La historia de la Embajada Keichō, los japoneses que viajaron a España y Roma en el siglo XVII

Hasekura Tsunenaga en Roma, por Claude Deruet (1615) / foto dominio público en Wikimedia Commons

Si les digo que hoy vamos a hablar de un personaje del siglo XVII llamado Felipe Francisco de Fachicura seguramente pensarán en algún militar o un literato o quizá un político de la España de Felipe III. Sin embargo no es así. O, al menos, no exactamente porque ése fue el nombre que se le puso por estos lares; el verdadero era Hasekura Tsunenaga y se trataba de un samurái japonés que, al servicio del daimyo Date Masamune, viajó a España al frente de una misión diplomática fruto de la cual algunos de sus acompañantes se asentaron en la localidad andaluza de Coria del Río. De ellos procede el actual apellido Japón.

Fue lo que se conoce como Embajada Keichō y suponía la culminación de un intento de establecer relaciones diplomáticas entre esos dos lugares tan alejados entre sí que había empezado décadas antes, durante el reinado de Felipe II, con otra embajada a la que se llama Tenshō. La envió otro daimyo, Ōtomo Sōrin, uno de los primeros japoneses importantes que se convirtió al catolicismo y que, consecuentemente, deseaba establecer relaciones con el mundo occidental y muy especialmente con el Papa. No era el único, pues tenía el apoyo de dos daimyos más: Ōmura Sumitada, que fue el primero en adoptar el cristianismo, y Arima Harunobu, bautizado en 1579. Todos ellos servían al shōgun Hideyoshi Toyotomi, que autorizó el viaje que le solicitaron y se pusieron a organizarlo en colaboración con los jesuitas.

Retrato de los integrantes de la Embajada Tenshō hecho por un artista alemán en 1586/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Compañía de Jesús, que fue la que inició la actividad misionera en Japón, había llegado en 1549, seis años después de que arribaran las primeras naos portuguesas. San Francisco Javier y sus compañeros Cosme de Torres y Juan Fernández iniciaron su labor evangelizadora en Kagoshima y a lo largo de las dos décadas siguientes aplicaron la metodología habitual de su orden: por un lado, amoldarse a las costumbres locales; por otro, acceder a las élites para tratar de propagar la fe en ellas y que sirvieran de ejemplo al resto. No tardaron mucho en llegar también franciscanos y dominicos, de manera que se logró formar una comunidad cristiana japonesa de cientos de miles de personas e incluso fundar dos seminarios. Se sabe que algunos cristianos japoneses viajaron a Filipinas y América en 1587, caso de los llamados Cristóbal y Cosme.

El éxito alcanzado propició la idea de enviar a Roma a cuatro jóvenes para que se formaran allí como sacerdotes. Ése fue el origen de la Embajada Tensho, impulsada por el visitador jesuita Alessandro Valignano y a cuyo frente viajaron dos adolescentes de alcurnia: Mancio Itō, hijo del mencionado daimyo Ōtomo Sōrin, y Miguel Chijiwa Seizaemon, vástago de Ōmura Sumitada. A ellos se sumaron otros dos jóvenes bautizados llamados Juliao Nakaura y Martinho Hara, más el citado daimyo Arima Harunobu, sus sirvientes, el intérprete (y tutor de Itō) Diego de Mesquita y el propio Valignano (que sólo llegó hasta Goa).

La Embajada Tenshō ante el papa Gregorio XIII (anónimo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Zarparon en 1582 y tardaron nueve meses en llegar a Lisboa, desde donde se trasladaron a Madrid para entrevistarse con Felipe II, que también era rey de Portugal. Luego embarcaron en Alicante y tras una breve travesía marítima, alcanzaron Roma vía Livorno y Florencia. Efectivamente, se entrevistaron con Gregorio XIII, que al poco falleció y así tuvieron ocasión de asistir a la elección de Sixto V, nombrándoseles ciudadanos honorarios.

