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La marcha musical inspirada en los gladiadores romanos que terminó asociada con el circo


Quien tenga al menos mediana edad recordará la llegada del circo a su localidad como una oportunidad de asistir a un espectáculo algo exótico, que había sido ensalzado en algunas superproducciones de Hollywood y ademas terminó dando el salto a la televisión. Es posible que muchos de aquellos espectadores recuerden una sintonía estrechamente ligada a ese mundo; sin embargo su autor, el checo Julius Fučík, no la concibió pensando en ese tipo de circo sino en otro muy diferente: el anfiteatro romano. De hecho, su título es Vjezd gladiátorů, que significa Entrada de los gladiadores, y la llamó así tras leer un pasaje de la novela Quo vadis.

El circo clásico, el de larga caravana itinerante, el de carpa y tres pistas, el de funciones de fieras, trapecistas, equilibristas, malabaristas y payasos, se halla en trance de desaparición o, al menos, de una transformación tan profunda que lo vuelve casi irreconocible. Ya no se exhiben freaks, se está proscribiendo en casi todas partes el uso de animales y apenas quedan un puñado de circos ambulantes, reorientando su actividad a un nuevo tipo de show más sutil y exquisito. Pero en el recuerdo queda la Entrada de los gladiadores como sintonía general circense, especialmente como preludio de la aparición de los payasos. Irónico ¿no?

Carpas del Cirque du Soleil/Imagen: Luan Vitor en Wikimedia Commons

Julius Ernst Wilhelm Fučík nació en Praga en 1872. Su vocación musical fue temprana y ya de niño dominaba varios instrumentos, además de aprender a componer con el célebre Antonín Dvořák. Lógicamente, hizo su servicio militar en la banda de música del regimiento en que sirvió y luego empezó su vida profesional como segundo fagot en el Teatro Alemán de su ciudad natal, no tardando en convertirse en director de la orquesta praguesa. Para entonces ya alternaba la interpretación con la composición.

En 1897 se reenganchó en el ejército, en el 86º Regimiento de Infantería de Sarajevo, pasando por varios destinos a lo largo de los años siguientes. En ellos dirigía orquestas en conciertos públicos -a veces con asistencias masivas que rondaban los diez mil espectadores- pero también desarrolló un considerable trabajo compositivo. En 1913, tras casarse, se estableció en Berlín, fundó su propia orquesta (la Prager Tonkünstler-Orchester) y una compañía de producción musical (la Apollo Verlag) que, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, quebraron. Arruinado y enfermo, falleció en 1916 con sólo cuarenta y cuatro años de edad.

Julius Fučík con su esposa/Imagen: Ceska Televize

Fue durante su estancia en Sarajevo cuando hizo una marcha militar a la que puso el título de Grande Marche Chromatique, debido a que la pieza reflejaba el uso de escalas cromáticas. Estas escalas, también denominadas dodecafónicas o duodécuples, consisten en sucesiones de doce sonidos diferentes dentro de una octava (que es el intervalo o diferencia de frecuencia entre dos notas) y contienen los doce semitonos de la escala temperada (sistema de afinación basado precisamente en la división de la octava en una docena de semitonos).

Sin embargo, Fučík le cambió el título enseguida para ponerle el que conocemos hoy: Vjezd gladiátorů. ¿Por qué Entrada de los gladiadores? Dos fueron las razones y ambas estaban relacionadas. La primera debe buscarse en las características de la obra, en la que hay un protagonismo especial de los instrumentos de metal. Dividida en tres partes, la primera es una melodía de trompeta, en la segunda predominan las tubas y en la tercera se suman los instrumentos de viento y madera para formar un trío de melodía lenta final.

Partitura de la versión que hizo Louis-Philippe Laurendeau con el titulo Thunder and blazes/Imagen: Band Music PDF Library

Está escrita en compás de dos por cuatro y tempo de corte o alla breve, que indica que su interpretación debe ser rápida (al fin y al cabo era una marcha militar), si bien cuando se adoptó como screamer (tipo de marcha con la que se acompañaba cada función circense para animar al público) pasó a tocarse aún más rápido, en una adaptación de 1901 que hizo el músico canadiense Louis-Philippe Laurendeau y que el editor Carl Fischer publicó con un tercer título, Thunder and blazes. El uso de screamers se generalizó a partir de 1895 y varios compositores hicieron algunos bastante célebres, caso de John Phillip Sousa (On parade), Henry Fillmore (The circus bee, Rolling thunder), Fred Jewell (The screamer) y, sobre todo, Karl L. King (Barnum & Bailey’s Favourite).

