Píramo y Tisbe, los míticos amantes mesopotámicos que originaron la historia de Romeo y Julieta

Píramo y Tisbe en el Mosaico de Nea Pafos / foto Gerard Janot en Wikimedia Commons

Alguien dijo una vez que, en literatura, todo está inventado desde Homero. Lo cierto es que algunas obras son anteriores y aunque les falte ese toque de refinamiento, sentaron los cimientos de multitud de temas que después se volverían a tratar una y otra vez por diferentes autores. En ese sentido, la historia de un amor imposible y trágico es tan vieja como la Humanidad misma, de ahí que la que vamos a ver a continuación, cuyos protagonistas vivieron -presuntamente- nueve siglos antes de Cristo, le resulte familiar a muchos. Es la de Píramo y Tisbe.

Digo lo de resultar familiar porque seguro que más de un lector habrá leído, por ejemplo, Romeo y Julieta, la pieza teatral que William Shakespeare escribió entre 1591 y 1597 (aunque también trata el tema en El sueño de una noche de verano). No tuvo que inventar mucho; sólo poner su genio artístico, ya que otros habían publicado tramas similares con anterioridad. El bardo inglés se inspiró directamente en The tragicall hystorie of Romeus and Juliet, de Arthur Broke, que a su vez era una versión de la novela Romeo e Giulietta, de Matteo Bandello, quien se había basado en la historia de Gianozza y Romeo (Hystoria di due nobili amanti), que compuso Luigi da Porto tomando como referencia Il novellino de Masuccio de Salerno sobre dos infelices enamorados llamados Gianozza y Mariotto.

Romeo y Julieta en el balcón (Frank Dicksee)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esa especie de muñecas rusas literarias podría continuarse hacia atrás porque si los infortunados Gianozza y Mariotto existieron realmente no hacían sino vivir una experiencia que se ha repetido a menudo a lo largo de la Historia. Geoffrey Chaucer también la glosó en The legend of the good women, de igual manera que Bocaccio en el Decamerón y de la misma forma que Fernando de Rojas haría algo parecido en La Celestina y posteriormente repetirían otros escritores: Góngora (Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe), Thèophile de Viau (Les Amours tragiques de Pyrame et Thisbé), Edmond Rostand (Les Romanesques), etc.

Pero sigamos retrocediendo para llegar al origen. En la etapa final de la Antigüedad, Nono de Panópolis y varios autores cristianos recuperaron -y cambiaron un poco- un argumento que el poeta romano Publio Ovidio Nasón incluyó en su obra Metamorfosis. Terminada en el año 8 d.C., es un poema en quince libros que narra la historia del mundo desde el comienzo hasta la muerte de Julio César pero combinando realidad y mitología. En el Libro IV comparten protagonismo Perseo y Andrómeda con Leucótoe y Clitia, Sarmacis y Hermafrodito, las Mineides y, finalmente, Píramo y Tisbe.

El mito de Píramoi y Tisbe en una pintura de Pompeya/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tampoco Ovidio era el primero, pues se le adelantó unas décadas Cayo Julio Higino con sus Fábulas, casi tres centenares de breves relatos de corte mitológico. Lo que pasa es que únicamente se conservan fragmentos impresos en el siglo XVI a partir de una copia medieval, por lo que el trabajo de Ovidio es la verdadera base que permite conocer el mito. Un mito que, no obstante, no era romano sino que se remontaba muchos siglos atrás, hasta los tiempos de la reina Semíramis. Consecuentemente, ello también hace cambiar de aires geográficos para situarse en Mesopotamia.

Más concretamente en Asiria, donde gobernaba esa soberana hoy identificada con Sammuramat, cuyo reinado se sitúa cronológicamente entre el 811 y el 808 a.C. (o del 809 al 792 a.C.). La figura de Semíramis sedujo a muchos autores clásicos y posteriores, desde Ovidio a Ionesco, pasando por Dante, Christine de Pizán, Calderón de la Barca, Shakespeare o Voltaire, por ejemplo. Algunos de ellos, como vimos, fueron también los que reseñaron el mito de Píramo y Tisbe, a los que ya es hora de conocer más estrechamente, siguiendo las Metamorfosis.

Una curiosa versión pictórica del mito por un artista anónimo del siglo XVII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se trataba de dos jóvenes vecinos que vivían en Babilonia y estaban enamorados, desafiando la negativa de sus padres por la rivalidad que mantenían ambas familias. Sobreponiéndose a la prohibición (» …lo que no pudieron vetar:/ por igual ardían, cautivas sus mentes, ambos./ Cómplice alguno no hay; por gesto y señales hablan,/ y mientras más se tapa, tapado más bulle el fuego») , los dos amantes se comunicaban con el clásico juego de miradas y gestos hasta que descubrieron una grieta en la pared que separaba sus casas. A partir de entonces pudieron incorporar también la voz, susurrando a través de la hendidura:

«Tal defecto, por nadie a través de siglos largos notado 

 -¿qué no siente el amor?-, los primeros lo visteis los amantes 

 y de la voz lo hicisteis camino, y seguras por él 

 en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían.  

