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Pérdicas, el general de Alejandro que fue derrotado por el Nilo


Después de la muerte de Alejandro, los diádocos, es decir, sus generales, se enzarzaron en mil y una disputas por repartirse el imperio, incapaces de llegar a un acuerdo sobre la sucesión. Como es sabido, Ptolomeo se quedó con Egipto pero estuvo a punto de perderlo ante la invasión que inició uno de sus compañeros, Pérdicas, cuando el otro «robó» el cuerpo del Magno mientras era trasladado a Macedonia. Sin embargo, aquella campaña terminó en desastre: el ejército invasor fue desbaratado por una crecida del Nilo y sus soldados devorados por los cocodrilos, lo que llevó a los supervivientes a acabar con el propio Pérdicas.

Pérdicas, oriundo de Oréstide (una región macedonia), donde nació en torno al año 355 a.C., era hijo del noble Orontes y tenía un hermano llamado Alcetas (que, a su vez, también fue general de Alejandro) y una hermana de nombre  Atalante (que se casó con Atalo, otro oficial del ejército). Nombrado hiparco (comandante de caballería), se distinguió en la batalla de Tebas al mando de un batallón de la falange, siendo herido de gravedad pero reponiéndose y recibiendo como premio el pasar a integrar el cuadro de somatophylakes o guardaespaldas, junto a Leonato, Hefestión, Lisímaco, Aristonoo, Demetrio y Peitón.

Pérdicas recibiendo el anillo de Alejandro / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los somatophylakes ejercían también el generalato y en el 324 a.C., el mismo año en que contrajo matrimonio con la hija de Atropates (el sátrapa persa de Media), fue nombrado quiliarca, un cargo adoptado de la administración aqueménida equivalente al de visir, en sustitución del fallecido Hefestión. En el 323 el que murió fue Alejandro, quien antes del óbito entregó su anillo a Pérdicas y éste convocó una reunión de diádocos para buscar un sucesor mientras esperaban el nacimiento del bebé que llevaba Roxana, la real viuda.

Pérdicas ejercería de tutor y regente hasta la mayoría de edad del que debía ser Alejandro IV pero no hubo acuerdo porque el veterano Meleagro opinaba que el heredero debía ser Filipo III Arrideo, hermanastro de Alejandro Magno, que Filipo había tenido ilegítimamente con una bailarina de Tesalia y que era discapacitado intelectual. Las opiniones se polarizaron y la infantería apoyaba a éste mientras la caballería prefería al hijo de Roxana. Se llegó a una solución de compromiso proclamando reyes a ambos. Como cabía esperar, las limitaciones de Arrideo le convirtieron en un títere en manos de Pérdicas, que hasta lo casó con una pariente suya, Eurídice.

Olimpia, la madre del Magno, solucionó la cuestión ordenando su muerte. Las disensiones empezaban a pasar a mayores. Cuando Pérdicas nombró sátrapa de Frigia a un compañero somatophylax, Leonato, y éste prefirió irse a Macedonia para casarse con Cleopatra, la hermana de Alejandro y viuda del rey del Épiro, Pérdicas movilizó a su ejército contra él y Leonato murió en combate, dejando a su enemigo como candidato a la mano de la novia.

Tetradracma acuñado por Filipo III Arrideo / Imagen: Numismatic Classic Group en Wikimedia Commons

Ahora bien, la entrada de las tropas del regente en Capadocia -que aún era persa- fue considerada una amenaza por Antígono I Monoftalmo, sátrapa macedonio de Licia y Panfilia, que se refugió en la corte de Antípatro, rey de Macedonia. Tampoco el general Crátero se resignaba a las maniobras de Pérdicas, la última de las cuales consistía en casarse con Cleopatra, así que se unió a los otros para urdir una rebelión. Así estaban las cosas en el 321 a.C. cuando el regente dispuso el traslado del cadáver embalsamado de Alejandro a Egas, capital original de Macedonia, donde tradicionalmente era enterrada la familia real. El encargado de escoltar la comitiva fúnebre fue el general Arrideo (no confundir con Filipo III).

Al paso de éste por Siria, Ptolomeo le sobornó para que le entregase el cuerpo y llevárselo a Egipto, la tierra que le había tocado gobernar en el reparto, para enterrarlo en Menfis. Ptolomeo era otro diádoco sumado a la conspiración. Como cabía esperar, aquello fue visto por Pérdicas como una provocación que no podía dejar pasar so pena de que todos empezasen a desobedecerle, así que se dispuso a realizar una acción punitiva que, de paso, le otorgase el control de los ricos recursos egipcios. Con un numeroso ejército que incluía caballería y elefantes, partió de Babilonia y entró en los dominios de Ptolomeo en el 321 a.C., avanzando tierra adentro. Era el comienzo de la primera de las Guerras de los Diádocos.

