La fascinante historia de los nombres de los mongoles

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Aunque actualmente el significado de los nombres no tiene mayor trascendencia en la mayor parte del mundo y se nomina a los niños en función de gustos cacofónicos más que nada, todavía hay sociedades en las que sí se observa una atención etimológica. Una de ellas es la mongola, que en ese sentido ha cambiado las diferencias internas de antaño por una homogeneización con China, aunque últimamente hay una reivindicación de la vuelta a las tradiciones.

Genjis significa algo así como «firme» o «fuerte», aunque el verdadero nombre de aquel primer gran kan era Temuyín, traducible como «el mejor acero». Möngke, que así se llamaba su nieto, otro de los grandes personajes de la historia de los mongoles, quiere decir «eterno». El nombre del hermano pequeño de éste, Kublai, hace referencia a un visionario o alguien capaz de traer cambios. Y la versión en español de otro personaje destacado del que ya hablamos una vez, la guerrera Khutulun, sería «luz de luna» o «luna brillante».

Genjis Kan/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Resulta evidente que los mongoles buscaban para sus hijos apelativos simbólicos, a menudo relacionados con la naturaleza -algo típico de pueblos nómadas- pero influidos por la intervención de otros factores como los religiosos (la interpretación de las estrellas que hiciera un chamán, por ejemplo, que es lo que pasó con Möngke) o los militares (pueblos conquistados como los chinos, los rus o los alanos, entre otros, fueron el origen de que los mongoles llamaran a sus vástagos Hasi, Orus o Asudai respectivamente).

La mayoría de los niños recibían, consiguientemente, nombres que tenían connotaciones positivas: Batu (firmeza), Altan (oro), Hulagu (excedente), Esen (buena salud), Berke (dureza) o Buka (toro), entre otros. Para las niñas se preferían los que resultaban menos varoniles, como los referidos a colores (Köke -azul-, Chagha’an -blanco-), números (Yisü -nueve-), etc. Ahora bien, del mismo modo podían ser llamadas igual que los chicos, diferenciándose el género de las palabras al añadirle una serie de sufijos: los masculinos daige o geider y los femeninos jin, tani y lun.

Ritual chamánico mongol/Imagen: Munkhbayar B. en Wikimedia Commons

No obstante, el criterio denominativo era mucho más amplio y, así, los mongoles no tenían problema en adoptar nombres extranjeros: al primogénito de Kublai se le puso el chino Zhenjin (cuyo significado es «oro verdadero») y los contactos con occidentales -sobre todo misioneros cristianos- favorecieron que en 1280 al heredero del khanato mongol de Persia se le bautizara Öljeitü (Nicolás) en honor del papa Nicolás IV. Asimismo, resulta curioso que desde la segunda mitad del siglo XIII, a la vez que en la parte oriental de los dominios mongoles se generalizaban nombres sánscritos procedentes del budismo tibetano y en la occidental los musulmanes y túrquidos, exportasen ellos mismos alguno (se encuentra Hulagu en varias ciudades italianas).

Fue la primera tendencia, la tibetana, la que se impuso en las centurias siguientes, con tal fuerza que desplazó a los nombres tradicionales hasta el siglo XVIII. Es por eso que en esa época los mongoles se identificaran con palabras relacionadas con cuestiones menos guerreras que antaño: Engke (paz), Nasu (vida longeva), Öljei (bendición), Jirgal (felicidad), Dorji (rayo de energía)… También con divinidades budistas (o el propio Buda), los días de la semana o los cuerpos celestes, aunque a los niños destinados al monacato se les ponían gracias un poco más complejas: Danzin (guardián de las enseñanzas), Dashi (bendecido), etc. Una variante fueron los nombres eufemísticos, aquellos que designaban algo impronunciable por ser negativo o de mal agüero. El más obvio era Nergüi, que significa «sin nombre» y hoy es uno de los más comunes; pero se le sumaban otros como Enebish, traducible como «esto no» y otros por el estilo.

