George Anson, el marino británico que dio la vuelta al mundo para capturar el Galeón de Acapulco

Captura del Galeón de Acapulco, cuadro de Samuel Scott (h.1770) / foto dominio público en Wikimedia Commons

La Guerra del Asiento enfrentó a Gran Bretaña y España entre 1739 y 1748, dejando fundamentalmente tres llamativos episodios para el recuerdo. Uno fue el incidente que la originó y que hizo que los británicos la conozcan más bien como Guerra de la Oreja de Jenkins. Otro, el desastroso intento del almirante Howard Vernon de conquistar Cartagena de Indias, estrellándose contra la empecinada defensa dirigida por Blas de Lezo. Y el tercero fue el viaje alrededor del mundo que realizó el comodoro George Anson, glosado en su país como una gran gesta por haber logrado no sólo esa circunnavegación sino también haber capturado el Galeón de Acapulco, aunque la aventura estuvo a punto de terminar en catástrofe.

Anson nació en Strafforshire en 1697, en el seno de una familia nobiliaria. Ingresó en la Royal Navy con quince años, participando en la Guerra de Sucesión española y en 1716, ya terminada ésta, fue ascendido a teniente y destinado al Báltico. Poco a poco continuó mejorando en el escalafón: comandante en 1722, capitán en 1724 y comodoro en 1740. Era, pues, un veterano marino cuando, en el contexto de la citada Guerra del Asiento, se le asignó el mando de una escuadra con la que debía doblar el Cabo de Hornos y atacar las posesiones españolas del Pacífico, azuzando una rebelión contra la corona que ceñía en ese momento Felipe V.

George Anson (retrato atribuido a Thomas Hudson)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No se trataba del único encargado de «chamuscar las barbas del rey de España» -por usar palabras de Francis Drake-, ya que el mencionado Howard Vernon había conquistado Portobelo en 1739 como resultado de la revocación del tratado entre ambos países, que hasta entonces concedía a Gran Bretaña el asiento de negros (licencia para vender esclavos en América) y autorizaba a la South Sea Company a enviar un barco a esas posesiones americanas para comerciar (el llamado navío de permiso, que debía tener un máximo de 500 toneladas). Esa ruptura fue traumática y originada por el apresamiento por parte de los guardacostas españoles de una de las frecuentes embarcaciones contrabandistas británicas, a cuyo capitán, Robert Jenkins se le habría cortado una oreja como castigo (de ahí el nombre anglosajón de la contienda).

En realidad, parece ser que todo fue un montaje para disponer de un casus belli. De todas formas, ambas naciones estaban de nuevo en guerra pero esos antecedentes enturbiaron en parte la misión que el duque de Newcastle había encomendado a Anson, ya que dos agentes de la South Sea Company, encargada del aprovisionamiento de la escuadra, recomendaron al comodoro llevar consigo también un cargamento de manufacturas para poder introducir el comercio británico en el Perú y ellos mismos embarcaron para encargarse del asunto. De hecho, se armaron dos naves mercantes para llevar los suministros de los seis de combate (cinco navíos de línea y un east indiaman artillado). El barco almirante era el HMS Centurion, de 60 cañones.

La escuadra de Anson en una ilustración de A Voyage round the world, libro del propio Anson/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Un indicativo de que la organización dejó bastante que desear fue que no se cumplió la promesa de facilitar medio millar de soldados y en su lugar se reclutaron 500 dados de baja para el servicio activo por edad o enfermedad, reunidos ad hoc en el Royal Hospital de Chelsea; la mitad desertaron antes de embarcar y fue necesario compensar la pérdida con infantes de marina novatos, recién incorporados a filas. A ellos se sumó la adversidad meteorológica, que retrasó tanto la partida que, mientras, se encomendó a la escuadra la escolta de un convoy de mercantes por el Canal de la Mancha; una misión resuelta con no demasiada brillantez, habida cuenta que había tantos barcos que varios chocaron entre sí. La guinda del amargo pastel fue que los espías franceses tuvieron tiempo de enterarse del verdadero objetivo de Anson y advirtieron a sus aliados españoles.

