Eudoxo de Cícico, el navegante griego que intentó circunnnavegar África en el siglo II a.C.

Barco fenicio

Aunque su gran eclosión tuvo lugar en el siglo XVI, el afán por recorrer el mundo conocido y descubrir nuevas tierras era algo existente ya en la Antigüedad y por eso tenemos noticias de osados navegantes que recorrieron mares ignotos y encontraron lugares muy alejados de sus puertos de partida. Aquí hemos visto ya algunos como los púnicos Hannón e Himilcón, el egipcio Henenu o el griego Piteas. Heleno fue también el que vamos a ver hoy, Eudoxo de Cícico (no confundir con su tocayo de Cnido, pupilo de Platón), de quien se cree que llegó a la India e intentó circunnavegar África.

Cícico era una ciudad de la Grecia asiática, la zona litoral de Anatolia (actual Turquía) donde se desarrollaron numerosas urbes de cultura helénica como Éfeso, Mileto, Samos, Halicarnaso, etc. Se repartían por varias regiones (Eólida, Jonia, Dórida…) y Cícico se ubicaba en una un poco especial del noroeste llamada Misia, la cual se extendía por la costa meridional de la Propóntide o Mar de Mármara, esa masa de agua que sirve de conexión entre los mares Egeo y Negro a través del Bósforo y los Dardanelos. Es fácil deducir que se trataba de un auténtico punto de encuentro de civilizaciones y relaciones comerciales, por eso se enriqueció.

Ubicación de Cícico en la misia, junto al Propóntide/Imagen: Wikimedia Commons

La que nació como colonia de Mileto pasaría por manos atenienses, persas, espartanas, macedonias, pónticas y romanas. Eudoxo nació hacia el año 150 a.C., cuando Cícico estaba bajo la influencia de la dinastía Ptolemaica, que gobernaba Egipto desde que ese país se le asignó al general Ptolomeo Sóter en el reparto acordado para poner paz entre los diádocos que estaban en guerra por quedarse con el imperio de Alejandro Magno. Poco se sabe de la vida de Eudoxo hasta que realizó los viajes referidos, ya con mediana edad. Al parecer, llegó a Alejandría como embajador y heraldo durante el reinado de Ptolomeo VIII, rey greco-egipcio que adoptó el sobrenombre de Evérgetes (Benefactor) en honor a su antepasado Ptolomeo III, aunque en realidad se le apodaba Fiscón (Barrigón) debido a su obesidad.

Con semejante mote se infiere que Ptolomeo VIII no era un monarca popular y, ciertamente, desató una persecución contra todos sus detractores, especialmente los judíos y los intelectuales de Alejandría, principal centro opositor, expulsando del reino a sabios, maestros, filósofos, artistas, médicos, músicos… Una tragedia cultural que derivó en rebelión y posterior guerra civil, en la que se impuso el rey pero sin poder poner fin a la inestabilidad de la situación, algo que Roma se dispuso a aprovechar para apoderarse del país; lo hizo en el año 116 a.C., poco después de que Ptolomeo falleciese. A pesar de ese desolador panorama, resulta irónico que un mandatario así estuviera a punto de haber patrocinado el que pudo ser uno de los viajes más importantes de la Historia.

Ptolomeo VIII coronado por las diosas Uadyet y Nejbet. Templo de Edfú/Imagen: Olaf Tausch en Wikimedia Commons

En realidad, no tenemos demasiada información, ni en cantidad ni en variedad de fuentes. Todo lo que sabemos de aquella empresa proviene de la obra Geografía que escribió Estrabón, el famoso historiador y geógrafo griego, un siglo y cuarto más tarde, en torno al año 29 d.C. Para ello se basó en el relato de un predecesor, Posidonio, otro erudito que además había viajado por todo el Mediterráneo y según el cual en el 118 a.C. un marinero procedente de la India naufragó en el Mar Rojo y fue llevado ante Ptolomeo, con el que acordó guiar una expedición comercial a su país. El rey designó para ello a Eudoxo, quien durante su estancia en Egipto había mostrado gran interés por remontar el Nilo y otras cuestiones de índole científica.

Es curioso que Estrabón considerase dudosa la historia narrada por Posidonio porque hoy en día, aunque hay muchos historiadores y marinos igualmente escépticos, tampoco faltan los que sí la ven creíble. Al fin y al cabo, en el siglo II a.C., el Mar Rojo era una destacada zona de rutas marítimas y algunos de sus puertos, como el de Eudaemon (actual Adén, en Yemen) reunían a mercaderes no sólo de la llamada Arabia Felix (Arabia Feliz, una de las regiones en que se dividía la península arábiga y la más próspera), sino también de Egipto, Grecia y la India. Era, pues, un punto intermedio y, por tanto, muy apreciado, de ahí el atractivo que tendría como base para la piratería. Y es que después, cuando los avances náuticos permitieron navegar directamente de África a Asia, Eudaemon decayó y se buscaron nuevos nichos de negocio. Pero antes los marinos debían seguir un itinerario de cabotaje, paralelo al litoral, hasta allí, y fue lo que hizo Eudoxo.

La estratégica localización de Adén/Imagen: Google Maps

A partir de ahí entró en liza el marinero indio, pues para hacer la segunda parte del periplo era necesario conocer los vientos monzónicos que soplaban en el Océano Índico. Los indios los usaban habitualmente para llegar a la península arábiga; en cambio, los marinos occidentales no los precisaban para alcanzarla y de allí no solían pasar (aunque sabían de ellos por el viaje que hizo Nearco, el almirante de Alejandro, por las desembocaduras del Tigris y el Éufrates). Así pues, siguiendo las indicaciones de aquel náufrago -cuyo nombre no ha trascendido-, se alejaron de tierra y culminaron con éxito la singladura, aunque no se sabe a qué puerto arribaron. Eudoxo regresó con un rico cargamento de piedras preciosas y perfumes… que Ptolomeo le incautó porque en aquella época la corona tenía el monopolio del comercio y distribución de esos productos.

