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El emotivo discurso que Tácito puso en boca del jefe caledonio Calgaco antes de enfrentarse a los romanos en el monte Graupius


Son los saqueadores del mundo; ahora que ya han devastado todas las tierras, miran al mar: si el enemigo es rico, son avaros; si es pobre, ambiciosos, porque no los han saciado ni sus conquistas a Oriente ni a Occidente. Son los únicos que desean las tierras ricas y pobres por igual: robar, asesinar, saquear es su definición para ese falso imperio; donde lo arrasan todo, dicen que hacen la paz.

Esta cita no corresponde a una proclama de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas ni a la obra de un autor de extrema izquierda, como tampoco a un discurso indigenista americano contra la conquista española o a uno contra el Imperio Británico salido de alguna de sus colonias. Lo escribió Tácito hace casi dos mil años, en su Vida de Julio Agrícola (De vita et moribus Iulii Agricolae), poniéndolo en boca de Calgaco, el jefe de la rebelión de la Confederación Caledonia que se enfrentó a las legiones de Cneo Julio Agrícola en defensa de su tierra frente al ansia depredadora de Roma.

Cneo Julio Agrícola, rodeado de emperadores y acompañado de Tácito, en un friso del Gran Salón de las Galerías Nacionales de Escocia (William Brassey Hole)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cneo Julio Agrícola nació en el año 40 d.C. en Forum Julii, una colonia romana de la Galia Narbonense donde su padre, Julio Grecino, era pretor. Perteneciente a la clase senatorial, Grecino murió por orden de Calígula tras negarse a obedecer su orden de acusar falsamente a Marco Junio Silano (el suegro del emperador), actitud que el propio Calígula admiró hasta el punto de que justificó su muerte «por ser mejor ciudadano de lo que puede convenir a un tirano». Esa extraordinaria demostración de la virtus romana provocó la admiración de Séneca y otros moralistas de la época, lo que le hubiera gustado a Grecino porque él mismo era muy aficionado a la filosofía.

De hecho, procuró inculcar su estudio a su hijo, que se crió en Massilia (Marsella) antes de que éste iniciara su cursus honorum como tribuno militar en Britania, a las órdenes del gobernador Cayo Suetonio Paulino, probablemente participando en la represión de la insurrección de la reina Boudica en el 61. Al año siguiente regresó a Roma para casarse con Domicia Decidiana, con quien tuvo una hija, Julia Agrícola, y un hijo que murió prematuramente. Agrícola fue después cuestor, tribuno de la plebe y pretor, mientras Roma se veía envuelta en la inestabilidad que trajo la sucesión de Nerón, cuando se alternaron en el poder Galba, Otón, Vitelio y, finalmente, Vespasiano.

La rebelión de Boudica (Peter Dennis)/Imagen: Pinterest

Bajo el mandato de éste, al que había apoyado porque su madre fue asesinada por las tropas otoniananas, se le destinó otra vez a Britania como legado de la XX Legio Valeria Victrix, mientras paralelamente se sustituía al gobernador Marco Vecio Bolano, cuya torpe política había provocado una rebelión, por Quinto Petilio Cerial. La eficacia de Agrícola en derrotar a la tribu norteña de los brigantes le valió ganarse el gobierno de la Galia Aquitania, antes de ser llamado a Roma para su nombramiento como cónsul sufecto (interino).

Aquellos años resultaron felices, pues fue entonces cuando accedió al patriciado, prometió a su hija con Tácito (se entiende que el famoso historiador romano se convirtiese en su biógrafo con la citada De vita et moribus Iulii Agricolae, es decir, Vida y costumbres de Julio Agrícola), ingresó en el Colegio de Pontífices y retornó a Britania como legatus Augusti pro pretore, es decir, gobernador general. Seguramente no imaginaba que permanecería allí los siguientes siete años de su vida para conseguir dominar todo el territorio insular.

Tácito retratado en una estatua moderna del Parlamento de Viena/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La primera etapa de su mandato, iniciada en el 77 d.C., fue pacífica. Haciendo alarde de una gran habilidad diplomática, aplacó a los britanos extendiendo entre ellos las virtudes del modo de vida romano, mejorando el urbanismo de sus ciudades, educando a los hijos de la nobleza como a los propios -hasta vestían toga- y saneando el corrupto sistema de reparto de cereales. De este modo, el control se extendió a los ordovicos y siluros de Gales y el norte de Inglaterra, quedando todo dispuesto en un bienio para acometer la conquista de la siempre hostil Caledonia (Escocia), donde los pictos, como los romanos llamaban a los naturales, continuaban resistiéndose a la romanización.

