Convertir el desierto del Sáhara en un mar: los proyectos desde el siglo XIX hasta la actualidad

Foto The Sea in the Sahara

El 1 de julio de 1905 y durante un mes, el Magasin d’Education et de Récréation ofreció por entregas una novela de Julio Verne titulada L’invasion de la mer (La invasión del mar), la última que el autor francés publicó en vida, pues murió ese mismo año. Cuenta cómo un destacamento francés en Túnez debe acompañar al Sáhara a un ingeniero que quiere convertir el desierto en una gran mar. En este caso, tan inaudita idea no había salido de la imaginación de Verne sino que se trataba de un proyecto real propuesto por varios visionarios en el último cuarto del siglo XIX y denominado Mar Sáhara.

Por supuesto, el escritor dotó a su obra del componente de aventura habitual, con el equipo enfrentándose entre las dunas a los tuareg, que ven amenazado su modo de vida. El relato, uno de los menos conocidos del literato, destila una clara crítica al mundo colonial y la impotencia del ser humano frente a la naturaleza, pero lo verdaderamente interesante es la recuperación del concepto Saharienne Mer (o Mar Sahariano o Mar del Sáhara; el nombre tuvo diversas variantes), un plan que planteó en 1878 un prestigioso geógrafo francés llamado François Élie Roudaire, aunque basándose en propuestas anteriores. Verne trasladó la acción al futuro, a los años treinta del siglo XX.

Portada de 1905 de L’invasion de la mer/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El Sahara es el desierto más grande del mundo -si exceptuamos la Antártida y el Ártico-, pues alcanza una superficie similar a las de China o EEUU: 9.065.000 kilómetros cuadrados. Un verdadero océano de arena que durante la última glaciación era aún más grande pero con una diferencia: entonces tenía un clima monzónico, lo que significa que el Sáhara estaba cubierto de vegetación y las lluvias resultaban frecuentes, algo que perduró hasta que a partir del año 4.200 a.C. las capas de hielo polar empezaron a reducirse y, consecuentemente, el monzón se fue retirando y provocando una desertización creciente. Como la naturaleza es cíclica, se calcula que dentro de unos quince mil años volverá a ser verde.

Sin embargo, quien lo visite en estos tiempos tendrá que soportar un calor tórrido y ocasionales sirocos (fuertes vientos) que originan tormentas de arena, vegetación escasa o concentrada en ciertas zonas y, a veces, fuertes contrastes térmicos entre el día y la noche. Baste decir que la temperatura máxima registrada es de 59º y la mínima de -21º. A pesar de todo, la vida se abre camino y si cierta fauna ha conseguido adaptarse a un medio tan extremo, también el Hombre lo ha hecho: el Sahara está poblado desde el Neolítico, cuando aún no era un desierto, si bien entonces había asentamientos sedentarios y hoy son básicamente nómadas, la mayoría de lengua amaziguí (bereber), aunque no todos.

Rutas de los esclavistas musulmanes en África/Imagen: Runehelmet en Wikimedia Commons

Se entiende así el planteamiento de L’invasion de la mer; ninguno de los proyectos que hubo para hacer un Mar Sáhara tuvo en cuenta la opinión de sus habitantes porque entonces casi todo era territorio inexplorado sobre el que habían puesto sus ojos las potencias europeas que, en poco tiempo, procederían a repartirse África. Así, la Conferencia de Berlín (1884-85) dejó la parte más grande a Francia pero el tercio occidental era británico y también había áreas española e italiana. De hecho, el pionero de la idea era escocés, a pesar de que su nombre hace que a menudo se le confunda con un homólogo explorador estadounidense de una generación anterior. Se llamaba Donald Mackenzie.

Imbuido del ideario abolicionista que impregnaba Reino Unido en tiempos decimonónicos, pensaba que una buena forma de interrumpir las rutas de los esclavistas (en aquella época operadas ya casi exclusivamente por musulmanes) que atravesaban el desierto era eliminar éste, convirtiéndolo en un mar artificial que favorecería el comercio naval y la agricultura. Para ello habría que excavar un canal desde alguno de los arenales del Cabo Juby, en la costa atlántica marroquí, siguiendo dirección sur hasta El Djouf, una llanura del noroeste de Mauritania cubierta por dunas pero con suelo rocoso. Mackenzie calculaba que toda esa región estaba 61 metros por debajo del nivel del mar, así que las aguas del Atlántico penetrarían por el canal sin problema e inundarían 155.400 kilómetros cuadrados, como él pensaba que había estado miles de años atrás a través de Saguia el-Hamra, un wadi (rambla) del Sáhara Occidental.

