa / foto CortoFrancese en Wikimedia Commons

Justo cuando lo tenían todo preparado para marcharse, el 28 de agosto, hubo un eclipse de luna y los sacerdotes aconsejaron a los atenienses esperar 27 días más. Eso dio tiempo a los siracusanos para bloquear la salida del puerto, atrapando en su interior a toda la flota ateniense. El 10 de septiembre intentaron romper el bloqueo, pero fue inútil. Entonces quisieron huir por tierra y desembarcaron, dejando los barcos en la orilla donde fueron quemados por los siracusanos.

Nicias y Demóstenes intentaron llegar con los 40.000 supervivientes atenienses a la ciudad aliada de Catania, pero el general espartano Gilipo les cortó la retirada y, tras diversos combates, los obligó a rendirse. Quedaban tan solo 7.000.

Aunque sea cosa difícil explicar el número de todos los que quedaron prisioneros, debe tenerse por cierto y verdadero que fueron más de siete mil, siendo la mayor pérdida que los griegos sufrieron en toda aquella guerra, y según yo puedo saber y entender, así por historias como de oídas, la mayor que experimentaron en los tiempos anteriores, resultando tanto más gloriosa y honrosa para los vencedores, cuanto triste y miserable para los vencidos, que quedaron deshechos y desbaratados del todo, sin infantería, sin barcos, y de tan gran número de gente de guerra, volvieron muy pocos salvos a sus casas. Este fin tuvo la guerra de Sicilia.

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso VII.14
La retirada de los atenienses, en una litografía del siglo XIX / foto English School en Wikimedia Commons

Los que no eran atenienses, italianos o sicilianos, fueron vendidos como esclavos, y el resto obligados a realizar trabajos forzados en las canteras, donde la mayoría ya había muerto de hambre o enfermedades apenas 70 días después. Unos pocos consiguieron huir a Catania, y otros fueron liberados porque, como cuenta Plutarco, se sabían de memoria y recitaban las obras de Eurípides.

De los Atenienses, los más fallecieron en las minas, de enfermedad y de mal alimentados, porque no se les daba por día más que dos cótilas de cebada y una de agua. No pocos fueron vendidos, o porque habían sido de los robados porque, habiéndose ocultado entre los siervos, pasaron por esclavos, y como tales los vendían, imprimiéndoles en la frente un caballo; teniendo que sufrir esta miseria más que la esclavitud. Fueron para éstos de gran socorro su vergüenza y su educación, porque, o alcanzaron luego la libertad, o permanecieron siendo tratados con distinción en casa de sus amos. Debieron otros su salud a Eurípides, porque los Sicilianos, según parece, eran entre los Griegos de afuera los que más gustaban de su poesía, y aprendían de memoria las muestras, y, digámoslo así, los bocados que les traían los que arribaban de todas partes, comunicándoselos unos a otros.

Plutarco, Vida de Nicias XXIX
Las canteras de Siracusa en la actualidad / foto Davide Mauro en Wikimedia Commons

Eurípides es, junto a Esquilo y Sófocles, uno de los tres grandes poetas trágicos griegos de la Antigüedad. Escribió más de 90 obras de las que 19 han llegado hasta nuestros días (por solo 7 de Sófocles y Esquilo). Sin embargo, fue el menos exitoso de los tres, y por eso es en cierto modo sorprendente que tuviera tan buena acogida entre los siracusanos.

En la Dionysia de primavera, el festival ateniense en honor a Dionisio en que se celebraba una competición de obras teatrales, Esquilo ganó 13 veces el primer premio, Sófocles consiguió 24 victorias, y Eurípides solo 4. Y es que las obras de Eurípides eran demasiado realistas para el gusto ateniense, como nos indica el propio Sófocles a través de Aristóteles: Sófocles afirmó que él representaba a los hombres como deberían ser y que Eurípides los representaba como eran.

Estatua de Eurípides encontrada en Roma en 1704 / foto dominio público en Wikimedia Commons

Aunque Eurípides era una década más joven que Sófocles, moriría antes que él, aunque en el mismo año 406 a.C. En la Dionysia de ese año Sófocles homenajeó a su amigo fallecido presentando al coro de luto y sin guirnaldas. Algo que seguramente habría complacido a Eurípides tanto como el reconocimiento que le manifestaron los soldados que alcanzaron la libertad gracias a sus versos.

Dícese, pues, que de los que por fin pudieron volver salvos a sus casas, muchos visitaron con el mayor reconocimiento a Eurípides, y le manifestaron, unos, que hallándose esclavos, habían conseguido libertad enseñando los fragmentos de sus poesías, que sabían de memoria, y otros, que, dispersos y errantes después de la batalla, habían ganado el alimento cantando sus versos; lo que no es de admirar cuando se refiere que, refugiado a uno de aquellos puertos un barco de la ciudad de Cauno, perseguido de piratas, al principio no lo recibieron, sino que lo hacían salir, y que después, preguntando a los marineros si sabían los coros de Eurípides, y respondiendo ellos que sí, con esto cedieron y les dieron puerto.

Plutarco, Vida de Nicias XXIX

Quizá la satirización de muchos héroes de la mitología griega, su realismo en la humanización de los personajes y sus habitualmente inteligentes y fuertes personajes de mujeres y esclavos, le ganaron el favor de aquellos que, fuera de Atenas, se oponían a los valores que esta ciudad representaba.


Fuentes

The Sicilian Expedition, 413 BC / Historia de la Guerra del Peloponeso (Tucídides) / Sailing the Wine-Dark Sea: Why the Greeks Matter (Thomas Cahill) / The Peace of Nicias and th Sicilian Expedition (Donald Kagan) / Wikipedia.