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Racchi, el complejo arqueológico inca donde estaba el imponente Templo de Viracocha


Viracocha era la divinidad más importante de la religión andina prehispana y, si bien constituía una jerarquía superior junto a Inti, Illapa y Punchao, los misioneros españoles centraron en él sus referencias a la hora de evangelizar a los indígenas en la idea de un dios único. La principal representación de Viracocha está en Tihuanaco (Bolivia), en la famosa Puerta del Sol, pero su santuario por excelencia era el de Racchi, hoy un espectacular complejo arqueológico que de un tiempo a esta parte se está convirtiendo en uno de los mayores atractivos de Perú.

Racchi se encuentra en la provincia de Canchis, una de las trece que forman el departamento de Cuzco, a unos 119 kilómetros al sudeste de su capital, lo que explica que se haya incorporado -de momento tímidamente- a los circuitos de la zona: el Boleto Turístico, que entre otros sitios incluye Cuzco ciudad, Sacsayhuaman, Coricancha, Pisac y Ollantaytambo, también permite acceder a Racchi; al fin y al cabo está en el Valle sur, muy cerca de las ruinas de Piquillacta y forma parte del Qhapac Ñan o Camino Inca. Como en todos ellos, el clima es templado, marcado por la altitud de 3.550 metros, y abre de lunes a domingo de 7:00 a 18:00.

Localización de Racchi/Imagen: Casa Real del Sol

Se extiende por casi 11 kilómetros cuadrados de una ladera y consiste en una serie de construcciones arquitectónicas de piedra y adobe distribuidas por sectores que tenían funciones específicas (administrativas, religiosas, militares…) y rodeadas por un muro perimetral (cuya longitud alcanza cuatro kilómetros y estaba dotado de foso), salvo un tambo exterior (depósito-albergue) compuesto por ocho edificios y un conjunto de otros 220, de planta circular, que seguramente eran almacenes. Asimismo, en el entorno hay terrazas de irrigación y un manantial con baños de uso religioso.

Según el Inca Garcilaso, Racchi empezó a levantarse a principios del siglo XV, en tiempos del inca Viracocha, un dirigente que fue octavo gobernante de Cuzco pero cuya historicidad se confunde con el mito. Llamado originalmente Hatun Tópac, cambió de nombre tras tener un sueño con el dios, quizá para afianzar su posición al no ser hijo del anterior inca, Yahuar Huácac (aunque sí pertenecía a su dinastía). Viracocha fue capaz de resistir los intentos de conquista de pueblos vecinos como los ayamarcas y guayamarcas pero no a los chancas, que consiguieron derrocarle y provocar su exilio. Atrás dejaba una intensa labor constructora que incluía el recinto en cuestión.

Viracocha, octavo inca/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Éste, explica Cieza de León, fue ampliado por sucesores como Pachacútec (entre 1439 y 1471) y Túpac Yupanqui (entre 1471 y 1493), siendo Huayna Cápac el que le dio su aspecto final. No obstante, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo in situ sacaron a la luz restos cerámicos que revelan que Racchi estuvo ocupado mucho antes por otras culturas. Es el caso de la marcavalle, la pucará y la huari, que también adoraban a Viracocha y habitaron los márgenes del río Vilcanota muchos siglos atrás, alcanzando el espectro cronológico hasta un milenio antes de Cristo.

En cualquier caso, las estructuras que vemos hoy son incas y, de hecho, el mencionado Templo de Viracocha tiene la singularidad de ser el que poseía el mayor atechamiento a dos aguas del Tahuantisuyo (el imperio incaico), puesto que el del complejo boliviano de Incallajta es más grande pero de otro tipo. De planta rectangular y dos pisos de altura, medía 92 metros de largo por 25,5 de ancho y 15 de altura. Las construcciones de esas características se denominan kallancas y son típicas del período inmediatamente anterior a la llegada de los españoles.

Reconstrucción hipotética del templo/Imagen: Coussinieb

Su pared central, que sustentaba la cúspide del citado techo y es lo único que queda del edificio, era de adobe con una base de andesita (una roca volcánica, ya que dominando los contornos está el volcán Kinsach’ata) y el resto de los muros contaban con varias puertas y ventanas, mientras sendas líneas de columnas flanqueaban sus lados. Todos esos elementos, combinados con una serie de pilares interiores, indican que el recorrido por el edificio se hacía en zigzag, algo relacionado probablemente con los conceptos cosmológicos vinculados a Viracocha.

En la parte septentrional del templo se ven restos de una docena de viviendas para los sacerdotes y funcionarios. También hay centenar y medio de colcas, es decir, almacenes. Son de planta circular, de 10 metros de diámetro y con techumbre vegetal cónica y servían para guardar productos agrícolas como maíz, quinoa, patatas y chuño (nombre que se daba a los tubérculos liofilizados para su conservación), además de carnes y pescado secos. Todo esto no era para el consumo normal sino para uso ceremonial -se repartía entre los suyos– y compartía espacio con otras cosas que también se almacenaban allí (telas, cerámicas, armas…).

Una de las colcas circulares, restaurada/Imagen: Ed88 en Wikimedia Commons

Decíamos antes que cerca se localizaba un manantial. Mediante dos fuentes alimentaba un qucha o lago artificial, dotado de una plataforma elevada que se alzaba al lado. También tenía función ritual, como parece demostrarlo el hallazgo de una capa de cenizas que probablemente se debió al sacrificio de camélidos. El conjunto se completaba con unos baños y una explanada que hoy se usa como campo de labranza pero que antaño seguramente era un recinto ferial para acoger a la gente en las festividades religiosas. Cabe añadir que en ese área del manantial se situaba el origen mítico del pueblo K’ana, que aparece en la leyenda de Viracocha.

Según se decía, Viracocha llegó a la región de Charcas, donde fue atacado al no reconocerle nadie. Irritado, hizo llover fuego del cielo hasta que las gentes corrieron a pedirle perdón. Entonces les develó su identidad y le erigieron un santuario, que fue el que posteriormente ampliaron los incas. Hay que tener en cuenta que Viracocha estaba estrechamente relacionado con el agua, ya que habría originado una gran inundación que cubrió la Tierra y cuando las aguas bajaron se instaló en el lago que quedó como último resto, el Titicaca, donde alumbró a la raza humana. En realidad no se trataba de un mito unificado y existen múltiples versiones.

Una de las fuentes/Imagen: Ed88 en Wikimedia Commons

A todo lo descrito habría que sumar el Aucca Huasi, que algunos identifican con una cárcel; el Ccumo Ccacca o necrópolis; y el Qhapac Ñan, el camino real que pasaba por allí y cuyos chasquis (mensajeros) podían descansar en el lugar. El tramo de dicha calzada a su paso por el vecino pueblo de San Pedro de Cacha está ocupado por una bella iglesia del siglo XVIII, construida en piedra y adobe, decorada con pinturas de la Escuela Cuzqueña. El tercer domingo de junio, esa localidad acoge la celebración del Festival de Racchi, catalogado como Patrimonio Cultural de la Nación.

Vista general del complejo arqueológico/Imagen: AgainErick en Wikimedia Commons

Fuentes: Empowering Communities through Archaeology and Heritage (Peter G. Gould)/An Archaeology of Ancash: Stones, Ruins and Communities in Andean Peru (George Lau)/Raqchi (Lizardo Tavera Vega en Sitios Arqueológicos)/Arqueología del Perú/Wikipedia