Dracón, el legislador ateniense expulsado de la ciudad por la severidad de sus leyes

Reconstrucción decimonónica de la Acrópolis ateniense (Leo von Klenze)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Seguro que todos habrán oído alguna vez el adjetivo draconiano/na, generalmente aplicado a leyes o condiciones, que la RAE define como «excesivamente severas». Pero ¿sabemos de dónde viene esa palabra? Lo hace del nombre de un personaje histórico, un legislador de la Antigua Grecia que recopiló los códigos legislativos existentes y, previendo éstos penas muy duras para las infracciones, quedó vinculado a esa rigurosidad, a pesar de que en realidad apenas aportó unas pocas de su cosecha. Se llamaba Dracón.

De su vida sabemos muy poco, hasta el punto de que hay quien ha cuestionado su existencia misma, dado que drakón en griego significa serpiente y como los atenienses rendían culto a un ofidio sagrado que se custodiaba en la Acrópolis, podría tratarse de una metáfora de las leyes. Suponiendo, pues, que fuera real, nació a mediados del siglo VII a.C. en Ática, la región griega ubicada en la península egea homónima, que por entonces todavía no estaba plenamente sometida al dominio de Atenas pero sí se encontraba en un proceso progresivo de aglutinamiento de sus comunidades en torno a dicha ciudad. No obstante, las familias aristocráticas residían fuera de los cascos urbanos llevando una vida bastante independiente y así seguirían hasta que la tiranía de Pisístrato y las reformas de Clístenes convirtieran a Atenas en la capital.

Regiones de la Antigua Grecia/Imagen: Wikimedia Commons

Si existió de verdad, Dracón pertenecería probablemente a una de esas familias aristoi. Pero su entrada en la historia la hizo como arconte epónimo, una magistratura cuyo titular era designado por sorteo entre los ciudadanos que presentaban su candidatura y que originalmente compartía competencias con el arconte basileus (una especie de rey) y el arconte polemarca (jefe militar), aunque posteriormente se amplió el número de arcontes a nueve, tres principales y seis tesmótetas o jueces; Clístenes añadiría un décimo con funciones de secretario. Parece ser que Dracón era un tesmóteta antes de ser elegido arconte epónimo, cuyas funciones consistían en ocuparse de la administración civil y de justicia; es más, al parecer, los atenienses le encargaron la reforma legislativa a un grupo de tesmótetas antes que a Dracón pero fracasaron y entonces decidieron que se encargara un hombre solo.

La subida al poder de Dracón, el designado para ello, vino determinada por la tensa situación que vivía la polis desde que en el 632 a.C. el arconte Cilón intentara dar un golpe de estado con el apoyo de su suegro Teágenes, el tirano de Mégara, para solucionar la lucha por el poder entre los eupátridas (nobles terratenientes dirigentes) y el demos (comerciantes enriquecidos que también aspiraban a su cuota de poder). El plan no salió como esperaba porque cometió el error de emplear soldados megarenses, lo que ofendió especialmente a los atenienses, y tuvo que refugiarse en la Acrópolis con sus seguidores. Pero cuando intentaban escapar fueron descubiertos y asesinados por Megacles, otro arconte. Lamentablemente, éste lo hizo faltando a su palabra de respetarles la vida si se rendían y encima en terreno sagrado, así que fue expulsado de la ciudad y con él su familia, los Alcmeónidas (era costumbre que la caída en desgracia de un personaje público implicase también la de los suyos).

En 2017 se encontró en Atenas una fosa común con ochenta esqueletos que se cree podrían ser los seguidores masacrados de Cilón/Imagen: IBT

El clan de los Alcmeónidas tenía una gran importancia en la política ateniense, así que su ausencia originó una pugna entre los demás linajes por ocupar el hueco que dejó mientras el demos insistía en sus reivindicaciones. «La mayoría del pueblo se hallaba subyugado por unos pocos, y el pueblo se había sublevado contra los nobles. El alboroto era muy fuerte, y durante largo tiempo unos lucharon contra otros». Así describía Aristóteles las cosas cuando un sector de la nobleza encabezado por Dracón entendió que había que poner freno a aquello o estarían abocados a una revuelta social.

La tiranía no era una opción, como vimos, así que los eupátridas aceptaron renunciar a parte de sus prerrogativas en favor de la exigencia del demos de un código legislativo que confiriese total autoridad al estado en el plano judicial. Hasta entonces, los litigios entre familias los solventaban entre sí y además de forma consuetudinaria, es decir, con sentencias derivadas de la tradición y no de leyes escritas. Los tiempos cambiaban y ya no resultaban aceptables las venganzas de sangre o las peleas que implicaba ese sistema; era necesario que las leyes quedaran reflejadas por escrito como referencia para todos por igual y que fuera un tribunal el que impartiera justicia.

