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El Príncipe de Asturias, el Titanic español olvidado por la historia


Desde que existe la navegación, existen los naufragios. Barcos que son devorados por el mar, que dormitan en el fondo de los océanos o incluso que han desaparecido sin dejar rastro. Sucesos que se han dado a la largo de toda la historia de la humanidad, desde que el hombre comenzó a usar embarcaciones para trasladarse hasta otros lugares en busca de nuevos recursos naturales y transportar mercancías. La historia nos habla ya de naufragios en tiempos de los fenicios, griegos o romanos, pero son los de nuestro pasado más reciente los que más impacto han causado en nuestra sociedad.

Sin duda alguna, si hablamos de naufragios famosos, el único que barco que se nos viene a la mente es el Titanic. El trasatlántico británico, propiedad de la compañía White Star Line, se hundió durante la madrugada del 15 de abril de 1912 con 2208 personas a bordo entre pasaje y tripulación. Era el barco de mayor tamaño del mundo y uno de los más lujosos de la época, contando en su interior con piscina, gimnasio y varios comedores y salones de baile. Estos atractivos, que podríamos equiparar hoy en día a las ofertas de cruceros y hoteles o incluso a las promociones en operaciones online del sector del juego, supermercados o firmas tecnológicas pues su finalidad era la misma de captación de clientes, atrajeron a un gran número de personalidades importantes de la época. De esta forma, el Titanic contaba en su viaje inaugural de Southampton a Nueva York con algunas de las personas más ricas del momento, como John Jacob Astor IV, Benjamin Guggenheim, Isidor Strauss y su esposa o Bruce Ismay. Muchos de ellos perdieron la vida aquella fatídica noche en la que el Titanic colisión con un iceberg; solo 705 de las 2208 personas que viajaban a bordo del barco lograron salvarse y ser rescatados de las gélidas aguas del Atlántico.

El trágico final del RMS Titanic, que fue bautizado como el buque insumergible, conmocionó al mundo entero y durante décadas fue recordado como el peor naufragio de la historia. Sin embargo, no fue el único que tuvo lugar en aquellos años. Tres años después, en 1915, el RMS Lusitania fue torpedeado por un submarino alemán en aguas irlandesas, provocando su hundimiento en menos de 18 minutos. En aquella ocasión perdieron la vida 1198 personas. 

Pero el Titanic y el Lusitania no fueron los únicos trasatlánticos que terminaron en el fondo del mar durante la segunda década del siglo XX. En 1916 otro buque perdió el control en la costa brasileña y terminó hundiéndose en pocos minutos ocasionando la muerte de casi tres tercios de sus pasajeros. Fue un vapor español, desconocido hoy en día por muchos: el Príncipe de Asturias.

El Príncipe de Asturias, que no debemos confundir con el Asturias, fue uno de los barcos más importantes de la marina mercante española y formaba parte de la flota de la compañía Naviera Pinillos. Fundada en 1840, la naviera botó en 1912 el que se consideró como el vapor más grande del país, bautizándolo como el transatlántico Infanta Isabel. Dos años más tarde, en 1914, vio la luz su hermano gemelo, el Príncipe de Asturias que, al igual que el Infanta Isabel, fue construido por la Russell & Co. en los astilleros escoceses de Kingston. 

Tras el trágico accidente del Titanic, la compañía prestó especial atención al diseño de sus buques, cuidando especialmente las medidas de seguridad que se incorporaban a los mismos. De esta forma, tanto el Infanta Isabel como el Príncipe de Asturias contaban con compartimentos estancos, mecanismo que impedía que de existir una fuga de agua en alguno de ellos se extendiese al resto, manteniendo de esta forma la flotabilidad del buque.

Además de seguro, el Príncipe de Asturias era uno de los buques más lujosos del país. Al igual que el Titanic, el vapor también tenía a disposición de sus pasajeros varios salones de baile y espacios para fumar, camarotes de gran tamaño, una biblioteca e iluminación eléctrica en todo el barco. Tales prestaciones hacían que el pasaje de primera clase pudiese llegar hasta las 3.000 pesetas, una cifra muy elevada para la época. No obstante, como en casi todos los trasatlánticos del momento existían clases más económicas para viajar en las que el billete era bastante más barato.

