‘Título de incógnito’, la dignidad que usaban los reyes en sus viajes privados

Alfonso XIII y Victoria Eugenia / foto dominio público en Wikimedia Commons

A veces, el contexto político internacional hace que resulte incómodo el paso de un monarca por un país extranjero. Otras, es el propio rey el que prefiere no viajar como tal por razones de discreción o tratarse de desplazamientos privados. En estos casos, lo normal es que adopte lo que se llama un título de incógnito, que le permite pasar desapercibido -al menos parcialmente- y evitar la etiqueta. Es algo que ocurre en todas las casas reales.

Como el lector recordará, hace unos días publicamos un artículo dedicado a Carlos María Isidro, el hermano de Fernando VII convertido en pretendiente al trono, que tras fracasar en la guerra por la sucesión que desató contra su sobrina se exilió primero en Francia, luego en Venecia y finalmente en Trieste. En esas ciudades italianas tuvo su propia corte hasta que el 18 de mayo de 1845 abdicó en su hijo Carlos Luis; a partir de ese año se hizo llamar conde de Molina simplemente, en lo que era una referencia a uno de los señoríos históricos de la corona española. Es uno de los ejemplos de título de incógnito más conocidos y además se perpetuó en otras generaciones, puesto que también lo llevaron descendientes como Carlos Pío de Habsburgo-Lorena Borbón y Javier de Borbón y Parma (por cierto, enfrentados entre sí a causa de ello).

Daguerrotipo de Carlos María Isidro en 1853/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo curioso es que Carlos María Isidro tendría también un título llamado de señalamiento, que es el que adopta el jefe de una casa real en reivindicación de su presunto derecho al trono. De hecho, hay otras modalidades, una de las cuales sería el título de pretensión, aquel que un monarca utiliza sobre un territorio que en realidad no domina; el matiz diferencial está en que, en este caso, ya reina sobre un país y un ejemplo podrían ser los reyes españoles, que históricamente incluyen en sus intitulaciones a Gibraltar. Una variante de éste es el título pro memoria, en el que se da esa misma reivindicación pero con carácter meramente honorífico, como pasa con la monarquía española respecto a Jerusalén o Milán.

Pero hubo más casos aparte del carlista. Uno de ellos precisamente encarnado por la que al final subió al trono, Isabel II, hija del citado Fernando VII. Ella asumió el ser condesa de Toledo como título de incógnito, aunque irónicamente lo hizo cuando se tuvo que ir al exilio tras la Gloriosa, la Revolución de 1868, estableciéndose en París. Murió en 1904, dos años después de que fuera proclamado rey su nieto Alfonso XIII, que a su vez también empleó un título de ese tipo y muy parecido: duque de Toledo. Le servía para moverse en el exterior y muy especialmente cuando se veía con alguna de sus amantes. Algo que él mismo admitió a un periodista estadounidense con motivo de una biografía suya que había escrito: acerca de los amoríos, Alfonso le dijo que el rey de España no tenía más amor que el de la reina pero que el duque de Toledo sí podría tener «alguna aventurilla interesante».

Isabel II en 1871/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cuando Alfonso XIII falleció en Roma se le ofreció a su hijo asumir ese título de forma oficial pero él consideró que había sido usado exclusivamente en el ámbito privado y prefirió el de conde de Barcelona. Cabría añadir que su madre, la reina Victoria Eugenia, declaró ser únicamente duquesa de Toledo cuando le preguntaron en 1937 sí regresaría a España para una hipotética restauración de la monarquía cuando terminase la Guerra Civil. Y para redondear la gracia, recordar que el difunto rey tenía una yeguada a la que bautizó Duque de Toledo, para evitar que en las carreras otros competidores no quisieran participar por no faltarle al respeto si sus caballos adelantaban a los del soberano; actualmente todavía se disputa una prueba hípica que se llama Gran Premio Memorial Duque de Toledo.

Isabel de Inglaterra / foto West Midlands Police en Wikimedia Commons

Como decíamos al comienzo, los títulos de incógnito eran habituales en las casas reales europeas, a menudo en sus viajes privados pero frecuentemente también para atravesar países con los que las relaciones diplomáticas no eran todo lo buenas que se querría, evitándose así el tener que ser recibidos con el boato que marca el protocolo. Fue lo que hizo en 1777 José II de Austria cuando visitó a su hermana María Antonieta en París, haciéndose llamar conde de Falkenstein. Otro José, Bonaparte en este caso, escapó a América tras la caída de su hermano Napoleón con el nombre de conde de Survilliers. Y el conde de Neully no era sino Luis Felipe de Orléans, huyendo de la Revolución del 48. Incluso hoy en día, la reina de Inglaterra suele viajar privadamente como condesa de Balmoral y su hijo, el príncipe Carlos, como conde de Chester.

En España, los títulos de incógnito están regulados por el Real Decreto 1368/1987 de 6 de noviembre sobre régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real y de los Regentes, cuyo artículo primero dice textualmente:

1. El titular de la Corona se denominará Rey o Reina de España y podrá utilizar los demás títulos que correspondan a la Corona, así como las otras dignidades nobiliarias que pertenezcan a la Casa Real. Recibirá el tratamiento de Majestad.

Como se ve, el término no aparece reflejado de forma literal pero sí su concepto, englobado en la expresión «dignidades nobiliarias» a juicio de los juristas, si bien éstos opinan que hoy en día carecen de sentido debido «al enorme desarrollo de los medios de comunicación y al estrecho seguimiento a que son sometidos los miembros de la realeza» (García Mercadal y García Loygorri). Es más, desde Alfonso XIII no ha vuelto a utilizarse un título de incógnito propiamente dicho; y él mismo terminó siendo llamado popularmente Gutiérrez, a secas, al proclamarse la República.

Fuentes: Los títulos de la Casa Real. Algunas precisiones jurídico-dinásticas (Fernando García-Mercadal y García Loygorri)/Los títulos y la heráldica de los Reyes de España. Estudios de derecho dinástico (Fernando García-Mercadal y García Loygorri)/Los reyes que nunca reinaron. Los carlistas (Eusebio Ferrer Hortet y María Teresa Puga Garcia)/Alfonso XIII (Alfonso Osorio y Gabriel Cardona)/Alfonso XIII (María Teresa Puga)/Isabel II (Germán Rueda Hernanz)