La batalla del lago Regilo, el último e infructuoso intento de restablecer la monarquía en la Antigua Roma

Representación de la batalla según Tommaso Laureti, 1587-94 / foto dominio público en Wikimedia Commons

Hemos visto en varios artículos los difíciles comienzos de la expansión de Roma a costa de los pueblos vecinos y cómo sus ciudadanos se desembarazaron de la monarquía al derrocar al último rey, Tarquinio el Soberbio. También que éste no se resignó a perder su trono y trató de recuperarlo aliándose con otros pueblos del entorno. Su último intento se estrelló en la batalla del lago Regilo, en la que historia y leyenda vuelven a mezclarse confusamente pero dejando una cosa clara: la república no tenía vuelta atrás (al menos durante cuatro siglos y medio, hasta que Augusto cambió las cosas).

La tradición dice que Roma tuvo siete reyes, si se incluye a su legendario fundador, Rómulo. El quinto, Lucio Tarquinio Prisco, tenía probablemente origen etrusco, mientras que su sucesor Servio Tulio era latino. El último fue su yerno, el citado Tarquinio el Soberbio, hijo o nieto de Prisco y, por tanto, también de procedencia etrusca. No se sabe exactamente cómo llegó su padre al trono pero parece ser que él lo hizo por la fuerza, tras asesinar a su suegro, en el 534 a.C. Durante su reinado, Tarquinio extendió los dominios de Roma al Lacio y firmó un tratado con Cartago (la gran potencia del Mediterráneo occidental en ese momento) en el que ésta reconocía un área de influencia romana hasta aproximadamente la mitad de la península itálica.

Tarquinio el Soberbio recibiendo un laurel (Lawrence Alma-Tadema)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El problema estaba en que también fue un déspota que gobernó ignorando al Senado y humilló a los plebeyos, matando a quien se le oponía. Los romanos dijeron basta cuando su hijo, Sexto Tarquinio, violó a la noble Lucrecia, esposa de Lucio Tarquinio Colatino, un pariente lejano de la familia. Ella se quitó la vida y su viudo, ayudado por su amigo Lucio Junio Bruto, un sobrino del rey, llevaron su cadáver al Foro, donde se enardecieron los ánimos de tal forma que derrocaron la monarquía, obligando a Tarquinio, que estaba ausente combatiendo en Ardea, a refugiarse en Etruria. Era el año 509 a.C. y empezaba el período republicano, con Colatino y Bruto elegidos pretores por un año (origen del posterior consulado).

Por supuesto, el derribo de un tirano por la ofensa a la virtud de una mujer es tema común de la literatura universal y los historiadores opinan que en realidad hubo causas menos románticas, como los abusos de poder o, sobre todo, el posicionamiento de la nobleza patricia contra una dinastía de raíces no romanas. De hecho, el odio a los Tarquinios era tal que se expulsó a todos los miembros de esa gens, incluyendo al propio Colatino, a quien sustituyó en el cargo Publio Valerio Publícola. Pero claro, el depuesto soberano no se iba a quedar cruzado de brazos; estaba dispuesto a recuperar su trono por la fuerza y llevó a cabo cuatro intentos sucesivos.

Origen de la república romana (Casto Plasencia y Maestro)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El primero fue un complot en la misma Roma con la ayuda de varios conjurados -todos muy jóvenes- que no deseaban un régimen republicano. Fue descubierto y debidamente reprimido, dándose la curiosa situación de que dos de los conspiradores eran hijos de Bruto. Él mismo los condenó a muerte, en uno de esos episodios de integridad más allá de los lazos de sangre que tanto gustaban a los romanos.

El segundo intento fue de mayor calado, pues Tarquinio convenció a varias ciudades etruscas para formar una alianza y enfrentarse a Roma. Así, los ejércitos de Caere, Veyes y Tarquinia, conducidos por otro vástago suyo, Arrunte Tarquinio, se enfrentaron al romano, que dirigían Publícola y Bruto, en la batalla de la Selva Arsia. Arrunte y Bruto, que eran primos, se mataron mutuamente en combate pero la victoria fue para Roma; según la leyenda con la ayuda del dios Silvano.

Expansión romana/Imagen: Renato de Carvalho Ferreira en Wikimedia Commons

Inasequible al desaliento, Tarquinio acudió al rey de Clusio, Lars Porsena, quien consideró estratégicamente interesante tener un etrusco al mando de aquella ciudad rival. La consiguiente campaña militar llevó a sus tropas ante las murallas de Roma, donde otra combinación de historia y leyenda sitúa los episodios de Horacio Cocles, Mucio Scévola y Cloelia. No se sabe exactamente qué pasó luego. Livio, Dionisio y Plutarco cuentan que Porsena, impresionado por el heroísmo de los romanos, desistió de sitiar Roma y volvió a su tierra.

