La historia de Miguel Escoto, el mayor intelectual de su tiempo, que ayudó a Fibonacci a desarrollar su famosa sucesión

El alquimista, cuadro de Mattheus van Hellemont / foto dominio publico

El destino es el destino y por mucho que se intente esquivar a la muerte, ésta llega siempre fiel a su cita. Es famoso aquel cuento persa del hombre que, para evitar encontrarse con la Muerte, huyó de Bagdad a otra ciudad y allí se la encontró, extrañada de que no estuviera en la ciudad de la que venía porque tenía una cita con él. Algo parecido le pasó a Miguel Escoto cuando, tras años usando un gorro metálico al haber previsto que una pequeña piedra le golpearía la cabeza y le mataría, un día se lo quitó al entrar en una iglesia y, efectivamente, murió de esa forma.

Por supuesto, se trata de una leyenda que circuló en la Baja Edad Media siglo y medio después de su óbito, cuyas circunstancias se ignoran y únicamente se calcula que ocurrió en torno al año 1232. Ahora bien ¿quién era ese Miguel Escoto como para que surgieran esos y otros relatos legendarios sobre él? Pues se trataba de uno de aquellos grandes sabios medievales multidisciplinares, lo suficientemente importante y célebre como para que Dante lo incluyera en su obra La divina comedia, aunque no en un lugar de honor precisamente: en el cuarto foso del octavo círculo del Infierno, donde penaban los astrólogos, hechiceros y falsos profetas que mentían al asegurar que podían ver el futuro: «Aquel otro en los flancos tan escaso,/ Miguel Escoto fue, quien en verdad/ de los mágicos fraudes supo el juego».

Dante y Virgilio visitndo el Infierno (Rafael Flores)/Imagen: dominio público en en Wikimedia Commons

La cita es interesante porque constituye la única descripción que hay de la apariencia física de Escoto, aunque no se sabe qué quería decir Dante con esa alusión a la escasez de flancos. De hecho, hay quien cree que sería algo más bien metafórico o incluso un rasgo de su carácter, más que físico. Pero el escritor florentino no fue el único que usó a Escoto como personaje. Bocaccio y Pico della Mirándola también le dedicaron críticas a su trabajo astrológico, mientras que, por contra, el francés Gabriel Naudé lo elogió en su Apología. La lista es más larga y la integran Martín Cocayo (Macarrónea), Walter Scott (The lady of the last minstrel), John Leyden (Lord Soulis)…

Hasta autores del Siglo de Oro español hacen referencias directas o indirectas, caso de Luis Vélez de Guevara (el personaje de Don juan de Espina, de El diablo cojuelo, está inspirado en él), Lope de Vega (canto XIX de La hermosura de Angélica) o Cervantes, quien en el capítulo LXII de la segunda parte del Quijote habla de un tal Escotillo, un astrólogo y nigromante parmesano que vivió en el Flandes de Alejandro Farnesio y al que atribuye cosas que también caracterizaron a Escoto, como los espléndidos banquetes que ofrecían ambos con platos de las cocinas reales francesa, inglesa y española que, se decía, les llevaban espíritus convocados ad hoc mediante magia negra.

Portada de la primera edición del Quijote, en 1605/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Miguel Escoto es el nombre españolizado que le damos aquí. El original debía ser Michael Scot (o Michael Scotus, latinizado, como era costumbre entre los eruditos), ya que por su apellido parece probable que naciera en Escocia o el norte de Inglaterra, en una época, el Medievo, en que las fronteras entre ambos países cambiaban con frecuencia. Se ignoran tanto el lugar exacto como el año, si bien se estima que debió ser hacia 1175. No consta en ningún sitio qué formación recibió, aunque está claro que debió ser importante y seguramente universitaria, apuntándose a que tras unos inicios en la Catedral de Durham (las catedrales tenían colegios para la enseñanza), a donde le habría enviado su tío -con el que se crió, al ser huérfano-, pasaría a las universidades de Oxford (donde conoció a Roger Bacon) y París, dado que no había ninguna en Escocia..

