La increíble historia del falsificador que vendió 27.320 cartas falsas de 660 personajes históricos distintos

La falsa carta de Vercingétorix a Pompeyo / foto dominio público en Wikimedia Commons

¿Imaginan que se descubriera una carta que revelase que Blaise Pascal formuló la Ley de la Gravitación Universal antes que Newton? ¿U otra escrita por Vercingétorix al historiador romano Pompeyo Trogo de su puño y letra? No digamos ya una de María Magdalena a Lázaro, el hombre al que Jesús resucitó. Pues en la segunda mitad del siglo XIX hubo un pasante que le vendió éstas y otras más a un crédulo coleccionista que, para mayor escarnio, era matemático y catedrático de La Sorbona, al que el Instituto de Francia hasta aplaudió inicialmente. El pasante en cuestión se llamaba Denis Vrain-Lucas y ha pasado a la historia como uno de los más osados falsificadores que han existido.

La mayor parte de la vida de Denis Vrain-Lucas fue bastante normal, anodina incluso. Nació en Lanneray (un pequeño pueblo del departamento de  Eure-et-Loir, en el valle del Loira) el 1 de diciembre de 1816, hijo de un modesto jornalero y una madre que trabajaba de criada. A pesar de esos humildes orígenes, acudió a la escuela y luego sus padres pudieron pagarle estudios pre-universitarios, si bien no llegó a obtener una licenciatura. Por esa razón completó su formación de manera autodidacta hasta conseguir un empleo de pasante, alcanzando a continuación a ser secretario judicial en el tribunal de Châteaudun y, ya en 1847, entrando como funcionario en el Bureau de Conservation des Hypothèques, un órgano administrativo y fiscal de la Direction Générale des Finances Publiques.

Denis Vrain-Lucas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En realidad no detuvo ahí su carrera y en 1852 intentó darle un giro viajando a París para intentar conseguir un puesto de bibliotecario que anunciaba la Bibliothèque Impériale (el germen de la actual Bibliothèque Nationale de France). No le aceptaron, al parecer por razones relativas a su estado civil, pues estaba casado y con hijos. Pero ya había redirigido su interés a ese campo y se presentó como candidato a otra vacante en Auguste Durand, una editorial especializada en textos jurídicos que todavía existe hoy con el nombre Editions A. Pedone. A pesar de que tenía una recomendación, tampoco fue contratado al no saber latín.

Desesperado por tener que mantener a su familia, se vio obligado a aceptar otra vez un trabajo de pasante en el prestigioso bufete Courtois-Letellier. Allí dio sus primeros pasos en el mundo de la falsificación, pues se encargaba de elaborar árboles genealógicos, cartas y documentos para burgueses acomodados que aspiraban a títulos de nobleza. Minucioso en el esfuerzo, visitaba la citada Biblioteca Imperial para encontrar detalles que aumentaran la credibilidad de sus obras. Gracias a todo ello, adquirió gran experiencia en imitar escritos, lo que incluía no sólo reproducir la letra ajena sino también dar una mayor apariencia de autenticidad a las piezas, envejeciendo los papeles con agua sucia y humo de velas, así como fabricando tintas con componentes antiguos.

El Hotel Tubeuf, antiguo palacio de Mazarino y sede de la Biblioteca Nacional de Francia en el siglo XIX/Imagen: Pinterest

Fue entonces cuando se decidió a dar el paso. Corría el año 1861 y se puso en contacto con el que habría de ser la gran víctima de sus estafas. Se trataba de Michel Chasles, un ingeniero militar que decepcionado con la falta de promoción y tras un breve período como corredor de bolsa décadas atrás, había centrado su atención en las matemáticas, siendo profesor de la École Polytechnique en 1841 y catedrático de La Universidad de La Sorbona un lustro después; autor de varios importantes tratados de geometría, además era originario del departamento de Eure-et-Loir, como Lucas. El caso es que, aparte de matemático, Chasles era también un apasionado coleccionista de arte y antigüedades, de ahí el interés que desató en él la oferta de Lucas.

Y es que el astuto falsificador se presentó en nombre de un pariente del conde de Bois-Jourdain, aristócrata erudito fallecido en un naufragio hacía medio siglo y cuyo heredero se veía obligado a desprenderse de su patrimonio documental por motivos económicos, lo que le avergonzaba y por eso prefería mantener la privacidad, delegando en Lucas su representación a comisión. Chasles compró varias monedas y manuscritos antiguos, todo falso; pero, fundamentalmente, se mostró ufano de adquirir una serie de cartas autógrafas de ilustres glorias de la literatura francesa: Molière, Rabelais y Racine. Pagó quinientos francos por la primera y cuatrocientos por las otras dos, un dineral considerable teniendo en cuenta que el salario medio entonces era de cinco francos diarios, pero es que él procedía de familia rica y no tenía problemas en ese sentido.

Michel Chasles/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No obstante, quiso asegurarse de que no le timaban y sometió los documentos a unas pruebas químicas. Previendo eso, Lucas los había tratado convenientemente, de modo que Chasles se convenció de su autenticidad y preparó la cartera para seguir comprando con compulsión durante los cinco años siguientes hasta formar una colección de renombre internacional. La lista de autores y destinatarios de aquella catarata epistolar resultaba tan amplia como asombrosa: le escribía María Magdalena a Lázaro y éste a San Pedro, Arquímedes al rey siracusano Jerónimo II, Tales de Mileto al príncipe galo Ambigat, Carlomagno a Alcuino de York, Carlos Martel al duque de Mauritania, Platón a Sócrates, Eloísa a Abelardo…

La cosa seguía y seguía con documentos de Juana de Arco, Poncio Pilato, Judas Iscariote, Carlos V, Shakespeare, Montesquieu, Cicerón, Dante, Safo etc. Casi todas las cartas tenían un elemento en común: la referencia elogiosa a Francia o, en el caso de la Antigüedad, a la Galia. Lucas sabía que Chasles había sido militar y, por tanto, tenía un exacerbado espíritu patriótico, de ahí que le resultaría irresistible descubrir que Cleopatra le contaba a Julio César que había enviado al hijo de ambos a Massilia (Marsella) o que Alejandro Magno describía la Galia a Aristóteles como «luz del conocimiento del mundo». En ese sentido, el bombazo se produciría en 1867.