Así, una escuadra al mando del almirante José Alfonso Pizarro salió a esperar a los británicos a la altura de Madeira. No obstante, éstos llevaban tanto retraso -cuatro semanas- que los españoles se dispersaron en su busca y, entretanto, el afortunado Anson pudo llegar al archipiélago, hacer la aguada, cargar víveres frescos y continuar Atlántico adelante sin obstáculos. Sin embargo, surgieron otros problemas. El más importante fue que la comida se pudrió enseguida y, como no se podían ventilar los puentes -porque al ir los barcos tan cargados si se abrían las portas el agua entraría a raudales-, los marineros tuvieron que soportar la desagradable compañía de enjambres de moscas. Algo especialmente penoso porque había un exceso de gente en cada nave y eso obligaba a que el tiempo para estar en cubierta, al aire libre, se redujera en cada turno.

José Alfonso Pizarro retratado por Joaquín Gutiérrez/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esas condiciones propiciaron epidemias de tifus y disentería que afectaron a cientos de hombres e hicieron necesario practicar ventanas de ventilación en el casco. Dos meses estuvieron así, hasta arribar a la isla brasileña de Santa Catalina, donde se procedió a desembarcar a los enfermos y a desinfectar los navíos con humo y vinagre. Ahora bien, dado que había que hacer otros trabajos de reparación, la estancia se prolongó tanto tiempo que los mosquitos se cebaron con los británicos y se extendió la malaria. Cuando reembarcaron un mes más tarde habían fallecido decenas y otros muchos aún estaban convalecientes. Y no sabían lo peor: los portugueses, pese a que eran aliados, informaron a España de la presencia de Anson y la escuadra de Pizarro se apresuró a doblar el Cabo de Hornos para esperarles.

El paso del Atlántico al Pacífico, acometido en enero de 1741, fue un infierno para los británicos, que primero fueron zarandeados por una fuerte tormenta y luego vieron aparecer entre las olas a los barcos españoles. Lograron escapar al llegar la noche pero a costa de arrojar por la borda buena parte de sus provisiones para aligerar el peso. Continuaron su rumbo en medio de una violenta e inacabable tempestad, agravada al darse los primeros casos de escorbuto, que se cobraría cientos de vidas a lo largo de las semanas siguientes. El paso al otro océano se consiguió a principios de abril, algo meritorio teniendo en cuenta que carecían de mapas exactos y desconocían las corrientes del lugar.

Mapa del Cabo de Hornos indicando las distancias/Imagen: Johantheghost en Wikimedia Commons

Eso sí, lo hicieron desperdigados y maltrechos, con mástiles y velas rotas porque el mal tiempo seguía sacudiéndolos, además de muy escasos de víveres. Al no encontrarse en el primer punto acordado, la isla Socorro o Guamblin, y el tercero, que era el puerto de Valdivia, suponía desvelar su posición, se dirigieron a otro desolado territorio insular: el archipiélago de Juan Fernández (donde naufragó en 1707 Alexander Selkirk, probable inspiración de Daniel Defoe para su novela Robinson Crusoe). Navegaban a ciegas y acabaron dando un rodeo por la costa chilena que costó más muertes. Finalmente llegaron al poco de empezar junio pero sólo el HMS Centurion y el HMS Tryal, este último habiendo perdido la mitad de su tripulación. Dos semanas después se sumó el HMS Gloucester, donde sólo quedaba menos de un centenar de sus 254 marineros iniciales y todos padeciendo escorbuto; algunos fallecerían en las siguientes jornadas.