La ruta estaba abierta y desde entonces fue volviéndose cada vez más transitada. De hecho, en la obra Periplo del Mar Eritreo, compuesta en la segunda mitad del siglo I d.C. por un autor anónimo, se identifica al griego Hípalo como descubridor de ese itinerario, aunque Plinio el Viejo dice que lo que descubrió fue el viento monzónico que lleva su nombre, lo que ha llevado a otros a suponer que quizá fue miembro de la expedición de Eudoxo. Éste todavía sería protagonista de una segunda aventura, aún más ambiciosa que la anterior, que inició tras un nuevo viaje a la India encargado por la viuda Cleopatra III, regente durante la minoría de edad del heredero, Ptolomeo IX. Esta vez, Eudoxo se aseguró de tener permiso para comerciar y consiguió un cargamento aún más espléndido que el otro.

Mapa del Periplo del Mar Eritreo/Imagen: PHGCOM en Wikimedia Commons

Regresaba, pues, cuando un fuerte viento -el monzón del Nordeste, poco común- alejó su barco del Golfo de Adén, empujándolo hacia la costa sudeste de África, más allá de Etiopía. Allí, al acercarse a una playa no concretada para aprovisionarse, descubrió los restos de un naufragio con un mascarón de proa en forma de caballo. Los indígenas, a los que se ganó regalándoles muchos productos, le contaron que esa nave había llegado por el sur y, por las características del pecio (incluyendo el mascarón de proa en forma de cabeza de caballo), el navegante consideró que se trataba de un barco fenicio procedente de Gades (la hispana Cádiz), ciudad nacida de la colonia púnica Gádir. Aunque en esa época ya estaba bajo control romano, a dicha localidad se la conocía también como Eritrea, debido a que sus fundadores tirios se consideraban procedentes del citado Mar Eritreo o Mar Rojo.

Eudoxo decidió entonces que, cuando regresara, trataría de hacer la frustrada ruta de aquella malograda nave. Y así fue. Una vez terminó su viaje y tras ser expoliado de nuevo por el faraón -Cleopatra III ya había dejado paso a Ptolomeo IX-, en Alejandría le confirmaron que los pescadores fenicios de Hispania solían decorar sus embarcaciones de cabotaje con mascarones de caballos -de ahí que se las llamase hippoi – y bajaban a faenar hasta el río Lixo (Larache). Así que se le ocurrió que podría dar la vuelta a África para llegar a la India sin necesidad de pasar por Egipto, evitando el riesgo de perder sus beneficios a manos de sus gobernantes, prefigurando así lo que harían los portugueses milenio y medio después.

Gádir hace más dos milenios (las líneas azules muestran la costa actual)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se trasladó a Gades y, como por el camino se enriqueció sin que sepamos cómo exactamente, fletó un barco y dos embarcaciones menores, contrató una tripulación y zarpó, pasando las Columnas de Hércules y descendiendo por la costa atlántica africana, siguiendo en cierta forma el mismo rumbo que habría realizado el cartaginés Hannón siglos antes (se ignora la fecha exacta y unos lo datan poco antes de la Primera Guerra Púnica mientras que otros se retrotraen hasta el año 470 a.C. y los hay que hasta más atrás, en torno al 510 o 509 a.C). Cabe recordar al respecto la expedición egipcio-fenicia enviada entre el 610 y el 594 a.C. por el faraón Necao II a dar la vuelta a Libia (nombre que se daba entonces a África) en sentido inverso, tal como contó Heródoto.

Eudoxo fracasó. Al principio trató de navegar alejado de la costa para evitar accidentes pero la tripulación, temerosa de perder tierra de vista, le amenazó con amotinarse y tuvo que ceder. Como se temía, embarrancaron y se vieron obligados a construir un barco nuevo con el maderamen del siniestrado, prosiguiendo la circunnavegación. Los problemas se acumularon de tal manera -se enteró de un complot para abandonarle en una isla- que a la altura de lo que llamó Bogo, probablemente en Mauritania, desembarcó, vendió el barco y retornó a Hispania atravesando la provincia romana.

Los viajes de Eudoxo/Imagen: History of Exploration

Pero no se desanimó y quiso intentarlo una vez más, adquiriendo para ello un mercante redondo y una pentecóntera (un barco de cincuenta remeros), de modo que uno navegase mar adentro y el otro cerca del litoral. Asimismo, llevaba útiles de agricultura, artistas, músicos y hasta puellae gaditanae expertas en danza porque pensaba invernar en una isla que había descubierto y que no se ha identificado, aunque hay quien apunta a las Azores. Esta tentativa fue la segunda y definitiva porque el relato de Estrabón -y el de Posidonio, se deduce- queda interrumpido e inconcluso. No se volvió a saber de aquel griego ni, por tanto, se supo si había tenido éxito; Plinio el Viejo opinaba que sí pero no hay prueba alguna que lo refrende, así que lo más probable es que pereciera en el empeño, como tantos otros pioneros visionarios.

Fuentes: Algunas consideraciones críticas sobre los viajes de Eudoxo de Cícico (Miguel Albaladejo Vivero)/Eudoxo de Cizico o el cuento del lobo (F. Javier Gómez Espelosín)/Viajeros, peregrinos y aventureros en el mundo antiguo (Francisco Marcos Simón)/Historia de Cádiz (Francisco Javier Lomas Salmonte)/Geografía (Estrabón)/Wikipedia