Bay, el visir cuyo poder igualó al del faraón y a quien posteriormente se identificó con Moisés

Bay en la puerta del templo de Amada (Nubia) reclinado ante el cartucho con el nombre de Siptah / foto John D. Croft en Wikimedia Commons

En el Valle de los Reyes hay una tumba, catalogada con el código KV13, en cuyo interior se encontraron dos sarcófagos de granito vacíos, uno en un corredor y el otro en la cámara sepulcral. Pertenecían respectivamente a Mentuhirjopshef, hijo de Ramsés III y Amonhirjopshef, su sobrino e hijo de Ramsés VI, aunque el segundo ataúd era usurpado pues originalmente contenía la momia de la reina Tausert. Lo verdaderamente curioso era que aquel hipogeo tampoco fue construido para ellos sino para un insólito personaje llamado Bay. ¿Por qué insólito? Porque no se trataba de un miembro de la realeza sino de un visir que alcanzó un enorme poder a finales del segundo milenio antes de Cristo y siglos después terminaría identificado con Moisés, nada menos.

La KV13 se conoce al menos desde 1737, en que la reseñó el inglés Richard Popocke, un clérigo inglés que exploró Egipto y a quien se considera pionero de la egiptología al dejar un relato de su experiencia con ilustraciones. Después, otros célebres nombres como Giovanni Belzoni o James Burton la estudiaron, trazando un plano de su interior: mide unos 71 metros de largo por una anchura máxima de 5 metros y una altura máxima de 2,75. Sin embargo, para excavarla hubo que esperar a los seis años de campaña arqueológica que el alemán Hartwig Altenmüller dirigió entre 1988 y 1994. Fue él quien halló los citados sarcófagos y diversos objetos de los príncipes, llegando a la conclusión de que, ante la ausencia de ajuar a su nombre, Bay no llegó a ser enterrado nunca allí.

Plano de la tumba KV13/Imagen: R.F. Morgan en Wikimedia Commons

La tumba misma es el único testimonio de su constructor en ese sentido. Situada en una rambla del suroeste del valle, está rodeada por las de aquellos faraones a los que sirvió en vida, como la KV 14 de la mencionada reina Tausert, la KV 15 de Seti II y la KV 47 de Siptah. La suya, aunque deteriorada por sucesivas inundaciones, es casi tan espléndida como las de ellos, lo que, conjugado con el hecho de haber elegido para su descanso eterno el Valle de los Reyes (un lugar destinado a la realeza, como indica su nombre), es un buen indicativo del poder que ese personaje llegó a tener. Algo especialmente meritorio si se tiene en cuenta que ni siquiera era egipcio de nacimiento.

No se sabe en qué año nació ni en qué lugar exactamente, salvo que era de origen hurrita, un pueblo mesopotámico que habitaba los actuales sudeste de Turquía, el noroeste de Irán y el norte de Siria e Irak. De hecho, lo ignoramos todo sobre su infancia y juventud, al no aparecer en la historia hasta una referencia que se le hace durante los comienzos del reinado de Seti II. Para entonces era escriba real y mayordomo (también se especula con que había sido sacerdote de Heliópolis), lo que hace deducir que probablemente accedió a la administración bajo el mandato de un faraón anterior; quizá Merenptah, que era el padre de Seti II y sólo reinó tres años, o su abuelo, el mismísimo Ramsés II.

Estatua sedente de Seti II procedente del templo de Karnak/Imagen: Ángel M. Felicísimo en Wikimedia Commons

En esa época, el Imperio Egipcio ya iniciaba su decadencia, sumido en una crisis económica como resultado de varios factores. Entre ellos, la lucha por el poder que llevó al príncipe Amenmeses a usurpar el trono tras Merenptah,- postergando al legítimo Seti II (aunque otra teoría sugiere que éste era su hijo)-, el creciente poder del clero de Amón y la designación como capital de Pi-Ramsés (una ciudad del delta de reciente creación), alejándola del Alto Egipto y de la siempre conflictiva región sureña de Nubia. Ese tipo de coyunturas suele alentar el surgimiento de un hombre fuerte que influya sobre el gobernante, lo nombre, deponga o maneje, tal como pasó en la Roma bajoimperial; aquí ya vimos algún ejemplo, como en el artículo dedicado a Ricimero.

