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Esquieu de Floyran, el hombre que instigó en Francia el juicio contra los templarios


Quién más quien menos, casi todo el mundo ha oído hablar del final de los templarios, el proceso a que fue sometida la orden y la ejecución en la hoguera del gran maestre Jacques de Molay, con su famosa -y legendaria- maldición mientras el fuego quemaba su carne. Sabemos que aquella persecución fue iniciada por el rey francés Felipe IV el Hermoso con la colaboración del papa Clemente V; ahora bien ¿quién encendió la chispa que les decidió a actuar? La respuesta tiene un nombre: Esquieu de Floyran.

«El rey abrió la caja de ébano, sacó la carta y rompió el sello, que era del cardenal Arnaldo de Auch. Leyó atentamente, como para asegurarse de la veracidad de la noticia:

-El Papa que hemos hecho pertenece ya a Dios -murmuró tendiendo el pergamino a Marigny.

-¿Cuándo sucedió?-preguntó Nogaret.

-Hace seis días -respondió Marigny-. La noche del 19 al 20.

-Un mes después -dijo el rey.

-Sí, Sire, un mes después… -recalcó Nogaret.

Habían hecho a la vez el mismo cálculo. El 18 de marzo, el gran maestre de los Templarios le había gritado, entre las llamas: ‘¡Papa Clemente, caballero Guillermo, rey Felipe, antes de un año os emplazo ante el tribunal de Dios…!’ Y he aquí que el primero ya estaba muerto».

Los reyes malditos. El Rey de Hierro (Maurice Druon)
La maldición de Jacques de Molay (Wraithdt)/Imagen: Pinterest

A pesar de lo que cuenta la literatura, la realidad fue más prosaica. Las palabras atribuidas a Jacques de Molay en la pira parecen ser el resultado de combinar una serie de frases sacadas de contexto (como decir a los que le rodeaban que Dios vengaría su muerte cuando se disponían a ajusticiarle) y algunas incluso expresadas por otra persona, un templario napolitano, según recoge el cronista Ferretto de Vicenza. Sí es cierto que Clemente V, el monarca galo y el canciller Nogaret fallecieron en el plazo de un año, 1314, lo que causó una honda impresión en toda Europa.

Usando una metáfora futbolística, la Orden del Temple había quedado fuera de juego cuando los musulmanes conquistaron Tierra Santa, privando a los cruzados de las fuentes de ingresos que habían tenido hasta entonces. Algunas órdenes insistieron en intentar una nueva cruzada pero los tiempos habían cambiado y nadie estaba ya interesado en el esfuerzo económico y humano que requería una empresa de esas proporciones, cuyo éxito parecía más que incierto, máxime teniendo en cuenta que la guerra estaba en terreno propio: Francia e Inglaterra por el control de Aquitania, el papado perdiendo influencia en Sicilia ante Aragón…

Tumba de Clemente V en la Colegiata de Uzeste (Aquitania)/Imagen: Xabi Rome-Hérault en Wikimedia Commons

El peor fue el enfrentamiento entre Felipe IV el Hermoso y el papa Bonifacio VIII cuando se enredaron en una disputa verbal por el cobro de impuestos al clero, que llevó a que las tropas francesas en Italia recluyeran al pontífice en Agnani, acusándole de hereje, mientras éste amenazaba a aquél con excomulgarle. La muerte de Bonifacio lo solucionó pero sus sucesores, primero Benedicto XI y luego Clemente V, heredaron los problemas derivados de la debilidad de la institución en aquellos momentos, así que el segundo inició un proceso de acercamiento a Felipe, quien le ofreció instalarse en Poitiers a cambio de nombrar nueve cardenales franceses y anular las bulas condenatorias de Bonifacio.

La alianza tenía además un segundo objetivo para el soberano: conseguir el apoyo papal para poner coto al creciente poder de que gozaba la Orden del Temple y anular las cuantiosas deudas que había contraído con ella desde que le concedió un préstamo para pagar el rescate de Luis IX, capturado en la Séptima Cruzada. Y es que los templarios se habían enriquecido gracias a una expansión territorial que les otorgó posesiones en casi todos los reinos europeos y a una imaginativa política financiera que, además de incluir el privilegio de recaudar dinero y bienes, prefiguró lo que podría considerarse el germen de los bancos. Todo ello les otorgaba una independencia incómoda para la autoridad real.

