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Cuando un hijo de Saladino intentó desmontar las pirámides de Guiza

Pirámide de Micerino / foto Ankur P en Flickr

Ver en persona las pirámides de Guiza es una emocionante experiencia que, además, permite contemplar ciertos detalles fascinantes. Uno de ellos es la grieta vertical que tiene la cara norte de la más pequeña, la de Micerino, justo encima de la entrada. Su origen es realmente curioso: es la cicatriz que dejó el intento de desmontarla acometido por los musulmanes en el siglo XII y del que, por suerte, desistieron al percatarse de la magnitud de trabajo que requeriría (y eso que habían empezado por la más pequeña). El responsable de aquel descabellado proyecto fue Al-Aziz Uthman, sultán ayubí de Egipto e hijo del famoso Saladino.

Micerino es la castellanización de Mykerinos, la versión helenizada del nombre de Menkaura, un faraón de la dinastía IV, hijo de Kefrén, nieto de Keops y padre de Shepsekaf, quien sería su sucesor. Al igual que los dos primeros levantó una pirámide para que le sirviese de tumba (el vástago prefirió ser enterrado en una mastaba, rompiendo la tradición) al acabar su reinado, que se extendió durante veintiocho años, desde el 2514 a.C. al 2486 a.C. No se saben exactamente las fechas en que se llevaron a cabo los trabajos y los egiptólogos únicamente apuntan que debió quedar terminada en el siglo XXVI a.C.

Micerino y su esposa Jamerernebti/Imagen: Miguel Hermoso Cuesta en Wikimedia Commons

Ese monumento, asociado además a un templo funerario, se bautizó como Netjer-er-Menkaure («Menkaura es divino») y originalmente medía 65,5 metros de altura por 108,5 de base, sumando un total de 235.183 metros cúbicos. Está hecho de granito rojo que antaño se hallaba recubierto de una capa blanca de caliza de Tura, hoy perdida (salvo las primeras hiladas de la base), por eso su altura ha bajado a 61 metros, al faltar el piramidón del vértice. En la cara sur está acompañado por tres pirámides menores, cada una con un templo, pertenecientes a las esposas del faraón. Al finalizar el Imperio Egipcio, surgieron multitud de leyendas en torno a las pirámides de Guiza, relacionándolas primero con el mito de Hermes y después con el relato bíblico de Noé.

Como también se las suponía escondrijo de fabulosos tesoros y secretos de la ciencia y la literatura, tal como recogía un relato de Las mil y una noches (y que confirma el historiador Al-Massudi) en el que el califa Al-Mamun abría una brecha en la de Kéops para buscarlos en el siglo IX (esa brecha existe, aunque se cree que la hicieron profanadores de tumbas ya en época faraónica), el emir Karakush causó considerables daños en la pirámide de Kefrén y sus subsidiarias buscando esas riquezas. Así lo cuenta el erudito medieval Abd al-Latif al-Baghdadi en su obra Viaje a Egipto. Pero para destrozos, los que provocó Al-Aziz, tal como decíamos al principio.

Retrato de Saladino por Ismail al-Jazari (circa 1185)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Al-Malik Al-Aziz Osman bin Salahadin Yusuf, que tal era su nombre completo, nació en El Cairo en el año 1171. Se desconoce quién fue su madre, ya que Saladino tuvo varias esposas o concubinas de las que apenas se sabe nada y la que se puede considerar principal, Ismat ad-Din Khatun (más conocida como Asimat, hija del regente de Damasco y que se había quedado viuda de Nur ad-Din, gobernador de Siria, cuando Saladino pidió su mano para quedarse con la ciudad) no llegó a engendrar nunca descendencia con su marido.

Lo que sí sabemos es que tuvo hasta diecisiete hermanos, entre los que su progenitor repartió el imperio antes de fallecer en el 1193. Al primogénito, Al-Afdal, le dejó Palestina y Siria, donde era gobernador, lo que incluía Damasco, la joya de la corona y, previsiblemente, motivo de discordia. A Al-Aziz le fue donado Egipto. Al-Zahir, el tercer vástago, era emir de Alepo y Mosul desde los quince años de edad y ésa fue su herencia. A Al-Adil, hermano de Saladino y gran general a quien los cruzados llamaban Safadin en alusión a su título de Sayf ad-Din (Espada de la Fe), le tocó Kerak. Y Turanshah, el hermano menor de Saladino, recibió Yemen, una tierra que en realidad no le gustaba.

El sultanato ayubí a la muerte de Saladino, en 1193/Imagen: Ro4444 en Wikimedia Commons

En realidad, el deseo de Saladino hubiera sido nombrar un único sucesor y que todos los demás parientes le jurasen fidelidad para mantener el imperio unido. El elegido para ello era Al-Afdal Alí, que había combatido a su lado contra Ricardo Corazón de León durante la Tercera Cruzada y, por tanto, se presentaba como cabeza de la dinastía ayubí, el linaje de origen kurdo que Saladino inauguró en Egipto tras proclamarse sultán y desplazar a los fatimíes. Sin embargo, Al-Afdal no era tan buen gobernante como guerrero; al asumir el poder destituyó a todos los ministros de su padre, sembrando la indignación entre ellos y haciendo que buscasen amparo en Egipto.

