Cuando Francia evacuó Toulon y convirtió la catedral en mezquita para cedérsela temporalmente a los otomanos

La flota otomana invernando en Toulon / foto dominio público en Wikimedia Commons

En otro artículo ya contamos la vida de Jeireddín Barbarroja, el famoso almirante del Imperio Otomano que se convirtió prácticamente en dueño del Mediterráneo durante la primera mitad del siglo XVI. Entre 1543 y 1544 asoló numerosas localidades de la costa española, así como de la genovesa. Pero eso no era nuevo, pues llevaba haciéndolo muchos años; lo verdaderamente curioso es que esa vez usó como base el puerto francés de Toulon, que el rey Francisco I le cedió tras firmar una alianza con Solimán el Magnífico al tener de enemigo común a los Habsburgo.

Jeireddín Barbarroja/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No vamos a insistir aquí en el currículum de Barbarroja sino a referirnos a ese episodio, cuyo origen se sitúa en el doble fracaso de Carlos V, primero al intentar contratarle, dado que no podía con él, y segundo al fallar el ataque a Argel en 1541, que dejó el mar en manos enemigas porque el emperador volvía a tener problemas con Francia después de la Tregua de Niza de 1538, que había puesto fin a diez años de guerra y debía durar otra década. No lo hizo porque a Francisco I no le pasó desapercibido el agotamiento económico y militar de España, por lo que aprovechó un levantamiento protestante en Alemania para iniciar una nueva contienda en 1542.

Entretanto, Solimán había puesto a disposición de Barbarroja una formidable flota de más de doscientos barcos -la mitad de ellos galeras- con el objetivo de atacar el litoral occidental de la Península Itálica. Era un territorio en disputa perenne entre Francisco I, que insistía en sus derechos dinásticos sobre el Milanesado, y Carlos V, que le exigía su renuncia cumpliendo el Tratado de Madrid (el rey francés lo había firmado mientras estuvo en España, tras ser apresado en la Batalla de Pavía, pero al recobrar la libertad adujo que lo hizo obligado). En realidad no disputaban sólo por Italia, pues Carlos reclamaba el ducado de Borgoña y su adversario Nápoles y Flandes.

En suma, ambos buscaban la primacía en Europa y un intento de solucionarlo propuesto en 1540 por el emperador, casando a su hija María de Austria con el vástago del rey francés, Carlos de Valois, que heredarían los territorios en liza a cambio de que Francia renunciase a Milán, recibió como respuesta una contraoferta de Francisco: él aceptaba si el otro entregaba sus posesiones flamencas. No hubo acuerdo y, por tanto, todo quedaba abocado a las armas.

Francisco I trató de atraerse a la Liga de Esmalcalda (formada por príncipes protestantes) pero no sólo no pudo sino que ésta se puso al lado del emperador en 1542 al convencerla éste de que el peligro común era el infiel, así que no le quedó más remedio que recurrir a su viejo aliado de 1538: el turco precisamente. Consideró que podía hacerlo porque la frustrada campaña de Carlos en Argel había finalizado y ya no era necesario seguir manteniéndose al margen, como le obligaba la ética hasta entonces cuando un monarca cristiano combatía a infieles.

Carlos respondió aliándose en 1543 con Enrique VIII. La ayuda de éste nunca fue de gran importancia porque Inglaterra en esa época no tenía una población lo suficientemente numerosa como para aportar contingentes militares grandes y, sobre todo, porque todavía carecía de una armada a la altura de los tiempos (su padre inició un plan de construcción naval que no alcanzaría resultados importantes hasta el reinado de Isabel I).

Carlos V retratado por Juan Pantoja de la Cruz/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero no dejaba de ser un refuerzo y envalentonó al Habsburgo para aceptar la declaración de guerra de su rival, quien aprovechó para ello que las tropas imperiales dieron muerte cerca de Pavía a su embajador en Constantinopla, sin que valieran las disculpas de Carlos porque, en opinión de Francisco I, era una «una ofensa tan grande, tan detestable y tan extraña en aquellos que ostentan el título y cualidad de príncipe, que no puede ser de ninguna manera perdonada ni sufrida».

Españoles y franceses se enfrentaron en suelo italiano, con suerte favorable a los primeros hasta el punto de que a finales de año se disponían a invadir Francia por un lado mientras un contingente inglés lo hacía por otro. Con el agua al cuello, Francisco abrió las puertas de Toulon a Barbarroja, cuya flota había zarpado del Mar de Mármara en mayo de 1543, asaltando por el camino Sicilia y el sur de la Península Itálica hasta amenazar a la mismísima Roma desde la desembocadura del Tíber el 29 de junio (el embajador francés Antoine Escalin des Aimars, alias Capitán Polin, intervino para evitarlo).

Francisco I retratado por Jean Clouet/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 6 de agosto, a las ciento diez galeras otomanas se sumaron medio centenar francesas para someter Niza, en aquel período gobernada por Carlos III, duque de Saboya y aliado de los Habsburgo, a un duro asedio. La ciudad se rindió -salvo la fortaleza- y en principio se contuvo el saqueo. Pero la noticia de que llegaba el genovés Andrea Doria -el gendarme cristiano del Mediterráneo- al frente de un ejército de socorro y la decepcionante actuación de las galeras francesas, en opinión de Barbarroja, hicieron que éste optara por irse, aunque antes hizo cinco mil esclavos y prendió fuego a la ciudad.

