El hombre que reclamó el trono de Francia en el Medievo asegurando haber sido intercambiado al nacer

Tumba de Juan I en la Basílica de Saint-Denis / foto chabe01 en Wikimedia Commons

Hace tiempo le dedicamos un artículo a Cola di Rienzo, un notario apostólico de origen humilde que vivió en el siglo XIV y se empeñó en devolver a Roma su antiguo esplendor imperial a través de una serie de medidas revolucionarias que incluían la proscripción de los nobles del gobierno municipal y su nombramiento como tribuno. Rienzo, que aspiraba a ser novus dux de una federación de repúblicas italianas, terminó convertido en un tirano paranoico, excomulgado por el Papa, depuesto y ejecutado. Pues bien, se dice que Rienzo fue también quien convenció a un hombre llamado Giannino Baglioni de que en realidad era Juan I, hijo póstumo del rey Luis X de Francia y, por tanto, heredero al trono. El problema estaba en que Juan I había muerto a los cinco días de nacer.

Evidentemente, la intención de Cola di Rienzo al cambiar radicalmente la vida de Baglioni era conseguir un aliado en el país vecino que afianzase su propia posición en Roma, como vimos cada vez más inestable. Porque no se trataba más que de un simple comerciante al que Rienzo descubrió un secreto que decía guardar desde años atrás, cuando se lo confió un monje francés residente en Siena: la reina Clemencia de Hungría, esposa del citado Luis X el Obstinado, dio a luz a un hijo la noche del 14 al 15 de noviembre de 1316, cuatro meses después de que el padre falleciera. Ese niño estaba destinado a llevar la corona, puesto que su hermanastra mayor, Juana, que el monarca había tenido con su primera mujer, Margarita de Borgoña, quedaba relegada automáticamente por ser mujer y menor de edad pero también por sospecharse que en realidad no era hija de Luis.

Estatua en Roma dedicada a Cola di Rienzo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Efectivamente, el recién nacido, bautizado con el nombre de Juan I, fue coronado de inmediato pero en la Europa medieval la tasa de mortalidad infantil era muy elevada y el pequeño sólo pudo reinar cinco días (bajo la regencia de su tío Felipe de Poitiers, claro está). No se sabe cuál fue la causa del óbito; cualquier enfermedad de la época pudo acabar con su vida, aunque también hubo rumores de asesinato por envenenamiento, siendo el más duro el que se atribuía a Matilde de Artois, la madre de Juana, que le habría traspasado los aún blandos huesos del cráneo con un largo alfiler. En cualquier caso, al infortunado bebé le quedó el apodo de el Póstumo y Francia se encontró por primera vez en su historia sin un heredero varón desde los tiempos de Hugo Capeto.

El duque Odón de Borgoña propuso como candidata a Juana, que al fin y al cabo era su sobrina, pero quien ciñó la corona en enero de 1317 fue el regente, que pasó a ser el rey Felipe V. Todo parecía solucionado y no sólo Odón terminó aceptando a cambio de prebendas sino que se restituyó la llamada ley de los varones o ley sálica, una norma de origen franco que no estaba en vigor desde que se fundó la dinastía de los Capeto en el año 987 y por la que se excluía del trono a las mujeres para evitar que una dinastía desplazara a otra por descendencia. Paradójicamente, eso descartaría de la sucesión a las cuatro hijas de Felipe, cuando éste falleció de disentería seis años más tarde, debiendo coronarse a su hermano, Carlos IV.

Funeral de Juan I Póstumo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Carlos tampoco reinó mucho, otros seis años, pues murió en 1328. Al igual que pasó con Luis X, su esposa, Juana de Evreux, estaba embarazada en ese momento y todos esperaban ansiosamente el parto porque continuaba la «maldición» de los Capeto: la primera mujer del rey, Blanca de Borgoña, fue repudiada por adúltera y la segunda, María de Luxemburgo, le había dado una hija que murió al poco de nacer, falleciendo ella misma poco después al volcar su carruaje… justo cuando estaba encinta de un varón. Con Juana de Evreux había tenido también una hija, así que la expectación por un niño era grande. Pero fue niña otra vez y de nuevo tuvo que subir al trono un regente, Felipe de Valois, que ponía punto y final a la dinastía de los Capeto e inauguraba la de los Valois.

Se llamó Felipe VI y murió en 1350 tras un reinado caótico en el que la derrota ante los ingleses en la batalla de Crécy, la revuelta de la Gran Jacquerie y un brote de peste negra fueron sus capítulos más llamativos. Esta vez sí había un sucesor varón, su primogénito, que se coronó como Juan II y se ganaría el sobrenombre de el Bueno por un acertado gobierno que contrastaba con el de su progenitor, hasta el punto de que eso pesó más que el haber caído prisionero en Poitiers. Fue durante el reinado de Juan II cuando Cola di Renzo convenció a Giannino Baglioni de que era Juan I el Póstumo y debía reclamar sus derechos dinásticos ¿Cómo era posible aquello?

