La leyenda del soldado español teletransportado de Manila a México en 1593

Plaza Mayor de México en 1836 / foto dominio público en Wikimedia Commons

Reza el dicho que, a finales del siglo XVI, en el imperio español no se ponía el sol. Es una hipérbole sobre la extensión de sus dominios, que abarcaban cinco continentes y, por tanto, las distancias resultaban tan enormes que el viaje de un extremo a otro podía llevar meses o incluso años. Pero si hacemos caso a algunas historias, los españoles -algunos, al menos- se las habrían arreglado para salvar ese problema. Ya vimos aquí el caso de Eugenio Torralba, el médico que viajó de Madrid a Roma en sólo doce horas volando sobre una caña, y hoy toca otro caso curioso: el del soldado que se teletransportó instantáneamente de Filipinas a México.

La idea de un imperio tan extenso que en alguna parte de su territorio siempre es de día no es exclusiva del que gobernaba Felipe II. La primera referencia de ese tipo la encontramos en el siglo XIX a.C., en la vida de Sinuhé que narran los papiros de Berlín, siguiéndole luego varias tablillas mesopotámicas de tiempos de Sargón de Akad, el Antiguo Testamento bíblico (Libro de los Salmos) y hasta Heródoto la pone en boca de Jerjes en sus Nueve libros de la Historia. Pero es cierto que la frase ha hecho especial fortuna desde que fray Francisco de Ugalde se la dijo a Carlos V (de hecho, posteriormente la usaron también los anglosajones, tanto para el Imperio Británico como para el imperialismo estadounidense de finales del siglo XIX-principios del XX).

Los dominios de Felipe II/Imagen: Trasamundo en Wikimedia Commons

Las posesiones de Felipe II eran europeas (Portugal, Nápoles, Flandes, Milán, Franco-Condado), americanas (prácticamente todo el continente, excepto lo que hoy es Canadá y la costa noreste de EEUU), africanas (las españolas fueron engrosadas con las colonias y factorías portuguesas cuando el rey asumió también la corona de ese país), asiáticas (Filipinas más las ciudades indias y chinas que también venían de parte lusa) y de Oceanía (territorios insulares del Pacífico más las Molucas), dicho grosso modo. De manera que trasladarse de un extremo a otro requería tiempo, paciencia y logística, por eso lo presuntamente ocurrido en 1593 resultaba inaudito.

Era el 24 de octubre cuando un soldado que estaba de guardia en una garita de la muralla de Manila empezó a sentirse somnoliento. Era lógico, si se tiene en cuenta que la noche anterior había sido movida, ya que el gobernador, el gallego Gómez Pérez das Mariñas y Rivadeneira, fue asesinado por los remeros chinos de su barco, que se amotinaron cuando la galera en la que navegaba al frente de una flota para conquistar las Molucas, quedó aislada por un temporal. El soldado se apoyó un momento contra los sillares de la pared para descansar, cerró los párpados durante unos segundos… y cuando los volvió a abrir algo extraño había ocurrido.

El Virreinato de Nueva España ya en 1795, con sus fronteras expandidas por los actuales EEUU/Imagen: Trasamundo en Wikimedia Commons

Todo a su alrededor resultaba distinto, cambiado: la plaza, la gente, el palacio y la ciudad entera. Él mismo parecía tan fuera de lugar que otros soldados, a los que no conocía, se le acercaron para identificarle. Fue así cómo se enteró de que aquello no era Manila, ni siquiera Filipinas, sino Ciudad de México y, por tanto, él no tenía explicación alguna para su presencia allí. Consecuentemente, fue arrestado e interrogado. Su explicación, claro, resultaba estrambótica; refirió que estaba de guardia por la tensión que se vivía debido a la muerte del gobernador y que, en un abrir y cerrar de ojos, apareció allí. Por supuesto, no sólo no le creyeron sino que le acusaron de ser un desertor.

Sin embargo, ocho meses después llegó el galeón de Manila con la noticia de que Pérez das Mariñas, en efecto, había sido asesinado. Se confirmaba así la versión del soldado, que no podía haberlo sabido antes. Entonces intervino la Inquisición, que investigó si tenía algún tipo de pacto con el demonio, pero al final le pusieron en libertad, pudiendo regresar a Filipinas y llevando en lo sucesivo una vida normal. Hasta ahí la historia tal como puede leerse en infinidad de sitios. Llega el momento de matizar y rebatir algunas cosas, empezando por el hecho de que todo lo narrado lo conocemos fundamentalmente por un libro que escribió Luis González Obregón… en 1900.

Pérez das Mariñas retratado en la obra El gobernador y el obispo (Félix Resurrección Hidalgo)/Imagen: Pinterest

González Obregón fue un célebre escritor e historiador mexicano nacido en Guanajuato, uno de los fundadores del Liceo Mexicano Científico y Literario, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, director de la Academia Mexicana de la Historia y director del Archivo General de la Nación, entre otros cargos (por cierto, también formó parte de la Real Academia de la Lengua Española y la Real Academia de la Historia de España). Entre las muchas obras que publicó figura México viejo: noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres, uno de cuyos capítulos –El aparecido– está dedicado al soldado teletransportado.

El autor mexicano dice textualmente: «En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido y certificado por graves autores, insignes por su veracidad y teologías». Y luego explica que el Dr. Antonio de Morga, Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de la Nueva España y Consultor del Santo Oficio, explica cómo se supo por primera vez de la muerte del gobernador de Filipinas y las circunstancias sobrenaturales que rodearon la noticia. A continuación, dice que «reverendos cronistas de las órdenes de San Agustín y Santo Domingo» también lo consignaron. Se refiere concretamente a fray Gaspar de San Agustín.