La ruta del Príncipe de Asturias unía Europa con América, un trayecto complicado en aquellos años debido a la guerra que asolaba al viejo continente. Si bien España se declaró neutral en la contienda, no era raro que submarinos alemanes y británicos se cruzasen en el camino de estos barcos y el miedo a que se repitiera un accidente como el del Lusitania estaba más presente que nunca.

Foto dominio público en Wikimedia Commons

Con dos años de antigüedad a su espalda, el Príncipe de Asturias zarpó del puerto de Barcelona el 17 de febrero de 1916 rumbo a Buenos Aires. No obstante, antes de dirigirse hacia América hizo varias escalas en Valencia, Almería, Cádiz y Gran Canaria. No hay datos exactos del pasaje, pero se cree que a bordo del vapor viajaban cerca de 600 personas, entre ellas algunas personalidades famosas como el escritor Juan Más i Pi o el diplomático Carl Friederick Deichman. Además, el buque también transportaba una carga de lo más interesante: 40.000 libras esterlinas en lingotes de oro (cerca de un millón de euros), diamantes por valor de 18.000 libras de la época (alrededor de 450.000 euros), antigüedades destinadas al Museo de Arte de Denver, varias estatuas para el Monumento de los Españoles en Buenos Aires y un Renault 35 HP. En este sentido es interesante desatacar que, además del importante valor monetario de estos objetos, las estatuas para el Monumento de los Españoles tenían una historia asociada a la mala suerte, ya que el proyecto se vio retrasado durante varios años debido a la muerte de sus dos escultores y a una huelga que impidió su finalización a tiempo. 

José Lotina Abrisqueta, con una amplia experiencia a su espalda, fue el encargado de asumir la responsabilidad de capitán durante este viaje. Estaba previsto que el Príncipe de Asturias hiciera una escala en Santos (Brasil) el sábado 4 de marzo pero no fue posible. A pesar de haber contado con condiciones climatológicas favorables durante toda la travesía, a última hora de aquel sábado una intensa tormenta impidió que el barco se acercase a puerto. Lotina lo intentó ya de madrugada a pesar de que las condiciones no habían mejorado y la visibilidad era nula. A las cuatro de la mañana, tras varias horas navegando por estima, el capitán se dio cuenta de que estaban demasiado cerca de la costa y ordenó dar marcha atrás. Fue en vano, pues si bien el Príncipe de Asturias logró esquivar el choque contra los acantilados que tenía enfrente, no pudo hacer lo propio con los arrecifes que se encontraban bajo la superficie. El impacto contra las rocas provocó una brecha en el casco del buque de alrededor de 20 metros con tan mala suerte que tuvo lugar en la sala de máquinas, lo que provocó una tremenda explotación que causó el hundimiento del barco en apenas 10 minutos.

De las cerca 600 personas que viajaban a bordo murieron 457, muchas de ellas debido a la propia explotación. La noticia causó gran estupor en España, pues la mayor parte del pasaje estaba formado por compatriotas que viajaban a América en busca de un futuro mejor. No obstante, en plena contienda europea pronto el naufragio del Príncipe de Asturias cayó en el olvido.

Un par de meses después, sin embargo, saltó de nuevo a los tabloides por un motivo de lo más inesperado: el oro y las joyas que transportaba el vapor no estaba en el fondo del mar con el resto de la mercancía. Alguien se las había llevado. Las teorías de la época barajaron la posibilidad de que el hundimiento del vapor hubiera sido provocado por otro buque para quedarse con esta parte de la carga. También se puso sobre la mesa la posibilidad de que el Príncipe de Asturias hubiese sido alcanzado por un submarino alemán como el Lusitania e incluso que la propia naviera estuviera detrás del accidente para beneficiarse del seguro. Ninguna de ellas fue confirmada.

En 1919 el naufragio del Valbanera, también perteneciente a la compañía Naviera Pinillos, provocó la muerte de 488 de sus pasajeros, convirtiéndose así en el mayor desastre naval español en tiempos de paz y dejando en el olvido al Príncipe de Asturias. Pese a ello, ha habido intentos por recuperar su legado y su historia ha sido abordada, por ejemplo, en la literatura de la mano de Jorge Díaz en su obra “Tengo en mí todos los sueños del mundo”.