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Quinto Fabio Píctor, el primer historiador romano, escribía en griego

Maqueta de la antigua Roma / foto seier en Wikimedia Commons

Si preguntamos nombres de historiadores de la Antigua Roma, a buen seguro irán saliendo Tito Livio, Plutarco, Dionisio de Halicarnaso, Dión Casio, Polibio… La mayoría de ellos tienen en común el ser de origen griego, aunque alguno sí era romano y otros obtuvieron la ciudadanía, pero hay una cosa en la que coinciden unánimemente: haber utilizado como fuente a un ilustre senador y militar, veterano de la Segunda Guerra Púnica y, paradójicamente, menospreciado: Quinto Fabio Píctor.

Hércules en una estatua de Gilles-Lambert Godecharle /Imagen: Michel Wal en Wikimedia Commons

No es la primera vez que hablamos aquí de un miembro de la prestigiosa gens Fabia, cuyos integrantes eran considerados maiores, es decir, aquellos patricios que constituían la aristocracia de Roma junto con Cornelios, Emilios, Claudios, Valerios y Manilos. Los Fabios aseguraban descender de Hércules, quien habría visitado la península itálica antes de la Guerra de Troya, si bien tenían otro ancestro de referencia en Evandro, hijo de Mercurio y la ninfa Carmenta, que según la mitología había guiado a los arcadios hasta el Lacio, introduciendo allí los dioses y el alfabeto griegos además de instituir la festividad de las Lupercales y ser divinizado a su muerte.

El abolengo de los Fabios era tan rancio que también se relacionaba con Remo, uno de los fundadores de Roma (frente a los Quintilios, asimilados a Rómulo). De hecho, una tradición atribuye el cognomen a las fovae, las trampas loberas, poniendo de manifiesto su relación con uno de los niños amamantados por la loba capitolina y con la reseñada introducción de las Lupercales (los Fabios estaban asociados a uno de los dos colegios de sacerdotes lupercos), si bien Plinio el Viejo prefería la etimología de vicia faba, una planta de habas que, según él, cultivó por primera vez esa gens.

Con el paso del tiempo, el nomen Fabio fue ramificándose en varios cognomen: Vibulanos, Ambustos, Buteos, Dorsos (o Dorsuos), Labeos, Licinios, Máximos y Píctores. Estos últimos se lo debían a Cayo Fabio Píctor, el primero en llevarlo. Píctor significa pintor y ese personaje fue, efectivamente un artista que ha pasado a la historia, sobre todo, por ser el autor de las pinturas más antiguas documentadas en la Antigua Roma, datadas en torno al 304 a.C.: las que decoran el templo de Salus en la colina del Quirinal recreando la batalla que se ha identificado como la que ganó el general Cayo Junio Bubulco Bruto a los samnitas.

Pintura etrusca del siglo IV a.C. (Sarcófago de las Amazonas)/Imagen: I. Sailko en Wikimedia Commons

Esa obra no se ha conservado porque un incendio destruyó el edificio durante el reinado de Calígula (o de Claudio, según versión), pero sabemos de ella por referencias de Plinio el Viejo (que no las valoraba mucho, seguramente porque estaban hechas en el arcaico estilo etrusco y, de todas formas, el arte pictórico no era especialmente apreciado en esa época) y de Dionisio de Halicarnaso (que, por contra, sí elogia su gracia). Pero lo verdaderamente importante para lo que tratamos aquí es que Cayo Fabio Píctor fue el abuelo de Quinto.

Cayo tuvo un hijo al que puso su mismo praenomen y que heredó el singular cognomen, llegando a ser cónsul en el 269 a.C. y que, a su vez, tuvo un vástago al que puso el praenomen de su progenitor. El nuevo Quinto Fabio Píctor nació en una fecha incierta entre los años 270 a.C. y 254 a.C. Sabemos que, acorde a su linaje, llegó al Senado y recibió el mando de un contingente que integraba las legiones consulares que se enfrentaron a la invasión gala del 225 a.C., durante el consulado de Lucio Emilio Papo y Cayo Atilio Régulo.

Tribus galas cisalpinas/Imagen: Agrippa87 en Wikimedia Commons

Una coalición de tribus de la Galia Cisalpina formada por insubrios, taurisces, lingones, taurinos, agones, salasios y boyos, apoyados por grupos de gesatas transalpinos, cruzó los Apeninos y saqueó Etruria. Los ejércitos consulares les salieron al paso con la ayuda de varias tribus enemigas de los anteriores, como los vénetos, los patavinos y los cenomanos, derrotando a los invasores en la batalla de Fasulas, cerca de la actual Montepulciano. Al parecer, Píctor se distinguió en esa campaña, por lo que no es de extrañar que se le encomendaran nuevas misiones cuando ocho años después estalló la segunda guerra contra los cartagineses.

