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Marco Aponio Saturnino, el hombre cuyas cabezadas de sueño durante una subasta fueron convertidas en pujas por Calígula


El reinado de Calígula ha pasado a la historia como un período de terror y locura que algunos libros y películas no han desaprovechado: nombrar cónsul a su caballo, poner a sus legiones a recoger conchas en la playa, obligar a las esposas de los senadores a prostituirse… La historiografía actual pone en duda la veracidad de todos esos episodios porque fueron contados por enemigos políticos, caso de Séneca el Joven, o autores muy posteriores como Suetonio y Dión Casio, que además eran patricios. No obstante, hay algunas anécdotas que sí pueden resultar más creíbles y una de ellas es la que protagonizó Marco Aponio Saturnino, un acaudalado senador que estuvo a punto de ir a la ruina por dormirse ante el emperador.

Reconstrucción del rostro de Calígula/Imagen: Digital Sculpture

Cayo Julio César Augusto Germánico, hijo de Germánico (el hijo adoptivo de Tiberio) y Agripina, nació en el año 12 d.C. y se ganó el apodo de Calígula (Botita) al usar unas pequeñas caligae (sandalias) militares mientras acompañaba a su padre en la campaña de Germania. No se llevaba bien con Tiberio pero, aún así, éste le nombró sucesor junto a su primo Tiberio Gemelo. Calígula se deshizo de su socio -que era un niño- y empezó un reinado que inicialmente fue bastante próspero. Pero en el 37 d.C. enfermó gravemente y cuando se restableció había cambiado, quizá porque una conspiración trató de derrocarlo aprovechando el vacío de poder.

A partir de ahí es cuando se inicia el rosario de ejecuciones, muertes, destierros, la mayoría sin juicio, aunque el emperador todavía tuvo lucidez para acometer una ambiciosa reforma política y administrativa que resultó muy popular al implicar claridad en los gastos, abolición de ciertos tributos, ayudas a la plebe, etc. Lamentablemente, eso vació las arcas del estado y dos años más tarde se abatió sobre Roma una profunda crisis económica que degeneró en hambruna debido a un defectuoso suministro de cereales; Suetonio lo achaca a que se requisaron todos los carros mientras que Séneca dice que fue porque se emplearon los barcos en hacer el famoso puente flotante que unía el puerto de Puteoli con Bayas, salvando cinco kilómetros de mar.

Fue en ese contexto cuando Calígula trató de sacar dinero de donde fuese, exprimiendo a las clases acomodadas; la reseñada prostitución de sus mujeres habría sido un escarmiento para los remisos. No obstante, eso resultaba insuficiente, así que, además de sancionar a los recaudadores considerados negligentes, se adoptó una amplia batería de medidas que incluía solicitar donaciones, crear nuevos impuestos (a procesos judiciales, bodas y prostíbulos), apropiarse de testamentos dejados a Tiberio y obligar a los centuriones a entregar al erario los botines obtenidos en campaña. A todas esas iniciativas se sumó una que nos interesa en concreto por ser la que afectó a Marco Aponio Saturnino: subastar gladiadores.

Cuadrante de cobre acuñado para celebrar la abolición de impuestos del año 38/Imagen: Classical Numismatic Group en Wikimedia Commons

De Aponio no sabemos gran cosa. Los pocos datos que hay los da Tácito y no directamente, puesto que sus Historias empiezan en el año 69, justo cuando Galba sucede a Nerón. Tácito le llama cónsul pero no se sabe exactamente cuándo ejerció ese cargo. Algunos autores lo explican sugiriendo que debió de ser cónsul sufecto entre los años 63 y 66, lo que tiene verosimilitud dado que esa magistratura era un escalón para acceder al Senado -el propio Tácito es un ejemplo- y Apiano llegó, efectivamente, a senador, como antes lo había sido su padre (los consules suffecti eran aquellos elegidos para ejercer interinamente, bien por destitución del titular, bien por su fallecimiento, bien por renuncia).

Sí se sabe que Lucio Anneo Séneca intervino en su favor para que se le admitiese entre los arvales, una antigua hermandad sacerdotal cuyos orígenes se remontaban al culto a Dea Dia, divinidad agraria que luego se asimiló a Ceres (la versión romana de Démeter), derivado de los primeros doce flamines (sacerdotes mistéricos encargados del fuego sagrado) que legendariamente evocaban a los doce hijos de Fáustulo y Aca Larentia, la pareja de pastores que encontró a Rómulo y Remo.

Fáustulo y Aca Larentia encuentran a Rómulo y Remo (Pietro da Cortona)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Asimismo, en el año 69 Aponio fue nombrado -seguramente por Galba- gobernador de la provincia danubiana de Mesia, que abarcaba parte de las actuales Bulgaria y Serbia. Con las tres legiones que mandaban Lucio Tetio Juliano, Fulvo Aurelio y Numisio Lupo logró expulsar de allí a los invasores roxolanos (una tribu sármata), lo que le hizo ganarse un triunfo y la erección de una estatua ese mismo año pero reinando ya Otón. Como se puede apreciar, a ese personaje le tocó vivir el llamado Año de los Cuatro Emperadores, puesto que Otón fue tan efímero como su predecesor y algo parecido cabe decir del siguiente, Vitelio, cuya candidatura al trono apoyó.

