Paul von Lettow, el único militar alemán que en la Primera Guerra Mundial invadió territorio británico y acabó invicto

Von Lettow desfilando en Berlín en marzo de 1919 / foto Bundesarchiv, B 145 Bild-P008268 en Wikimedia Commons

«Nunca  he conocido a otro alemán que me haya dado una impresión tan fuerte de lo que era la Alemania imperial y lo que representaba». Ésto fue lo que dejó escrito Karen Blixen, autora de Memorias de África, sobre un militar germano al que conoció en 1913 durante su viaje en barco al continente africano. Se llamaba Paul von Lettow y tiempo después, al acabar una Primera Guerra Mundial que ya entonces se veía inminente, podía presumir de haber sido responsable del único frente en el que su país consiguió terminar invicto: el África Oriental, donde además también protagonizó la única invasión de territorio británico durante esa contienda.

Situémonos en Saarlouis cerca del último cuarto del siglo XIX. Es una modesta ciudad del Sarre que por su ubicación geográfica había cambiado de manos varias veces y en esa época era germana, tras haberla tenido que entregar Francia al caer Napoleón (después de la Primera Guerra Mundial la recuperó para perderla definitivamente en 1935). Pues bien, allí nació Paul Emil von Lettow-Vorbeck en 1870, en el seno de una familia de la pequeña nobleza originaria de Pomerania. El padre, militar, estaba destinado en Saarlouis y determinó inevitablemente la vocación de su hijo, que al acabar su formación en varios internados berlineses ingresó en la academia de artillería y recibió su despacho de teniente en 1890, siendo asignado al Estado Mayor.

La casa natal de Paul von Lettow en Saarlouis/Imagen: LoKiLeCh en Wikimedia Commons

En 1900 tuvo ocasión de iniciar su experiencia bélica formando parte de la espedición internacional enviada a China para combatir la Rebelión de los Bóxer, regresando al año siguiente con cierta decepción por haber tenido que combatir sólo a guerrilleros. En 1904 se le envió al África Sudoccidental Alemana (actual Namibia) para sofocar la insurrección de los maji maji, herero y namaqua. Una herida en un ojo le obligó a ser ingresado en Sudáfrica, por lo que se evitó participar en el genocidio posterior. En 1907 ascendió a mayor y dos años más tarde fue comandante del II Seebataillion (Infantería de Marina).

En 1913 ya era teniente coronel y retornó a África al recibir el mando de las Schutztruppe (tropas coloniales) de Camerún (que entonces incluía parte de Nigeria). Pero antes de que lo asumiera, sobre la marcha, se le redestinó al África Oriental Alemana, un vasto territorio que abarcaba Tanganika (hoy Tanzania), Ruanda y Burundi. Fue durante el trayecto en barco, por cierto, cuando entabló amistad con la baronesa Karen Christence Blixen-Finecke, que en 1937 y bajo el pseudónimo de Isak Dinesen publicaría su famoso libro autobiográfico. El caso es que al poco de tomar posesión de su cargo estalló la contienda que iba a ser bautizada con el nombre de Gran Guerra.

Paul von Lettow en 1904, cuando recibió su primer destino en África/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Ahora se la conoce más como Primera Guerra Mundial, fundamentalmente para distinguirla de la Segunda, que llegaría dos décadas más tarde, pero también porque fue pionera en su carácter global, con participación de todas las potencias de la época divididas en dos alianzas: las llamadas Potencias Centrales (los imperios Alemán, Austrohúngaro y Otomano más Bulgaria, con el apoyo de otros diecisiete estados) y la Entente (una treintena de países que incluía a los imperios Británico, Ruso y Japonés más Francia, Italia, Portugal, EEUU, etc).

Pero los hechos que nos ocupan aquí transcurrieron íntegramente en las colonias, donde von Lettow apenas disponía de dos millares y medio de soldados más otros tantos askaris (tropas indígenas, muy bien instruidas y bien pagadas) y, lo que sería peor, no podría recibir ayuda porque la Royal Navy bloqueaba los puertos. En el otoño de 1917, en un momento crítico, se intentó un abastecimiento mediante un zepelín que despegó de Bulgaria y llegó a Sudán pero tuvo que dar la vuelta al no poder contactar. Tan precaria era la situación que el propio gobernador Heinrich Schnee había solicitado dejar el territorio al margen de la contienda -a lo que Londres se negó- y dio a su comandante la orden de mantenerse a la defensiva.

