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Egospótamos, la gran victoria de Esparta sobre Atenas que decidió la Guerra del Peloponeso


Tradicionalmente, la gran baza de Atenas sobre Esparta en aquella larga rivalidad que mantuvieron por la primacía en el mundo griego fue su marina de guerra, gracias a la cual pudo compensar a la imparable maquinaria bélica del ejército espartano en tierra. Sin embargo, a partir del proceso por blasfemia a su marino más destacado, Alcibíades, que se pasó al otro bando para evitar su condena, esa situación se equilibró y en el año 405 a.C. la flota del navarca Lisandro logró dar la vuelta a la superioridad ateniense, imponiéndose brillante y aplastantemente en la batalla anfibia de Egospótamos. Fue el inicio del fin de la Guerra del Peloponeso.

Esa contienda duraba ya más de un cuarto de siglo, pues había empezado en el 431 a.C. al enfrentarse la Liga Ático-Délica, liderada por Atenas, con la del Peloponeso, encabezada por Esparta. A lo largo de esas dos décadas y media se alternaron hostilidades con períodos de tregua, de modo que la periodización clásica identifica una primera fase, conocida como Guerra Arquidámica (en la que los barcos atenienses lograron frustrar los repetidos intentos enemigos de invasión), un lustro de tranquilidad pactado en la Paz de Nicias, una segunda etapa favorable a los espartanos gracias a sus triunfos en Mantinea y Siracusa, y un último episodio conocido como Guerra de Decelia, en cuyo contexto se enmarcó la batalla de Egospótamos.

El mundo griego al inicio de la Guerra del Peloponeso/Imagen: Molorco en Wikimedia Commons

La Guerra de Decelia, también llamada Guerra de Jonia porque fue en esta región griega de Asia Menor donde se desarrollaron las operaciones, empezó cuando la talasocracia ateniense entró en crisis, arruinada económica y materialmente tras el desastre en Sicilia. De hecho, también fue una grave pérdida humana, no sólo en vidas sino en mandos, ya que los cuatro estrategos que dirigieron la campaña en la isla italiana terminaron mal (Alcibíades, como vimos, uniéndose a los espartanos; Demóstenes y Nicias, ejecutados sumariamente; Lámaco, caído en combate). Y, asimismo, la política de Atenas sufrió una conmoción que llevó a sustituir su sistema de gobierno de diez probuloi (ancianos), cinco proedroi (presidentes) y cien ciudadanos en detrimento de la Boulé (Consejo de Quinientos), lo que en la práctica significaba el paso de una democracia a una oligarquía.

Esparta estaba crecida, optimista y convencida de que tenía la victoria final al alcance de la mano. Fruto de esa actitud, y con asesoramiento de Alcibíades, el rey Agis II se había lanzado a una nueva invasión del Ática ocupando en el 413 a.C. la ciudad de Decelia, estratégicamente muy importante porque su ubicación entre Beocia y Atenas era fundamental para interrumpir los suministros a ésta. Conscientes de ello, los espartanos construyeron un fuerte en lo alto de un desfiladero y empezaron a estrangular así la economía ateniense, sobre todo al cortar el flujo de plata que se enviaba desde las minas de Laurión.

Ubicación de Decelia/Imagen: Alvaro qc en Wikimedia Commons

Además desde aquella base realizaron incursiones por diversas localidades que permitieron incautar todo su ganado y favorecer la evasión de los cerca de veinte mil esclavos que tenían sus enemigos. Atenas tuvo que pasar a aprovisionarse por mar, lo que resultaba más caro y difícil, sin contar la afrenta que suponía tener al odiado rival asentado en su propio territorio. No obstante, confiaba todavía en su flota, que aún mermada siempre constituía un riesgo para Esparta; por eso Agis II abrió negociaciones con Tisafernes y Farnabazo II, sátrapas persas de Sardes y Dascilio, a pesar de que, teóricamente, Esparta y el Imperio Aqueménida seguían en guerra (en el 449 a.C. los persas firmaron la Paz de Calias sólo con Atenas).

Relieve de Darío II en Persépolis/Imagen: Darafsh Kaviyani en Wikimedia Commons

Dario II sufría problemas internos, con un intento de golpe por parte de Amorges, el sátrapa de Lidia, que fue apoyado por los atenienses impulsando la rebelión de la región de Caria. Esto convenció al rey para ayudar a Agis II; no podía aportar muchas tropas pero sí dinero, a cambio de que su nuevo aliado renunciase a las ciudades griegas de Asia Menor, que de todos modos eran mayoritariamente partidarias de Atenas. Se incentivaron así revueltas en esas urbes que, efectivamente, empezaron a cambiar de bando: Quíos, Lesbos, Eubea, Mileto, Metimna, Eritrea, Lebedos, Mitilene, Teos y Clazómenas le dieron la espalda a sus antigua socia, a cuyo lado sólo permaneció Samos.

