El embaucador que inventó un nuevo dios y fundó el oráculo más famoso del siglo II d.C.

Estatua de Glycon del siglo II d.C. / foto ChristianChirita en Wikimedia Commons

Si alguien piensa que los embusteros del esoterismo son un producto de nuestro tiempo se equivoca de medio a medio. La charlatanería es tan antigua como el habla y la historia está llena de impostores, cuentistas y farsantes: siempre ha habido falsos profetas e iluminados que aprovechan su labia para hacer negocio. Uno de los ejemplos más añejos que hay documentados es el de Alejandro de Abonutico, un oráculo griego que vivió en el siglo II d.C. y se inventó un culto mistérico a un dios con forma de serpiente llamado Glycon que era una marioneta manejada por él mismo.

Como suele ocurrir, apenas hay datos fiables sobre la juventud y la vida de Alejandro antes de hacerse famoso, salvo que nació hacia el año 105 d.C. en Abonutico. Era ésta una ciudad situada en Paflagonia, una zona del centro-norte de Anatolia, asomada al Mar Negro entre Bitinia y el Ponto, en la actual Turquía, por entonces tachonada de urbes helenas. La principal fuente documental sobre ese personaje la ha dejado Luciano de Samósata, un escritor también griego, oriundo de la región siria homónima, que fue contemporáneo suyo y cuya opinión no era precisamente favorable; baste reseñar que el título de la obra donde trata el tema es Alexandrum et pseudo prophet (Alejandro o el falso profeta).

Luciano de Samósata en un grabado del siglo XVII (William Faithorne)/Imagen: dominio público en Wikiquote

De hecho, durante un tiempo se consideró que ese texto era de creación, es decir, una ficción. Sólo la referencia al respecto de otro autor, el filósofo cristiano Atenágoras, a una estatua de Alejandro erigida en el foro de la ciudad de Paros (en la isla cicládica del mismo nombre), más el hallazgo de pruebas arqueológicas, fundamentalmente monedas, han demostrado que se trató de alguien real. Y, por tanto, el relato de Luciano adquiere valor de crónica, aún cuando se trate de una pieza aceradamente crítica que revela que quizá iba un poco más allá. ¿Por qué? Porque Alejandro mantenía un duro enfrentamiento con el epicureismo y Luciano, por contra, era un declarado admirador de esa corriente que al final de su panfleto incluye una oda a Epicúreo.

En cualquier caso, el suyo es el único testimonio que existe, así que no queda más remedio que seguirlo. Decíamos que sabemos poco del Alejandro de Abonutico anterior a los hechos. Únicamente que adquirió conocimientos de medicina como discípulo de un galeno que, según Luciano, también era un farsante; acaso se tratara de Apolonio de Tiana, un sabio neopitagórico natural de Capadocia, seguidor de Esculapio, así como asceta y con fama de milagrero, lo que le hizo ser acusado de practicar la magia y tener que marchar al destierro por orden de Domiciano, que le veía como peligrosamente cercano al cristianismo. Al término de su etapa formativa, Alejandro empezó a practicar la medicina acompañado de un socio bizantino (de la colonia de Bizancio, no de Constantinopla) del que sólo se sabe el nombre, Cocconas; con él hizo una visita a Pella, la capital de Macedonia, que sería crucial.

El Asclepios de Epidauro/Imagen: Marsyas en Wikimedia Commons

Luego retornó a su ciudad natal hacia el año 150 d.C. para fundar un oráculo de Esculapio (latinización de Asclepios, la divinidad griega de la medicina). El proyecto era ambicioso pero consiguió sacarlo adelante tras enterrar unas tablillas con una profecía según la cual el hijo de Apolo nacería de nuevo y lo haría en un huevo de serpiente. Alejandro aseguró que el lugar exacto eran los cimientos del templo que en esos momentos se estaba construyendo precisamente a Esculapio (cuyo símbolo era una serpiente enroscada en una vara) y se aseguró de colocar allí un huevo de ofidio para dar un golpe de efecto. Probablemente era un buen conocedor de la psicología humana, como suele pasar con los embaucadores, y los habitantes de Paflagonia tenían fama de ser especialmente crédulos.

