Las 4 veces que Estados Unidos intentó adquirir Groenlandia a Dinamarca

Tasiilaq, Groenlandia / foto Chrissy en Wikimedia Commons

El verano de 2019 la temperatura subió unos cuantos grados en Groenlandia pero no tanto por el cambio climático como por la idea del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de comprar esa región. Fue desvelada por el Wall Street Journal y reseñaba que el gobierno estadounidense decía poder ofrecer a los groenlandeses más prestaciones económicas que la administración bajo la que están ahora, la de Dinamarca, aunque este país se ha negado a discutirlo siquiera. Lo cierto es que el interés norteamericano por Groenlandia no es algo nuevo y hubo propuestas similares a lo largo de los siglos XIX y XX.

Ubicada en el extremo septentrional de América del Norte, entre los océanos Atlántico y Glacial Ártico, Groenlandia es una isla (muy grande, de 2.166.086 kilómetros cuadrados, aunque más de tres cuartas partes cubiertos de hielo) que constituye una región autónoma del Reino de Dinamarca desde que éste se separó de Noruega en 1814. Esa localización hizo que sus primeros pobladores fueran pueblos paleoesquimales llegados precisamente desde el continente americano y adaptados a sus extremas condiciones climáticas. Desde aproximadamente dos milenios y medio antes de Cristo, se fueron sucediendo las culturas Saqqaq, Independencia (en dos etapas) y Dorset, esta última en tres fases de las que la final coincide con la Thule de los actuales inuit.

Mapa físico de Groenlandia/Imagen: Eric Gaba en Wikimedia Commons

Precisamente durante la Cultura Thule llegaron los primeros navegantes escandinavos. Fue entre finales del siglo IX y principios del X d.C., encabezados por un explorador procedente de Islandia llamado Gunnbjörn Ulfsson. A partir de ahí abundaron los contactos entre ambas islas hasta que el famoso Erik el Rojo llegó a tierra groenlandesa (en aquel viaje de exilio que luego llevaría su hijo Leif a Terranova), dejando colonos hacia el año 985. Llegó a haber dos asentamientos que sumaban varios miles de habitantes y que en 1261 quedaron bajo soberanía de Noruega, reino que casi siglo y cuarto más tarde se uníría al de Dinamarca.

Sin embargo, esas colonias dependían excesivamente de sus países para abastecerse y eso, combinado con la agresividad de los inuit, la llegada de un período de enfriamiento conocido como Pequeña Edad del Hielo que endureció aún más las condiciones de vida y, posiblemente algún factor más (epidemia, piratas…), llevó a que fueran abandonadas en el siglo XV. Así, mientras la corona noruega se distanciaba de esa tierra, la danesa reforzaba su vínculo con ella incorporando a su escudo un oso polar. No obstante, las únicas visitas que había eran las de los balleneros, que instalaban efímeras factorías en sus costas, o las de los misioneros, que acudían a convertir a los inuit. Sólo un pequeño grupo de daneses logró establecerse y fundar un asentamiento al que pusieron el nombre de Godthab (Buena Esperanza), posteriormente designado capital y rebautizado como Nuuk.

Godthab en 1878/Imagen: Nationalmuseet en Wikimedia Commons

Como decíamos, Dinamarca se quedó con Groenlandia al separarse de Noruega tras las guerras napoleónicas y fue entonces cuando se hicieron nuevos intentos de colonización, aunque precaria. La isla siguió prácticamente despoblada y la situación no cambió hasta que empezaron a llegar emigrantes inuit desde Canadá, ya en la segunda mitad del siglo XIX. No faltaron altibajos demográficos, por supuesto, pero la región quedó plenamente incorporada al estado con la celebración de las primeras elecciones, si bien los groenlandeses no tendrían representación parlamentaria hasta bien entrado el siglo XX. Dejó de ser oficialmente una colonia en 1953 y, curiosamente, ejerciendo la autonomía concedida en 1979, se salió de la incipiente Unión europea cuatro años después.

Antes de que Trump volviera a la carga con su poco tacto habitual, Estados Unidos realizó tres intentos para adquirir esa isla. En realidad esa incipiente nación en proceso de expansión estaba interesada en el territorio desde que se separaron los dos países escandinavos por el Tratado de Kiel y en 1867, por boca del secretario de Estado William H. Seward, se planteó internamente la anexión junto con la de Islandia. Seward era el mismo que negoció con el Imperio Ruso la compra de Alaska y quizá por eso no llegó a concretar una oferta a los daneses pero queda, como recuerdo de aquella intención, un documento titulado A report on the resources of Iceland and Greenland (Informe sobre los recursos de Islandia y Groenlandia).

William H. Seward(sentado, en el centro) durante la firma del Tratado de Alaska (Emanuel Leutze)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La segunda tentativa se produjo en 1910, como resultado de un contexto de conflicto entre Dinamarca y Noruega. Ésta, tras independizarse de Suecia en 1905, se lo había pensado mejor -por decirlo llanamente- y reclamaba sus antiguos derechos sobre Groenlandia. Estados Unidos trató de pescar en río revuelto y su embajador en Dinamarca, Maurice Francis Egans, hizo llegar al gobierno anfitrión una sorprendente oferta no de compra sino de permuta: Groenlandia a cambio de las Antillas Holandesas y la isla filipina de Mindanao.