Allí pidieron a Al-Aziz que marchase contra su hermano y le sustituyera y él aceptó, iniciando una rebelión en el 1194. Su tío Safadin trató de mediar entre ambos pero no consiguió más que una tregua de un año, transcurrido el cual volvieron a enfrentarse. Durante un tiempo, Al-Afdal fue capaz de resistir pero Safadin se hartó de su incompetencia y se alió con Al-Aziz para arrebatarle Damasco; Al-Afdal fue desterrado a Salkhad, en la región de Hauran, donde permaneció a la expectativa. Entretanto, su hermano se convirtió en dueño indiscutible del imperio ayubí, que comprendía Siria, Alta Mesopotamia, Egipto y Arabia.

Al-Afdal junto a su padre Saladino en la Batalla de los Cuernos de Hattin (Peter Dennis)/Imagen: Pinterest

Algo especialmente meritorio si se tiene en cuenta que al asumir su herencia había tenido que afrontar una serie de rebeliones. Por un lado, los emires de Mosul, que eran zanguíes y, por tanto, de una dinastía distinta: la oguz, musulmana también pero de origen turco y que había sido vasalla del Imperio Selyúcida (el sultanato suní turco-persa que se había derrumbado en el 1194). Los zanguíes habían sido sometidos por Saladino y ahora que ya no estaba vieron la oportunidad de librarse del dominio ayubí.

También se alzaron en armas los emires de Korasán (una región que abarcaba el noreste de Irán, parte de Afganistán y una buena porción de Asia central) y los artúquidas, una dinastía turcomana que antaño gobernaba sobre Anatolia oriental, norte de Siria y norte de Irak  pero a la que los ayubíes habían constreñido al sur iraquí. Una vez superado el peligro y derrocado su hermano, Al-Aziz podía considerarse el amo del imperio ayubí; al menos en teoría, porque en la práctica era su tío Safadin quien tenía las riendas en Damasco.

Al-Adil, más conocido como Safadin/Imagen: SciencePhotoLibrary

Al-Aziz no tuvo tiempo apenas de disfrutar de su posición, ya que falleció en el 1198 al caerse del caballo durante una cacería. Pero dos años antes llegó a sentirse lo suficientemente poderoso como para hacer un alarde simbólico de esa posición: demoler las pirámides de Guiza, testimonio de una época pagana que había cedido ante el Islam, empezando por la de Micerino, al tratarse de la más pequeña. Aún así, las dificultades técnicas demostraron ser superiores a la previstas, ya que si construir tan imponentes monumentos había requerido una ingente labor de programación y coordinación, quedó claro que desmontarlos no iba a ser una operación menor.

En la práctica, las cuadrillas de obreros contratadas a tal efecto no pudieron mover más de dos bloques diarios. El método empleado, a base de empujarlos con cuñas y palancas para arrastrarlos luego con cuerdas, de manera que cayeran por su propio peso, resultó contraproducente. Las grandes piedras caídas quedaban semienterradas en la arena y había que sacarlas también de allí si se querían aprovechar como cantera (ésa era la idea original), y tener despejado el acceso, pero debido a su tamaño resultaba imposible, ya que una vez abajo ya no se contaba con la ayuda de la gravedad, así que no quedaba más remedio que partirlas en pedazos.

Otra vista de la brecha en la pirámide/Imagen: MusikAnimal en Wikimedia Commons

Ahora bien, eso tampoco era nada fácil, así que al cabo de ocho meses, cuando únicamente se había podido hacer una hendidura en la cara norte de la pirámide, se desistió del empeño, dejándolo por imposible. La fuerza del Islam se estrelló ante la solera del politeísmo faraónico, podríamos decir, de forma paralela al final de Al-Aziz. Porque tras el accidente cinegético que le costó la vida, su hijo de doce años, Al-Mansur Mohammed, tuvo que aceptar que su exiliado tío Al-Afdal regresase para ser regente de Egipto mientras él no alcanzase la mayoría de edad. Al-Afdal, deseoso de venganza por aquellos años postergado, se unió a su otro hermano, Al-Zahir, para quitarse de en medio a Safadin, al que pusieron sitio en Damasco.

Pero éste, con ayuda de su hijo Al-Jamil, rompió el cerco en 1199 y llevó la guerra a Egipto, arrebatándoselo a su sobrino y proclamándose sultán. al-Afdal terminó discutiendo con Al-Zahir y tiró la toalla, aceptando la oferta de su tío de entregarle el gobierno de varias ciudades, entre ellas Samósata y Saruj (en Anatolia) y otras mas lejos, en Mesopotamia. Al-Zahid siguió luchando pero acabó aceptando la autoridad de Safadin en 1202. Al-Afdal volvería a protagonizar un nuevo intento de rebelión en 1218 con ayuda de Kaikaus I, sultán selyúcida de Rüm (centro de Anatolia). Una vez más, se peleó con su aliado y abandonó, muriendo en 1225.

Fuentes:  Saladin. Tthe politics of the Holy War (Malcolm Cameron Lyons y D. E. P. Jackson)/From Saladin to the Mongols. The Ayyubids of Damascu, 1193-1260 (R. Stephen Humphreys)/El Islam. Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio Otomano (Claude Cahen)/The complete pyramids (Mark Lehner)/Egiptomanía. El fascinante mundo del Antiguo Egipto (VVAA)/Wikipedia