Felipe IV el Hermoso/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por otra parte, no habían renunciado a su proyecto de otra cruzada que hasta trataron de llevar a cabo por su cuenta conquistando la isla siria de Ruad (Arwad). Evidentemente, defenderla luego fue otra cosa: los mamelucos la recuperaron en dos años y quedó claro que, por muy fuertes que fuesen, necesitaban ayuda de los estados cristianos. Así que el gran maestre Jacques de Molay, que desde su elección en 1292, viajaba de corte en corte en busca de aliados (el Papado, Aragón, Inglaterra, Chipre…), llegó en 1305 a Francia con la idea de convencer a Felipe. Lamentablemente para él, cosechó su enésimo fracaso porque éste condicionaba cualquier aventura a ejercer el liderazgo, algo que los demás reyes no estaban dispuestos a admitir.

Pero lo peor fue enterarse de que eso iba vinculado a una fusión de todas las órdenes religiosas asumiendo la jefatura alguien carismático y modélico, lo que Ramón Lull había denominado Rex Bellator, buscando optimizar su eficacia. Daba igual que contase con el visto bueno de Clemente V porque templarios y hospitalarios jamás lo aceptarían, ya que habían desarrollado una intensa rivalidad y además consideraban que tenían objetivos distintos. Estando así las cosas, el Papa convocó a los maestres en Potiers en el verano de 1306 para discutir el asunto. Debido a una enfermedad del pontífice, la cosa se retrasó hasta mayo del año siguiente.

El papa Clemente V retratado por Henri Auguste César Serrur/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Mientras esperaban la llegada del gran maestre hospitalario, Fulk de Villaret, Clemente V puso sobre el tapete las denuncias de algunos ex-templarios sobre las irregularidades que se practicaban en las ceremonias de iniciación, que habían originado rumores bastante inquietantes sobre paganismo y herejía. Molay aceptó que se abriera una investigación sin sospechar que el Papa había alcanzado un acuerdo con el rey de Francia para iniciar un proceso contra la orden, alentado también por los personajes que veíamos en el fragmento de la novela que reseñábamos antes: el inquisidor general de Francia, Guillermo de París, y el tesorero, Eguerrand de Marigny.

Aquí es cuando aparece el que citamos al comienzo: Esquieu de Floyran. No se sabe gran cosa sobre su vida anterior a estos hechos, salvo que era natural de Biterris (Béziers) y que estando en la cárcel acusado de asesinato compartió celda con un antiguo caballero del Temple condenado a muerte, quien le confesó los pormenores de aquellos ritos secretos. Según Esquieu, el templario le explicó que en ellos se negaba a Cristo, se practicaba la sodomía y se llevaban a cabo sacrilegios contra los símbolos religiosos (como pisar la cruz), adorándose a Bafomet (una deidad antropomorfa con atributos satánicos y origen incierto).

Jacques de Molay en una ilustración decimonónica/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esquieu le había referido esta historia al rey Jaime II de Aragón pero éste no le creyó, echándole del reino, por lo que en 1305 acudió a la corte francesa. Allí fue bien recibido por el canciller Guillermo de Nogaret quien, al margen de que realmente aceptara la veracidad de lo narrado, vio en ello la oportunidad de actuar contra la Orden del Temple y hacerse con sus fabulosas riquezas, entre ellas no sólo los presuntos tesoros acumulados sino también las regalías (aduanas, peajes, contribuciones municipales…) y los rendimientos agrícolas y ganaderos de sus propiedades inmuebles.

En esos momentos, la corona estaba con el agua al cuello después de haber devaluado la moneda, aumentado los impuestos y hasta expropiado a los comerciantes lombardos y judíos. Tan grave era la situación que en diciembre de 1306 se produjo en París una revuelta contra la subida de alquileres, siendo incendiada la casa del preboste de los mercaderes e incluso resultando asediado el propio rey, paradójicamente en la Maison du Temple. Los disturbios fueron ferozmente reprimidos con el ajusticiamiento días más tarde de veintiocho cabecillas, pero Felipe IV no estaba dispuesto a pasar de nuevo por aquello, así que hizo caso a su canciller.