Falsa carta de Juana de Arco a los vecinos de París/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ese año, Lucas le endilgó una carta de Blaise Pascal en la que quedaba patente que había descubierto la ley de la gravedad décadas antes que Isaac Newton. La cuestión no era baladí por la nacionalidad de Pascal, matemático, físico, filósofo y teólogo francés del siglo XVII, lo que situaba al país a la cabeza de la historia de la ciencia en detrimento de Gran Bretaña. El asunto no hubiera tenido más trascendencia que los anteriores de no ser porque el entusiasmado coleccionista corrió a presentar el documento a la Académie des Sciences, de la que era miembro y que formaba parte del Institut de France (una institución fundada en 1795 que aglutinaba también a las academias de Letras, Ciencias Morales y Políticas, Bellas Artes y Lengua).

Los académicos se dividieron entre los que se dejaron llevar por la ilusión y los que mostraron escepticismo. Estos últimos detectaron que el estilo de la epístola de Pascal era muy diferente al de otras del mismo autor, además de reseñar fórmulas matemáticas que se habían descubierto con posterioridad; sin contar que Pascal jamás mostró interés por la astronomía. Instaron a Chasles a develar de dónde procedía y cuando se lo dijo, le sugirieron que procurase obtener más. Enterado de aquellas inesperadas pegas, Lucas fabricó otra carta en la que Pascal le escribía a un adolescente Newton contándole su descubrimiento. Asimismo, añadió otra de Galileo, que habría sido la fuente de información para el científico francés.

Falsa carta de Blaise Pascal a Galileo Galilei/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El problema estaba en que, poco a poco, se iba enfangando más en una especie de huida hacia adelante. En la fecha que le puso al documento, Galileo ya estaba ciego y, sin embargo, hablaba de satélites de Saturno que se avistaron años después de su muerte. Ello llevó a Lucas a falsificar otras cartas en las que el astrónomo pisano decía haber fingido su ceguera para evitar las intromisiones de la Inquisición. Pero resultaba más difícil explicar por qué se expresaba en francés, aunque fuera una buena imitación. Los eruditos reconocieron fragmentos de la obra Histoire des philosophes modernes, de Alexandre Savérien, y Lucas siguió tapando agujeros con otra carta en la que Savérien era quien habría copiado.

Así pasaron dos años y mientras la Academia, como institución, respaldaba la autenticidad de aquellos papeles a despecho de la opinión de un especialista en Pascal como Prosper Faugère, en Inglaterra los científicos se escandalizaban del pobre nivel que estaban demostrando sus colegas franceses. La cuestión ya había sobrepasado, pues, las fronteras pero eso no detuvo al infatigable estafador, que siguió vendiendo sus creaciones a su víctima y alcanzando cotas de desfachatez tan grandes como una amenaza por escrito de Caín a su hermano Abel. Para entonces, ya le había vendido a Chasles veintisiete mil trescientas veinte cartas falsas de seiscientos sesenta personajes históricos distintos, habiendo ganado con ello la nada desdeñable cifra de ciento cuarenta mil francos (de los de la época).

Sede del Institut de France/Imagen: Guilhem Vellut en Wikimedia Commons

Lo más inaudito de todo fue que el burlado matemático terminó denunciando en 1870 a su proveedor, no por engañarle sino por no hacerle entrega de dos millares de piezas más que le había abonado y que temía que hubiera vendido a algún competidor. Lucas fue condenado a dos años de prisión y una multa de quinientos francos, poniéndose así punto y final a aquella peculiar relación comercial. Chasles falleció en 1880 sin perder un ápice de su reputación; a pesar de que en el juicio tuvo que admitir su candidez reconociendo que le habían colado muchas falsificaciones, insistía en la veracidad de la carta de Pascal. Legó la colección al Institut de France, que para entonces ya asumía el engaño y ordenó su destrucción.

De las casi tres decenas de miles de documentos falsificados, sólo se salvaron unos ciento ochenta que hoy se conservan en un volumen en la Biblioteca Nacional de Francia, irónicamente aquel sitio que tiempo atrás rechazó la contratación de Denis Vrain-Lucas. En cuanto a qué fue de éste, únicamente se sabe que salió de la cárcel en 1872 y reincidió, volviendo a ser condenado dos veces más: en 1873 a otros tres años y en 1876 a cuatro. Luego se retiro a Châteaudun, donde se dedicó a la venta de libros antiguos hasta su muerte en 1881. La revista estadounidense Critical Inquiry le rindió un gracioso homenaje en 2004, al publicar una presunta carta suya escrita en 1871, tras los barrotes, en la que admitía su culpa; era una falsificación.

Fuentes: Grandes maestros de la estafa (Néstor Durigon)/History’s greatest forger: science, fiction, and fraud along the Seine (Ken Alder)/Une fabrique de faux autographes, ou recit de l’affaire Vrain Lucas (Henri Léonard Bordier y Emile Mabille)/Forging literary history: historical fiction and literary forgery in Eighteenth-Century Britain (Anne H. Stevens)/Wikipedia