No fue fácil y necesitó desarrollar hasta cinco campañas sucesivas en otros tantos años, entre el 80 y el 84 d.C. La última fue la más difícil porque surgió un caudillo carismático capaz de reunir a todas las tribus bajo su mando. Se llamaba Calgaco y de él apenas sabemos nada, y eso que es el primer caledonio que aparece registrado en la Historia con nombre propio. Casi resulta irónico que ese honor primigenio se lo deba al yerno de su enemigo, pues es Tácito quien ha dejado testimonio de él -a buen seguro con información de primera mano de su suegro-, describiéndolo como «el más distinguido entre los jefes por nacimiento y valor».

Las campañas de Cneo Julio Agrícola en Britania/Imagen: Fernando Delgado Béjar en Wikimedia Commons

El tramo meridional caledonio, entre los fiordos de Solway y Forth, fue menos complicado de pacificar y sirvió como base de operaciones para afrontar la parte más complicada, la septentrional, donde en el 83 d.C. un ataque nocturno y por sorpresa del enemigo al campamento de la IX Legión estuvo a punto de terminar en desastre. Los romanos lograron rehacerse y rechazarlo, para adentrarse en territorio hostil al año siguiente. Allí esperaban vacomagos, texalios, venicones y otros pueblos pictos agrupados en una confederación y reforzados con fugitivos britanos, de los que también había auxiliares en las legiones para tratar de compensar la diferencia numérica.

Y es que Calgaco logró poner en pie de guerra un imponente ejército que, según Tácito, rondaría los treinta mil hombres, mientras que Agrícola contaba con un número similar o algo menor, cuatro mil legionarios de la mencionada IX (La II Augusta fue dejada en Gales) más la incorporación de ocho mil infantes y cuatro alae de caballería auxiliares. En realidad, como es habitual, resulta imposible saber con exactitud las cifras, máxime teniendo una única fuente, y probablemente habría menos efectivos pictos; al fin y al cabo, la obra de Tácito es hagiográfica.

Pueblos de Caledonia/Imagen: UK topo en Wikimedia Commons

En cualquier caso, Agrícola avanzó desde Camelon hasta el río Tay, en Perth, donde le esperaba Calgaco aprovechando la ventaja orográfica que le proporcionaban los montes Grampianos. Se trata de una cadena montañosa que ocupa la zona central de las Tierras Altas (de ahí su nombre), siendo su cota máxima de 1.343 metros. Se desconoce el porqué de su etimología, quedando descartada por los expertos la versión tradicional que el historiador erasmista Héctor Boece dio en 1527 en su Historia Gentis Scotorum (Historia de Escocia), identificando el punto exacto de la batalla en un monte Graupius que nunca ha sido localizado (ni esa palabra es de origen celta).

El choque era inevitable porque los caledonios, sabedores de la superioridad táctica romana, habían evitado hasta entonces enfrentarse a ellos en campo abierto. Pero ahora se encontraban con que el astuto adversario forzaba a los pueblos vencidos a aprovisionarles, a la par que destruía las cosechas de los demás, lo que significaba morir de hambre ante la llegada del próximo invierno; por tanto, puestos a morir era preferible hacerlo luchando. Y ahí es donde Tácito incluye el emotivo discurso de Calgaco, mil veces imitado en el cine. 

La arenga de Calgaco en una ilustración decimonónica/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cada vez que contemplo las causas de esta guerra y nuestra necesidad, tengo el convencimiento de que hoy es el día en el que vuestra unión será el inicio de la libertad para toda Britania: pues todos nosotros desconocemos la esclavitud pero sabemos que ninguna tierra, ni siquiera el mar, nos resulta seguro frente a la flota romana que nos acecha (…)

Los que nacen esclavos únicamente son vendidos una vez y, además, su amo los alimenta; Britania compra cada día su esclavitud y cada día la alimenta. Y al igual que en una casa el esclavo más nuevo es el objeto de las burlas de los demás esclavos, así nosotros, los nuevos y más prescindibles, estamos condenados a nuestra destrucción en un mundo acostumbrado a la esclavitud (…)

Los brigantes, con una mujer al mando, quemaron una colonia, tomaron los campamentos y, si su buena fortuna no los hubiera vuelto estúpidos, habrían podido librarnos del yugo romano: nosotros vamos a la guerra indómitos y enteros, libres y no arrepentidos: demostremos desde el principio del combate qué hombres guardaba Caledonia.

Todos los incentivos para vencer están de nuestro lado: no hay mujeres que animen a los romanos, no tienen padres que les vayan a reprochar la fuga y, para la mayoría, no tienen patria o no es esta. Los dioses nos los han entregado, en cierto modo, atrapados y encadenados: pocos en número, temerosos de todo y observando cuanto les rodea, el cielo, el mar y los bosques, que les resulta desconocido. ¡Que no os cause miedo la vanidad de su apariencia ni el brillo del oro y la plata, que ni ataca ni hiere! (…) A un lado tenéis a su general, a su ejército; al otro, tributos, minas y el resto de castigos de la esclavitud, las cuales ha llegado la hora de soportar para siempre o vengar en este campo de batalla. Cuando vayáis al combate, ¡pensad en vuestros padres y en vuestros hijos!”