Medallón con la imagen de Dracón en la biblioteca de la Corte Suprema de EEUU/Imagen: Wikimedia Commons

Así, hacia el 621 o el 620 a.C., nació la que algunos consideran primera constitución de Atenas, que se escribió en unos axones, tablas de madera -luego de piedra- de forma piramidal y giratorias para que se pudiera leer cada una de sus caras. Distinguían entre asesinato y homicidio involuntario pero, sobre todo, se penaba su infracción con extrema dureza. Las deudas se castigaban con esclavitud -salvo que el acreedor fuera de clase baja- y la pena de muerte era habitual incluso en delitos menores, como el hurto, algo que se debía, según Plutarco, a que Dracón no encontró una pena mayor para los delitos graves. La responsabilidad delictiva ya no era familiar sino exclusiva del reo, al que se juzgaba en virtud de su intencionalidad.

La competencia judicial le fue confirmada al Areópago, que servía para juzgar asuntos religiosos y crímenes deliberados (asesinatos, incendios provocados, lesiones, etc), estando compuesto por un grupo de ancianos que hubieran sido arcontes. No obstante, los delitos de sangre serían juzgados por los philobasileis, jefes militares de las tribus en que se dividía la población ateniense, si bien antes había que establecer si se habían cometido voluntaria o involuntariamente y eso lo decidía un tribunal de cincuenta y un éfetas, posiblemente extraídos del Aerópago. Es difícil precisar más porque el código original se perdió y apenas hay fuentes.

El Areópago se reunía en la colina homónima de roca que hay a los pies de la Acrópolis/Imagen: ajbear AKA KiltBear en Wikimedia Commons

La reforma draconiana establecía cuatro clases censitarias de ciudadanos y permitía el acceso de las magistraturas inferiores a los hoplitas, es decir, aquellos no aristócratas pero con capital suficiente para pagarse un equipamiento militar completo. Ello era una muestra más del intento legislativo por limitar el poder de las jerarquías superiores e incorporar a las inferiores a la vida política, evitando así el peligro de que estas últimas optaran por hacerlo por las malas. Paradójicamente, aunque esas leyes beneficiaban al pueblo y ponían coto a las arbitrariedades judiciales, en general se consideró que la severidad dictada por Dracón era excesiva y terminó expulsado de Atenas tras someterse a la correspondiente euthyna (el proceso por el que todo cargo público debía rendir cuentas de su gestión ante un comité formado por diez logistas o contables y diez eutinos o inspectores -uno por cada tribu- más dos paredroi o asesores).

Dracón tuvo que marchar al exilio a Egina, donde falleció no se sabe en qué año exactamente; parece ser que rondaba los cincuenta de edad. Existe una poco creíble versión de su muerte, según la cual el óbito tuvo lugar en el teatro de esa ciudad por la asfixia que le produjeron la cantidad de capas que arrojó sobre él una multitud de seguidores demasiado entusiastas. Lo realmente importante es que en el 594 a.C. el Areópago nombró arconte y diallaktés (árbitro) a Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, otorgándole plenos poderes para acometer una nueva reforma legislativa. Solón contaba con «la satisfacción de los ricos, por ser hombre acomodado, y de los pobres, por la opinión de su probidad», en palabras de Plutarco.

Busto anónimo de Solón hecho en época romana/Imagen: Sailko en Wikimedia Commons

Con ese aval, derogó las leyes de Dracón -excepto la de homicidios-, dejó la pena de muerte sólo para asesinos (a juzgar por el Areópago, mientras que los homicidas involuntarios lo serían por los tribunales de éfetas); estableció la sisakhteia (liberación de los esclavizados por deudas y cancelación de éstas); creó otro consejo complementario del Aerópago (la Boulé, con cuatrocientos miembros elegidos por la ekklesia y renovables cada año); y concedió la ciudadanía a las clases bajas, lo que les daba derecho a acceder a cargos y honores si cumplían el requisito de poseer la cantidad de bienes exigidos.

En suma, instauró lo que se conoce como sistema timocrático, es decir, la división de la sociedad -en este caso en cuatro clases- en función de sus propiedades e ingresos, algo que Aristóteles consideraba la forma más pura de gobierno en detrimento de la democracia, a la que el filósofo tildaba de degeneración de la timocracia. Fue un ejemplo para todo el Mediterráneo, hasta el punto de que la Ley de las Doce Tablas romana se inspiraba directamente en el nuevo código, ya que Roma envió delegados a Atenas para copiarlo. No obstante, las disposiciones jurídicas de Dracón respecto al asesinato todavía siguieron vigentes siglo y medio.

Fuentes: La política (Aristóteles)/Vidas paralelas: Solón (Plutarco)/The law of Ancient Athens (David Phillips)/Early greek law (Michael Gagarin)/Rhetoric and the Law of Draco (Edwin Carawan)/Historia Antigua universal. El mundo griego (Pilar Fernández Uriel)/Historia del Mundo Antiguo (Chester G. Starr)/Guiones de Historia Antigua Universal (Antonio Rodríguez Colmenero)/Wikipedia