Esa contienda estuvo marcada por la invasión de la península itálica por Aníbal y una de sus victorias más renombradas, la de Cannas, puso a Roma al borde del precipicio. Tan desesperada era la situación que el Senado designó a Quinto Fabio Pictor, que hablaba bien el griego, para que viajase a Delfos a consultar el oráculo y le solicitase consejo a los dioses sobre cómo arrostrar el peligro. No sabemos qué respuesta le dieron pero sí que resultó efectiva, porque el brillante militar púnico renunció a conquistar la ciudad. Aunque, en realidad, ello tuvo más que ver con otro miembro de la gens -por otra rama- que alcanzaría mayor celebridad.

Muerte del cónsul Paulo Emilio en la batalla de Cannas (John Trumbull)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se trataba de Quinto Fabio Máximo, alias el Escudo de Roma, el hombre que obtuvo cinco veces el consulado y dos la dictadura para enfrentarse a Aníbal y que con su singular modo de combatir, la llamada táctica fabiana, consistente en eludir el choque directo para desgastar al enemigo, se ganó el agnomen de Cunctactor (traducible como «el que retrasa»). Paradójicamente, y pese al carácter despectivo del apodo, tuvo éxito; ya lo vimos en un artículo que le dedicamos hace tiempo, como se puede leer en el enlace anterior.

Volvamos, pues al Fabio que nos ocupa y que, a pesar de que también tuvo una importante actividad militar y política, lo que ha trascendido fundamentalmente es su labor como historiador. No se ha conservado su obra, presuntamente titulada Gesta de los romanos, de la que tenemos noticia sólo por las referencias a ella que hicieron otros historiadores, caso de los citados al principio y alguno más, como Aulo Gelio o Quinto Claudio Cuadrigario. El primero vivió mucho más tarde, en el siglo II d.C., y escribió Noches áticas, una crónica de Roma cuya importancia está precisamente en los fragmentos que reproduce de autores anteriores, Píctor entre ellos.

Estatua de Quinto Fabio Máximo en el palacio vienés de Schönbrunn/Imagen: Herzi Pinki en Wikimedia Commons

El segundo, en cambio, vivió a caballo entre los siglos II y I a.C. y, por tanto, está considerado uno de los historiadores romanos más antiguos. sus AnnalesHistoriae o Rerum Romanarum Libri constaban de veintidós libros que tomaron muchos datos de Píctor y, a su vez, sirvieron de fuente de inspiración a Tito Livio. De éste, que fue profesor del emperador Claudio, no hace falta recordar los casi centenar y medio de volúmenes de su Ab urbe condita, al igual que tampoco los veinte de las Antigüedades romanas de Dionisio de Halicarnaso, que vivió en la época de Augusto.

Augusto representado como pontifex maximus/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Todos ellos practicaron lo que se denomina anales, es decir, la historia de Roma, un género cuya paternidad se atribuye precisamente a Quinto Fabio Píctor, a pesar de que en realidad se ignora cómo eran formalmente sus escritos, salvo que estaban en griego. Cicerón dice que, desde la fundación de la ciudad hasta el pontificado de Publio Mucio Escévola, el pontifex maximus registraba los acontecimientos más notables ocurridos cada año en una tabla que colgaba públicamente e incluía los nombres de los titulares de cada consulado y otras magistraturas.

Era lo que se llamó annales maximi o annales pontificum, que posteriormente usaban autores a título personal para sus obras. Por eso muchos las titulaban Anales, como hizo Tácito. Asimismo, estaban los denominados carmina convivalia, poemas y cantos de carácter legendario que exaltaban los orígenes romanos, si bien para el siglo III a.C. habían caído en desuso. Y había que sumarles la historiografía griega helenística, que empezaba a tener en cuenta a aquella Roma emergente.

A esa tradición analista pertenecieron también un contemporáneo de Píctor, Lucio Cincio Alimento, así como Catón el Viejo (que fue quien empezó a escribir en latín, como Ennio), Lucio Caso Hemina, Lucio Calpurnio Pisón, Publio Valerio Antias, Cayo Licinio Macer, Lucio Celio Antípatro, Sempronio Aselio y Lucio Cornelio Sisena, además de los reseñados antes. Plutarco no era analista porque sus Vidas paralelas son biografías, pero también usó a Píctor como fuente.