El áfrica colonial en 1914/Imagen: Milenioscuro en Wikimedia Commons

No era precisamente lo que éste deseaba oir e hizo caso omiso. Por supuesto, asumía que aquel era un frente secundario pero, a la vez, estaba decidido a obligar a los británicos a esforzarse y entretenerles el mayor número posible de efectivos. Las posesiones británicas rodeaban las alemanas por el norte (Uganda y Kenia) y sur (Rodesia), mientras que el Congo Belga lo hacía por el oeste, así que había que enfrentarse al enemigo antes de que tuviera tiempo de organizarse. Paradójicamente, fue éste el que tomó la iniciativa al atacar la Fuerza Expedicionaria de la India la ciudad de Tanga, al norte de Tanganika, en noviembre de 1914. Ninguno de los dos bandos imaginaba que aquella sería la mayor batalla librada en el continente durante la guerra.

Von Lettow apenas pudo trasladar un millar de askaris para reforzar a la solitaria compañía de la guarnición ante ocho mil indios y frenar lo que era un claro intento de conquistar el puerto germano más importante de la colonia, primer paso para invadir ésta aprovechando su debilidad, como pasó en otros sitios (en concreto, Camerún, Togo, Namibia y Nueva Guinea). Sin embargo, aquellas exiguas fuerzas tendieron una emboscada a un enemigo inexperto que había hecho un desembarco a ciegas y avanzaba confiado por la selva. Los askaris, con la anecdótica colaboración de un enjambre de abejas primero y cargando a la bayoneta después, provocaron el caos entre los indios, que sufrieron más de un millar de bajas entre muertos y heridos; pudieron ser muchos más pero Von Lettow les ofreció una rendición honrosa y hasta les prestó asistencia médica. A cambio, obtuvo un rico botín armamentístico.

La batalla de Tanga (Martin Frost)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La primera prueba se había pasado con sobresaliente y a continuación les tocó el turno de jugar a los alemanes atacando primero las líneas ferroviarias y después la ciudad de Jassin, que estaba en Tanganika pero los británicos la habían ocupado para proteger la frontera. Esta vez, von Lettow contaba con superioridad numérica, nueve compañías frente a cuatro, y logró rendir la ciudad en un día. De nuevo hizo alarde de caballerosidad permitiendo marchar a los defensores a cambio de su promesa de no participar más en la guerra; los otros harían gala de una caballerosidad similar (por ejemplo le informaron de que el káiser le había concedido la Cruz de Hierro), algo que parecía sacado directamente del Medievo.

Ahora bien, en Jassin las bajas fueron parejas; 86 muertos y 200 heridos atacantes por 93 fallecidos y 94 heridos defensores, unas cifras que éstos podían permitirse pero los primeros no. Máxime teniendo en cuenta que perdió a 27 oficiales alemanes y que aquella nueva derrota llevara a los británicos a concentrar sus fuerzas para asegurarse la superioridad y facilitar la protección de las posiciones. Así que, en lo sucesivo, von Lettow (que recibió un balazo en un brazo) evitó las batallas campales en favor de aquel tipo de acciones que tan poco le habían gustado cuando estuvo en China: las de guerrilla. Los obvios objetivos inmediatos pasaron a ser los fortines menores, el ferrocarril y las comunicaciones en general.

Paul von Lettow con oficiales y askaris/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Las tropas alemanas aguijoneaban como avispas aquí y allá, en puntos menores del África Oriental Británica (Kenia, Uganda, Zambia), para forzar al adversario a desviar tropas de Europa hacia allí. Von Lettow aprovechaba su equipo al máximo, aunque recibió askaris de refuerzo hasta sumar catorce mil efectivos junto a la tripulación y cañones del crucero SMS Königsberg, al que la Royal Navy había hundido en el río Rufiji. Pero el comandante germano tenía algo más: el respeto y la admiración de los soldados nativos, al haber aprendido a hablar swahili y nombrar a muchos de ellos oficiales; «todos somos africanos aquí», decía.

En la primavera de 1916, se le confió al general sudafricano Jan Christian Smuts la misión de conquistar el África Oriental Alemana, para lo cual contó con la ayuda belga procedente del vecino Congo; en total, 45.000 hombres que se apoderaron de la colonia teutona, obligando a von Lettow a retirarse, evitando la lucha directa hasta que en un terreno propicio, en Mahiwa, tendió una emboscada a sus perseguidores y les causó casi tres millares de bajas, perdiendo él sólo medio centenar. Sin embargo, los británicos seguían teniendo una superioridad abrumadora y, por contra, los germanos se quedaron sin munición, debiendo continuar la retirada en aquel eterno peregrinar bajo el sol ecuatorial.

Una columna de askaris durante una marcha/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Pese a todo, el alto mando estaba contento con la actuación de von Lettow, que fue ascendido a general. Eso fue en octubre de 1917; exactamente un mes después, éste se desplazó al sur intentando poner distancia con sus perseguidores y, sin apenas víveres (de ahí el fracaso del mencionado zepelín), cruzó la frontera con Mozambique y atacó a la guarnición portuguesa de Ngomano, donde se reaprovisionó. La captura de un vapor médico le proporcionó también medicinas y la toma de Namakura en el verano de 1918, armas y municiones. De esta manera, pudo volver a pasar la frontera en dirección contraria; su objetivo esta vez era el norte de Rodesia, que asaltó eludiendo el intento de atraparle de los británicos, desesperados por encontrarle.