Ocho años más tarde emprendieron el regreso. Las experiencias vividas ese tiempo quedaron plasmadas en un libro titulado De Missione Legatorum Iaponensium ad Romanam Curiam rebusque in Europa, ac toto itinerare animadvertis, publicado en 1590 por el jesuita Duarte de Sande. Los cuatro aristócratas japoneses terminaron ordenados sacerdotes, los primeros autóctonos. Dos de ellos, Hara y Nakaura, sufrirían persecución más adelante por su fe; el segundo incluso fue martirizado y en 2008 se le beatificó. Y es que las cosas habían cambiado durante su ausencia; Japón estaba en pleno proceso de unificación y el nuevo hombre fuerte del país era el kampaku (regente) Toyomi Hideyoshi, quien prohibió la presencia de misioneros en 1587 para atraerse el apoyo de los budistas, más numerosos. Lo veremos enseguida.

El daimyo Data Masamune/Imagen: 土佐光貞 en Wikimedia Commons

Sin embargo, tal como decíamos antes, perduró la idea de mantener relaciones con occidente y, más concretamente, con España. Así, tras un intercambio de correspondencia realizado entre 1613 y 1620, el daimyo Date Masamune impulsó una nueva misión diplomática que debía establecer vínculos comerciales, la Embajada Keichō, para lo cual se seleccionó un centenar y medio de japoneses cristianos y al frente de ellos puso a uno de sus hombres, Hasekura Tsunenaga.

Nacido en 1571, era un samurái de la nobleza media (aunque estaba emparentado con el emperador Kanmu) del que apenas sabemos de su juventud salvo que la pasó en el castillo de Kamitate. Veterano de la campaña del shōgun Hideyoshi contra Corea en 1597, su padre fue ejecutado por corrupción en 1613 y se confiscaron sus propiedades. Él, que por ley debería haber sufrido también la pena capital, se libró gracias al indulto de Masamune, que le ofreció redimir el honor familiar encabezando la delegación que iba a partir hacia España.

Hasekura Tsunenaga rezando en Madrid tras su bautismo en 1615/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Masamune controlaba una región del noreste japonés y estaba interesado en abrir comercio con españoles y portugueses, tal cual hacían otras zonas de Japón, por eso colaboraba con los religiosos desafiando la proscripción del cristianismo decretada por su suegro, el shōgun Tokugawa Ieyasu, que era quien gobernaba el país desde la muerte de Hideyoshi en 1598. Éste, decíamos antes, inició las persecuciones contra los cristianos porque fundamentalmente apoyaban a los daimyos, debilitando un poder imperial que, paradójicamente, en la práctica estaba sometido al shogunato. Fue él quien proscribió la presencia de sacerdotes extranjeros y quien crucificó a los nipones (los famosos Veintiséis Mártires) pero ya poco antes de morir había relajado esa postura, de manera que entre 1587 y 1614 las ejecuciones se redujeron a una setentena.

Era una oportunidad de oro, pues, para reanudar el contacto con el mundo católico y quizá obtener su ayuda, de ahí la organización de la Embajada Keicho. Un providencial naufragio lo facilitó en 1609: el del galeón San Francisco, al que una tormenta desvió e hizo encallar en el litoral de Chiba (Tokio). La tripulación fue rescatada y su capitán, Rodrigo de Vivero y Aberrucia, que ejercía de gobernador temporal de Filipinas, se entrevistó con el shōgun, con quien alcanzó un acuerdo comercial para instalar una factoría y traer prospectores mineros. Un misionero franciscano, fray Luis Sotelo, convenció a Ieyasu para que le nombrara embajador y así, una vez reparado el barco y añadido otro, el San Buena Ventura (irónicamente construido por el marino inglés William Adams), partió para el Virreinato de Nueva España.

El shōgun Tokugawa Ieyasu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El virrey, Luis de Velasco, recibió a Sotelo y a veintidós sacerdotes japoneses, enviando a su vez un representante, el explorador Sebastián Vizcaíno. Éste llegó en 1611 con el objetivo, más que nada, de encontrar metales preciosos en el archipiélago, pero se comportó con tanta soberbia y torpeza con las costumbres locales que, combinado con las intrigas de los comerciantes holandeses y la apaciguada pero latente tensión contra los católicos, estuvo a punto de estropearlo todo.