En agosto se presentó un cuarto barco, el transporte Anna, que todo ese tiempo había estado refugiado en lo que hoy es el Golfo de Penas. Una revisión del casco desveló que estaba en mal estado, por lo que fue hundido y su gente repartida entre los demás. En suma, se habían perdido dos tercios de los efectivos y todavía no se sabía nada de los que faltaban, el HMS Severn, el HMS Pearl y el HMS Wager. Los dos primeros, con sus tripulaciones mermadas, dieron la vuelta y tras una estancia en Río de Janeiro regresaron a Inglaterra, evitando cualquier acusación de deserción que pudiera plantearse por el impresionante número de bajas que tenían.

La isla de Juan Fernández en una ilustración de A voyage round the world, relato del propio George Anson/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cuanto al Wager, sufrió tanto las enfermedades que sólo le quedó disponible una docena de marineros, insuficientes para gobernarlo en medio de aquel tiempo infernal, por lo que terminó estrellándose contra unos arrecifes. Los supervivientes, privados de la autoridad del capitán porque un naufragio implicaba no cobrar el salario, se enfrentaron entre sí, siguiendo unos al primer oficial y otros marchando por su cuenta; algunos cayeron prisioneros de los españoles, que les facilitaron el retorno a Europa. Tiempo después se abrió un proceso que no concluyó nada porque cada uno contó una versión diferente.

En septiembre de 1741, ya se había recuperado la tropa de Anson pero éste no sabía qué hacer al carecer de noticias; quizá ya había acabado la guerra. La captura de un mercante español llamado Nuestra Señora del Monte Carmelo le permitió ponerse al día y enterarse de que la escuadra de Pizarro había sufrido tanto como la suya en el Cabo de Hornos, perdiendo varios barcos y regresando a España. Eso le dejaba manos libres en el Pacífico y, en efecto, llevó a cabo una serie de acciones que incluían el apresamiento de embarcaciones y el ataque a poblaciones mal defendidas, como Paita (Perú). Obtuvo así suculentos botines que animaron a los británicos a navegar hacia el norte con la idea de interceptar el Galeón de Manila, para cuya llegada faltaban dos meses.

El ataque de Anson a Paita en 1742 (Samuel Scott)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Alcanzaron Acapulco a finales de enero de 1742, enterándose de que el galeón en cuestión -en realidad ya no era ese tipo de buque, aunque conservaba el nombre – había llegado hacía tres semanas y se disponía a zarpar de nuevo hacia Asia, ahora como Galeón de Acapulco, con su cargamento de plata, muy demandada en China. Anson, escaso de efectivos, reclutó a los esclavos que había arrebatado a los españoles durante ese tiempo pero los británicos fueron detectados y se suspendió la partida de la nave. Entonces, sin presa que cazar, el comodoro resolvió volver a su país. Eligió hacerlo atravesando el Pacífico, ya que no quería pasar otra vez la experiencia del temible Cabo de Hornos y al fin y al cabo, calculó, tardaría menos tiempo en atravesar el océano.

Sus estimaciones no se cumplieron porque era verano y apenas soplaban los vientos alisios, así que el avance fue exasperantemente lento y brotó de nuevo el escorbuto. Había empezado la travesía el 6 de mayo y a mediados de agosto, todavía en ruta, se abrió en el Gloucester una vía de agua irreparable. Dando el barco por perdido, se le prendió fuego, pasando sus ocupantes al Centurion, el único que quedaba pero en tan mal estado que había que turnarse para manejar las bombas de achique. Empezó a sucederse un rosario de fallecimientos por enfermedad y sólo les salvó el llegar a Tiniam, en las Islas Marianas, donde no toparon con ningún español; de hecho, pudieron reabastecerse de agua, fruta y ganado almacenado para suministro de la Armada enemiga, con especial atención al árbol del pan, que posteriormente originaría la famosa expedición de la HMS Bounty.

