Oda a la Alegría, el poema de Schiller que inmortalizó Beethoven en su Novena sinfonía

Manuscrito de Oda a la alegría de Schiller / foto dominio público

En 1949 se fundó el Consejo de Europa, un organismo internacional cuyo objetivo era promover la cooperación de los estados europeos y avanzar hacia una una futura unión, la cual fue tomando forma a lo largo de las décadas siguientes mediante la firma sucesiva de nuevos tratados que ampliaban el original de París de 1951 e incorporaban más miembros de forma progresiva. En 1972, el Consejo adoptó como himno común el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 en re menor, opus 125 de Beethoven, debidamente arreglado para coro. Para componer esa obra, el célebre músico se había inspirado en Oda a la Alegría, un poema de Schiller escrito unos años antes, si bien la Unión Europea usa sólo la música.

Johann Christoph Friedrich Schiller, nacido en 1759 en Marbach am Neckar, una ciudad del estado alemán de Baden-Wurtemberg que por entonces aún formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico, es una de las grandes figuras literarias teutonas. Aunque fue multidisciplinar (filósofo, poeta, historiador, editor, médico militar, estudiante de derecho…) está considerado el mayor dramaturgo de Alemania junto a Goethe, del que fue amigo. Sin embargo, aquí nos interesa por su labor de rapsoda, ya que, paradójicamente, su obra de referencia fue un poema: el citado An die Freude (Oda a la Alegría).

Friedrich Schiller (Ludowike Simanowitz)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo publicó por primera vez en 1786, en una revista literaria que él mismo creó dos años antes con el nombre de la musa de la poesía, Thalia. Había hecho una primera versión en Gohlis (un pueblo del entorno de Leipzig absorbido hoy por el crecimiento urbano de esa ciudad y convertido en un barrio de ella), donde residía gracias a que un amigo, el jurista Christian Gottfried Körner, le ayudaba a sobrellevar las deudas que se le acumulaban después de perder su contrato con el teatro de Mannheim. Allí encontró también un editor para otra pieza que había escrito, una tragedia titulada Dom Karlos, Infant von Spanien (Don Carlos, Infante de España), que Verdi adaptaría a ópera en 1867.

No sería ésa la única obra con versión operística, puesto que el propio Verdi había aprovechado su Die Jungfrau von Orleans (La Doncella de Orleans) en 1849 (y Tchaikovski lo haría en 1881), al igual que Rossini hizo en 1829 con Wilhelm Tell (Guillermo Tell) y Donizetti en 1835 con Maria Stuart (María Estuardo), por ejemplo. Es una buena muestra del interés de Schiller por la historia, demostrado una década más tarde, cuando consiguió una cátedra de esa especialidad en Jena. Sus clases le hicieron ganar fama y prestigio, terminando con los apuros económicos.

Christian Gottfried Körner retratado por Anton Graff/Imagen: Wikimedia Commons

El ya consagrado escritor hizo revisiones posteriores de la Oda a la Alegría, la última de las cuales se publicó en 1808; ya póstumamente porque él había fallecido tres años antes, consumido por una tuberculosis que derivó en fatal pulmonía. Pero fue precisamente ésa la que utilizó Ludwig van Beethoven, que conocía el poema desde joven: corría 1793 cuando lo leyó con veintitrés años y quedó tan prendado de él que tuvo la idea de ponerle música. Algo irónico, si se tiene en cuenta que su autor no había quedado contento de él por considerarlo un fracaso y en una carta a Körner (cuya amistad fue lo que le animó a hacerlo), decía que era «de valor quizás para nosotros dos, pero no para el mundo» y que estaba «alejado de la realidad».

Es posible que parte del entusiasmo de Beethoven se debiera a que el título original de aquellos versos era Ode an die Freiheit (Oda a la Libertad) y estaba pensado para la música de La marsellesa. O, al menos, eso dice la leyenda, pues era un tema muy de moda en el romanticismo propio del momento y más para el compositor, que primero saludó a Napoleón como gran esperanza, después se opuso a él cuando traicionó la Revolución para autoproclamarse emperador y finalmente se convirtió en un crítico del absolutismo instaurado por el Congreso de Viena. El caso es que Beethoven tuvo que esperar hasta 1823 para musicalizar el poema de Schiller.

Ludwig van Beethoven en 182o, retratado por Joseph Karl Stieller/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para entonces ya estaba sordo y en un segundo plano, ya que las sinfonías estaban quedando relegadas por las óperas italianas y el éxito fulgurante de Rossini. Aún así, decidió terminar una última sinfonía, la Novena, que había empezado en 1818 por encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres pero que tuvo que aparcar para componer una Misa solemnis en re mayor con motivo del nombramiento como cardenal del archiduque Rodolfo de Austria, antiguo alumno y protector (aunque no llegó a terminarla hasta mucho después).