Extensión del Imperio Mongol en el siglo XIII comparado con las fronteras actuales/Imagen: Quadell en Wikimedia Commons

En realidad habría que hablar en presente, no en pasado, puesto que se siguen usando hoy en día, especialmente en el mundo rural. En las ciudades ya es otra cosa porque, a partir del siglo XX, la influencia de la vecina Unión Soviética hizo que cada vez se hiciera más frecuente poner nombres rusos -a veces «tibetizados» con sufijos-, ya fueran los más usuales (Alekander, Sasha), ya los de los líderes revolucionarios (aún cuando a menudo éstos no son nombres en realidad sino apellidos, caso de Marx, Engels o Molotov, e incluso apodos como Lenin y Stalin), e incluso términos referenciales como Oktyabr (octubre). Especialmente curioso es Melschoi, acrónimo de los anteriores más Choibalsan (presidente de la Mongolia soviética entre 1929 y 1952).

De un tiempo a esta parte se han recuperado los nombres tradicionales, si bien en la zona interior del país siguen siendo frecuentes los de origen chino. Eso sí, teniendo en cuenta que allí no se usan apellidos y en vez de ellos se emplea el patronímico, recordando los tiempos en los que la referencia era el clan al que se pertenecía, pues a menudo coinciden. Hay que aclarar que eso es sólo para uso oficial, no para la vida cotidiana, y es tan arbitrario que en la práctica uno puede elegir el apellido que desee, como hizo el cosmonauta y ministro de Defensa Zhugderdemidiyn Gurragcha, que al desconocer su ascendencia adoptó Sansar (que significa cosmos). Gajes de la escasez de patrimonio documental.

Zhugderdemidiyn Gurragcha/Imagen: Kremlin.ru

La única excepción, aparte de buriatos y calmucos, que siguen empleando el apellido del clan, es la de quienes tengan ascendientes en determinadas etnias extranjeras, chinas la mayoría, como los manchúes o los Han. De hecho, la influencia del chino es tan importante que hasta la escritura se hace preferentemente en caracteres pinyin (también se usa el cirílico, ya que el ruso es el segundo idioma más hablado, y en las escuelas se ha reintroducido el alfabeto tradicional), aunque, frente a China, en Mongolia no es tabú usar nombres de gobernantes vivos (en otros tiempos sí lo fue utilizar los de mandatarios que hubieran sufrido derrotas importantes).

Son algunas de las singularidades de un lugar donde un importante porcentaje de población sigue siendo nómada y, por tanto, no tiene dirección fija, que se limita a las áreas urbanas e incluso en éstas hay pocas calles con nombre, como vimos en otro artículo. Los cinco nombres masculinos más frecuentes en la Mongolia actual son Bat Erdene (joya firme), Otgonbayar (felicidad incipiente), Batbayar (felicidad inquebrantable), Lkhagvasüren (gran sanador) y Gantulga (hogar de acero). Los femeninos, Altantsetseg (flor dorada), Oyuunchimeg (adorno), Bolormaa (dama de cristal), Enkhtuya (rayo de paz) y Erdenechimeg (joya decorativa).

Por último, sigue existiendo en algunos lugares, como comentábamos anteriormente, la tradición de poner a los niños nombres con significados desagradables (e incluso de distinto género), en la creencia de que ello confundirá a demonios y otros espíritus que quieran perjudicarles. Muunokhoi («perro vicioso»), Nekhii («piel de oveja»), Nergüi («sin nombre»), Medekhgüi («no sé»), Khünbish («no [es] un ser humano»), Khenbish («nadie»), Ogtbish («de ninguna manera»), Enebish («este no»), Terbish («ese no»), son algunos ejemplos.

Fuentes: Encyclopedia of Mongolia and the Mongol Empire (Christopher Atwood)/Daily life in the Mongol Empire (George Lane)/The Mongols and the West (Peter West)/Wikipedia