Otros autores, como Tácito o Plinio el Viejo, dicen que la ciudad se salvó de ser destruida pero no de una ocupación temporal en la que Porsena se habría convertido en uno de los reyes perdidos de la historia romana. Esto último lo demostraría el hecho de que, dos años más tarde, una columna al mando del hijo de Porsena se enfrentó a un ejército de la Liga Latina (una confederación que aglutinaba a una treintena de tribus y aldeas con fines defensivos) por la posesión de la ciudad de Aricia -y perdió, por cierto- sin que ninguna fuente mencione la participación romana porque, en teoría, estaría bajo control etrusco.

Lars Porsena frente a Roma (Peter Connolly)/Imagen: Pinterest

La última tentativa de Tarquinio fue entre el año 499 a. C. (según Dionisio de Halicarnaso) y el 496 a.C. (según Tito Livio), en el contexto de la guerra que enfrentó a Roma con la susodicha Liga Latina. Fundada por la ciudad de Alba Longa, su objetivo no era otro que librarse de la cada vez mayor influencia romana, algo que le venía muy bien al recalcitrante soberano derrocado, que seguía empeñado en su objetivo a pesar de que ya era octogenario. Claro que tenía el apoyo incondicional de su anfitrión Octavio Mamilio, princeps de Tusculo, que se había casado con su hija y acompañado junto a Porsena en la campaña anterior, y que prefería una Roma bajo la órbita latina antes que etrusca.

Cuando la latina ciudad de Crustumerio conquistó la romana de Fidenas, ambas partes contendientes eran conscientes de que era inevitable una nueva guerra, así que empezaron los preparativos. Como se haría normal en tales casos, Roma nombró dictador (una magistratura que confería plenos poderes a su titular para afrontar situaciones extremas) a Aulo Postumio Albo, quien a su vez designó magister equitum (jefe de la caballería, un segundo en el mando) a Tito Ebucio Heva, procediéndose a reclutar a todos los varones en edad militar. Los repartieron en cuatro cuerpos, dos de los cuales se quedarían en la urbe para protegerla a las órdenes de Tito Verginio Tricosto Celiomontano y Aulio Sempronio Atrantino.

Octavio Mamilio a caballo frente a Roma, a su lado, en carro está Lars Porsena (John Reinhard Wegelin para una edición decimonónica del libro Lays of Ancient Rome)/Imagen: Wikimedia Commons

Por su parte, Octavio Mamilio también recibió la dictadura, teniendo como generales a varios Tarquinios, entre ellos dos hijos del Soberbio, Tito y Sexto. Disponían casi del doble de efectivos que sus enemigos, unos cuarenta mil infantes y tres mil jinetes frente a veintisiete mil legionarios romanos y un millar de caballería, pero su espíritu era menos animoso por que muchos aspiraban a tener un régimen como el romano -de ahí que abundaran las deserciones- y no pocos sentían que la contienda se debía a una cuestión ajena a sus intereses. No obstante, su avance fue demoledor, tomando el fuerte de Corbio y recibiendo la promesa de los volscos (un pueblo situado al sur del Lacio) de unirse a ellos.

Precisamente para evitar esto, Postumio Albo decidió avanzar a marchas forzadas contra los latinos, acampando en una colina junto al lago Regilo, una masa de agua situada cerca de la actual Frascati que hoy ya no existe al haber sido drenada en una época posterior. Mamilio debatió con sus mandos si intentar desalojar a los romanos de aquella posición o aislarlos con obras de sitio, en espera de los volscos, mientras el grueso de su ejército seguía hacia Roma. Lo que ocurrió fue que, mientras tanto, Tito Verginio ocupó esa noche otra colina cercana y Postumio envió a Ebucio a repetir la operación con una tercera, de manera que por la mañana los latinos descubrieron que quienes quedaban cercados eran ellos.

Prataporci, lugar donde se disputó la batalla, visto desde el monte Porzio Catone/Imagen: Luiclemens en Wikimedia Commons

Dado que apenas disponían de provisiones, pues los campesinos romanos habían practicado una política de tierra quemada antes de retirarse ante su avance, Mamilio no podía esperar más tiempo a que llegara el refuerzo volsco; era necesario atacar y desalojar al adversario de aquellas posiciones sin darle tiempo a fortificarlas. Eligió ir contra la colina de Ebucio pero las repetidas cargas de caballería de Sexto Tarquinio fracasaron. Sin embargo, los dos contendientes estaban interesados en librar una batalla decisiva ya, pues Postumio interceptó mensajeros volscos anunciando su llegada inminente y encima con nuevos aliados, los hérnicos (otro pueblo, procedente del sureste del Lacio).

Así, el dictador romano bajó de la colina y desplegó sus fuerzas en una llanura entre ambos campamentos, asumiendo personalmente el mando del cuerpo central mientras Ebucio se ocupaba del flanco izquierdo y Verginio del derecho. Mamilio formó a los suyos enfrente, dirigiendo él su ala derecha, Tito el centro y Sexto la izquierda. Todo estaba dispuesto para el choque, que llegó después de las preceptivas arengas. Las batallas en aquel tiempo solían comenzar con lanzamientos de jabalinas y una hirió a Tito, lo que hizo retroceder a sus soldados, algo que aprovechó la caballería romana. Ebucio y Mamilio trabaron duelo singular, que terminó con ambos malheridos (el primero con un brazo casi seccionado y el segundo en el pecho) y trasladados a retaguardia.