Entretanto, Alcibíades había estado jugando a dos barajas. Sabía que, pese a todo, en Esparta desconfiaban de él, por lo que entabló contacto con la oligarquía ateniense apoyando su ascenso al poder en el 411 a.C. Pero la ciudad se había polarizado entre moderados y extremistas; como estos últimos planeaban pactar con Esparta, fueron perseguidos y apartados. De este modo, se instauró un régimen mixto que terminó dando paso a una restauración de la democracia en el 410 a.C. La lideraba Cleofonte, radicalmente opuesto a cualquier negociación con el enemigo. Las diferencias tendrían que dirimirse en el campo de batalla y Alcibíades era una pieza demasiado valiosa para despreciarla.

Alcibíades aclamado en su regreso a Atenas (Walter Crane)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el 410 a.C., por presión del ejército, fue restituido en su puesto de navarca de la flota. No llegó a tiempo para los enfrentamientos de Cinosema y Abidos, en los que los barcos atenienses se impusieron a los peloponesios, pero sí para el de Cícico donde obtuvo una gran victoria capturando todas las naves enemigas que no resultaron destruidas. Esparta solicitó la paz, pero Atenas se veía fuerte ahora y rechazó la propuesta. Y, en efecto, poco después se cobraba nuevos triunfos en Calcedón, Selimbria y Bizancio, lo que le dio otra vez el control del Helesponto y permitió restablecer sus rutas de aprovisionamiento.

En el 407 a.C., Alcibíades regresó a su ciudad, donde fue recibido entusiásticamente, se sobreseyeron los antiguos cargos que había contra él y se le devolvieron sus propiedades. Pero los supersticiosos tenían razones para el pesimismo: su retorno coincidió con la celebración de la Plinteria (un festival en honor de Atenea), día considerado nefasto, y el mal presagio se cumplió al año siguiente, cuando fue estrepitosamente derrotado en Notio. Eso le supuso duras críticas y el relevo por Conón, eligiendo entonces marchar al exilio; nunca más volvió y es posible que ello fuese el primer gran error que supondría la condena definitiva de Atenas.

Porque enfrente había surgido otro genio militar. Se llamaba Lisandro, un miembro de la dinastía Heráclida, prestigiosa pero pobre y, por tanto, sin acceso al poder (de hecho, algunos le suponen un ilota ascendido). Su nombramiento como navarca de la flota del Peloponeso fue su primer mérito conocido y lo cumplió con creces derrotando a Alcibíades pero ahí terminaba su mandato y fue sustituido por Calicrátidas; Lisandro no lo encajó bien y devolvió a Ciro, el hijo de Darío II, cuya amistad se había ganado, el dinero que éste le había entregado para ampliar la flota. Sin embargo, Calicrátidas también demostró gran competencia en el 406 a.C., bloqueando a los barcos de Conón en Mitilene.

Encuentro entre Ciro el Joven y Lisandro (Francesco Antonio Grue)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Todo parecía de cara para Esparta, máxime teniendo en cuenta que los trirremes que Atenas envió en auxilio de Conón eran recién construidos y tripulados por marineros sin experiencia; se trataba de una flota de centenar y medio de naves para cuya financiación fue necesario decretar nuevos impuestos a aliados y comerciantes, así como fundir el tesoro de la Acrópolis. Confiado, Calicrátidas dejó cincuenta de las suyas bloqueando Mitilene y partió con el resto (unas ciento veinte) al encuentro de las atenienses. Entablaron combate en Arginusas, al sur de Lesbos y, sorprendentemente, Conón pudo romper el bloqueo uniéndose a los demás para llevarse la victoria. El desastre espartano fue de tal calibre que sólo una tempestad evitó que perdiera todos sus efectivos, aunque Calicrátidas murió.

Un brillante triunfo que incluso permitió a Atenas la frivolidad de condenar y ejecutar a varios capitanes que no pudieron recoger a sus náufragos (entre ellos el hijo de Pericles), privándola de algunos de sus marinos más capacitados, y devolvió las cosas a su estado original: con la ciudad dueña del Egeo y rehusando aceptar las peticiones de paz del enemigo. Éste se enmendó haciendo caso a la sugerencia de Ciro de renombrar navarca a Lisandro. No pudo hacerlo de iure, ya que la ley impedía ocupar el cargo dos veces seguidas, pero se solucionó poniéndolo como segundo de un hombre de paja, Araco. Con su designación, Persia accedió a enviar nuevas partidas de dinero que permitieron adquirir trirremes con que suplir los perdidos. Y en el 405 a.C., la flota sitió Lámpsaco, en el Helesponto, con el objetivo de interrumpir de nuevo el tráfico marítimo ateniense.

