Jeannette Rankin, la primera mujer elegida para el Congreso de EEUU, votó en contra de entrar en las dos guerras mundiales

Jeannette Rankin / foto dominio público en Wikimedia Commons

El National Statuary Hall es una sala semicircular del Capitolio de Estados Unidos que originalmente se construyó para acoger las sesiones de la Cámara de Representantes (la cámara baja del Congreso) pero a partir de 1864 se le dio un nuevo uso: albergar estatuas de destacados personajes históricos del país. Hay más de un centenar, una de ellas del español fray Junípero Serra y sólo cinco de mujeres. Una de éstas es la de Jeannette Pickering Rankin, que ha pasado a la historia por ser pionera del sufragismo, la primera mujer elegida para el Congreso… y la única de todos los congresistas que votó en contra de la entrada de Estados Unidos en las dos guerras mundiales.

Jeannette nació en 1880 en Missoula, una pequeña ciudad de Montana (territorio que por entonces aún no se había convertido en un estado) que les sonará a los fans del cineasta David Lynch por ser también originario de allí. Era la primogénita de seis hermanos, cinco chicas y un chico, hijos de John, un inmigrante escocés-canadiense, y Olive. Aunque los progenitores tenían oficios, él carpintero y ella maestra de escuela, vivían en un rancho y ello implicaba infinidad de tareas cotidianas en las que toda la familia debía colaborar. La propia Jeannette escribiría más adelante que, en la última década del siglo XIX, las mujeres de aquella región tenían que hacer las mismas labores que los hombres, fuera cual fuera su dureza, a pesar de lo cual carecían de derecho al voto y de representación política alguna.

Campus de la Universidad de Montana/Imagen: Edward Blake en Wikimedia Commons

Como se puede deducir, la joven adquirió conciencia gracias a su paso por la universidad, donde en 1902 se graduó en Biología, aunque antes había probado otros estudios como el corte y confección, el diseño de muebles y, como su madre, la enseñanza. Sin embargo fue en otro campo en el que se lanzó al mundo laboral, uno nuevo y de gran futuro: el trabajo social. Lo hizo en San Francisco, a donde se había trasladado en 1907 después de dedicar tres años a cuidar de los suyos por la muerte de su padre. Segura de haber encontrado su vocación, en 1908 marchó a Nueva York para matricularse en la School of Philantropy y después consiguió un puesto de trabajadora social en Spokane (Washington). Su carrera profesional ya había cogido un rumbo definido.

Volvió a cambiar y de costa, estableciéndose en Seattle para una nueva experiencia universitaria mientras se involucraba plenamente en la lucha sufragista femenina. El movimiento empezó a dar resultados en 1910, cuando el estado de Washington aprobó una enmienda a su constitución para conceder a las mujeres el derecho al voto de forma permanente; era el quinto estado de EEUU que lo hacía, así que había que seguir haciendo un esfuerzo para extenderlo al resto. Para ello, se encargó de volver a Nueva York y organizar el llamado New York Woman Suffrage Party, un partido político formado por la unión de varias organizaciones sufragistas con el objetivo de lograr el voto femenino en ese estado.

La Women’s Suffrage Parade organizada en 1917 por la NAWSA/Imagen: Feminist Majority Foundation

También fue la delegada del NAWSA (National American Woman Suffrage Association), organización fundada en 1890 que tuvo un crecimiento espectacular hasta alcanzar dos millones de mujeres en 1920, cuando se transformaría en la League of Women Voters (Liga de Mujeres Votantes); también fue la delegada, decíamos, ante el Congreso, donde se solicitó el voto femenino. Luego la nombraron secretaria nacional de dicha organización y  presidenta de la Montana Women’s Suffrage Association, siendo la primera mujer en hablar en el parlamento estatal, con un discurso reivindicativo en ese sentido. Aquel entusiasmo llevó al éxito y en 1914 Montana concedió a las féminas el voto total. Ya eran siete estados los que lo hacían.