Fue así cómo capturó la ciudad de Kasama, que cayó el 13 de noviembre. Von Lettow ignoraba que dos días antes se había firmado el armisticio que suponía la rendición de Alemania y el fin de la guerra, por lo que continuó avanzando hacia Katanga. Cuando diez jornadas más tarde llegó al río Chambezi se encontró a los británicos ondeando una bandera blanca e informándole de la noticia. Una vez confirmada, acordó el alto el fuego y recibió la orden de ir a Abercorn (actual Mbala, en el norte de Zambia) para que sus hombres entregaran allí las armas (en su mayor parte arrebatadas al enemigo). Dado que no había perdido ninguna batalla, en la práctica fue más un licenciamiento que una rendición. En ese momento tenía bajo su mando a 30 oficiales alemanes, 125 suboficiales, 1.168 askaris y unos 3.500 porteadores, con los que había mareado a 130 generales británicos, provocándoles cerca de 60.000 bajas en total.

La batalla de Ngomano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se había terminado por fin la marcha, tan larga como penosa porque muchos hombres llevaban consigo a sus familias, ya que se evitaba acercarse a los poblados para evitar la tentación de desertar; algo que apenas fue testimonial gracias a que von Lettow les dio el mismo trato que a los blancos. Los alemanes quedaron prisioneros en Dar es Salaam en espera de ser repatriados, tarea en la que su jefe se volcó pero exigiendo el mismo trato para sus askaris, recluidos en Tabora. Él regresó a Alemania en marzo de 1919 y hasta encabezó un desfile por la Puerta de Brandeburgo con sus Schutztruppen vistiendo todavía los andrajosos uniformes que traían de la campaña. Ese mismo año contrajo matrimonio con Martha Wallroth; tuvieron dos hijos y dos hijas.

Durante la República de Weimar le tentaron con la política pero lo rechazó y prefirió seguir en el ejército, colaborando en la represión de la revuelta espartaquista. Años después tuvo ocasión de conocer personalmente a los mandos británicos a los que se había enfrentado, entablando buena amistad con Jan Smuts. En 1928 cedió por fin y se afilió al DNVP (Partido Nacional del Pueblo de Alemania, de corte conservador), presentándose a las elecciones de 1930. Salió elegido por la Alta Baviera y el propio Hitler le ofreció unirse al movimiento nazi, algo que él rechazó (la leyenda dice que le mandó «a tomar por culo», literalmente; su sobrino declaró décadas después que le parecía creíble, salvo que no habría sido de una forma «tan cortés»).

Von Lettow en 1930 / foto Bundesarchiv, Bild 102-10133 en Wikimedia Commons

Esa actitud le hizo sospechoso, por lo que se registró su casa y fue puesto bajo vigilancia. Pero a la vez era tan popular que a sus 68 años le ascendieron a general para asuntos especiales, quizá porque era un cargo honorífico y no le obligaba a un servicio activo del que el régimen prefería tenerlo lejos. De hecho, nunca se incorporó al Partido Nacional-Socialista y tras la Segunda Guerra Mundial, en la que perdió a sus dos hijos varones, quedó en la miseria, dependiendo de lo que le mandaban aquellos ex-enemigos británicos a los que había combatido en África. Luego logró recobrar cierta comodidad y en 1953 fue invitado a visitar la antigua colonia, donde sus veteranos askaris le recibieron con honores, igual que las autoridades británicas.

Falleció en Hamburgo en 1964, a los 94 años de edad, dispensándosele un emotivo funeral por todo lo alto. Poco después, el gobierno alemán aprobó conceder una pensión a los askaris que pudieran demostrar haber estado a sus órdenes; unos presentaron sus documentos, otros los restos del uniforme y algunos se sometieron a una prueba de instrucción que todos aprobaron pese a haber transcurrido cuatro décadas. Una muestra del magnífico entrenamiento que les había dado aquel viejo dinosaurio prusiano ya extinto. No se trata sólo una metáfora; a una especie de iguanodóntido del Jurásico se le ha puesto de nombre Dysalotosaurus lettowvorbecki, por su agilidad para escapar de los depredadores.

Fuentes: My reminiscences of East Africa (Paul Emil von Lettow-Vorbeck)/African Kaiser. General Paul von Lettow-Vorbeck and the Great War in Africa, 1914-1918 (Robert Gaudi)/El sueño de África (Javier Reverte)/When elephants clash. A critical analysis of major general Paul Emil Von Lettow-Vorbeck (Major Thomas A. Crowson)/Guerilla. Colonel von Lettow-Vorbeck and Germany’s East African Empire (Edwin P. Hoyt)/Wikipedia