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Pignora imperii, los 7 objetos que garantizaban el dominio de Roma

Festival, cuadro de Lawrence Alma-Tadema (1871) / foto dominio público en Wikimedia Commons

Pignora imperii es un término latino que se puede traducir por algo así como objetos de dominio. Los romanos creían que esos objetos poseían una especie de poder que, en conjunto, garantizaba el dominio de Roma sobre el resto de pueblos del mundo, y su continuidad.

Las fuentes mencionan un número variable de estos objetos, aunque se suele considerar generalmente que la lista más correcta es la de 7 objetos que da Mauro Servio Honorato a finales ya del siglo IV en su obra de comentarios sobre Virgilio In tria Virgilii Opera Expositio.

Estatuilla de Atenea del tipo Paladio, siglo VI a.C. / foto dominio público en Wikimedia Commons

siete fueron los objetos que aseguraban el dominio romano: la piedra de la madre de los dioses, la cuadriga de terracota de Veyes, las cenizas de Orestes, el cetro de Príamo, el velo de Iliona, el Paladio, los ancilia (escudos sagrados)

Mauro Servio Honorato, nota a In tria Virgilii Opera Expositio: Eneida 7.188

A estos siete algunos autores suman el fuego sagrado de Vesta, que nunca debía apagarse y era mantenido por las vestales. La llama era la única representación de la diosa, y su extinción suponía un desastroso augurio para la ciudad. Sobre ella y cómo Teodosio cerró el templo hacia 394 d.C. apagando el fuego sagrado, hablamos en nuestra historia sobre Celia Concordia, la última vestal de Roma.

Curiosamente, de los 7 objetos hay tres que son completamente ficticios y que además no aparecen mencionados en ninguna otra fuente como pignora imperii: las cenizas de Orestes, el cetro de Príamo y el velo de Iliona. De los otros cuatro objetos existen abundantes referencias en la literatura romana, pero por desgracia se perdieron y no existe ninguna prueba de ellos en el registro arqueológico.

Alan Cameron opina que la lista pudo ser inventada por Marco Terencio Varrón, de quien es sabido que estaba fascinado por el número 7. Pero al mismo tiempo el siete era un número importante en Roma, ya que designaba el número de colinas sobre las que se había fundado, el número de reyes que había tenido, e incluso el número de testigos necesarios para determinados actos legales.

Maqueta de Roma con la cuadriga de Veyes en lo alto del templo de Júpiter / foto Jean-Pierre Dalbéra en Wikimedia Commons

En cualquier caso, es evidente que, aunque todos los objetos proceden de los primeros momentos de existencia de la ciudad, o incluso se adscriben a sus mitos fundacionales, no fueron recopilados al mismo tiempo.

Un primer grupo de tres objetos habrían sido llevados a Roma por los troyanos que acompañaban a Eneas en su huida, y tienen un claro origen troyano. Un segundo grupo tiene diferentes procedencias: Grecia, Sabina, Etruria. Y el último, la piedra de Cibeles o Madre de los dioses, fue introducida por el Senado en tiempos históricos, una decisión política que debía cumplir una profecía de los Libros Sibilinos.

El cetro de Príamo

Tras la caída de la ciudad ante los griegos, el cetro real habría sido rescatado de las llamas y llevado al Lazio por Ilioneo en nombre de Eneas, como un símbolo de paz y una garantía de alianza. Si existió, lo cual es ciertamente dudoso, pudo guardarse en el Palatino.

El velo de Iliona

Iliona, la hija mayor de Príamo y Hécuba, era la esposa del rey tracio Poliméstor, protagonista de una historia de traiciones y desencuentros con los troyanos. El velo en cuestión estaba tejido en acanto y había sido un regalo de Leda a Helena con ocasión de su boda. Dado que Iliona ya había muerto llegaría, igualmente, con los refugiados troyanos.

El Paladio

El tercero de los objetos de procedencia troyana era una estatua de madera de tres codos de altura (metro y medio). Representaba, o bien a la diosa Atenea, o bien a Palas, su compañera de juegos siendo niñas a la que mató en un accidente, con una lanza en la mano derecha y una rueca y un huso en la izquierda.

El Paladio estaba en Troya desde los tiempos de su fundación, cuando fue encontrado por Ilio mientras construía la ciudad. Se decía que Troya sería inexpugnable mientras el Paladio estuviera en ella, por lo que durante la guerra fue robado por Diomedes y Odiseo. No obstante, otra versión de la historia dice que lo que se llevaron fue una copia, y el original acabaría llegando a Italia nuevamente con Eneas. Incluso Pausanias afirma esto último.

Pero no estoy de acuerdo con ellos cuando dicen que en Argos está el sepulcro de Deyanira, hija de Eneo, y la de Héleno, hijo de Príamo, y una imagen de Atenea, la que fue traída de Ilion y la que hizo que Ilion fuese tomada. El Paladio —pues así se llama— es evidente que fue llevada a Italia por Eneas

Pausanias, Descripción de Grecia II.23-5

Los romanos creían que el Paladio se guardaba en el templo de Vesta, donde lo había colocado el rey Numa Pompilio. Nadie podía verlo y solo la Vestal Máxima sabía que era el original.