En la práctica, estaba volcada en política pero esa vocación fue encauzada por su hermano Wellington, el único varón entre seis chicas (o cinco, para ser exactos, ya que una de ellas había muerto en la infancia). Él, que tendría una sólida carrera jurídica llegando a fiscal general del estado y juez de la Corte Suprema de Montana, era un miembro destacado del Partido Republicano y se encargó de dirigir y financiar la concienzuda campaña electoral de Jeannette al Congreso en 1916, en la que participó en las primarias del partido obteniendo el apoyo de todos los candidatos a su programa de servicios sociales y sufragio femenino. Finalmente se hizo con un escaño marcando un hito en la historia, como decíamos al principio, al ser la primera mujer congresista.

Recorte de prensa mostrando a Jeannette Rankin en su primer discurso en el Congreso/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su popularidad se disparó de tal manera que quedaron en el anecdotario las propuestas de matrimonio de desconocidos que le llegaron. Pero entonces se produjo la gran controversia. Ya llevaban transcurridos tres años y medio de la Primera Guerra Mundial cuando, en la primavera de 1917 y durante una reunión extraordinaria del Congreso, el presidente Woodrow Wilson pidió que se le autorizase intervenir contra Alemania. El debate subsiguiente fue reñido y el resultado final de la votación fue a favor de la propuesta, aunque hubo algunos votos en contra. Uno de ellos fue el que emitió Jeannette, que luego declaró: «Sentí que la primera vez que la primera mujer tuvo la oportunidad de decir no a la guerra, debía decirlo».

Le llovieron críticas y acusaciones de deslealtad, algunas incluso entre las sufragistas, a pesar de que en realidad hubo otros cuarenta y nueve congresistas y seis senadores que se posicionaron en contra de participar en la contienda. No obstante, ella demostró que su opinión no estaba reñida con el deber, aprobando el plan militar y vendiendo bonos de guerra, todo lo cual compatibilizó con su labor como miembro del Congreso. De hecho, ese mismo año fue una de las fundadoras de un Comité de Sufragio de la Mujer, con el objetivo de ampliar a todo el territorio nacional el derecho al voto, que ya alcanzaba cuarenta estados. Al reabrirse la cámara en enero de 1918, su primer discurso incluyó una enmienda constitucional que otorgase sufragio universal a las mujeres; los congresistas lo aprobaron pero lo tumbó el Senado… de momento, porque en mayo de 1919 sería ratificado, convirtiéndose en la Décimonovena Enmienda: prohibición de que los estados puedan denegar el derecho al voto de los ciudadanos por razones de sexo.

Jeannette Rankin en su etapa de congresista/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A ese éxito ayudó el esfuerzo de las mujeres colaborando durante la guerra, así como las manifestaciones y huelgas que montó el National Woman Party. Y hablando de huelgas, también fue en 1917 cuando Jeannette intentó mediar en la que convocaron los mineros de Granite Mountain/Speculator Mine, una excavación de cobre en la que un incendio accidental, acentuado por la demanda de producción bélica, asfixió a ciento sesenta y ocho trabajadores, agravándose la situación por el asesinato del líder sindical a manos de pistoleros. Las compañías se negaron a reunirse con Jeannette, rechazando de plano la propuesta legislativa que presentaba para mejorar las duras condiciones de trabajo, aunque finalmente logró que se aprobase la jornada laboral de ocho horas.

En 1918 se iba agotando la legislatura y vio que tenía pocas posibilidades de reelección al Congreso, dado que Montana parecía inclinarse por los demócratas, así que se postuló para el Senado. Como perdió las primarias de su partido, se presentó por el Partido Nacional, una escisión del Partido Socialista, de tendencia socialdemócrata. Al final quedó tercera, así que abandonó la actividad política durante un tiempo para trabajar en la National Consumers League, consiguiendo la prohibición del trabajo infantil y la aprobación de un programa de ayudas sociales para mujeres y niños.