El segundo factor está en que una marcha que sirve para un espectáculo podría servir para otro. En realidad, el uso de la Grande Marche Chromatique en el circo fue posterior, cuando ya se había retitulado Vjezd gladiátorů. Su autor tomó esa decisión porque, como entusiasta de la historia de la antigua Roma, quedó fascinado por una novela que estaba leyendo: Quo vadis, del escritor polaco Henryk Sienkiewicz. Publicada inicialmente por entregas en el periódico Gazeta Polska de Varsovia a partir de 1895 pero que, dado el gran éxito que tuvo (decisivo para concederle el Nobel de Literatura a su autor en 1905), salió en libro en 1896.

Henryk Sienkiewicz/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El argumento es muy conocido gracias a la adaptación cinematográfica que hizo Mervyn LeRoy en 1951 con Robert Taylor, Deborah Kerr y Peter Ustinov en el reparto. Durante el mandato de Nerón, un tribuno llamado Marco Vinicio se enamora de Ligia, una cristiana que termina por atraerle a la nueva fe. Tras una serie de avatares, el emperador culpa del incendio de Roma a los cristianos, que son detenidos y llevados al anfiteatro para que los devoren las fieras, reservando para Ligia un espectáculo especial atada sobre un uro. En la película todo termina con una revuelta palaciega pero en la novela es el propio Nerón quien indulta a los protagonistas, presionado por los espectadores.

Lo que realmente entusiasmó a Fučík fue el vibrante pasaje en el que se describe la entrada de los gladiadores en el anfiteatro, para los combates que se habían de llevar a cabo antes de soltar los leones -y el uro- contra los cristianos. Tanto le impresionó que decidió cambiar el título de la marcha que acababa de componer, sustituyéndola por la frase que se había descubierto en un par de inscripciones de las ruinas de Pompeya un tiempo antes, en 1877: Et ingressum gladiatores.

Cartel de la adaptación cinematográfica de Quo vadis de 1951/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En fin, si alguien tiene curiosidad por saber cómo es el fragmento de Quo vadis que tanta trascendencia iba a tener a la postre, aquí lo dejamos. Una recomendación, ya puestos: leerlo con la música de Entrada de los gladiadores de fondo; la adjuntamos al final.

Así que cuando se escuchó el agudo son de las trompetas se hizo en el anfiteatro un profundo silencio expectante. Miles de ojos se dirigieron hacia las grandes cerraduras de una puerta, a la que se acercó un hombre vestido en traje de Caronte, y, en medio del universal silencio, dio en ella tres golpes con un martillo, como si de esa manera convocase a la muerte a los que se encontraban detrás de dicha puerta.

Entonces, las dos hojas de ésta se abrieron lentamente y dejaron ver una especie de oscuro foso, del que empezaron a brotar gladiadores, que iban entrando en la brillante arena. Avanzaban en divisiones de veinticinco individuos: tracios, mirmilones, samnitas, galos. Todos venían separados por nacionalidades, y todos pesadamente armados.

Por último entraron los retiarii, llevando una red en una mano y un tridente en la otra. A su vista estallaron por todas partes los aplausos, que pronto se convirtieron en una inmensa y no interrumpida tempestad. Desde arriba hasta abajo se veían rostros encendidos, manos que batían palmas y bocas abiertas, de las que brotaban aclamaciones estruendosas.

Los gladiadores dieron la vuelta a la arena con paso firme y flexible, hermosos con sus brillantes armaduras y sus ricos trajes, haciendo luego alto delante del podium del César, soberbios, tranquilos y espléndidos.

El toque penetrante de un cuerno puso término a los aplausos. Los
lidiadores, entonces, extendieron hacia arriba la mano derecha, alzaron la cabeza a la vista del César y empezaron a gritar, o, mejor dicho, a cantar con voz lenta la siguiente salutación: ¡Ave, Caesar Imperator, Morituri te salutant!

Fuentes: Quo vadis (Henryk Sienkiewicz)/Klassika/Planet Vienna/Wikipedia