Para quitárselo de en medio, el shōgun mandó construir un galeón que debía llevarle de vuelta a América y llevar la esperada embajada, poniendo a Date Masamune (quien delegó en Tsunenaga) al frente del trabajo, que duró cuarenta y cinco días. Una vez terminado, el Date Maru (o San Juan Bautista, como lo llamaron los españoles), zarpó el 28 de octubre de 1613 con casi doscientas personas a bordo, de las cuales cuarenta eran marineros españoles (incluidos Sotelo y Vizcaíno) y portugueses, siendo el resto comerciantes nipones más veintidós samuráis con sus sirvientes.

Retrato de Sebastián Vizcaíno/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para entonces, existía una importante ruta marítima denominada Tornaviaje descubierta por Andrés de Urdaneta en 1565 que enlazaba Asia con la costa oeste de América y operaba el llamado Galeón de Acapulco (o de Manila, cuando iba en sentido inverso): aprovechaba primero la corriente de Kuro Siwo para después atravesar el océano Pacífico hasta el cabo Mendocino de California y desde ahí descendía hacia Acapulco.

La misión, en efecto, llegó a aquel continente después de tres meses, fue recibida con pompa, atravesó a pie el Virreinato de Nueva España, pasó unos meses en México y reembarcó en Veracruz en el San José para cruzar el Atlántico. Antes, a manera de anécdota, cabe reseñar una disputa por los regalos que llevaba Tsunenaga entre el arrogante Vizcaíno y algunos samuráis, que terminó con enfrentamiento armado y el español herido, obligando al virrey a ordenar taxativamente que no se molestara a los japoneses. El cronista nahua Chimaplahin dejó testimonio de ella.

Ruta de la Embajada Keichō/Imagen: CarlosVdeHabsburgo en Wikimedia Commons

La mayor parte de los nipones, que viajaban en calidad de diplomáticos o escoltas y no tenían intención de abrazar la fe católica, regresaron en el San Juan Bautista porque habían llegado malas noticias: la reanudación de las persecuciones contra los cristianos, pues el shōgun basaba su unificación en tres pilares religioso-culturales: sintoísmo, budismo y confucianismo. Los demás japoneses de la misión, una treintena, tras bautizarse y hacer una escala de seis días en La Habana, desembarcaron en Sanlúcar de Barrameda el 5 de octubre de 1614, siendo agasajados por el duque de Medina Sidonia con el boato correspondiente y acomodados en el pueblo de Coria del Río.

Hasekura Tsunenaga se cuidó de no desvelar que en Japón se habían reiniciado las susodichas persecuciones y que él mismo estaba redimiendo una condena a muerte. No obstante, las noticias terminaron por llegar y el Consejo de Indias emitió un informe desfavorable para el rey, ya que en sentido estricto la embajada no representaba al emperador sino al daimyo Date Masamune y, por tanto, carecía de autoridad. Eso hizo que la delegación tardara en ser recibida por Felipe III que no aceptó una audiencia hasta enero de 1615. La delegación diplomática viajó hasta Madrid visitando Córdoba y Toledo pero para cuando entró en la capital ya estaba claro que la buena disposición del daimyo era papel mojado. Y nunca mejor dicho lo de papel porque Tsunenaga dejó varias cartas, unas suyas y otras escritas por sus superiores, que se conservan en diversos archivos españoles como el Municipal de Sevilla, el de Indias, el de Simancas, etc.

Carta de Hasekura Tsunenaga a Felipe III con transcripción y traducción/Imagen: Archivo General de Simancas

Ocho meses más tarde, después de que el embajador se bautizara recibiendo el nuevo nombre de Felipe Francisco Fachicura (o Faxicura, o Faxecura, depende de quien lo escribiera), con el duque de Lerma como padrino, fue autorizado a ir a Roma. Una tormenta le obligó a hacer escala en Saint-Tropez (Francia), donde cabe imaginar la expectación que levantó. Luego siguió su camino, siempre acompañado de Luis Sotelo, fraile enérgico e impetuoso y hasta soberbio que no resultaba simpático y del que se sospechaba que su interés de fondo en todo aquello no era tanto conseguir el envío de más misioneros franciscanos, según aseguraba, como la creación de una diócesis en Nagasaki con él mismo de obispo, compitiendo así con los jesuitas.