Jeannette Rankin en 1939/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Paralelamente, colaboraba con organizaciones pacifistas, fundando en 1928 la Georgia Peace Society (se había establecido en ese estado, en una granja sin luz ni agua corriente), ya que la Primera Guerra Mundial había dejado una honda impresión y menudeaban ese tipo de instituciones pacifistas, siendo el ejemplo más obvio la Sociedad de Naciones. Pero la situación empezaba a decantarse de nuevo hacia un conflicto internacional y por eso cuando se equivocó en su previsión de que no llegaría una Segunda Guerra Mundial, al opinar -erróneamente- que Alemania e Italia se contentarían con arañar concesiones, abogó por que EEUU se mantuviera al margen y ni siquiera ayudara a su tradicionales aliados británicos.

Ese contexto la empujó a regresar a la política. Para ello volvió a contar con el apoyo de Wellington, a pesar de que se habían distanciado mucho ideológicamente, y en las elecciones de 1940 obtuvo de nuevo un escaño en el Congreso. Fue nombrada miembro del Comité de Recursos Naturales pero el tema que centraba ya el debate era la intervención de EEUU en la contienda, algo que eclosionó el 8 de diciembre de 1941, al día siguiente del ataque japonés a Pearl Harbor: el Congreso votó declarar la guerra a Japón por unanimidad, con un único voto en contra, el de Jeannette. Ante el revuelo que se organizó en la Cámara, sus propios compañeros de partido le pidieron que al menos se abstuviera pero ella se negó.

Buques alcanzados en el ataque japonés a Pearl Harbor/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

«Como mujer no puedo ir a la guerra -explicó- y me niego a enviar a nadie». Una declaración que luego remachó asegurando que su partido ya sabía cuáles eran sus ideas cuando la eligieron y que había votado «como las madres me habrían hecho votar». Jeannette salió de la cámara entre silbidos y tuvo que refugiarse en una cabina de teléfonos ante la avalancha de periodistas, para finalmente salir del edificio escoltada por la policía. La mayoría de la prensa fue implacable con ella pero también hubo quien la alabó, si no por su decisión sí por la valentía de votar algo que otros muchos congresistas y senadores querían. Unos días más tarde se hizo una nueva votación para declarar la guerra también a Alemania e Italia y se abstuvo.

Evidentemente, se había terminado su carrera política, así que no se presentó a la reelección. Al acabar el conflicto, se dedico a viajar por el mundo, con especial predilección por la India, a donde fue siete veces porque conoció personalmente a Gandhi y simpatizó con la doctrina de la no-violencia, apoyando sus reivindicaciones independentistas. Lo mismo hizo en la década de los sesenta, pese a ser ya octogenaria, con Martin Luther King y su lucha por los derechos civiles. Por supuesto, se posicionó contra la Guerra del Vietnam y participó en la famosa Marcha por la Paz de 1968 liderando a cinco mil mujeres agrupadas bajo la denominación Brigada Jeannette Rankin.

Jeannette pidiendo ayuda desde la cabina en que se tuvo que refugiar/Imagen: U.S. Capitol

Pero ya había llegado a una edad muy avanzada y su salud empezó a renquear. Falleció en Carmel (California) en 1973, a los noventa y dos años. Como no tenía descendencia legó todo su patrimonio a las mujeres desempleadas, algo que se encargó de gestionar una fundación sin ánimo de lucro bautizada con su nombre y que todavía funciona, concediendo becas de estudios a mujeres con ingresos bajos.

Al fin y al cabo, ella quería que la recordasen por su compromiso con la causa sufragista, por ser «la única mujer que alguna vez votó para dar a las mujeres el derecho al voto». La estatua que se le dedicó y que hoy se puede ver en el citado National Statuary Hall, fue colocada en 1985 y es obra del artista Terry Mimnaugh.


Fuentes: Jeannette Rankin (Corinne Naden)/When Jeannette said «No». Montana womens response to World War I (Mary Murphy)/Jeannette Rankin, America’s conscience (Norma Smith)/Jeannette Rankin. Bright star in the big sky (Mary Barmeyer O’Brien)/The lady of Montana (John C. Board)/Wikipedia