Así se lo hizo saber en una carta en la que le informaba de la defección de la Legio III, aunque cuando la balanza de la guerra por el poder empezó a inclinarse por Vespasiano, su rival, Aponio no sólo cambió de bando sino que se unió personalmente al ejército de uno de los incondicionales de éste, Marco Antonio Primo. Esas tropas estaban en la parte septentrional de la península itálica, desde donde avanzaron contra Vitelio y le derrotaron ese otoño en la batalla de Bedriacum, en la actual Lombardía. Eso les abrió la puerta de Cremona, a la que sometieron a saqueo antes de continuar hacia Roma.

El Año de los Cuatro Emperadores/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Primo también logró conquistar la capital, ordenando la ejecución de Vitelio y tomando el control junto a Domiciano, el hijo menor de Vespasiano. La llegada desde Siria del gobernador Cayo Licinio Muciano para asumir el mando, relegando al propio vástago de su líder, no le sentó bien y se fue. Para entonces, Aponio había salido trasquilado de ese juego de tronos; juego en el que participó activamente, ya que intentó aprovechar la confusión para incitar el asesinato de algunos viejos enemigos personales. Uno de ellos era el mencionado Lucio Tetio Juliano.

En el año 69, a Lucio Tetio Juliano le pasaba lo mismo que a los demás militares romanos: no tenía claro por quién decantarse en la guerra civil. Era legado de la Legio VII Claudia, una de las que echaron a los roxolanos de Mesia, y algún problema grave debió de tener con Aponio porque éste intentó hacer olvidar su inicial militancia vitelista demostrando ser más vespasianista que nadie, para lo cual acusó a Tetio de intrigar a favor de Vitelio. Ciertamente, la lealtad de Tetio aún no era firme y eso le costaría luego ser destituido de su cargo de pretor por Muciano (aunque Vespasiano se lo restituyó). Sin embargo, la jugada de Aponio salió mal; no sólo no logró que lo mataran sino que Marco Antonio Primo instigó un motín contra él en la legión y tuvo que huir.

En medio de tal alboroto, el gobernador de la Mesia, Aponio Saturnino, se atreve a la peor de las fechorías, enviando un centurión a matar a Tetio Juliano, legado de la legión VII, en razón de unas rivalidades que pretendía disfrazar con la causa del partido. Juliano, al descubrir el peligro, y tras hacer venir a hombres conocedores de aquellos lugares, por las zonas intransitables de la Mesia escapa al otro lado de los montes del Hemo…

Historias (Tácito)

A partir de ahí, se le pierde la pista y únicamente algunas fuentes lo sitúan como procónsul de la provincia de Asia (el extremo occidental de Anatolia, que incluía Bitinia, El Ponto, Capadocia, Galacia, Paflagonia y Comagene, más los últimos restos del Imperio Seleúcida), si bien en una fecha incierta entre los años 73 y 74, lo que lleva a otras a sugerir que quizá murió poco después de escapar o, en cualquier caso, que no vivió mucho más. Sirva todo esto como presentación del personaje.

Ahora llega el momento de retroceder en el tiempo y regresar a los tiempos de Calígula, a aquel año 39 en el que Roma sufría el embate del hambre y el emperador buscaba recursos desesperadamente. Decíamos antes que una de las múltiples ideas que tuvo para ello fue hacer una subasta pública de gladiadores pertenecientes al ludus imperial. Ludus era el término con que los romanos se referían a la escuela donde los magistri o doctores entrenaban a los gladiadores a las órdenes de un lanista (el director del centro). El estado tenía su propio ludus y, de hecho, hoy en día todavía se pueden ver junto al Coliseo las ruinas del Ludus Magnus fundado por Domiciano en el último cuarto del siglo I.

Ruinas del Ludus Magnus/Imagen: Jastrow en Wikimedia Commons

Pues bien, a esa subasta asistió un hombre llamado Aponio Saturnino; no se sabe si era el mismo del que hemos estado hablando, aunque la coincidencia de fechas lo hace probable. Se da la circunstancia, además, de que Marco Aponio Saturnino era un hombre inmensamente rico, habiendo heredado de su progenitor -senador, recordemos- una fortuna que incluía tierras en la provincia romana de Egipto (que abarcaba hasta la Cirenaica -Libia- por el oeste), no en vano apodada en la Antigüedad el granero de Roma.

El caso es que Aponio debía estar cansado y durante las pujas empezó a dar somnolientas cabezadas, algo poco recomendable estando presente un emperador como Calígula. Percatándose éste de lo que pasaba, hizo una de esas bromas que tanto juego han dado a escritores y cineastas, ordenando al subastador que considerase cada cabezada de Aponio como una puja más. Así siguió el proceso durante un buen rato, de modo y manera que cuando terminó y Aponio despertó, se encontró con que había comprado, sin enterarse siquiera, trece gladiadores. Lo peor, sin embargo, no era la mercancía sino el precio pagado por ella: nada menos que nueve millones de sestercios.

Un sestercio del año 38 d. C. con la efigie de Calígula/Imagen: Classical Numismatic Group en Wikimedia Commons

Un sestercio equivalía a la cuarta parte de un denario y a dos ases y medio, rondando el salario de un legionario altoimperial un denario al día. Un esclavo solía costar unos pocos miles de sestercios. Como referencia, valga decir que el valor de las propiedades de Marco Licinio Craso, el vencedor de Espartaco y uno de los hombres más ricos de la antigua Roma, se calculaba en torno a doscientos millones de sestercios. No se sabe qué tal resultaron los gladiadores adquiridos por Aponio, pero una cosa es segura: su dinero fue muy bienvenido por Calígula… que además se lo debió de pasar en grande.

Fuentes: Historias (Tácito)/Historia romana (Dión Casio)/Vida de los doce césares (Suetonio)/69 A.D.: The Year of Four Emperors (Gwyn Morgan)/Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/Wikipedia