Las cenizas de Orestes

Orestes era el hijo de Agamenón y Clitemnestra, quien habría matado a ésta última y a su amante Egisto, como responsables de la muerte de Agamenón a su regreso de Troya. El propio Orestes, que falleció por la picadura de una serpiente en Arcadia, sería enterrado en Esparta.

Pero otra versión de la historia dice que su hermana Ifigenia lo incineró y enterró las cenizas en el bosque de Aricia, cerca de Roma, donde siglos más tarde fueron encontradas. Se guardaban, supuestamente, en el Templo de Júpiter Capitolino.

Los ancilia o escudos sagrados

Representación de los ancilia en el anverso de una moneda romana / foto Honos et Virtus

Eran 12 escudos ovales de bronce con escotaduras a ambos lados que se guardaban en el templo de Marte a cargo de los sacerdotes saliares.

La leyenda cuenta que uno de ellos había sido hecho por el propio Marte y caído del cielo o entregado al rey Numa Pompilio, con la condición de que mientras se mantuviera en Roma, ésta dominaría el mundo. Una historia tan parecida a la del Paladio troyano que Numa no se la quiso jugar y encargó 11 copias del escudo, por si a alguien se le ocurría robarlo.

Las copias, realizadas por el herrero Veterio Mamurio, eran tan buenas que nadie pudo jamás distinguirlas del original. Los 12 escudos se sacaban en procesión cada año durante el mes de marzo, cuando los sacerdotes saliares desfilaban durante tres días con ellos colgados, golpeándolos a imitación del trabajo realizado por Mamurio.

La cuadriga de terracota de Veyes

Cuando el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, construyó el templo de Júpiter Capitolino a finales del siglo VI a.C., encargó a Vulca, el más famoso de los escultores etruscos de la ciudad de Veyes, una cuadriga de terracota que representase el carro de Júpiter.

La leyenda dice que mientras se cocía en el horno, la escultura se hinchó tanto que fue necesario destruirlo para poder sacarla, lo que se consideró un presagio de prosperidad. La cuadriga estaba situada en lo alto del frontón del tempo de Júpiter Capitolino, a modo de acrótera.

En el año 296 a.C. fue reemplazada por una copia en bronce, a expensas de los hermanos Ogulnios.

La piedra negra de Cibeles, la Madre de los dioses

Estatua de Cibeles, año 60 a.C. / foto ChrisO en Wikimedia Commons

En el año 205 a.C. los romanos buscaron en los Libros Sibilinos alguna indicación de como salir victoriosos en la Segunda Guerra Púnica. La respuesta fue que debían ir a la ciudad anatolia de Pesinunte y obtener una piedra negra que se guardaba y veneraba en un santuario hitita.

La piedra, que era posiblemente un betilo, es decir, un fragmento de meteorito, fue llevada a Roma y asimilada al culto de la Gran Madre de los dioses (Cibeles), a la que se levantó un templo en el Palatino.

Arnobio, un retórico cristiano que escribe en los primeros años del siglo IV d.C., afirma haberla visto con sus propios ojos, colocada todavía en la cabeza de la estatua de la diosa en su templo romano:

una piedra, no grande, que pudiera ser llevada en la mano de un hombre sin ninguna presión -de color oscuro y negro- no lisa, pero con pequeños rincones que sobresalen, y que hoy todos vemos puesta en esa imagen en lugar de un rostro, áspero y sin cortar, dando a la figura un aspecto nada realista

Arnobio de Sicca, Adversus gentes VII.49

¿Y qué ocurrió con los pignora imperii?

La columna de Constantino / foto Dmitry A. Mottl en Wikimedia Commons

Como ya hemos dicho, tres de ellos nunca llegaron a existir más que en la literatura. Los otros cuatro, la piedra negra de la Madre de los dioses, la cuadriga de terracota de Veyes, el Palladium y los ancilia, se perdieron en el curso de la historia y jamás han sido encontrados. La cuadriga probablemente se destruyó en alguno de los varios incendios que asolaron el templo de Júpiter, reconstruido hasta en cuatro ocasiones.

Algunas fuentes tardías indican que, por lo menos la piedra y el Paladio, pudieron ser llevados por Constantino a su nueva capital, Constantinopla, con motivo de su fundación. Por ejemplo, una tradición afirma que el Paladio fue depositado en el interior de la columna de Constantino, que todavía puede verse con sus 35 metros de altura en su ubicación original.


Fuentes

The last pagans of Rome (Alan Cameron) / In tria Virgilii Opera Expositio (Mauro Servio Honorato) / I “Pignora imperii”, gli oggetti magici di Roma (Italica Res) / Le sette cose fatali di Roma antica (Francesco Cancellieri) / Adversus gentes (Arnobio) / Wikipedia.