Principales características topográficas de la región sahariana/Imagen: T.L. Miles en Wikimedia Commons

No sólo eso sino que se podría ampliar el canal para conectar el mar resultante con el río Níger, incrementando así el potencial económico. No en vano fundó una empresa con la que aspiraba a hacerse con los derechos de navegación, la North West Africa Trading Company, que tenía capital británico y abrió una factoría en Cabo Juby. El problema estaba en que todo chocaba con los intereses de Francia y España. La primera, porque tan ambiciosa obra de ingeniería no sólo iba a hacerse en su área de dominio sino que, además, podía hacerle la competencia al Canal de Suez; la segunda porque el inicio de las excavaciones se situaba a la altura de Canarias y dejaría al archipiélago indefenso ante una posible invasión bereber o algo peor, bajo la influencia británica.

Sin embargo, la cosa no se concretó por razones de más peso. El escocés nunca pisó aquella zona y lo que hacía era extrapolar datos de los chotts y sebkhas (marismas salinas) del norte africano, como Túnez, Libia o Egipto. Eso le impedía saber que la cuenca que él proponía no abarcaba más de 250 kilómetros cuadrados y encima no se situaba donde pensaba sino 500 kilómetros al norte, ya que en realidad El Djouf no está a un nivel inferior al del mar sino a 320 metros de altitud. El proyecto murió, pues, por graves errores científicos y falta de apoyo financiero, además de las reseñadas cuestiones estratégicas. Encima, en 1887 el alemán Ernst Bunger le acusó de plagio, ya que él había presentado un plan similar a Napoleón III veintidós años antes. Pero la idea no cayó en saco roto; alguien tomó el testigo.

François Élie Roudaire en 1879/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Curiosamente, uno de ellos fue Ferdinand de Lesseps, el diplomático francés que había impulsado el susodicho Canal de Suez e intentaría hacer otro tanto en Panamá. En 1878, Lesseps se unió a François Élie Roudaire para retomar la propuesta de Mackenzie desde un punto de vista francés. Roudaire era un geógrafo militar que en 1864 había realizado un estudio topográfico y geodésico de los chotts de la provincia argelina de Constantine, determinando que muchos estaban hasta 40 metros por debajo del nivel del mar. Eso le hizo deducir que en otra época hubo una gran depresión que se extendía hasta el golfo de Gabés (Túnez) y probablemente correspondía a lo que Heródoto identificó como el lago Tritonis, una gran masa de agua dulce que aparece en numerosos textos antiguos (Diodoro de Sicilia, Apolonio de Rodas…), seguramente desaparecida a causa de un seísmo.

Asimismo, Roudaire opinaba que crear un mar navegable en el Sáhara favorecería un cambio climático en la región, volviéndola mucho más fértil, del mismo modo que repercutiría también en el clima europeo mejorándolo. Por tanto, con la colaboración de Lesseps, analizó sobre el terreno los chotts y a principios de los setenta comprobó que el de Melrhir estaba a 31 metros bajo el nivel del mar. En 1874 publicó un artículo en la revista Revue des Deux Mondes, con el expresivo título Une mer intérieure en Algérie, en el que explicaba su proyecto: abrir un canal desde el citado golfo de Gabés hasta Chott el Fejej, una lengua del lago tunecino Chott el Djerid que se extiende unos 110 kilómetros de longitud y está separado del Mediterráneo por una cresta de arena de 21 kilómetros de anchura, cerca de El Hamma. De esa forma, las aguas mediterráneas inundarían esa cuenca. No determinaron con exactitud cuál sería su extensión, aunque no preveían tanta como Mackenzie y rondaría los 8.000 kilómetros cuadrados.

Mapa del área tunecina propuesta por Roudaire para el Mar Sáhara/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo cierto es que no tardaron en surgir objeciones, entre ellas las de la Sociedad Geográfica Francesa o la de Alexander William Mitchinson, un especialista en el tema, que advertía de que ese nuevo mar sólo originaría áreas pantanosas que propagarían enfermedades. Pero también hubo críticas al coste previsto, estimado en torno a 1.300 millones de francos de la época, que muchos consideraban inviable y un dispendio. En 1882, tras el regreso de Roudaire de otras dos expediciones, se creó una comisión que debía decidir y lo hizo en sentido negativo. Consecuentemente, el gobierno francés, que iba a ser el principal inversor, reculó y canceló el dinero que había comprometido.

Lesseps no estuvo de acuerdo y fundó la Société d’Etude de la Mer intérieure, que pagó una nueva expedición para recabar más datos argumentando que en su opinión el presupuesto sería menor del manejado hasta entonces, rondando sólo los 150 millones de francos. Pero el remate definitivo lo dio la publicación en 1884 de los análisis geológicos sobre el terreno, según los cuales ni había rastro de haber existido nunca un lago ni la cota del terreno era tan baja como el geógrafo calculaba -el chott propuesto para excavar quedaba incluso por encima- . Todo ello reducía el área inundable entre 6.000 y 8.000 kilómetros cuadrados, lo que eliminaba de facto la utilidad del proyecto, que se evaporó igual que el anterior. El fallecimiento de Roudaire al año siguiente zanjó la cuestión. Lesseps apartó definitivamente la cuestión del Sáhara para centrarse en la otra gran obra de ingeniería que acaparaba la atención mundial: el Canal de Panamá.