Un paraje de los montes Grampianos/Imagen: Tom Corser en Wikimedia Commons

La arenga surtió efecto y fue aclamada con vibrantes cánticos que Agrícola juzgó conveniente contrarrestar animando a los suyos.

(…) «Si nuestros enemigos fueran nuevos, os podría poner como ejemplo a otros ejércitos. No es necesario: recordad vuestras nobles acciones, preguntadle a vuestra memoria. Estos enemigos son a los que derrotásteis el año pasado con vuestros gritos mientras atacaban por la noche y a traición a una legión; estos son los más huidizos de todos los britanos y, por eso, son los que todavía viven. De la misma manera que los animales más valientes se lanzan contra los cazadores cuando penetran en los bosques y cañadas mientras que los cobardes y débiles los evitan, también los britanos más fuertes ya cayeron primero y quedan ahora los cobardes y miedosos. Por fin los habéis encontrado, no por que hayan plantado cara sino porque los hemos cazado: su desesperación y su miedo extremo han dejado clavadas a sus tropas en este lugar para que consigáis una bella y espectacular victoria. Acabad con las campañas, coronad cincuenta años de dominio con un gran día y demostrad a Roma que nunca se pudo acusar a uno de sus ejércitos de demorar la guerra o causar una rebelión.”

Ese magnífico duelo oratorio no tardó en pasar a materializarse en batalla. Los legionarios, enardecidos, adoptaron su formación de combate detrás de una línea de trincheras, protegiendo su castrum y en funciones de reserva, ya que Agrícola aspiraba a obtener la victoria sin sufrir una sola baja romana. Por eso situó a los veteranos auxiliares germanos (tres cohortes de bátavos y dos de tungros) en el centro y a la caballería en las alas, como era costumbre; formaban una larga línea para evitar que los carros caledonios pudieran rodearlos y el propio legado dejó su caballo para situarse al frente, a pie. Entonces ordenó una carga que empujó a los pictos ladera arriba, ya que sus largas espadas les impedían combatir en formación cerrada.

Los auxiliares bátavos empujan a los caledonios ladera arriba (Seán ӒBrógáin)/Imagen: Pinterest

Cuando los auxiliares britanos se sumaron a esa penetración en la masa de guerreros caledonios, éstos se vieron sumidos en un caos, mezclándose vivos con muertos, infantes con jinetes, hombres con caballos desbocados. Calgaco envió a su caballería de reserva pero chocó con la romana y resultó desbaratada. Las filas pictas quedaron definitivamente rotas y mientras unos escapaban como podían en busca de la seguridad de un bosque cercano, otros se quedaron, dispuestos a resistir hasta el final. Y les llegó, por supuesto, ya que fue una rotunda victoria romana; según Tácito, el enemigo tuvo diez mil muertos por sólo tres centenares y medio de auxiliares propios.

Agrícola se ganó un triunfo y una estatua en Roma, donde ya reinaba Domiciano. Se dice que éste, celoso de la popularidad del legado, le sustituyó en Britania por Salustio Lúculo. En cualquier caso, las necesidades militares en otros rincones del imperio obligaron a retirar tropas de la isla, dando un respiro a los caledonios, que habían estado con el agua tan al cuello que, la noche de la derrota, algunos incluso llegaron a matar a sus familias para evitar que cayeran prisioneras. Esa oportunidad perdida fue amargamente descrita por Tácito con la expresión «Perdomita Britannia et statim missa» (Britania fue completamente conquistada e inmediatamente abandonada).

La caballería romana persigue a los pictos en fuga (Seán ӒBrógáin)/Imagen: Pinterest

Suponiendo que todo esto sea cierto, claro. Dejar un lugar recién tomado para establecer un limes mucho más al sur ha llevado a algunos historiadores a sugerir que la batalla de Mons Grapius o no fue tan importante o ni siquiera se produjo realmente. Algo que reforzaría el hecho de que sólo la reseñe el yerno de su protagonista; al antagonista, Calgaco, ni siquiera volvió a mencionarlo, por lo que no sabemos qué fue de él.


Fuentes: Vida de Julio Agrícola. Germania. Diálogo de los oradores (Tácito)/Caballos de Troya de la Historia. Engaños e ingenio de todos los tiempos que vencieron en la paz y en la guerra (Javier Sanz)/Mons Graupius AD 83. Rome’s battle at the edge of the world (Duncan B. Campbell y Seán ӒBrógáin)/A military history of Scotland (Edward M. Spiers, Jeremy A. Crang y Matthew J. Strickland, eds.)/Wikipedia