Parece ser que en ese trabajo sinfónico final utilizó bosquejos realizados mucho antes y, por supuesto, la Oda a la Alegría, que decidió poner como base del cuarto movimiento introduciendo un coro, algo insólito hasta entonces en ese tipo de composición y creando así algo nuevo: la sinfonía coral. Tuvo algunos problemas de adaptación con la letra y añadió una introducción escrita por él mismo:

¡Oh, Freunde, nicht diese Töne!

 Sondern laßt uns angenehmere anstimmen,

und freudenvollere!

¡Freude! Freude!

(¡Oh amigos, no estos sonidos! ¡En lugar de eso, encontrémoslos más placenteros y más alegres!¡Alegría! ¡Alegría!)

Página manuscrita del cuarto movimiento de la Novena sinfonía/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Novena quedó lista en 1823 y Beethoven se dispuso a estrenarla en Berlín, no en Viena como era habitual, dado que en la capital austríaca estaba de moda Rossini; sin embargo, terminó accediendo cuando amigos, conocidos, artistas y colegas de profesión enviaron una petición firmada a la ciudad para que facilitase allí su estreno. Y así, la sociedad vienesa puso a su disposición la mayor orquesta con la que el maestro había contado nunca para el día previsto, el 7 de mayo de 1824.

Fue en el Kärntnertortheater, que estaba abarrotado porque era el primer concierto del maestro en diez años y además, a pesar de su sordera, iba a co-dirigir la orquesta con Michael Umiauf, músico a cargo del teatro. El programa incluía la obertura de Die Weihe des Hauses y las tres primeras partes de la Misa solemnis, pero lo que realmente epató a los espectadores fue la Coral, como también se conoce a aquella última sinfonía. Al terminar, la contralto Caroline Unger tomó del brazo a Beethoven, para que se volviera al público y contemplar la clamorosa ovación que le dedicaba hasta con tremolar de pañuelos y sombreros, para que él pudiera apreciarlo.

Aspecto que tenía en la época el Kärntnertortheater de Viena/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Anecdóticamente, cabe señalar que al igual que él no valoraba demasiado la moda operística italiana, Verdi despreciaría el cuarto movimiento (no así el resto de la obra). Ahora bien, la Novena ejercería bastante influencia en la música clásica de los siglos XIX y XX y varios compositores la homenajearon: Brahms, Dvořák, Bruckner, Bartók… Y antes de que el Consejo de Europa adoptara la Oda a la Alegría, siguiendo una propuesta de Richard von Coudenhove-Kalergi para su proyecto de unión europea de 1926, la usaron también el movimiento obrero alemán y una Alemania eventualmente unida en los Juegos Olímpicos celebrados entre 1956 y 1968. Asimismo, fue el himno oficial de Rodesia de 1974 a 1979.

La mejor forma de terminar este artículo es precisamente con los versos de Schiller para el poema:

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,hija del Elíseo!

Ebrios de entusiasmo entramos,

diosa celestial, en tu santuario.

Tu hechizo une de nuevo lo

que la acerba costumbre había separado;

todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

Aquel a que la suerte ha concedido

una amistad verdadera,

quien haya conquistado a una hermosa mujer,

¡una su júbilo al nuestro!

Aún aquel que pueda llamar suya

siquiera a un alma sobre la tierra.

Más quien ni siquiera esto haya logrado,

¡que se aleje llorando de esta hermandad!

Todos beben de alegría

en el seno de la Naturaleza.

Los buenos, los malos,

siguen su camino de rosas.

Nos dio besos y vino,

y un amigo fiel hasta la muerte;

lujuria por la vida le fue concedida al gusano

y al querubín la contemplación de Dios.

¡Ante Dios!

Gozosos como vuelan sus soles

a través del formidable espacio celeste,

corred así, hermanos, por vuestro camino alegres

como el héroe hacia la victoria.

¡Abrazaos millones de criaturas!

¡Que un beso una al mundo entero!

Hermanos, sobre la bóveda estrellada

debe habitar un Padre amoroso.

¿Os postráis, millones de criaturas?

¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?

Búscalo más arriba de la bóveda celeste

¡Sobre las estrellas ha de habitar!

Fuentes: Schiller o la invención del idealismo alemán (Rüdiger Safranski)/Ludwig van Beethoven (Jean y Brigitte Massin)/Beethoven: the Ninth Symphony (David Benjamin Levy)/Beethoven’s Ninth. A political history (Esteban Buch)/The Ninth. Beethoven and the world in 1824 (Harvey Sachs)/Unión Europea/Wikipedia