Batalla naval griega (Radu Oltean)/Imagen: Pinterest

Los barcos de Conón fueron a por él pero, no teniendo puertos disponibles cerca de Lámpsaco,que ya había caído, fondearon en una playa vecina donde desembocaba el río Egospótamos. Cada jornada, durante cinco días, salían en busca de lucha pero Lisandro la eludía; como no tenían capacidad para atacarle en su refugio, terminaron por levar anclas e irse. Curiosamente, según cuenta Jenofonte en su Helénica, Alcibíades vivía en los alrededores y dio algunos consejos a los mandos atenienses, recomendándoles el puerto de Sesto porque les garantizaba víveres y ofreciéndoles conseguir la alianza de los tracios si le permitían compartir el mando; no fue escuchado en lo que acaso constituyese el segundo gran error con ese personaje.

Estaba la flota ateniense en Egospótamos cuando Conón resolvió salir al mar una vez más, aunque mandando adelantarse a una escuadra de treinta barcos, al mando de Filocles, como cebo para atraer a los espartanos. Según Diodoro de Sicilia, Lisandro aceptó el reto pero lo hizo tan rápida y eficientemente que alcanzó a esa avanzadilla y la destruyó antes de que el resto de trirremes de Conón pudieran zarpar siquiera, varados en la arena. Atrapados en la playa, los atenienses fueron barridos. Jenofonte da una visión ligeramente distinta al contar que Lisandro cayó sobre ellos después de otro día sin lucha, cuando desembarcaron y se diseminaron en busca de provisiones.

Batalla de Egospótamos (Sandra Delgado)/Imagen: Sandra Delgado Ilustración

Sea cual sea la versión correcta, Conón sufrió una derrota catastrófica, perdiendo unos tres mil hombres y la mayor parte de las naves. Él mismo tuvo que escapar apuradamente con sólo nueve barcos y refugiarse en Chipre. La fulgurante maniobra de Lisandro llevó a que corriese el rumor de que contaba con espías o traidores, apuntándose a un mando llamado Adeimanto porque fue el único al que los espartanos no ejecutaron (en venganza por una acción ateniense anterior similar); también se acusó al partido oligarca de Atenas, interesado en una derrota para crear descontento y retomar el poder. Y es que, ya sin flota, la ciudad quedaba indefensa.

La flota peloponesia avanzó sin oposición, siendo bien recibida por Bizancio y Calcedonia; únicamente se resistió Samos, por lo que fue sitiada. Entretanto, la noticia del cataclismo naval llegó a Atenas, que se dispuso a resistir también un asedio. Sorprendió que Lisandro concediese a las guarniciones atenienses un salvoconducto para retornar a su ciudad, pero obedecía a un plan maquiavélico: cuanta más gente se refugiase tras sus muros, menos comida habría para todos al estar bloqueadas las vías de suministro por mar y tierra. Y así fue.

Lisandro ordena demoler los muros de Atenas (ilustración decimonónica)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el 404 a.C., cuando el hambre se volvió acuciante, el pueblo se levantó contra sus gobernantes. Cleofonte fue asesinado y se aceptaron las condiciones de rendición, que incluían la demolición de las fortificaciones del Pireo y de los Muros Largos que unían éste con el centro urbano; asimismo, Atenas debía entregar su flota conservando sólo una docena de barcos, ceder sus posesiones exteriores sin exceptuar las cleruquías (una modalidad colonial), permitir el regreso de exiliados e incorporarse a la Liga del Peloponeso bajo el liderazgo de Esparta (que, sin embargo, no cedió a las presiones corintias para que arrasara la ciudad).

También se impuso el régimen de los Treinta Tiranos, una despótica oligarquía pro-espartana bajo la dirección de Critias que garantizaba la supremacía lacedemonia en el mundo helénico. Jenofonte lo resumió todo poéticamente:

«Una vez aceptadas por los atenienses las condiciones de paz, Lisandro penetró con la flota en el Pireo, los desterrados regresaron, al son de la música de mujeres flautistas se derribaron con alegría los muros, creyendo que aquel día había empezado la libertad para Grecia».


Fuentes

Helénicas (Jenofonte)/Biblioteca histórica (Diodoro de Sicilia)/Historia de la Guerra del Peloponeso (Tucídides)/Vidas paralelas (Plutarco)/The fall of the Athenian Empire (Donald Kagan)/Greek warfare. From the Battle of Marathon to the Conquests of Alexander the Great (Lee L. Brice, ed.)/Griegos y persas. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua (Hermann Bengtson)/Wikipedia