Los Byakkotai, la historia de los 20 samuráis adolescentes y la columna romana que los recuerda

Altar dedicado a los Byakottai / foto Wikimedia Commons

Es dudoso que quien elija Japón como destino de vacaciones marque Fukushima en su agenda, salvo que sea aficionado al turismo de sitios raros y desee ver el escenario de aquel tsunami de 2011 que provocó un desastre en la central nuclear local. Pero si alguien se anima a visitar esa prefectura, ha de saber que tiene otros atractivos y uno de ellos es indagar por qué en la colina Limori hay una columna romana. No son necesarias explicaciones estrambóticas: procede de Pompeya y fue regalada por Mussolini al Imperio Japonés en 1928 para homenajear a un grupo de samuráis adolescentes que se quitaron la vida allí en el siglo XIX. Fueron los Byakkotai.

La Guerra Boshin fue una contienda civil que asoló el país entre 1868 y 1869 enfrentando a los partidarios del shogunato Tokagawa y quienes querían devolver al emperador su poder político. Tradicionalmente, el shōgun era un comandante militar pero hacía siglos que, en la práctica, se había convertido en el Bafuku (gobierno) relegando a la figura del emperador a un plano meramente representativo. Cuando el comodoro Perry arribó al Japón obligándolo a poner fin a dos siglos de aislamiento, estaba claro que iban a cambiar muchas cosas. Se inició entonces un proceso de modernización que tuvo que superar las reticencias de los tradicionalistas y no pocos obstáculos.

La columna de Pompeya regalada por Mussolini/Imagen: Kounosu en Wikimedia Commons

En 1867 asumió el shogunato Tokugawa Yoshinobu, que contrató militares franceses para poner coto a la recalcitrante actitud de los feudos pero lo que hizo fue ponerlos en pie de guerra, ayudados por Gran Bretaña. Con los daimyōs de Satsuma, Chōshu y Tosa a la cabeza, y bajo el lema «Sonnō jōi» («Reverenciar al Emperador, expulsar a los bárbaros»), se dispusieron a derrocarle. Yoshinobu terminaría, en efecto, vencido (aunque algunos irreductibles crearon la democrática y efímera República de Ezo), siendo obligado a devolver al emperador sus prerrogativas. Poco después, ambos fallecían y subía al trono el joven Mutsuhito, más conocido como Meiji Tennō, impulsor de la revolución que lleva su nombre: reforma militar, introducción del ferrocarril, apertura comercial, industrialización, etc.

Pero antes, tuvo lugar el mencionado episodio de los Byakkotai, acaecido aún en plena guerra, durante la batalla de Aizu. Este nombre aludía tanto a la región montañosa de la provincia de Mutsu (actual prefectura de Fukushima), dominada por la cordillera de Okuyama, como al clan que desde el Período Edo mandaba en ella y que en la Guerra Boshin tomó partido por el shogunato. También designa al choque armado contra las fuerzas imperiales ocurrido entre octubre y noviembre de 1868. Se desarrolló en torno al Castillo de Tsuruga, ubicado en el centro de la ciudad de Aizuwakamatsu y al que se conoce también por otros nombres como Castillo de Wakamatsu, Castillo de Kurokawa o simplemente Castillo de Aizu.

El emperador Meiji Tennō en 1872/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Allí se atrincheraron aproximadamente dos millares de hombres que juraron defender al samurái Matsudaira Katamori, que era el noveno daimyo (señor feudal) de Aizu. En enero de ese año, en la batalla de Toba-Fushimi, el ejército imperial había aplastado al del shōgun gracias a que se había modernizado con ametralladoras Gatling, cañones Armstrong y fusiles Minié, contra los que los samuráis, equipados mayoritariamente a la manera tradicional, no pudieron hacer nada. En realidad, el shogunato también era partidario de actualizarse pero sólo lo consiguió a medias, de ahí el fatal resultado.

Katamori, que había apoyado a los derrotados, trató de congraciarse con el emperador pero los daimyos enemigos de los han (dominios) de Chōshū y Satsuma, resentidos con él tras la represión a que los había sometido cuando era comisionado militar de Kioto, solicitaron que se le castigase. Eran los que ejercían influencia en la corte, así que Katamori quedó abocado a seguir luchando al lado del Ouetsu Reppan Domei, la alianza que formaban los dominios de Mutsu, Dewa y Echigo, llevando a cabo una apresurada modernización de su ejército a lo largo de aquellos meses. Ésa era la situación cuando llegó el otoño y multitud de voluntarios de su han se presentaron para cumplir el obligado compromiso de fidelidad.

El daymio Matsudaira Katamorien 1862/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fueron divididos en cuatro cuerpos, cada uno bautizado con el nombre de un dios protector e integrado por un número de individuos en función de la edad que tenían. Así, Genbutai (Unidad de la Tortuga Negra, la divinidad septentrional Genbu), estaba compuesta por aquellos que tenían más de cincuenta años; Seiryūtai (Unidad del Dragón Azul, la divinidad oriental Seiryū), por los situados entre treinta y seis y cuarenta y nueve años; Suzakutai (Unidad del Gorrión Rojo, la divinidad meridional Suzaku), de dieciocho a treinta y cinco años; y finalmente estaba Byakkotai (Unidad del Tigre Blanco, el dios occidental Biakko), en cuyas filas formaban los más jóvenes, de dieciséis a diecisiete años.