Fue entonces cuando se estableció en Toulon, disponiendo así de una base perfecta para campar por el Mar de Liguria y hostigar las ciudades bajo control de la República de Génova, aliada de los Habsburgo. Como eran cerca de treinta mil otomanos, la ciudad se convirtió en una segunda Constantinopla, a decir de los testigos de la época; incluso la catedral fue usada como mezquita y la moneda de curso legal pasó a ser el altun creado por Mehmed II.

En tal situación parecía previsible que brotaran conflictos con la población local, cristiana al fin y al cabo, pero no fue así porque el rey galo ordenó a su gobernador que evacuara obligatoriamente -so pena de muerte- a todos los habitantes, permitiendo quedarse sólo a los cabezas de familia para mantener la economía. Como compensación por la molestia, les eximió durante diez años de pagar el taille, un impuesto directo que originalmente era excepcional pero que se hizo permanente a partir de 1439 para costear la Guerra de los Cien Años y que gravaba la cantidad de tierra que poseía cada hogar.

El asedio de Niza visto por el artista turco Matrakci Nasu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Aquel invierno de 1543-44, las naves de Barbarroja sembraron el terror. Su mano derecha, el almirante Salah Rais, atacó Barcelona, San Remo, Mónaco, Borghetto Sancto Spirito y Ceriale, por citar las localidades más destacadas. Después, ante el mal tiempo, siguió un rosario de incursiones rápidas por el Levante español. El propio Barbarroja navegó hasta Génova para negociar la liberación de Turgut Reis, corsario y almirante más conocido como Dragut que había sido capturado en 1540 por el sobrino de Andrea Doria, Giannetti, en la Batalla de Girolata, y al que tenía un aprecio tan especial que no dudó en pagar por él tres mil ducados de oro (por cierto, en 1546 Dragut volvería a usar Toulon para refugiarse de los genoveses).

Por lo demás, Barbarroja estaba cómodo en la ciudad francesa porque el país anfitrión se ocupaba de la manutención, calculándose en diez millones de kilos la cantidad de pan que le entregó durante el tiempo que permaneció allí; para disgusto del gobernador, que denunció que su aliado se había acomodado a costa de las arcas de Francia. Francisco I también le había prometido ayuda si se atrevía a reconquistar Túnez pero lo cierto es que el rey tenía que soportar una fuerte presión por parte de los demás estados cristianos, escandalizados ante su colaboración con los musulmanes contra otros cristianos. Eso hizo que, pese a todo, su colaboración fuera limitada, lo que no sólo decepcionó a los otomanos sino que tensó la relación entre ambas partes.

La flota otomana ante Génova en 1544, obra de un artista turco del siglo XVI/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así que, finalmente y después de ocho meses, Barbarroja tomó la decisión de levar anclas y regresar ante Solimán, quien además le acababa de conceder el título de Beyler Bey (comandante de comandantes). Dejó Toulon el 24 de mayo, descontento a pesar de que los franceses le compensaron su esfuerzo con ochocientas mil coronas y la liberación de todos los galeotes y esclavos otomanos que había en sus galeras. De hecho, antes de irse se aprovisionó saqueando varios barcos franceses fondeados en el puerto. Aún así, el mencionado Capitán Polin le acompañó con sus galeras a presentarse como nuevo embajador ante Solimán y durante el trayecto asaltaron más ciudades italianas, caso de Porto Ercole, Giglio, Talamona y Lipari, capturando otros seis mil esclavos.

Lo cierto es que se produjo un cambio de estrategia de todos los contendientes, que estaban exhaustos. Carlos V y el sultán firmaron una tregua, lo que llevó a Francisco a pactar la suya también el 18 de septiembre de 1544. Era la Paz de Crépy, que establecía un statu quo, si bien no duró mucho. Los franceses forzaron la retirada inglesa de su territorio pero Enrique VIII logró retener Boulogne-sur-Mer y se negó a devolverlo mientras Francisco no cediera en su apoyo a los rebeldes escoceses, sin que la mediación de Carlos V surtiera efecto. La respuesta gala fue tratar de invadir Inglaterra, operación que fracasó, por lo que en junio de 1546 los contendientes firmaron el Tratado de Ardres: Enrique devolvía Boulogne por dos millones de escudos.

Maqueta de la galera de Barbarroja/Imagen: Uploadalt en Wikimedia Commons

Barbarroja ya se había retirado y falleció ese mismo año, así que en principio los otomanos le daban un respiro momentáneo al emperador para centrarse en sus propios problemas con los protestantes, resolviéndolos de forma contundente -pero también efímera- en 1547, con su brillante victoria en Mühlberg. Ese año también murió Francisco I, librándose así de cumplir una de las cláusulas de Crépy: en el último de sus veleidosos giros, se había comprometido a aportar diez mil soldados para combatir al infiel.


Fuentes: Empires of the sea. The Siege of Malta, the Battle of Lepanto, and the contest for the center of the world (Roger Crowley)/Breve historia del Imperio Otomano (Eladio Romero García e Iván Romero Catalán)/El Imperio Otomano en la Europa renacentista (VVAA)/Los corsarios berberiscos (Stanley Lane-Poole)/Renaissance warrior and patron. The reign of Francis I (Robert J. Knecht)/Carlos emperador. Vida del rey césar (Henry Kamen)/Wikipedia