Ferdinand de Lesseps/Imagen: dominio público en Wikipemia Commons

Pero eso no significaba el punto y final al tema; al contrario, todavía hubo varios intentos más de retomarlo. El primero fue en 1910, de la mano del profesor francés Edmund Etchegoyen, quien planteó hacer un canal más largo y profundo que al llenarse de agua originaría un mar de la mitad de tamaño que el Mediterráneo. Se le escuchó pero replicando que sólo algunas zonas del Sáhara estaban más bajas que el nivel del mar, quedando la mayor parte por encima y que, en cualquier caso, nunca se alcanzarían las dimensiones que él decía, sin contar que la templanza del clima africano tendría su contraprestación en un enfriamiento del europeo. En los años treinta hubo más propuestas de autores alemanes y estadounidenses, centrándose en Túnez y siempre con la referencia del lago Tritón. Obviamente, no se concretaron.

La última gran apuesta se hizo ya en la segunda mitad del siglo XX. Para entonces el mundo ya estaba inmerso en el proceso de descolonizacion y fue precisamente Túnez, que obtuvo su independencia en 1956, el que fundó al año siguiente el ARTEMIS (Association de Researches Technique pour l’Etude de la Mer Intériure Saharienne) para investigar la posibilidad de abrir ese canal tan ansiado y fomentar el desarrollo económico al suavizar el clima y favorecer la industria pesquera. Era toda una moda del momento, pues Egipto estaba embarcado en algo similar, el Proyecto de Depresión de Qattara, la creación de un lago artificial aprovechando una región desértica situada a 60 metros por debajo del nivel del mar (al oeste del Delta del Nilo), cuya hipersalinidad haría evaporar el agua sobrante y equilibrarla con la entrante.

El Proyecto Depresión de Qattara/Imagen: AlwaysUnite en Wikimedia Commons

El proyecto egipcio, que tenía como objetivo crear energía hidroeléctrica, requería excavar un canal de hasta un centenar de kilómetros, y EEUU, interesada en conseguir que Nasser abandonara al padrinazgo soviético, se ofreció a colaborar. Para la excavación ofreció usar 213 bombas nucleares de 1,5 megatones cada una, dentro de su programa Atoms for Peace, lo que eliminaría el peligro que para una obra normal tenían los miles de minas que todavía permanecían allí tras la Segunda Guerra Mundial (allí mismo está El Alamein). Sin embargo, se generaban otros riesgos (evacuación de miles de personas, generación de inestabilidades sísmicas en el Mar Rojo, erosión de la costa…) y Egipto declinó la oferta.

En cambio, los tunecinos sí quedaron seducidos por la idea y abrieron la posibilidad en 1968, pues también se había puesto de moda: si EEUU patrocinaba la Operation Plowshare (uso de explosivos atómicos con fines pacíficos), la URSS hacía otro tanto con su programa Explosiones Nucleares Para la Economía Nacional. La firma en 1968 del NPT (Tratado de No Proliferación Nuclear) alejó la posibilidad de llevarlo a cabo pero en los años ochenta continuó analizándose el abrir un canal por medios convencionales a través de SETAMI (Société d’Etude Tuniso-Algérienne de la Mer intérieure), que encargó un estudio a la consultora sueca de ingeniería SWECO.

El Sáhara en una fotografía de satélite/Imagen: NASA en Wikimedia Commons

En 2002 SWECO concluyó que no habría un cambio climático significativo, que la evaporación de agua por el calor dificultaría los cultivos, que la concentración de sal que causaría dicha evaporación obligaría a tratar el agua para su uso y que los empleos creados por las obras provocarían una depresión después, al acabar éstas. En suma, cualquier posible beneficio que se originase quedaría anulado por la cantidad de perjuicios colaterales, a lo que habría que añadir una inversión astronómica de entre 11 y 86 millones de dólares ¿Cuál fue la decisión? Pues en 2018 se hizo público el proyecto Cooperation Road, que sigue insistiendo en inundar Chott el Djerid para crear un mar que origine salinas y piscifactorías, mejore la agricultura, atraiga turismo e inmobiliarias, frene la desertización, controle la emigración y cree 60.000 puestos de trabajo.

Por cierto, L’invasion de la mer, la novela de Julio Verne, [atención, espoilers a partir de aquí] termina con un enorme terremoto que inunda el Sáhara mucho más allá de los límites calculados por los ingenieros y extermina a los tuareg.


Fuentes: L’invasion de la mer (Jules Verne)/The flooding of the Sahara (Donald Mackenzie)/A plan for converting the Sahara desert into a sea (G. A. Thompson en Scientific American)/Los proyectos para inundar el Sahara (Resolviendo la Incógnita)/Le Mar Dans Le Sahara /Wikipedia