Así que, en muy poco tiempo, Alejandro de Abonutico había conseguido organizar un culto religioso a ese dios renacido, al que puso el nombre de Glycon. Él mismo se encargó personalmente de difundir la buena nueva presentándose en los mercados con un huevo de oca hueco donde había colocado una pequeña culebra. En un momento de su discurso, lo abría mostrando su contenido y asombraba así a la concurrencia. Aprovechando su habilidad retórica, atractivo personal, carisma e indudables dotes de inteligencia, en menos de una semana la gente estaba convencida y se acercaba al santuario, donde el animal ya había sido sustituido por otro de mayor tamaño: una serpiente domesticada a la que se había colocado en torno a la cabeza una peluca rubia de crin de caballo para darle aspecto humano, formando un ser teriomorfo que, al estar vivo y moverse, producía honda impresión entre quienes lo veían; de lejos, eso sí, lo que impedía descubrir el truco.

Un pentassarion acuñado por el césar Marco Julio Severo Filipo; en el reverso se ve a Glycon (una serpiente con barba)/Imagen: Otto Nickl en Wikimedia Commons

Lo cierto es que el culto a esos reptiles no era nuevo en el mundo helénico, ya que los macedonios lo practicaban desde hacía mucho tiempo -recordemos que Alejandro y su compañero Cocconas estuvieron en Pella-como una pervivencia de antiguos ritos de fertilidad y su mitología alteraba un poco la griega clásica en ese sentido: en ella Zeus se disfrazaba de serpiente para fecundar a Olimpia y que ésta alumbrara a Alejandro Magno (ella se había casado con Filipo como parte de un rito mistérico de Cabeiri, en la isla de Samotracia, donde se adoraba a dioses pre-helénicos). No es de extrañar que multitud de mujeres estériles visitaran el lugar con exvotos para solicitar al dios que arreglase su problema; a ellas se sumaban otras gentes en busca de protección contra la peste.

Asimismo, estaban los que acudían en busca de respuestas a cuestiones sobre sus vidas, negocios, amores y similares, pero sobre todo con enfermedades; al fin y al cabo era un santuario de Esculapio. Alejandro los atendía sentado en el altar con la serpiente enrollada en torno a su cuerpo y respondía de la forma habitual en los oráculos: confusa y ambigua, lo que no hacía sino incrementar el tono enigmático de la farsa. No levantaba sospechas porque había todo un montaje alrededor que incluía falsas preguntas en sobres sellados que él mismo había preparado con antelación, así como toda una serie de trucos: se enjabonaba la boca para simular trances, decía frases mezclando hebreo y fenicio como si de una lengua nueva se tratara y a veces sustituía a su serpiente por una marioneta que manejaba medio a oscuras mientras un cómplice ponía la voz a través de un tubo conectado al títere, epatando a los incautos. Según Luciano, se contaban más maravillas:

Hizo predicciones, descubrió esclavos fugitivos, detectó ladrones, desenterró tesoros, curó a los enfermos y, en algunos casos, resucitó a los muertos.

Mapa de Asia Menor con la ubicación de algunas ciudades griegas/Imagen: NordNordWest en Wikimedia Commons

Se cree que hizo decenas de miles de oráculos que, como los cobraba al módico precio de un dracma con dos óbolos (el óbolo valía la sexta parte de un dracma), le enriquecieron en poco tiempo. Pero su prosperidad no se debió exclusivamente a eso. Ya dijimos que tenía la típica astucia del pillo y envolvió su negocio con un aire mistérico e iniciático al estilo del que había en Eleusis, una ciudad ubicada a treinta kilómetros de Atenas donde se rendía culto a Deméter, la diosa de la agricultura y la fertilidad que enseñó al Hombre los ciclos agrarios. Y de igual manera que esos misterios eleusinos trascendieron más allá de Grecia, la fama de aquella versión con Glycon hizo otro tanto por Anatolia y Tracia, llegando a Roma y poniéndose de moda entre el sinfín de otros tipos de fe que allí echaban raíces.

