Cómo una discusión por un juego de tablero acabó en la Rebelión de los Siete Estados, que propició la unificación china

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Como casi todos los países, especialmente aquellos que abarcan superficies inmensas, China experimentó un proceso de unificación que culminó durante el reinado de la dinastía Qin, en el período de los llamados Reinos Combatientes, en el año 221 a.C. Sin embargo, no estaba todo hecho ni mucho menos, por eso menos de un siglo después hubo un último intento de algunos reyes para esquivar la pretensión imperial de centralizar más el territorio. Fue durante la dinastía Han y se conoce como la Rebelión de los Siete Estados.

Antes de que el emperador Qin Shi Huang consumara ese proceso unificador, la antigua China estaba dividida en varios estados muy distintos entre sí, siendo unos auténticos reinos mientras que otros, la mayoría, no pasaban de ciudades-estado; hablamos de centenar y medio. Sólo tenían en común su debilidad ente el poder de la dinastía Zhou, a la que rendían vasallaje. Se los designaba añadiendo el sufijo guó (nación) al final de su nombre y, en la práctica, se trataba de feudos que, a menudo, concedía el propio wáng (rey) a cambio de la correspondiente prestación de servicios militares.

Los estados chinos durante la dinastía Zhou/Imagen: SY en Wikimedia Commons

No obstante, los reinos más grandes lograron mantenerse al margen. Por ejemplo, Wu y Yue (en el este), Chu (en el sur) y Qin (en el oeste) eran considerados bárbaros y quedaron fuera de esa vinculación vasallática, como también Ba y Shu (en el extremo occidental), a los que no se tenía por chinos. Esa situación perduró hasta bien entrado el siglo VIII a.C., cuando se entró en lo que se ha bautizado como Período de las Primaveras y Otoños; unos trescientos años durante los que surgieron cuatro grandes potencias: Qin (oeste), Jin (centro-oeste), Chu (sur) y Qi (este), que poco a poco fueron anexionando a otras más pequeñas y desafiando la autoridad suprema de los Zhou.

La dinastía se hundió en el 256 a.C. Para entonces se habían configurado siete grandes estados: Chu, Han, Qi, Qin, Yan, Wei y Zhao, que iban absorbiendo a los menores pero, a la vez, debían defenderse de ataques de sus rivales; de hecho, no sólo de ellos sino también de incursiones externas que llevaban a cabo pueblos nómadas como los quanrong o los xiongnu. Qin Shi Huang, al que se considera el primer emperador de la China unificada, fue quien tomó la delantera tras conquistar aquellos estados «no chinos» de Ba y Shu. Entonces inició un proceso de centralización y supresión del sistema feudal, cambiando el estatus de los otros estados para convertirlos en meras divisiones administrativas dirigidas por funcionarios designados por méritos en lugar de por lazos familiares.

Qin Shi-Huang, primer emperador de China/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Aunque la dinastía Qin únicamente duró quince años, su etapa fue fructífera: no sólo se unificó el territorio sino también la moneda, la escritura y los pesos y medidas. Asimismo, fue cuando se inició la construcción de la Gran Muralla, se hizo el famoso ejército de terracota de Xi’an y se estableció un código legislativo imperial. A los Qian les sucedieron los Han, que cambiaron de política. Por un lado, restablecieron la filosofía clásica que habían eliminado sus predecesores. Por otro, especialmente durante el mandato de Gaozu, transformaron las partes del país no controladas directamente en principados, a cuyo frente pusieron a sus familiares, de la misma manera que premiaron a militares afectos con feudos. Unos y otros fueron aumentando su poder progresivamente hasta constituir más de una tercera parte del país, adquiriendo tal fuerza que acuñaban su propia moneda, recaudaban sus impuestos y tenían leyes autónomas.

Ello derivó en un desapego progresivo respecto al gobierno imperial, con el principado de Wu como cabeza más visible. Así se llegó al año 156 a.C., en el que subió al trono el emperador Jing, decidido a cambiar las cosas por varias razones. En primer lugar, para poner coto a aquel crecimiento que en cualquier momento podía volverse en contra. En segundo, porque Wu era rico en recursos naturales, especialmente cobre y sal. Y en tercero, porque se daba la circunstancia de que el gobernante de Wu era su primo Liu Pi, sobrino del emperador Gaozu, con el que mantenía abierta enemistad. Esto último resultaba más grave de lo que pudiera parecer a priori, ya que años atrás, cuando todavía era príncipe heredero, Jing había matado al hijo de Liu Pi después de que le insultase en una discusión por la partida de liubo (un juego de mesa) que estaban disputando.