La razón de incluir Mindanao era con vistas a que los daneses se la cambiaran luego a los alemanes -interesados en colonias en Asia que sirvieran de base a la Kaiserliche Marine– por la zona sur de Jutlandia, que los teutones les habían arrebatado el siglo anterior, en la Segunda Guerra de Schleswig. No se llegó a un acuerdo y, en cualquier caso, Dinamarca recuperaría la Jutlandia meridional en 1920, por los Plebiscitos de Schleswig resultantes del Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial.

La península de Jutlandia mostrando las dos mitades de Schlesweig/Imagen: Wikimedia Commons

Hablábamos antes de la tensa situación que originó la independencia de Noruega y la cosa se agravó en 1931, cuando un ballenero de esa nacionalidad, el Hallvard Devold, fondeó en la deshabitada costa oriental groenlandesa y estableció una factoría. No era una iniciativa del gobierno noruego pero éste aprovechó la circunstancia para apoyar la acción del barco. Dinamarca acudió a la Corte Internacional de Justicia que, tras dos años de pleito, le dio la razón. Noruega aceptó la decisión y se retiró, por lo que Groenlandia seguía siendo danesa pero seguía habiendo cierta incertidumbre. El estallido de la Segunda Guerra Mundial complicó la situación, ya que Dinamarca fue invadida por Alemania y el territorio groenlandés estaba peligrosamente cerca de Estados Unidos, constituyendo una interesante base para las fuerzas armadas de Hitler.

En abril de 1941, Henrik Kauffmann, embajador danés en Washington, firmó un tratado con Roosevelt que le autorizaba a instalar bases en la isla. Así se hizo, creándose la Base Aérea de Thule (que entonces era la más septentrional de la USAF) y ello redundó en una llegada regular de suministros a cambio de la abundante criolita insular (un mineral empleado para fabricar aluminio). Terminada la contienda, en 1946 el secretario de Estado Jame Byrnes hizo llegar al gobierno danés la tercera y última -hasta Trump- oferta y esa vez sí que era una compra: cien millones de dólares en lingotes de oro.

Aviones de combate de EEUU en la Base Aéra de Thule, en 1955/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se basaba en la idea de que la isla carecía de valor para Dinamarca mientras que, por contra, lo tenía enorme desde el punto de vista estratégico para su país ante la nueva realidad mundial de la Guerra Fría: desde aquella base de Thule se podía controlar el Círculo Polar Ártico y poner límites a la presencia soviética. El memorándum que lo explicaba, presentado al canciller Gustav Rasmussen durante una visita de éste a Washington, proponía dos alternativas: un arrendamiento por noventa y nueve años a cambio de que Estados Unidos asumiera la defensa total de la isla o, directamente, la citada adquisición, que era la preferida porque solucionaba la cuestión definitivamente y evitaba el desgaste del ejecutivo europeo ante las críticas populares a las bases americanas en su suelo. Y, obviamente, Washington no estaba dispuesta a renunciar a dichas bases, pues el contrato firmado en 1941 las justificaba en caso de peligro para América y la Guerra Fría seguía constituyendo uno tan grande como el nazi.

Rasmussen, cogido a contrapié porque la información que le había facilitado su embajador era que todo se trataba de una excentricidad no respaldada por el presidente Truman, rechazó el proyecto en todas sus variantes. Pero la noticia se difundió y todos los medios de comunicación se hicieron eco, iniciándose un debate sobre la deuda que Dinamarca tenía con Estados Unidos por los suministros del período bélico -la revista Time calculaba setenta millones de dólares- o el verdadero precio que debería pagarse según algunos políticos daneses -mil millones de dólares, lo que cuadruplicaba el presupuesto del Plan Marshall-. En realidad no había debate oficial porque todos los partidos políticos del país rechazaron enajenar un territorio del reino.

El primer ministro danés Gustav Rasmussen con Dean Acheson, secretario de Estado de Truman/Imagen: Den Store Danske

La solución temporal, ya responsabilidad del nuevo primer ministro Hans Hedtoft, fue dejar las cosas como estaban: Groenlandia era danesa y no se vendería, aunque a la vez acogía bases de sus aliados estadounidenses. En eso ayudó que otros países europeos las autorizaran en sus territorios y que Dinamarca ingresara en la OTAN en 1949. Groenlandia pasaba a ser, de facto, una potencial plataforma de lanzamiento para misiles balísticos intercontinentales. En 1951 se firmó un nuevo acuerdo bilateral que sustituyó al de 1941, dándose instrucciones para dejar de hablar del tema públicamente y, de hecho, los daneses no supieron más de la oferta estadounidense hasta su desclasificación en los años setenta.

Fuentes: President Trump reportedly wants to buy Greenland. TIME reported similar plans in 1947 (Billy Perrigo en Time)/Colonialism in Greenland. Tradition, governance and legacy (Søren Rud)/Historical evidence and the Eastern Greenland case (Janice Cavell)/Defiant diplomacy. Henrik Kauffmann, Denmark, and the United States in World War II and the Cold War, 1939–1958 (Bo Lidegaard)/Wikipedia