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Aeroplancton, la masa de microorganismos que viven en el aire y podrían influir en la formación de nubes y lluvia

Formación de aeroplancton sobre el Loira/Imagen: Lamiot en Wikimedia Commons

Es difícil establecer qué especie es la más abundante del mundo, aunque parece obvio que los microorganismos se colocan en lo alto del pódio. Ahí hay que incluir virus, bacterias, protozoos y hongos, entre otros. La cantidad de individuos que suman estas formas de vida es incalculable, como acaso lo sea su variedad. Hoy vamos a hablar de unos microbios que tienen la peculiaridad de vivir en el aire, flotando a merced de las corrientes y sirviendo de alimento a algunas aves, razón por la cual se los ha comparado con el plancton marino y, consecuentemente, reciben el nombre de aeroplancton.

La RAE define el plancton como un conjunto de organismos animales y vegetales, generalmente diminutos, que flotan y son desplazados pasivamente en aguas saladas o dulces. Su etimología, de origen griego, alude precisamente a ese carácter errante como contraposición al necton, que está formado por los seres que nadan. En una fase intermedia entre el agua y el aire estaría el neuston y, concretando más, el epineuston agrupa a los que ya están en la fase aérea (o sea, sobre la película que forma el agua) frente al hiponeuston, que aún está en la acuosa (por debajo). Subiendo un escalón estaríamos ya hablando de aeroplancton.

Diversas especies de plancton/Imagen: Christian Sardet-CNRS-Tara Expeditions en Wikimedia Commons

Se trata de invertebrados que también tienen movimiento pasivo y son tan abundantes que en ocasiones, en función de las corrientes de aire y de la concentración, hasta pueden percibirse a simple vista o con lupa. De hecho, su diversidad es tal que incluye a aquellos que requieren microscopio -óptico o electrónico- para verlos pero también a otros de mayor tamaño -aunque diminuto de todas maneras-, así que taxonómicamente abarcan un arco bastante amplio que va desde los ínfimos virus a un millar de especies de bacterias, cuarenta mil de hongos y cientos de protistas, algas, musgos y hepáticas (esporas, polen y semillas).

Desgranando, se pueden nombrar algas unicelulares, esporas de hongos y de pteridofitas, polen de angiospermas y gimnospermas, quistes de protozoos, rotíferos, nemátodos y tardigrados, arácnidos y pequeños insectos, a los que se puede sumar el llamado aeronecton, que forman macroinsectos, ucélidos (apodidos e hirundinos) y hasta quirópteros (que son pequeños mamíferos, los murciélagos). No hay un límite claro entre el aeroplancton y el aeronecton, por lo que unos establecen la diferencia en la longitud (mayor o inferior a un centímetro) y otros en la capacidad de vuelo.

Esquema propuesto por P. F. Balboa para el alza del vuelo de las arañas empleando «velas» o «parapentes» de seda/Imagen: Pozitron en Wikimedia Commons

Además, la composición varía mucho geográfica y estacionalmente, interviniendo factores como la hora del día, la lluvia, la temperatura, la humedad, la estación, la altitud o la zona biogeográfica. También la presión que ejerce el Hombre mediante plaguicidas e insecticidas o su modificación del medio ambiente; un ejemplo: el desarrollo de áreas cultivadas hace que, tras la cosechas, el aire esté demasiado seco para ciertas especies bioindicadoras de buena calidad ambiental (no digamos ya si se trata de aire contaminado propio de ambientes urbanos). Aún así, los humanos respiramos miles de esos organismos diariamente.

Como se ve, también incluye animales superiores, aunque la mayoría invertebrados. Es el caso de artrópodos como las pequeñas arañas que aprovechan las corrientes para impulsarse utilizando los hilos de seda que producen a la manera de velas, en lo que se conoce como vuelo arácnido. Otro ejemplo podrían ser insectos también minúsculos que a veces se desplazan impulsados por el viento o flotan en el aire, incluso a varios miles de metros de altitud; en este último caso destacarían los áfidos, fitopatógenos que suelen constituir plagas para los cultivos, caso de la célebre filoxera o los pulgones.

Lámina de filoxera (Dactylosphaera vitifolii)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hay más, como ciertos dípteros, coleópteros e himenópteros cuyas dimensiones y peso son tan reducidos, hasta en estado adulto, que a menudo son trasladados a cientos de kilómetros. Constituyen una de las bases de la cadena trófica al ser fuente de alimentación para algunas especies de aves, entre ellas algunas tan familiares como las golondrinas y los vencejos, que son capaces de comer decenas de miles de insectos diarios (unos cincuenta gramos por individuo), por lo que de paso ejercen una labor de control sobre el aeroplancton. No obstante, los propios integrantes del aeroplancton pueden canibalizarlo, como las arañas y murciélagos.

Para unos, desplazarse impulsados por el viento es un eficaz sistema de transporte; pero para otros la cosa adquiere una cualidad muy especial: el aire no es un medio sino un fin en sí mismo y viven perennemente en él. Ahí estaríamos hablando ya de seres menores pero muy resistentes a las condiciones extremas (temperatura, presión, humedad, radiación, etc) que hay en registros hasta los setenta y siete mil metros sobre el nivel del mar, alimentándose de sustancias orgánicas en suspensión, ácido fórmico, alcoholes, etc.

Insectos atraídos por la luz nocturna/Imagen: Lamiot en Wikimedia Commons

Es el caso de algunas especies de procariotas (bacterias) como Micrococcus albus y Mycobacterium luteum, o de hongos como Papulaspora anomala, Circinella muscae, Aspergillus niger y Penicillium notatum. Estos dos últimos nombres quizá resulten familiares al lector, pues el primero es el causante de un moho frecuente en hortalizas, frutas y verduras mientras que el segundo pertenece al género a partir del cual se fabrica la penicilina. No obstante, no son los únicos que se pueden encontrar entre las nubes, habiéndose identificado también otros géneros: Micrococcus, Bacillus, Streptomyces, Flavobacterium

Más aún, las propias bacterias -al menos cierto tipo de ellas- intervienen en la formación de las nubes facilitando la condensación y colaborando en la generación de otras bacterias, las biosurfactantes, que tienen un papel en la reducción de la tensión superficial del agua. Hasta se debate si el aeroplancton participa en la formación de lluvia, nieve y granizo, quizá determinando la ordenación de las moléculas de agua gracias a las proteínas de sus membranas. Todo ello supone un paralelismo con el papel que se cree que podría tener el filoplancton en la formación de nubes y las precipitaciones.

Granos de polen fotografiados con un microscopio electrónico de barrido/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Algo parecido a lo que antes contábamos de los invertebrados pasa con otras variedades de aeroplancton, pues muchas plantas liberan el polen para que el viento lo extienda y ésa es la base de la fecundación cruzada (aquella que se produce fuera del cuerpo). Los cereales suelen emplear ese sistema, al igual que las coníferas, provocando involuntariamente un efecto sobre los seres humanos: las alergias, que también aparecen cuando lo que transporta en suspensión el aire son esporas y semillas. Ya sabemos a quién echar la culpa.


Fuentes

Clima y calidad ambiental. Biomonitorización de la calidad del aire (VI Reunión Anual de Climatología Asociación de Geógrafos Españoles. Alberto Martí, ed.)/Studies in the distribution of insects by aerial currents (A. C. Hardy y P. S. Milne)/Aeroplancton. Viviendo en las nubes (Cnidus en La Ciencia y sus Demonios)/Declines of aerial insectivores in North America follow a geographic gradient (Silke Nebel, Alex Mills, John D. McCracken y Philip D. Taylor)/Wikipedia