Las tropas invasoras alcanzaron la rama más oriental del Nilo en verano del año siguiente, dispuestas a caer sobre Tanis y Ávaris, ciudades del delta. Pero encontraron que un fortín les impedía el paso, pues Ptolomeo había distribuido guarniciones a lo largo del cauce y él mismo estaba en la central. Pérdicas no podía demorarse mucho porque sabía que Antípatro se preparaba para movilizarse contra él (de hecho, encargó a su mano derecha, Eumenes, que le detuviera), así que, para cruzar el río, eligió un punto custodiado por una fortaleza llamada la Muralla del Camello a la que atacó con tres líneas, la primera con elefantes para derribar las puertas, la segunda con infantes (los Argiráspidas o Escudos de Plata, su fuerza de élite) equipados con escalinatas para salvar los muros y la tercera de caballería para entrar por las brechas. Sin embargo, en el último momento llegó Ptolomeo con refuerzos y la posición resistió.

El catafalco funerario de Alejandro Magno según la descripción de Diodoro de Sicilia / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La situación se complicó para Pérdicas, que necesitaba encontrar otro sitio por donde cruzar y creyó encontrarlo en Menfis: allí el río era más ancho y profundo, además de tener una corriente más fuerte pero, a cambio, había una isla fluvial en medio que podía resultar de ayuda. Recuperando una táctica ideada por Alejandro diez años antes para cruzar el Tigris, colocó a sus elefantes como pantalla de contención del agua, de modo que la fuerza de ésta disminuyera y permitiera a los infantes pasar. Más abajo situó a la caballería de idéntica forma, con la misión de recoger a aquellos que perdieran pie y fueran arrastrados. Era un plan genial que, no obstante, falló al producirse un imprevisto.

Los Argiráspidas en acción (Johnny Shumate) / Imagen: Pinterest

Cientos de soldados habían alcanzado ya la isla, donde se iba a establecer el campamento principal, cuando el fondo arenoso del Nilo empezó a ceder ante el peso de los paquidermos y caballos; así, el tramo por donde cruzaba el ejército se hundió poco a poco, aumentando el nivel del agua en torno a los hombres. En poco tiempo, la profundidad y la corriente volvieron a ser excesivas y hubo que interrumpir la operación. Lo malo era que buena parte de los efectivos estaban ya en la ribera opuesta, lo que dividía al ejército en dos, dejándolo vulnerable. Más aún cuando en el horizonte se vio una nube de polvo acercándose, signo inequívoco de que Ptolomeo acudía a aprovechar la ocasión.

Pérdicas, desesperado ante la posibilidad de un desastre, ordenó a aquella vanguardia que cruzara de nuevo en sentido inverso. Los soldados obedecieron pero la corriente y la profundidad ya no permitían hacerlo a pie sino nadando. Los que sabían, se despojaron de sus armaduras y tuvieron éxito pero la mayoría se empeñó en vadear como antes y, evidentemente, fracasaron. Muchos se ahogaron allí mismo y otros fueron arrastrados por el agua río abajo, siendo devueltos a la misma orilla occidental y, por tanto, quedando a merced del enemigo.

Ese último grupo sería el peor parado, ya que los cocodrilos se dieron un festín con ellos. Dos millares de hombres perdieron la vida en ese trance, la mitad de ellos devorados, con lo cual Pérdicas sufrió casi tantas bajas como si hubiera entrado en batalla. Lo irónico era que aquella amenazadora nube que precipitó los acontecimientos no correspondía exactamente a las tropas de Ptolomeo sino que se trataba de un engaño urdido por éste: ganado diverso reunido y azuzado para, arrastrando ramas, levantar polvo y dar la impresión de ser un gran ejército. Porque, más irónico aún, Ptolomeo disponía de pocos efectivos y no hubiera podido enfrentarse con éxito ni siquiera a aquella vanguardia que llegó a la isla.

Todavía queda parte de lo que probablemente fue la isla empleada por Pérdicas / Imagen: Google Maps

Para Pérdicas hubo consecuencias más graves. Nefastas, de hecho, pues sus propios soldados le culparon de la tragedia y se negaron a continuar una campaña que había sido un fracaso. Paradójicamente, Eumenes había derrotado a Antípatro pero él no llegó a enterarse, pues sus oficiales de confianza le traicionaron: Peitón (otro de los somatophylakes, hijo de Crátero y sátrapa de la Media meridional), Antígenes (también general, sátrapa de Elam) y Seleuco Nicátor (que fue el instigador del motín y que luego recibiría la satrapía de Babilonia como premio, fundando el Imperio Seleúcida y la dinastía homónima).

Ptolomeo no sólo salvó la situación sino que afianzó su poder, se proclamó faraón independizándose de facto e instauró también una dinastía que llegó hasta la famosa Cleopatra VII. Sería el único de los diádocos que falleció de muerte natural.

Fuentes: Historia de la Grecia Antigua (Mª José Hidalgo de la Vega, Juan josé Sayas Abengoechea y José Manuel Roldán Hervás) / El mundo mediterráneo en la edad antigua. El helenismo y el auge de Roma (Pierre Grimal) / The Hellenistic world from Alexander to the Roman conquest: a selection of ancient sources in translation (Michel Austin) / How the Nile river defeated alexander the Great’s top general (Tristan Hughes en Battle of the Ancients) / What happened inmediately after Alexander’s the Great Death? (Tristan Hughues en Battle of the Ancients) / Wikipedia