Dos jugadores de liubo/Imagen: sailko en Wikimedia Commons

Así que Jing se dispuso a abolir otra vez los feudos siguiendo la recomendación de su secretario imperial Chao Cuo, un prestigioso filósofo natural de Yuzhou (provincia de Henan) que ya había servido al anterior emperador, y al mismo tiempo acabar con la amenaza de Liu Pi. En opinión de Cuo, lo ideal era provocarlos para que se rebelasen cuanto antes, de modo que se les pudiera vencer sin que tuvieran tiempo a entablar alianzas o conseguir apoyos. Para ello, sugirió que se acusara a sus gobernantes de delitos y, en efecto, en el 154 a.C. se decretó que Liu Wu, príncipe de Chu, había mantenido relaciones sexuales durante el período de luto por la emperatriz viuda Bo (lo que estaba prohibido), mientras que a Liu Ang, príncipe de Jiaoxi, se le atribuyó malversación y otros príncipes -incluido Liu Pi- recibían denuncias diversas.

Tal como preveía el consejero, aquellos territorios se alzaron en armas en lo que se conoce como la Rebelión de los Siete Estados. Los siete fueron Wu, Chu, Jiaoxi, Jiaodong, Zichuán, Jinan y Zhao. Otros como Jibei y Qi prometieron unirse pero no llegarían a hacerlo, el primero porque su gobernante fue arrestado preventivamente y el segundo porque al final prefirió apoyar al emperador. Como los principados de Huainan, Lujiang y Hengshan también se mantuvieron al margen, los rebeldes sólo pudieron obtener ayuda de los reinos independientes de Donghai, Minyue y Xiognu; los dos primeros enviaron tropas pero el tercero se limitó a prometerlas, sin cumplir.

El emperador Jing/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Curiosamente, la primera víctima mortal de aquel conflicto fue precisamente quien encendió la chispa: Chao Cuo. Sus muchos enemigos políticos en la corte -algo habitual en ese cargo-, de los que el líder era el ministro Yuan Ang, convencieron al emperador de que todo aquello podía haberse evitado, que a los rebeldes se les podía haber recortado las alas sin necesidad de desatar una contienda. Consecuentemente, ese mismo año Cuo fue ejecutado con el objetivo de rebajar la tensión y apaciguar a los sublevados. Sin embargo, Jing se topó con la cruda realidad de que le habían engañado en un pulso entre ministros, perdiendo a su mejor asesor mientras la rebelión seguía adelante.

No quedaba otra que hacerle frente, para lo cual nombró al general Zhou Yafu, que había sido uno de los que encumbraron al trono al anterior emperador, Wen, y tenía merecida fama de eficiente, tanto en el terreno administrativo como en el puramente militar. Yafu partió inmediatamente en socorro del principado de Liang, gobernado por Liu Wu, el hermano menor de Jing, cuya capital, Suiyang, se encontraba sitiada por las tropas de Wu y Chu. Pero no acudió directamente a romper el asedio sino que, hábilmente, cortó las líneas de suministro de los atacantes. Sin víveres, éstos levantaron el cerco para atacar directamente el campamento de Yafu pero fracasaron y el hambre cundió entre los soldados, deshaciendo el ejército.

Desarrollo de la rebelión/Imagen: SY en Wikimedia Commons

Liu Pi tuvo que huir y refugiarse en Donghai, pero fue asesinado. Liu Chu, príncipe de Chu, se suicidó. Curiosamente, a esas muertes hubo que sumar la de su vencedor, fallecido, según la tradición, al emocionarse demasiado por su triunfo. Ahora bien, la guerra no había terminado. Como el principado de Qi no había cumplido su promesa de sumarse a la revuelta, su capital Linzi estaba siendo asediada por cuatro estados. No obstante, consiguió resistir y ese cambio de bando le supuso a su príncipe, Liu Jianglü, ser perdonado por el emperador por su traición inicial (aunque él, avergonzado, optó por suicidarse).

Ese mismo final tuvo el príncipe de Jiaoxi tras la derrota final, mientras que a los de los otros tres estados sublevados se les aplicó pena de muerte. Sólo quedaba Zhao pero dependía de la llegada de fuerzas xiongnu que, como vimos, nunca se enviaron al haber cambiado el curso de la guerra. Derrotado, su príncipe Liu Sui, también se suicidó. De esa forma acabó la Rebelión de los Siete Estados, que apenas duró tres meses. China quedaba unificada definitivamente.


Fuentes: Breve historia de la China milenaria (Gregorio Doval Huecas)/Dynastic China. An elementary history (Tan Koon San)/China’s oimperial past. An introduction to Chinese history and culture (Charles O. Hucker)/China. A history (John Keay)/Wikipedia