Victoria en el lago Regilio, 499 a.C. (Seán Ó’Brógáin)/Imagen: Pinterest

Entonces, Marco Valerio Publícola se puso al frente del ala izquierda y entró como un cuchillo en la formación enemiga, que sólo pudo rehacerse gracias a que Mamilio, en un esfuerzo por sobreponerse a su maltrecho estado, retomó el mando y le salió al paso con varios escuadrones de jinetes romanos (monárquicos exiliados). Valerio también fue derribado y sus dos sobrinos murieron por salvarle, cosa que consiguieron in extremis. El relato de Tito Livio deja claro el encono que había entre unos romanos deseosos de acabar con aquel intento de traer de nuevo la monarquía y los que, por contra, querían vengar su situación, alejados de su ciudad natal por ser fieles a Tarquinio.

Las líneas romanas empezaban ceder y la cosa se volvió crítica cuando el ex-cónsul Marco Valerio Voluso murió de un lanzazo. Postumio tuvo que enviar de refuerzo a su guardia personal y ordenar a sus jinetes desmontar para combatir a pie, algo que constituyó una inyección de moral para la tropa, ya que así luchaban codo con codo dos clases sociales distintas. Las tornas se invirtieron y fueron los latinos los que comenzaron a perder terreno. Para solucionarlo, Mamilio reunió a sus reservas y avanzó pero, en medio del fragor del combate, Tito Hermino Aquilino, uno de los héroes que habían resistido en el puente Sublicio junto a Horacio Cocles, se lanzó contra él atravesándolo con su lanza; pocos segundos después, cuando el vencedor de ese duelo se agachaba para quitarle al otro su armadura como botín, también fue alcanzado mortalmente por una jabalina.

Grabado decimonónico representando la intervención de Cástor y Pólux en la batalla (John Reinhard Weguelin)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ya sólo resistía el ala izquierda de Sexto pero, rodeado por todas partes, ordenó una carga a la desesperada que fue deshecha. Fue la señal de sálvese quien pueda para los latinos, cuyo campamento sufrió saqueo; acaso con ayuda de Cástor y Pólux, dos héroes de la Guerra de Troya (hermanos de Helena) que, según aseguró hábilmente Postumio Albo, eran los dos jinetes que le ayudaron en una situación comprometida durante la batalla, razón por la que se les erigieron monumentos en Roma. Pero no todo había terminado; aún faltaba por llegar el ejército volsco, que hizo aparición al poco. Los romanos usaron el castrum latino para atrincherarse a esperarlo, mas no hizo falta porque al ver el resultado del enfrentamiento optaron por dar media vuelta.

Por su triunfo, Postumio Albo recibió el agnomen Regillensis y tres años después fue elegido cónsul. Según algunas fuentes, Tarquinio el Soberbio pereció luchando, aunque otras dicen que logró escapar y pedir asilo al tirano Aristodemo de Cumas, en la Magna Grecia (Sicilia), donde moriría en el año 494 a.C. La noticia del óbito fue muy bien recibida en Roma, por supuesto, aunque para entonces ya había dos nuevos y candentes problemas: uno era de índole interna, la ruptura social entre patricios y plebeyos; el otro, un nuevo intento de volscos y hérnicos que instaron a la Liga Latina a unírseles. Pero no sólo no tuvieron éxito sino que los latinos advirtieron a los romanos, estrechándose los lazos entre ambos. De hecho, la amenaza cartaginesa sobre el centro de Italia llevó a la firma del foedus Cassianum, un tratado de defensa común por el que la propia Roma ingresaba en la Liga en el 493 a.C.

La Liga Latina tras la batalla, con la incorporación de Roma (en naranja)/Imagen: Cassius Ahenobarbus en Wikimedia Commons

En ese sentido, y a manera de epílogo, cabe reseñar un último e irónico hecho: el nuevo gobernante de Tusculo, Lucio Mamilio (presuntamente nieto de Octavio Mamilio), se mostró tan colaborador que le concedieron la ciudadanía y su gens recibió autorización para regresar a Roma. Los Tarquinios no pudieron volver pero sí su familia política.

Fuentes: Historia de Roma desde su fundación (Tito Livio)/Antigüedades romanas (Dionisio de Halicarnaso)/Vidas paralelas (Plutarco)/Historia universal bajo la República de Roma (Polibio)/Historia de Roma (Sergéi Ivánovich Kovaliov)/SPQR. Una historia de la Antigua Roma (Mary Beard)/The beginnings of Rome. Italy and Rome from the Bronze Age to the Punic Wars (c. 1000-264 BC) (T.J. Cornell)/Wikipedia