Ello permitió que Alejandro de Abonutico emparentara con la clase alta romana a través del matrimonio de su hija con Publio Mummio Sisenna Rutiliano, un ex-cónsul que en ese momento ostentaba el cargo de gobernador proconsular de la provincia de Asia. Rutiliano era bastante crédulo, del tipo de gente que cree ver una señal en cualquier cosa, según narra Luciano:

Si veía en alguna parte una piedra manchada de aceite sagrado o adornado con una corona de flores, se postraría sobre su rostro de inmediato, besaría su mano y se pararía junto a él durante mucho tiempo haciendo votos y anhelando bendiciones.

Misterios eleusinos/Imagen: Marsyas en Wikimedia Commons

Rutiliano cayó de lleno en la red al solicitar ingenuamente al oráculo consejo sobre con quién casarse y contestarle Alejandro que con su hija, a la que habría engendrado nada menos que con la diosa Selene; no importaba que se tratara de una niña y el maridable un sesentón. Al parecer, Luciano era amigo del romano y trató de disuadirle pero Rutiliano estaba tan obcecado que no escuchaba a nadie. La animadversión del cronista era doble, pues Alejandro había prohibido a epicúreos y cristianos acceder al santuario por sus fuertes críticas. Esa postura empeoró aún más cuando, encima, ordenó asesinarle durante su viaje de vuelta en barco. Era el año 159 d.C. y Luciano pudo esquivar a los asesinos embarcándose en otra nave, pero en cuanto llegó a puerto presentó una denuncia ante el gobernador imperial Lucio Hedio Rufo Lolliano Avito.

Sin embargo, Lolliano se mostró poco colaborador ante la dificultad de probar la acusación y la idea de enfrentarse no sólo a alguien cuya popularidad se extendía casi de un extremo al otro del Mediterráneo sino también a su yerno, un colega de magistratura que además tenía un gran poder y seguramente intervendría para que todo quedara en nada. Efectivamente, Luciano tuvo que desistir y la fama del oráculo siguió creciendo. Alcanzó su cénit en el 166, durante la llamada Peste Antonina, una pandemia (de viruela según unos autores, de sarampión según otros) introducida por las legiones orientales el año anterior y que afectó a buena parte del imperio, llegando a causar la muerte del emperador Lucio Vero entre otros miles más de víctimas. El oráculo dictado por Alejandro se usó como amuleto de protección ante el contagio y se colgaba en las puertas de las casas.

Estatua ecuestre de Marco Aurelio/Imagen: Jean-Pol GRANDMONT en Wikimedia Commons

Eso llegó a oídos del nuevo emperador, Marco Aurelio, que también encargó el suyo aunque sobre otro asunto: el futuro de la campaña que se disponía a iniciar en el Danubio contra los marcomanos (una confederación de pueblos germánicos que habitaba aproximadamente lo que hoy es Bohemia, en la República Checa). Alejandro respondió que conseguiría la victoria si arrojaba dos leones vivos al río. Así se hizo pero no dio resultado y los romanos cosecharon una derrota que obligó al oráculo a dar una explicación, retorciendo el sentido original de lo profetizado según el modelo de lo que se hizo en Delfos cuando Craso había pedido opinión antes de enfrentarse a los partos.

No obstante, haciendo bueno ese aforismo de que hablen de uno aunque sea mal, que el mismísimo emperador le hubiera consultado permitió a Alejandro de Abonutico establecerse en Roma, donde no sólo ejerció la adivinación sino que incluso se las arregló para que su ciudad natal fuera rebautizada con el nombre de Ionópolis (Ciudad de la Serpiente). En ese período surgieron oráculos en muchos rincones del imperio pero el de Alejandro resultaría efímero, ya que apenas llegó a siete años y se disolvió rápidamente cuando una gangrena en la pierna mató a su creador en el 170 d.C. Fue entonces cuando se descubrió que no se mantendría joven hasta que a los ciento cincuenta años le matara un rayo, como había asegurado: no sólo moría septuagenario sino que además usaba peluquín.

Fuentes: Alexander, the false prophet (Lucian od Samosata)/The ancient mysteries. A sourcebook of sacred texts (Marvin W. Meyer)/This ancient cult leader tricked the entire Mediterranean with a snake puppet (Carly Silver en ThoughtCo)/Wikipedia