Ruta del Galeón de Manila siguiendo el Tornaviaje descubierto por Andrés de Urdaneta/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 18 de septiembre se produjo uno de los episodios más esperpénticos de aquella odisea: estaban calafateando el Centurion cuando se desató una violenta tormenta que se llevó el barco mar adentro dejándolos abandonados en aquella isla. Llevaban casi tres semanas debatiendo qué hacer cuando, de pronto, la nave reapareció en el horizonte. La recuperaron y acondicionaron para lanzarse una vez más a navegar. Esta vez no hubo problemas y arribaron a la colonia portuguesa de Macao en noviembre pero los lusos se habían trasladado a Cantón y los chinos se negaban a permitir fondear al buque británico si no pagaba la tasa preceptiva, pues lo consideraban pirata y responsable de que no hubiera llegado el Galeón de Acapulco.

Las gestiones, apoyadas por la Compañía Británica de las Indias Orientales, duraron un mes, al término del cual y con amenaza de cañonear la ciudad si no, se les permitió carenar con el objetivo de que se fueran cuanto antes. Lo que los chinos no imaginaban era que, sin pretenderlo, estaban precisamente facilitando a Anson la captura del Galeón de Acapulco, pues el comodoro había tomado la decisión de intentarlo para volver a Inglaterra con algo entre las manos. Así, una vez listo el Centurion, se apostó en el Cabo Espíritu Santo en espera de su presa, que apareció en junio de 1743. Se llamaba Nuestra Señora de Covadonga y, como viajaba sin escolta (la única que llevaba había encallado), fue capturado tras hora y media de sangriento combate. Al entrar en su bodega los asaltantes contemplaron, atónitos, un tesoro fabuloso: 1.313.843 reales de a ocho (el famoso dólar español, primera divisa de uso mundial) y 35.682 onzas de plata.

Otra versión de la captura del Nuestra Señora de Covadonga

Doble alegría porque fue en China donde se enteraron de la suerte que había corrido el resto de la escuadra; ahora les tocaba a ellos volver también. Parte de los prisioneros fueron desembarcados en Macao y el resto en Whampoa, cerca de Cantón, donde Anson obtuvo aprovisionamiento gracias a que la tripulación colaboró en la extinción de un incendio en la ciudad. El Centurión zarpó el 7 de diciembre y, tras dejar atrás Indonesia y doblar el Cabo de Buena Esperanza en marzo, subió por el Atlántico llegando por fin a Inglaterra. Bajaron a tierra 188 hombres que, junto con los del Severn, Pearl y Wager, sumaban medio millar; exiguos supervivientes de los 1.854 que partieron casi cuatro años antes.

Anson se convirtió en un héroe, equiparado a Drake y recibido por el rey. Pero el reparto del suculento botín resultó tan polémico como patético. Los marineros recibieron 300 libras cada uno, equivalentes a dos décadas de salario, pero los oficiales de la expedición pleitearon entre sí durante años porque, según el reglamento, los de los barcos malogrados perdían el rango, lo que rebajaba muchísimo la parte a que tenían derecho y ellos consideraban que habían sido cruciales para salvar el Centurion. El tribunal falló a su favor pero perdieron en la apelación, probablemente porque Anson, entretanto promovido a almirante (llegaría a Primer Lord), acababa de distinguirse en la primera Batalla del Cabo Finisterre (1747).

La circunnavegación del globo del HMS Centurion/Imagen: Melkart en Wikimedia Commons

Por cierto, él se llevó tres octavas partes, aproximadamente 91.000 libras de entonces; una auténtica fortuna y más de lo que sacó, evidentemente, por la publicación del relato de su Viaje alrededor del mundo . Nadie se acordó de los siete buques perdidos ni del millar y cuarto de hombres muertos.

Fuentes: Viaje alrededor del mundo hecho en los años desde 1740 al 1744 (Jorge Anson)/Anson’s voyage around the world (versión reducida; George Anson)/A voyage round the world in tje years 1740-4 by Lord Anson (John Masefield, ed)/The life of George Lord Anson (John Barrow)/The prize of all the oceans (Glyn Williams)/Wikipedia