Asimismo, cada uno de esos cuerpos se subdividía siguiendo un criterio de clase. Los Byakkotai, que son los que nos interesan aquí, lo hicieron en dos escuadrones Shichutai (hijos de samuráis de mayor categoría), dos Yoriaitai (de categoría media) y otros dos Ashigarutai (los de menor rango). Debido a su juventud y, por tanto, falta de experiencia, todos esos adolescentes -unos trescientos cuarenta de ambos sexos- debían formar una reserva; no obstante, se los armó con fusiles y fueron distribuidos por el citado Castillo de Wakamatsu. Pero no todos. Se envió un pequeño destacamento de una veintena de Shichutai a la cercana colina Limori, una elevación de 314 metros que constituía un buen puesto de observación.

El Castillo de Wakamatsu, en Aizu, con los desperfectos sufridos en la batalla/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tan bueno que, de hecho, estando allá arriba oyeron el fragor de la batalla y pudieron ver el castillo envuelto en una densa humareda que parecía indicar que era pasto de las llamas. Ciertamente, las tropas imperiales habían iniciado el ataque, durante el cual se distinguió en la defensa el Jōshitai, un cuerpo formado por mujeres; una de ellas fue Nakano Takeko, una onna bugeisha (fémina entrenada como samurái) que además era maestra de artes marciales y que, taginata en mano, lideró una carga contra el enemigo hasta que un disparo la dejó fuera de combate y se hizo el seppuku en el mismo campo de batalla, siendo decapitada finalmente por su hermana Yūko.

Sin embargo, la interpretación de los jóvenes del destacamento fue errónea. Lo que ardía era la parte de la ciudad que quedaba justo entre la colina y el castillo, por lo que las llamas y el humo tapaban la visión de éste. Ellos creyeron que el incendio afectaba a todo el conjunto, lo que significaba no sólo la derrota sino que, además, sus familias habían perecido. De acuerdo a su código de honor, el bushidō -recordemos que todos eran hijos de importantes samuráis-, decidieron hacerse el seppuku y, de esa manera diecinueve de ellos murieron en Limori. Los cuerpos fueron encontrados poco después por una mujer llamada Hatsu, responsable de facto de salvar la vida de uno de ellos. Porque Sadakichi Iinuma, de sólo catorce años, aún respiraba.

Sadakichi Iinuma ya anciano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Debido a su juventud y a que estaba medio convaleciente de unas heridas recibidas durante una escaramuza en Tonokuchihara, al muchacho le había tocado ser el último en quitarse la vida, ejerciendo entretanto el papel de kaishakunin, es decir, encargado de decapitar a los demás para que no sufrieran tras abrirse el vientre. Era todo un honor pero tenía la contrapartida de que no quedaba nadie para hacérselo a él, así que cuando cortó la cabeza del último y procedió a clavarse su arma en el abdomen, quedó agonizante en el suelo, sin llegar a morir. Recogido y cuidado por unos campesinos, logró restablecerse.

Los otros cadáveres, como los del resto de caídos en la batalla, permanecieron insepultos a merced de los carroñeros para escarmiento público, encarcelándose a quien desobedeciera; de hecho, también fueron profanados por los soldados imperiales y únicamente el brote de enfermedades infecciosas llevó al gobierno a autorizar su entierro, pero sin lápidas que los identificasen. El castillo sería demolido en 1874, aunque se reconstruyó un siglo más tarde y hoy alberga un museo. El daimyo Matsudaura Katamori fue indultado, retirándose al santuario sintoísta de Nikkō Tōshō-gū, donde fue abad hasta su muerte en 1893.

Monumento en memoria de los Byakkotai, en su santuario de Limoriyama/Imagen: Amcaja en Wikimedia Commons

A pesar de la vergüenza que pasó por haber sobrevivido a sus compañeros, Sadakichi Iinuma rehizo su vida y terminaría ingresando en el ejército, igual que varios de los defensores del castillo (que resistió un mes, cayendo el 6 de noviembre); Dewa Shigetō, por ejemplo, sería almirante de la Armada Imperial mientras que otros, como Yamakawa Kenjirō, se convertiría en un prestigioso médico e historiador. Iinuma llegó a ser capitán, aunque luego se retiró y empezó a trabajar en el servicio de correos hasta su fallecimiento en 1931. Siguiendo las instrucciones que dejó en el testamento, su cadáver fue incinerado y las cenizas esparcidas en la colina Limori para reunirse con sus camaradas.

Un monumento erigido in situ posteriormente en memoria de los Byakkotai incluye unos versos de Katamori que dicen:

«No importa cuánta gente lave estas piedras con sus lágrimas; estos nombres no se desvanecerán nunca de este mundo».

Fuentes: Historia de Japón (Brett L. Walker)/Emperor of Japan. Meiji and his world, 1852-1912 (Donald Keene)/Remembering Aizu. The testament of Shiba Goro (Ishimitsu Mahito, ed)/Japan at war. An encyclopedia (Louis G. Perez)/Wikipedia