El golpe que supuso el derrocamiento del Reino de Hawái y su anexión a EEUU por la población blanca

El 12 de agosto de 1898, la bandera del Reino de Hawai en el palacio de ʻIolani fue arriada para izar la bandera de los Estados Unidos que significaba la anexión / foto dominio público en Wikimedia Commons

El 4 de julio de 1894 se proclamó la República de Hawai tras el derrocamiento de la reina Lili’uokalani en un golpe de estado perpetrado por la población blanca de origen estadounidense, que buscaba la anexión futura a EEUU. En efecto, ese proceso se llevó a cabo cuatro años después, acelerado por la inminente guerra contra España, en la que a la armada norteamericana le vendría muy bien una base naval en el archipiélago para apoderarse de Filipinas. Por supuesto, nadie consultó a los hawaianos y se reprodujo así lo que ya había pasado antes en Texas, por ejemplo.

Lili’uokalani era el nombre que eligió para reinar Lydia Kamakaʻeha, cuarta hija de César Kapaʻakea y Analea Keohokālole, grandes jefes de Kauai. Había nacido en Honolulú en 1838 y recibió una educación cristiana en un internado a cargo de misioneros, sirviendo luego como dama de compañía de la reina Emma, la esposa mestiza (su padre era inglés y su madre hawaiana) del monarca Kamehemeha IV. Lili’uokalani tuvo varios pretendientes pero se casó en 1862 con el comerciante estadounidense John Owen Dominis, al que conocía desde la infancia y que formaba parte del personal real. Dominis le fue infiel repetidas veces e incluso tuvo un hijo ilegítimo.

Liliʻuokalani en su juventud, cuando aún era Lydia Kamakaʻeha (1853)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1872 murió Kamehemeha V sin heredero, lo que, según la constitución hawaiana (se trataba de una monarquía constitucional), implicaba la proclamación de un sucesor por sufragio. El elegido fue William Charles Lunalilo, primo hermano del fallecido, pero a su vez expiró dos años más tarde y en las siguientes elecciones ganó David Kalākaua, hermano de Liliʻuokalani. Sin embargo, el nuevo rey no contaba con el apoyo unánime que sí tuvo su predecesor y surgió un movimiento de oposición que provocó disturbios en el archipiélago. Su organizadora, la reina emérita Emma, favoreció el desembarco de tropas británicas y estadounidenses. La situación se calmó pero las grandes potencias ya habían dejado clara su disposición a intervenir si era necesario, como décadas atrás había intentado un aventurero alemán para el Imperio Ruso.

Kalākaua nombró heredero a su hermano, William Pitt Leleiohoku, pero éste falleció en 1877 y, para evitar el regreso de la dinastía Kamehemeha al trono, designó entonces a Liliʻuokalani. De hecho, ella asumió la regencia durante 1881, año en que el monarca realizó una gira mundial, debiendo afrontar una epidemia de viruela que introdujeron probablemente los trabajadores chinos. Eso la hizo volcarse en la filantropía, creando diversas instituciones benéficas. Pero la política estaba ahí y en 1887, al poco de volver del Jubileo de la reina Victoria, algunos representantes del Partido Reformista (originalmente Partido Misionero, al haber sido fundado por misioneros protestantes) le sugirieron sustituir a Kalākaua tras el correspondiente golpe de mano. La cosa no se concretó pero el episodio ha pasado a la historia como la Rebelión de Wilcox, en alusión al oficial hawaiano que urdió el plan.

El rey Kalākaua/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1890, Liliʻuokalani quedó de nuevo como regente mientras el rey hacía un nuevo viaje, esta vez a EEUU, para negociar el Tratado de reciprocidad firmado en 1871, un acuerdo de libre comercio que ahora había quedado anulado por la Ley de Aranceles del presidente McKinley, que eliminaba los privilegios que hasta entonces tenía el azúcar hawaiano. No obstante, había otro motivo para visitar América: la consulta médica, ya que Kalākaua estaba gravemente enfermo, hasta el punto de que estando en California sufrió un derrame cerebral que acabó con su vida. Era enero de 1891 y su hermana se convirtió así en la primera y única reina de Hawai.

Lamentablemente para ella, se quedó viuda a los siete meses, perdiendo así no sólo a un marido sino también a un valioso y experimentado consejero político en un momento en que la situación del país pasaba un período de inestabilidad, en la que ninguno de los cuatro partidos era capaz de alcanzar una mayoría y los gobiernos caían uno tras otro, faltos de apoyo. En 1893, decidida a cambiar las cosas, la reina impulsó un proceso constituyente para asumir plenos poderes, abolir el voto (al que sólo tenían derecho los blancos) y establecer aranceles al azúcar importado para intentar salir de la crisis económica en que estaba sumido el reino.

John L. Stevens, embajador de EEUU en el Reino de Hawái/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hasta entonces, el sistema político de Hawai era una réplica exacta del estadounidense debido a la influencia de los misioneros de EEUU, que favorecieron el establecimiento de empresas de su país y se adueñaron de tres cuartas partes de la tierra, además de copar el comercio. Es más, la constitución vigente era conocida como Constitución Bayoneta porque se la impusieron a Kalākaua sus ministros, todos de ascendencia anglosajona, amenazándole con azuzar contra él a la Liga Patriótica, un lobby formado por ciudadanos no indígenas. Así que la idea de un nuevo texto constitucional no agradaba a los políticos, aunque sí al pueblo hawaiano.