Luis González Obregón

Gaspar de San Agustín era un fraile agustino, natural de Madrid, que había tomado sus votos durante el viaje al destino asignado, la Capitanía General de Filipinas, una entidad adscrita al Virreinato de Nueva España. No ha de extrañar ese procedimiento, puesto que había tiempo de sobra: para llegar al archipiélago océanico había que atravesar el Atlántico, desembarcar en Veracruz, cruzar el continente de este a oeste y embarcar en Acapulco para hacer la travesía del Pacífico. A lo largo de su vida, este religioso ejerció varios cargos, entre ellos el de comisario de la Inquisición, de ahí que le interesase un episodio cuyo protagonista tuvo que afrontar temporalmente la acusación de pacto diabólico.

Pero, además, fue historiador y autor de una obra titulada Conquistas de las Islas Philipinas: La temporal por las armas del Señor Don Phelipe Segundo el Prudente; y la espiritual por los religiosos del Orden de Nuestro Padre San Agustín. Y es en ella donde reseña esos hechos, tratándolos como un caso de brujería pero sin citar el nombre del soldado que los protagonizó. Dice así:

«Es digno de ponderación que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez se supo en México por arte de Satanás: de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron á la Plaza de México á vn Soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentido el Soldado, que por la mañana lo hallaron paseandose con sus armas en la Plaza de México, preguntando el nombre a cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mandó bolber á estas Islas, donde le conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este sucesso…»

Comienzo de la edición original de la obra de fray Gaspar de San Agustín/Imagen: PBA Galleries

Ahora bien, fray Gaspar no vivió los hechos, ya que su libro se publicó en 1698, ciento cinco años más tarde; él mismo reconoce que se lo refirieron. Por eso hay detalles que rechinan. Uno de ellos es la fecha, ya que el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas no murió ni el 24 de octubre ni la noche anterior sino dos días después y en alta mar. Esto último implica que no se conocería la noticia inmediatamente en Manila, pues el motín se produjo a la altura de Punta del Azufre, frente a la parte extrema de la provincia Batangas (isla de Luzón), tras varios días de navegación, por lo que harían falta otros tantos para retornar e informar del óbito.

Asimismo, el nombre que se le atribuye habitualmente al soldado, Gil Pérez, es relativamente reciente: aparece por primera vez en 1908, en un artículo del escritor e historiador estadounidense Thomas Allibone Janvier publicado en la revista Harper’s Magazine y titulado Legend of the living spectre. El propio Janvier, que residió mucho tiempo en México y dos años más tarde hizo una recopilación de leyendas mexicanas, Legends of City of Mexico, subraya que el tema de esa historia se repite a menudo en el folklore de diferentes lugares y cita como ejemplo los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, viendo semejanzas con el cuento El gobernador manco y el soldado.

Washington Irving/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para su versión de Legend of living spectre, Janvier se basó directamente en la obra de González Obregón, que no pasa de cuatro páginas. Lo mismo puede decirse de la que hizo Artemio de Valle-Arizpe, escritor, abogado y diplomático natural de Saltillo (Coahuila), que fue cronista de la capital mexicana, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y visitante habitual del Archivo General de Indias. Esto último le sirvió para documentarse y publicar en 1936 Historias de vivos y muertos. Leyendas, tradiciones y sucedidos del México virreinal, donde dedica un capítulo al caso del soldado español (Por el aire vino, por la mar se fue).

Ese breve relato incorpora algunos de los elementos añadidos para adornarlo y que no aparecen en el de fray Gaspar. Así, De Valle-Arizpe dice que el soldado llamó la atención de los viandantes porque «su uniforme no lo usaban los soldados de esa tierra»; en 1593 no se usaban uniformes. Igualmente, narra que iba «arcabuz al hombro», en una época en que las armas de fuego no eran la dotación normal de un centinela, que utilizaría alabarda o partesana. En cambio, sí hace intervenir a la Inquisición; por cierto, con una siniestra imagen tan cargada de tópicos que cae en lo caricaturesco sin pretenderlo.

Pintura de F. E. Schoonover que acompañaba el artículo de Janvier de 1908/Imagen: Harper’s Magazine en Babel Hathitrust

En otras palabras, no se conserva ningún documento oficial al respecto, por lo que se trataba -se trata- claramente de una de las muchas leyendas que circularon por Nueva España, enriqueciendo el folklore indígena con el español, en otro ejemplo más del sincretismo cultural que caracterizó al país mexicano en aquellos siglos de génesis. Porque de leyendas virreinales están sobrados en México y no es difícil encontrar antologías que las recopilan, desde la del salto de Alvarado a la de la Llorona, pasando por docenas más.

Cuando a González Obregón le preguntaron por sus fuentes para escribir El aparecido, en referencia a aquellos antiguos pergaminos y aquellos graves e insignes autores que decía haber como referencia, respondió socarrón: «No crea usted, todo es imaginación». Pues eso.

Fuentes: México viejo: noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres (Luis González Obregón)/Conquistas de las Islas Philipinas (Gaspar de San Agustín)/Historias de vivos y muertos (Artemio de Valle-Arizpe)/Legends of the City of Mexico (Thomas A. Janvier)/Real Academia de la Historia/Wikipedia