En algún momento del reinado de Seti II, Bay ascendió a chaty (o tyaty), el cargo creado por Snefrú durante la dinastía IV que pasó a ser el más importante de la jerarquía tras el de faraón («el que es la voluntad del amo, los oídos y los ojos del rey») y suele ser más conocido por su denominación musulmana, visir. Seti II ya era bastante mayor cuando subió al trono y centró su actuación en desarrollar una damnatio memoriae de su predecesor. Impotente ante el poder de los sacerdotes de Amón, dejó el gobierno en manos de su segunda esposa, la reina Tausert, quien a su vez se apoyó en Bay. El faraón también murió pronto- seis años duró-, siendo su sucesor Siptah en el año 1194 a.C.

Pintura mural de la tumba de Siptah/Imagen: John D. Croft en Wikimedia Commons

Hasta hace poco se le consideraba su hijo, pero ahora se cree que todo fue una confusión como resultado de una riada que mezcló los ajuares funerarios; aunque para liar más las cosas, Bay mismo dice en algunos documentos que él puso al rey «en el trono de su padre» (¿se refería a Seti o a Amenmeses?).  En cualquier caso, Siptah se encontró con un panorama poco favorable, estando el país empobrecido y siendo su propia situación bastante precaria, ya que sólo era un niño -estaba bajo la tutela de su madre- y encima con una pierna inutilizada por la poliomielitis, todo lo cual le supuso a Bay un tremendo esfuerzo para imponerlo en el trono. Porque, en efecto, el chaty ya empezaba sus manejos en las altas esferas y nada mejor que un joven inexperto para usarlo como marioneta.

Todo ello con la connivencia de Tausert, de quien algunas teorías apuntan que pudo haber nombrado a Bay corregente y que acaso llegaran a ser incluso amantes o, al menos, aliados contra un adversario común. Siptah asumió su triste condición de títere y se cree que no sólo fue él quien autorizó a su ministro a construirse una tumba en el exclusivo Valle de los Reyes que se sumara a la suya y la de la reina (por eso las tres son prácticamente iguales y sólo cambia que la del faraón es de mayor escala), sino que accedió a que en los documentos oficiales se dibujara al ministro del mismo tamaño que el soberano, algo inaudito hasta entonces.

Dibujo sobre una estela descubierta en Asuán. Muestra a Bay junto al faraón Siptah representados ambos del mismo tamaño, algo inédito hasta entonces/Imagen: Jola Malátkováen ResearchGate

Nadie que llevara sangre azul en sus venas había gozado antes de la posición que alcanzó Bay. Era el gobernante de facto y una serie de tablillas de arcilla encontradas en Ras Shamra, la antigua Ugarit, demuestran que habían entablado relaciones diplomáticas con Egipto a través de él, que aparece citado explícitamente. Poco más se sabe de aquel período debido a la escasez de documentos, salvo la construcción de un templo funerario en Tebas al que se llenó de joyas (detalle importante, como veremos). Pero en el cuarto año del reinado de Siptah algo pasó que cambió completamente las cosas. Bay debió de extralimitarse de alguna forma y perdió su poder. De hecho, también la vida, si bien eso ocurriría un año más tarde, en el 1192 a.C.

Parece ser que no tenía precisamente buena reputación y un ostracon traducido en 2000 por el egiptólogo francés Pierre Grandet, revela que aquel rey sin corona fue ejecutado durante el quinto año del mandato de Siptah, describiéndosele como «gran enemigo». La inscripción iba dirigida a los trabajadores de Deir el-Medina, instándoles a que abandonaran la construcción de la tumba del visir, lo que confirma esa caída en desgracia y explica por qué nunca llegó a ser sepultado allí. Dado que el faraón también murió poco después, en el 1191 a.C. y siendo todavía un adolescente, Tausert quedó sola en el trono, haciéndose llamar Sitre-Mariamón (Hija de Re, Amada de Amón). Es curioso señalar que, según autores clásicos basados en la obra del sacerdote e historiador Manetón, esta difícil tesitura coincidió con la Guerra de Troya.