No tardó en organizarse un Comité de Seguridad, movimiento de oposición inicialmente llamado Annexation Club y dirigido por el abogado Lorrin A. Thurston, autor de la mencionada Constitución de la Bayoneta. Sus miembros eran estadounidenses, británicos y hawaianos descontentos, y se dedicaron a promover manifestaciones y protestas. La reina cedió y renunció a su proyecto unilateral pero el mismo día que lo hizo se descubrió una conspiración para derrocarla encabezada por el embajador de Washington. Para evitar tensar la cuerda, no se le detuvo, optándose por esperar a que hiciera un movimiento abiertamente delictivo. Y lo hizo pero, para entonces, resultó demasiado tarde.

Marineros del U.S.S. Boston tras su desemnbarco en Honolulú/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

John S. Stevens, el diplomático en cuestión, ordenó desembarcar a las tropas del crucero U.S.S. Boston con la eufemística excusa habitual de proteger a los ciudadanos norteamericanos y sus propiedades. Contaba con el apoyo de empresarios y organizaciones paramilitares, como los autonombrados Honolulu Rifles, mil quinientos hombres anglosajones armados; de hecho, los acontecimientos se precipitaron cuando un conspirador mató a un policía que había descubierto un cargamento ilegal de armas para ellos. Una compañía de marines más ciento sesenta y dos marineros del citado buque tomaron posiciones en sitios estratégicos el 16 de enero de 1893. No necesitaron hacer un solo disparo, ya que la corona apenas disponía de medio millar de efectivos para protegerse, lo que la llevó a procurar evitar el enfrentamiento ordenando a los suyos no oponer resistencia.

Al día siguiente, el presidente del Comité de Seguridad, Henry E. Cooper, leyó públicamente una proclama que destituía a Liliʻuokalani, abolía la monarquía y designaba al jurista Sanford B. Dole presidente de un gobierno provisional. A la reina se la permitió quedarse en palacio y, mientras publicaba una protesta oficial, el presidente de EEUU, Grover Cleveland, abrió una investigación para aclarar la situación. Tras un informe de James Blount, su comisionado especial, explicó al Congreso que aquella intervención era ilegítima y contra un país amigo -un acto de guerra, como lo definió-, que los soldados sólo tenían que proteger intereses americanos y que su embajador se había extralimitado, razón por la cual sería sustituido. Además, solicitó a Dole que restituyera a la soberana en el trono, lo que evidentemente fue rechazado.

Los miembros del Gobierno Provisional; el presidente, Sandford B. Dole, es del del centro, con barba blanca/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y así, aunque Cleveland aseguró que no iba a haber anexión, los hechos consumados le llevaron a terminar reconociendo al nuevo ejecutivo, como hicieron todos los países que tenían representación diplomática en las islas -España incluida-, que también dieron el visto bueno a la proclamación de la República de Hawái ese verano. La excepción fue Reino Unido, que no aceptaría hasta noviembre. Pese a todo, hubo un intento de contragolpe entre el 6 y el 9 de enero de 1895 que originó escaramuzas entre monárquicos y republicanos. El hallazgo de un alijo de armas en los jardines palaciegos llevó a la reina a su procesamiento y condena a cinco años de trabajos forzados, si bien se le conmutó por arresto domiciliario. El día 24 abdicó a cambio de un indulto para seis de los suyos que habían sido condenados a muerte (uno de los implicados con sentencia menor fue el príncipe Kūhiō, al que dedicamos un artículo).

El 13 de octubre de 1896, ya calmados los ánimos generales, Liliʻuokalani obtuvo un perdón completo y se restauraron sus derechos civiles, momento que aprovechó para viajar, viviendo a caballo entre Hawái y EEUU. En ese país estaba negociando una indemnización por sus propiedades cuando, en junio de 1897, el presidente William McKinley presentó al Senado una propuesta de anexión de Hawái. Ante la presentación de miles de firmas de protesta de los hawaianos indígenas, sólo votaron a favor cuarenta y seis de los noventa senadores y fue rechazada. Pero sólo de momento porque, al año siguiente, se aprobó mediante la llamada Resolución de Newlands, una ley nacional del Congreso que únicamente requería mayoría simple en ambas cámaras. Y es que las cosas habían cambiado, ya que en abril de 1898 EEUU había entrado en guerra con España y Pearl Harbor constituía una estratégica base para dominar el Pacífico.

Liliʻuokalani escoltada en su palacio, tras el arresto domiciliario/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 12 de agosto se llevó a cabo una ceremonia en la escalinata del Palacio ʻIolani de Honolulú para transferir la soberanía a los Estados Unidos, cuyo gobierno asumió la deuda hawaiana de cuatro millones de dólares. Casi todos los asistentes eran blancos; los hawaianos nativos no fueron al acto y los pocos que lo hicieron llevaban sus sombreros adornados con flores de ilima, un símbolo monárquico. Pero ya no había marcha atrás. EEUU ganó la guerra y no sólo arrebató a España Cuba y Puerto Rico sino también las Filipinas y Guam, redibujando el mapa geoestratégico.

Liliʻuokalani falleció de apoplejía en 1917, en su ciudad natal, donde empleaba el tiempo en escribir y componer música, siendo autora del libro Hawaii’s story by Hawaii’s queen y del himno Aloha ‘Oe, entre otras obras . En 1993, con motivo del centenario de su derrocamiento, el Congreso de EEUU aprobó la Apology Resolution, una resolución que el presidente Bill Clinton promulgó, disculpándose ante los nativos de Hawái por la participación de EEUU en el golpe.

Fuentes: The Hawaiian kingdom (Ralph Simpson Kuykendall)/From a native daughter: Colonialism and sovereignty in Hawai (Haunani-Kay Trask)/Lost kingdom. Hawaii’s last queen, the Sugar Kings, and America’s first imperial adventure (Julia Flynn Siler)/Islands of destiny. A history of Hawaii (Olive Wyndette)/The United States in the Pacific. Private interests and public policies, 1784-1899 (Donald Jonhson y Gary Dean Best)/Wikipedia