De hecho, debió ejercer la enseñanza en alguna de ellas, pues a menudo aparece reseñado como magister (maestro). Habría estudiado filosofía, medicina, alquimia y astrología (materia que entonces abarcaba un campo mucho más amplio que hoy, incluyendo matemáticas y astronomía); estas dos últimas serían consideradas una ciencia durante mucho tiempo y rara era la corte o la casa nobiliaria que no encargaba la carta astral de los recién nacidos de la familia o tenía contratado un alquimista que le buscase la trasmutación de los metales para obtener oro. Y ello, pese a que, como vimos, también había posturas críticas al respecto. En el caso de Escoto, esos conocimientos se ampliaron con estudios de teología y su posterior ordenación como sacerdote, lo que le ponía a salvo de sospechas.

El alquimista (Joseph Leopold Ratinckx)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es más, una carta del papa Honorio III a Stephen Langton, cardenal y arzobispo de Canterbury, datada el 16 de enero de 1223, insta a éste a otorgar ciertos beneficios y conceder a Escoto el arzobispado de Cashel, en Irlanda. Escoto, que vivía en París, rechazó el nombramiento aduciendo no saber gaélico y aceptando sólo la parte económica, presumiblemente tierras en Italia. Conocía la península itálica porque había viajado por Bolonia y Palermo; desde allí dio el salto que le vinculó con el mundo hispano y determinó su futuro. Y es que en 1217 se estableció en Toledo, donde aprendió el árabe lo suficientemente bien como para participar en la famosa Escuela de Traductores.

La Escuela de Traductores de Toledo no era un centro académico sino la actividad de un grupo de eruditos que trabajando juntos o usando un método común -hay polémica al respecto-, llevaron a cabo una vasta labor de traducción al latín e interpretación de textos clásicos que tras la caída del Imperio Romano se habían conservado sólo en copias árabes y hebreas, utilizando como idioma puente las lenguas romances, fundamentalmente el castellano. Esa etapa empezó en el año 1085 con la conquista de la ciudad por Alfonso VI y se prolongó tres siglos, con los trabajos de sabios cristianos, musulmanes y judíos hispanos como Pedro de Toledo, Domingo Gundisalvo, Juan Hispalense o Marcos de Toledo.

Recreación de un scriptorium de trabajo para la serie televisiva Toledo/Imagen: Sefarad

También los hubo extranjeros, caso de Gerardo de Cremona, Hermann el Dálmata, Herman el Alemán o varios de origen británico como Daniel de Morley, Roberto de Retines, Adelardo de Bath y, claro, Miguel Escoto. Éste, con el nuevo idioma aprendido, se revelaba como un consumado políglota que dominaba el latín, el griego,el hebreo y el árabe, traduciendo las obras de ilustres autores islámicos como Avicena o Averroes, así como a Alpetragio, un cosmólogo andalusí (en realidad se llamaba Abū Ishāq Nūr al-Dīn al-Bitrūyī) que escribió Spherae Tractatus, una crítica a los conceptos prtolemaicos que influiría mucho a Copérnico. El caballero y minnesänger (trovador) teutón Wolfram von Eschenbach hizo un poema titulado Parzival en el que dos de sus personajes, llamados Flegetanis y Kyot, representan a Alpetragio y Escoto.

Pero, sobre todo, Escoto se encargó de traducir las versiones musulmanas que se habían hecho de Aristóteles: Historia animalium, De partibus animalium y De generatione animalium. Esto serviría para que su fama se extendiera por Europa y así, tras dejar la Península Ibérica en 1220 y servir a la Santa Sede (primero a Honorio III y después a su sucesor, Gregorio IX), en 1227, cuando tenía unos cincuenta años, fue reclamada su presencia por Federico II Hohenstaufen, titular del Sacro Imperio Romano Germánico, quien en su corte siciliana (también era rey de Sicilia, donde nació, y de Jerusalén), había reunido un equipo de sabios y eruditos.