Por eso el gobierno español envió instrucciones a su embajador en la Santa Sede, el conde de Castro, advirtiéndole de que impidiese que los japoneses consiguieran lo que querían. Efectivamente, en noviembre de 1615 fueron bien recibidos por el papa Paulo V, que autorizó el envío de sacerdotes pero dejando en manos de España la decisión de entablar relaciones comerciales. Agasajó al enviado concediéndole la ciudadanía honoraria pero no concretó nada.

Hasekura Tsunenaga conversando con Luis Sotelo en un fresco del Palazzo Quirinale romano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Posteriormente, los japoneses recibieron una carta de Felipe III ordenándoles viajar a Sevilla sin pasar por Madrid -lo hicieron vía Barcelona- y embarcar de nuevo para América para regresar desde allí a su tierra. Algunos de los japoneses, conscientes de que eso significaba su perdición al ser ya cristianos, decidieron quedarse a vivir en Coria del Río y Espartinas, originando el apellido Japón; o, al menos, así lo dice la tradición. Los demás embarcaron en junio de 1616 y tuvieron un final dispar. Sebastián Vizcaíno, que se había quedado en Nueva España, combatió contra los holandeses en Colima, fue alcalde mayor de Acapulco y murió en México en 1627. Luis Sotelo, al denegársele el acceso al país del sol naciente, tuvo que instalarse en Filipinas, donde el gobierno compró el galeón para reforzar su flota y las autoridades eclesiásticas chocaron con él al verle como rival; aunque el franciscano intentó entrar disfrazado fue descubierto y acabó en la hoguera, ganándose la beatificación en 1867.

El daimyo Date Masamune tuvo que acatar la política anti-cristiana del shōgun pero lo hizo de una forma tan suave que muchos consideraron que él mismo se había convertido. De hecho, tras su muerte, acaecida en 1636, estalló la Rebelión de Shimabara, una revuelta de campesinos japoneses católicos a quienes se sumaron varios rōnin (samuráis sin señor), duramente reprimida con apoyo holandés. En cuanto a Hasekura Tsunenaga, arribó a su país en 1620 pero se ignora qué pasó a continuación, si renegó del cristianismo, como dicen unas fuentes, o fue martirizado al descubrirse que lo practicaba en secreto, según cuentan otras. Probablemente lo segundo, teniendo en cuenta que sus descendientes también sufrieron persecución por la fe. Falleció de enfermedad en 1622 y no se sabe dónde está enterrado.

Cristianos arrojados al volcán Monte Unzen en 1669 (Arnoldo Montanus)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Japón, para entonces, estaba gobernando de facto por el shōgun Tokugawa Hidetada, que instauró plenamente el Sakoku (etapa de aislamiento, que perduraría hasta la segunda mitad del siglo XIX) al establecer el llamado buke-sohatto, un corpus legislativo que, entre otras cosas, prohibía la construcción de barcos que pudieran cruzar el océano y rompía en 1623 las relaciones comerciales que tenía su país con España para al año siguiente hacer otro tanto con las diplomáticas. Se decía que la influencia del inglés William Adams y los relatos que le llegaron sobre el imponente poder de la Monarquía Hispánica le hicieron desconfiar.

Fuentes: Hasekura Tsunenaga. De Japón a Roma pasando por Coria 1614-1620 (Víctor Valencia Japón en Ayuntamiento de Coria del Río)/La Misión Keicho (1613-1620): Cipango en Europa. Una embajada japonesa en la Sevilla del siglo XVII (Marcos Fernández Gómez)/The Christian Century in Japan, 1549–1650 (Charles Ralph Boxer)/The beginning of heaven and earth. The sacred book of Japan’s hidden Christians (Christal Whelan)/The Japanese Embassy to Europe (1582–1590) (Derek Massarella) / Wikipedia