 Muchas veces, cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí, 

 y por turnos fuera buscado el anhélito de la boca: 

 ‘Envidiosa’, decían, ‘pared, ¿por qué a los amantes te opones? 

 ¿Cuánto era que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos, 

 o esto si demasiado es, siquiera que, para que besos nos diéramos, te abrieras?

 Y no somos ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos, 

 el que dado fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos»».

Tisbe escucha a Píramo a través de la grieta (John William Waterhouse)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Acordaron un encuentro una noche, junto al mausoleo de Nino, el mítico hijo de Baal que había convertido Nínive en la capital de un poderoso imperio, casándose luego con Semíramis. Así, cuando llegó la noche pactada, ambos acudieron al punto de encuentro, junto a una fuente que había bajo una morera. La primera en llegar fue Tisbe pero se encontró con que una leona que, ahíta tras haber devorado una presa, se había acercado a beber; así que, espantada, escapó para esconderse en una pequeña cueva cercana.

En su huida, dejó atrás el velo con que se cubría; la fiera lo encontró y jugueteó con él hasta que se fue. Entonces llegó Píramo, ante el que había un panorama poco alentador: las huellas de la leona y la prenda rasgada, manchada de sangre por una presa recién cazada, le indicaban que su amada había muerto entre sus zarpas. Desesperado, sacó su daga y se dejó caer sobre ella, según cuenta Ovidio que era la costumbre babilonia para estos casos.

«Una misma noche a los dos», dice, «amantes perderá, 

 de quienes ella fue la más digna de una larga vida; 

 mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te he perdido,

 que a lugares llenos de miedo hice que de noche vinieras 

 y no el primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo 

 y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco, 

 oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña! 

 Pero de un cobarde es pedir la muerte». 

Poco después, considerando que el peligro había pasado ya, Tisbe salió de su escondite y corrió a la fuente. Durante un rato estuvo confundida, ya que la morera daba antes frutos blancos y, en cambio, los de aquélla presentaban un color oscuro; ello se debía a que la sangre de Píramo los había teñido. La joven no tardó en toparse con el cuerpo de su amado y, comprendiendo con consternación lo ocurrido, cogió el puñal, quitándose también la vida.

«Píramo», clamó, «¿qué azar a ti de mí te ha arrancado? 

 Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo, 

 te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta (…) 

«Tu propia mano», dice, «y el amor, 

 te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo 

 esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas.

 Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá 

 causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola 

 serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado».

Píramo y Tisbe, cuadro de Lucas Gassel (1540) / foto dominio público en Wikimedia Commons

Como suele ocurrir con relatos tan antiguos, hay algunas variantes. En unas, Tisbe no se mata inmediatamente sino que antes va a dar aviso y pasa un período de duelo. En otras, como un mosaico romano del siglo II encontrado en la Casa de Dionisio, cerca de Nea Pafos (una ciudad del oeste de Chipre fundada por el rey Nicocles en el siglo IV a.C.), los dos amantes no vivían en Babilonia sino en Cilicia, la zona costera meridional de Anatolia (lo que hoy es la región turca de Çukurova), aunque entonces sí formaba parte del Imperio Babilonio.

En cualquier caso, los dioses se apiadaron del desgarrador lamento de Tisbe e intervinieron para congraciar a las respectivas familias en su desgracia común, gracias a lo cual se cumplió el último deseo de la joven: descansar junto a su amor para siempre. También fue concesión divina que, en lo sucesivo, las moras conservaran el tono cromático adquirido (en ese sentido cabe añadir que en latín se llamaba Pyramea arbor a ese tipo de árbol).

«Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados, 

 oh, muy tristes padres mío y de él,

 que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió, 

 de depositarles en un túmulo mismo no os enojéis; 

 mas tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo 

 ahora cubres de uno solo -pronto has de cubrir de dos-, 

 las señales mantén de la sangría, y endrinas, y para los lutos aptas,  

 siempre ten tus crías, testimonios del gemelo crúor»

La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto ante los cuerpos muertos de Romeo y Julieta (Frederick Leighton)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como se ve, hasta en eso hay un notable parecido con el congraciamiento en el dolor de Capuletos y Montescos al final de Romeo y Julieta:

«CAPULETO: ¡Oh, Montesco! ¡hermano mío! Déjame estrechar tu mano en recuerdo de mi hija; no tengo más que pedirte.

MONTESCO: Yo quiero darte más. Quiero que ella reviva y que una estatua de oro puro conserve su imagen. Mientras Verona exista, quiero que se vea que no ha habido mujer más bella y querida que la apasionada, la fiel Julieta.

CAPULETO: Romeo estará junto a ella, y como ella también eterno y brillante. ¡Ay de mí! ¡De todos los sacrificios exigidos por nuestros odios, éstos son los menores!»

Fuentes: Romeo y Julieta (William Shakespeare)/Metamorfosis (Ovidio)/A handbook to the reception of Ovid (John F. Miller y Carole E. Newlands)/Wikipedia