Fernando II Hohenstaufen retratado en su obra De arte venandi cum avibu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A Federico se le apodaba Stupor mundi (asombro del mundo) por su excéntrica personalidad y su cultura, hablando nueve lenguas y siendo fundador de la escuela poética siciliana y de la Universidad de Nápoles, además de autor de De arte venandi cum avibu (un tratado de cetrería para el que habría tenido la ayuda de Escoto) y otro de filosofía, poemas aparte. A Escoto le encargó supervisar en colaboración con el ya mencionado Hermann el Alemán– una nueva traducción de Aristóteles junto con los comentarios musulmanes que llevaba anexos. Pero eso fue sólo el principio porque a continuación se amplió el campo de actuación con algunos episodios curiosos.

Uno de ellos tuvo de protagonista a Fibonacci, el famoso matemático pisano, que fue quien difundió en Europa el uso de la numeración arábiga en sustitución de la romana. Fibonacci también trabajaba para Federico II y acababa de hacer una revisión ampliada de su Liber abaci (Libro del ábaco) que le dedicó precisamente a Escoto, según algunos estudiosos por haberle ayudado a desarrollar la famosa Sucesión de Fibonacci (una secuencia infinita de números naturales que constituye la espiral áurea, que se creía la base matemática de la naturaleza). Otro momento destacado fue el escrito que Escoto hizo sobre el arco iris múltiple, un fenómeno que no ha podido explicarse físicamente hasta hace poco y que ha llevado a algunos investigadores a suponer que Escoto quizá lo vio visitando el Sahara.

La espiral áurea de Fibonacci/Imagen: Jahobr en Wikimedia Commons

Todo esto debió ir acompañado a menudo de conversaciones científicas con el emperador, como parece indicar una carta de 1227 que Federico II le envió inquiriéndole por multitud de cuestiones geográficas, filosóficas y metafísicas, la mayoría interrelacionadas: el funcionamiento de los volcanes (los había estudiado in situ, en las Islas Lípari); la ubicación del Purgatorio, el Infierno y el Paraíso; las características del alma, etc. Asimismo, le encargó obras sobre temas concretos. Por ejemplo, con motivo de su boda con Constanza de Aragón, le pidió lo que sería el Liber physiognomiae, que tuvo un gran impacto y convirtió a su autor en un pionero de la fisionomía (determinar el carácter de una persona por los rasgos faciales), si bien trata más cosas (la interpretación de los sueños, la procreación…).

Otros títulos de Escoto fueron Super auctorem spherae, De sole et luna y De chiromantia, que resultan bastante expresivos acerca de su contenido. Pero quizá el más especial sea el Liber introductorius, una trilogía de la que forma parte el citado Liber physiognomiae y que se completa con el Liber quatuor distinguum y el Liber particularis. Terminado hacia 1228, según se deduce de una alusión a la canonización de San Francisco de Asís (que fue el 16 de julio de ese año), su tema de fondo es el arte de la adivinación. Al fin y al cabo, Escoto consideraba que «todo astrólogo es digno de alabanza y honor, ya que por una doctrina como la astrología probablemente conoce muchos secretos de Dios y cosas que pocos saben».

Un scriptorium medieval

No se sabe la fecha de la muerte de Miguel Escoto. Algunos autores, entre ellos Walter Scott, intentaron identificarlo con Sir Michael Scot de Balwearie, un delegado diplomático enviado a Noruega en 1290, por lo que al menos habría vivido hasta entonces. Sin embargo, los historiadores no creen que sea la misma persona y, como mucho, aceptan que quizá eran familiares. Así que normalmente se establece el año 1232 como el último de vida, teniendo en cuenta que no hay noticias ni publicaciones suyas posteriores. ¿Tendría una piedra la culpa?

Fuentes: La divina comedia (Dante Alighieri)/La hermosura de Angélica (Lope de Vega)/El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes/On the origin of the Fibonacci Sequence (T.C. Scott y P. Marketos)/An enquiry into the life and legend of Michael Scot (J. Wood Brown)/Michael Scot (T.C. Scott y P. Marketos en Mathshistory)/Wikipedia