Catón el Viejo cambió la tradición de escribir en griego, la lengua culta, introduciendo el latín (busto de Patrizio Torlonia)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y él ¿en qué fuentes se basaba? Para empezar, las que había sobre su propia familia, padre, abuelo, etc, así como los mencionados anales pontificales y los datos que él mismo apuntó de su experiencia contra los galos y los cartagineses. También recurrió a historiadores griegos como Diocles de Pepareto, un autor del siglo III a.C., cuyo trabajo contaba, entre otras cosas, los primeros pasos de Roma y la relación de sus costumbres y tradiciones con Grecia; esa obra se ha perdido y sólo la conocemos por las citas del propio Píctor y Plutarco (en su Vida de Rómulo).

Otro inspirador fue Timeo, natural de Taormina pero desterrado a Atenas por Agatocles (el tirano de Sicilia), autor de un libro en cuarenta volúmenes, titulado Historias, que abarcaba desde la Antigua Grecia hasta la Primera Guerra Púnica, estableciendo la cronología mediante el sistema habitual usado por los historiadores helenos: las listas de los Juegos Olímpicos más los años de los arcontes atenienses, los éforos espartanos y las sacerdotisas de Argos. No obstante, Timeo fue muy criticado por Polibio (al que no en vano se apodaba Epitimeo, es decir, buscador de fallos) por considerar que tenía conocimientos superficiales (no como él, experto militar y estadista), de ahí que también dejase malparado a Píctor.

Los Juegos Olímpicos en una antigua ilustración/Imagen: Pinterest

Según los estudios realizados por especialistas, la historia escrita por éste empezaba, cómo no, con la fundación de Roma por Eneas, miembro de la familia real de Troya que logró escapar de la destrucción de su hogar por los griegos para establecerse en el Lacio. Al igual que su modelo heleno, Píctor utilizó las Olimpíadas para la datación, situando el inicio de su patria durante el primer año de la octava, que según Dionisio de Halicarnaso fue allá por el 747 a.C. Esa primera parte terminaría con la promulgación de la Ley de las XII Tablas.

La siguiente iría desde mediados del siglo V a.C. hasta la Primera Guerra Púnica, narrando las contiendas con los pueblos vecinos, la expansión y formación de la república romana y el dominio progresivo sobre el resto de Italia. La tercera y última parte empieza en el 264 a.C., con el estallido de las hostilidades con Cartago, desarrollándose el final ya en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, en la que, como vimos, tomó parte personalmente y por eso no es objetivo, culpando de todo a los Barca. Por cierto, desconocemos si el autor llegó a ver cómo terminaba aquel conflicto.

Evolución de las posesiones cartaginesas durante las Guerras Púnicas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tal era la influencia griega en Quinto Fabio Píctor que escribía en esa lengua, aunque sabemos por Cicerón que después, en su época, se hizo una traducción al latín llamada Graeci Annales. En ese mismo sentido, es curioso reseñar que en 1749 se publicó un relato anónimo en inglés titulado Some account of the Roman history of Fabius Pictor (lo que podría ser un indicativo de cuál era su título original) que, según dice, estaba realizado a partir de un manuscrito encontrado en las ruinas de Herculano y escrito en lengua cartaginesa. En realidad, se trataba de un panfleto típicamente dieciochesco satirizando la política y la religión de la Inglaterra del momento.

Hay exégetas que consideran que Quinto Fabio Píctor no era una analista, puesto que lo que sabemos de su obra no se adecúa -al menos en su totalidad- a los cánones de esa escuela, al no ir contando los hechos año por año excepto quizá en su última parte. Otros, por contra, le consideran el padre de la analística al adaptar el modelo historiográfico griego y enriquecerlo con la tradición documental romana, superando ambas y creando una nueva forma de discurso histórico.

Fuentes: Fabio Píctor. El padre de la historiografía romana. Valorización (Alejandro Bancalari Molina)/The history of Rome (Theodore Mommsen)/The fragments of the Roman historians (T. J. Cornell, ed)/Annalists (VVAA en Encyclopaedia Britannica)/Roman historiography. An introduction to its basic aspects and development (Andreas Mehl)/Some account of the Roman History of Fabius Pictor… (¿Quintus Fabius Pictor? y M. Cooper, ed)/Wikipedia