Juan II el Bueno (anónimo del siglo XIV)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pues porque se habría hecho un cambio de recién nacidos para protegerle de un envenenamiento que, si fue así, a la postre mató a su sustituto, el hijo de una nodriza llamada María de Crassey que estaba casada con un banquero de Siena. A esa ciudad envió el chambelán real al verdadero Juan, dejándolo bajo la custodia de varios monjes; uno de ellos sería el que contactó con Cola di Rienzo para contarle la verdad. Así, el ambicioso tribuno financió las aspiraciones de Baglioni, aunque su plan quedó interrumpido porque su torpe política le volvió tan odioso que terminó provocando que el mismo pueblo que le había ensalzado se alzara en armas contra él y le linchara. Era el año 1354 y la presunta encarnación de Juan el Póstumo se quedaba sin su gran valedor.

Sin embargo, decidió seguir adelante aprovechando que Juan el Bueno estaba prisionero en Inglaterra. En 1356 viajó hasta Hungría para obtener el reconocimiento real; no de su madre, que ya llevaba veintiocho años muerta, sino de su primo Luis I, el rey. Luis aceptó su historia, bien porque la creyera de verdad, bien por el parecido físico con su difunta tía, bien por el interés estratégico que suponía reponer a un familiar en el trono francés. Baglioni permaneció en la corte húngara hasta 1360, cuando se desplazó a Aviñón para ver al Papa y que éste avalase también su identidad -y, consecuentemente, su reclamación-. Contaba para ello con el hecho de que Inocencio VI había indultado a Cola di Rienzo de la pena de muerte a que le condenó su predecesor, Clemente V, tras acusarlo de herejía por una grotesca ceremonia de coronación. En realidad, aquel papa temía el poder que había alcanzado mientras que a Inocencio VI, por contra, le preocupaban más los clanes aristocráticos romanos.

El papa Inocencio VI entre el cardenal Albernoz y el emperador Carlos IV/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lamentablemente, Baglioni se encontró con la negativa del pontífice a recibirle siquiera. De hecho, ésa fue la tónica en todas partes; nadie quería complicarse la vida ni activar el siempre peligroso juego de las sucesiones; los Valois ya estaban asentados en el trono de Francia y los Capeto eran historia. Por eso la insistencia de aquel molesto personaje, que no dudó en alterar y falsificar documentos que avalasen su presunta identidad ni en dilapidar su fortuna ni en postergar a su familia, terminó como cabía esperar: el ejército de mercenarios que reunió para tratar de recuperar por la fuerza lo que creía suyo fue derrotado con facilidad en la Provenza y él pasó el resto de sus días en una celda de Nápoles o, según versiones, refugiado en Hungría. Murió en 1363.

Esta emocionante historia parece digna de Alejandro Dumas y constituye un episodio más de lo que posteriormente se denominó sebastianismo, un movimiento mesiánico nacido en el Portugal del siglo XVI y que se basaba en la esperanza de que el rey Sebastián I, fallecido en la batalla de Alcázarquivir pero sin que se encontrara nunca su cuerpo, volvería un día para poner orden y arrebatar la corona a Felipe II. El sebastianismo se plasmó en un caso célebre, el del Pastelero de Madrigal, en lo que no era sino el reflejo de una tendencia bastante frecuente en los pueblos, como habían demostrado otros casos, ya desde la Antigüedad; de algunos hablamos aquí, como el del Encubierto o los impostores que se hacían pasar por Nerón.

Francia en la primera mitad del siglo XIV: Cyberprout en Wikimedia Commons

La historia de Giannino Baglioni ocurrió realmente, aunque está enriquecida -y deformada-, por multitud de libros de todo tipo que han tratado el tema, unos con más imaginación que otros: Tommaso di Carpegna Falconieri (L’ uomo che si credeva re di Francia: una storia medievale), Maurice Druon (Los reyes malditos), etc. Por ejemplo, María de Cressay aparece en la novela de Druon pero su verdadero nombre era Marie de Carsix y su marido tenía menos poder del que se la atribuye. Asimismo, la participación de Cola di Rienzo en ese asunto no está clara. Recuerden aquello de se non è vero, è ben trovato.

Fuentes: Giannino Baglioni. Un prétendant au trône de France (Théodore Boudet Puymaigre)/The man who believed he was king of France: A true medieval tale (Tommaso di Carpegna Falconieri)/Los reyes malditos. La flor de lis y el león (Maurce Drouet)/L’imposture politique au Moyen Âge. La seconde vie des rois (Gilles Lecuppre)/Mystifying the monarch. Studies on discourse, power, and history (Jeroen Deploige y Gita Deneckere)/Medieval intrigue. Decoding royal conspiracies (Ian Mortimer)/Wikipedia