Imagen, deliberadamente dañada, de la reina Tausert en el templo nubio de amada/Imagen: John D. Croft en Wikimedia Commons

Sin embargo, la que fue la quinta mujer gobernante del Antiguo Egipto sólo pudo mantenerse dos años, los mismos que los escribas reales posteriores calificarían de «vacíos» en el Papiro Harris, debido a la anarquía que se instauró en el país porque con ella cayó la XIX dinastía. Y es que Setnajt, un militar descendiente de alguna de las múltiples ramas de la muy extensa familia ramésida, se convirtió en líder del descontento que había en su estamento y se autoproclamó faraón. Quizá la reina fue derrocada o quizá falleció por causas naturales, pero de todas maneras su poder no iba más allá del Bajo Egipto. Setnajt abogaba por gobernar con mano dura, siendo su referencia el gran Ramsés II; de hecho, su hijo y sucesor sería Ramsés III, el último faraón con algo de poder.

La XX dinastía se afanó en borrar la memoria de Siptah, al que consideraban un usurpador; también la de Tausert y Bay, acusándolos de ser los responsables del caos y por eso fueron despojados de sus tumbas (la de ella sería ocupada por el propio Setnajt). A Bay en concreto se le atribuyó el fomento de asalto de templos por parte de compatriotas suyos sirios para hacerse con los ricos tesoros que en ellos se guardaban. Esto sería el germen de un extraño y postrero episodio que tiene un nombre propio: Iarsu (o Yarsu, Irsu, Arsu…). No se sabe quién fue ni si realmente existió, ya que sólo lo mencionan escuetamente algunos textos tardíos como rey de origen sirio, pero una versión decía que fue amante de Tausert, lo que lo identificaba inevitablemente con Bay.

El faraón Setnajt en un dibujo basado en un relieve del templo de Medinet Habu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como vimos, eso es imposible, ya que el ostracon hallado en el año 2000 certifica su muerte. Pero es que esa leyenda se difundió a lo largo de las décadas siguientes por cortesía de la XX dinastía y, por tanto, con un marcado tono propagandístico: contaba que Iarsu habría sucedido a la reina al frente del país, permitiendo que sus compatriotas saquearan los lugares sagrados, hasta que Setnajt logró echarlo. Y todavía falta lo mejor. En el siglo III a.C., es decir, ochocientos años más tarde, Manetón recogió en su Aigyptiaca esa historia deformada por el tiempo y atribuyó aquellas acciones a un renegado sacerdote de Osiris en Heliópolis -recordemos que Bay pudo serlo- al que llamó Osarseph y que fue quien luego guió personalmente a aquella turba de ladrones fuera de Egipto.

A nadie se le escapará el parecido con el Éxodo bíblico, aunque el historiador egipcio sitúa los hechos en el reinado de un faraón llamado Amenofis, sin concretar cuál. Detalla que los sirios eran leprosos y habían sido obligados por el gobernante a trabajar en canteras, recluyéndolos en Avaris, razón por la que, inducidos por Osarseph, acordaron una alianza con los hicsos y se adueñaron del país durante trece años. En ese lapso, asolaron Egipto abandonando el culto a los dioses hasta que Amenofis, que había sido expulsado, regresó de su exilio en Nubia, los derrotó y los echó. Entonces, los leprosos se marcharon guiados por el sacerdote, que al final de la historia cambia su nombre por el de Moisés.

Los israelitas marchando de Egipto (David Roberts, 1828)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso hizo que en el siglo I d.C., el historiador judeo-romano Flavio Josefo recogiera el texto de Manetón -hoy perdido- y lo reformulara en su obra Contra Apión (también conocida como Sobre la antigüedad de los judíos), en la que convierte a los hicsos y los leprosos sirios en hebreos, escapando de Egipto para atravesar el Sinaí y encontrar la Tierra Prometida. De esta forma, hacía una personal combinación del Éxodo bíblico con la herejía amarniense de Ajnatón y la invasión hicsa que en Manetón no había.

Fuentes: Historia de Egipto (Manetón)/Contra Apión (Flavio Josefo)/Historia del Antiguo Egipto (Nicolas Grimal)/Tausret. Forgotten queen and pharaoh of Egypt (Richard H. Wilkinson y Richard Herbert Wilkinson)/Lives of the Ancient Egyptians (Toby Wolkinson)/Biographical texts from Ramessid Egypt (Elizabeth Frood)/Wikipedia