Busto del canciller Guillermo de Nogaret (anónimo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 12 de octubre de 1307, tras hacer llegar una orden sellada a todos los rincones del reino con la indicación de abrirla sólo ese día, se inició la operación, que incluía la detención de todos los templarios y la confiscación de sus bienes. Ciento cuarenta caballeros fueron apresados en Francia, entre ellos Jacques de Molay, a pesar de que la justicia ordinaria no tenía jurisdicción sobre ellos, de ahí que el mismo Clemente V enviase una protesta. Pero las astutas artimañas de Nogaret lograron la confesión de casi un centenar de reos, lo que le hizo ganarse el favor de los Estados Generales y la colaboración del Papa, gracias al cual las acciones contra el Temple se extendieron a otros países mediante la bula Pastoralis praeminens.

La corona gala actuó contra los individuos mientras la papal lo hacía contra la orden. Después de más confesiones arrancadas bajo tortura o amenaza de ella, se dictó sentencia en 1314: el gran maestre moriría en la hoguera junto al preceptor de Normandía, Godofredo de Charnay; a lo largo de los años anteriores lo habían hecho la mayoría de sus subordinados, aunque en algunos países la justicia no fue tan severa y muchos resultaron absueltos. Claro que ya no pertenecían a la orden, pues si bien la comisión papal consideró que no se la podía culpar como entidad, como indica el llamado Pergamino de Chinon, Clemente V cedió a las presiones de Felipe IV y la disolvió mediante la bula Vox in excelso.

¿Y Esquieu de Floyran? Terminado su papel en la tragedia representada, el 28 de enero de 1308 le escribió una carta a Jaime II de Aragón recordándole las palabras con las que el monarca le había despedido tres años antes: que volviera cuando tuviera pruebas y entonces no sólo actuaría en consecuencia sino que le recompensaría económicamente.

En la misiva, que se conserva en el Archivo de la Corona de Aragón, Esquieu solicitaba textualmente: Qu’il soit Manifeste à votre royale Majesté que je suis l’homme qui a révélé les faits concernant les templiers au Seigneur Roi de France (Que se manifieste a su majestad real que soy el hombre que reveló los hechos relacionados con los templarios al Señor Rey de Francia).

El rey Jaime II de Aragón retratado por Filippo Ariosto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No sabemos si el rey aragonés aceptó pagar -parece más que improbable- pero sí que Esquieu terminó tomando los hábitos y siendo prior de Montfaucon, dependiente de la Abadía de San Marcial (Limoges). Y que ha pasado a la Historia como el cooperador necesario para encender la chispa. Como dijo, durante el juicio, el templario Ponsard de Gizy, comandante de Payns (el feudo de Hugo de Payns, fundador de la Orden del Temple):

«Les traîtres qui ont proposé des faussetés et déloyautés contre ceux de l’ordre du Temple: Guillaume Robert, moine, qui les a mis à la question, Esquius de Floyrac de Biterris, comprieur de Montfaucon, Bernard Pelet, prieur du Mas d’Agen, et Gérard de Boizol, chevalier, venu à Gisors«.

Los traidores que propusieron falsedades y deslealtad contra los de la orden del Templo: Guillaume Robert, monje, quien los cuestionó; Esquius de Floyrac de Biterris, prior de Montfaucon; Bernard Pelet, prior de Mas d’Agen; y Gérard de Boizol, caballero, que vino a Gisors«.)

Fuentes: Los reyes malditos. El Rey de Hierro (Maurice Druon)/Three traitors of the Temple: was their truth the whole truth? (David Bryson en The debate on the trial of the Templars (1307–1314))/Los templarios deben morir (Alain Demurger)/The last templar. The tragedy of Jacques de Molay (Alain Demurger)/The trial of the templars (Malcolm Barber).