Los habitantes de Çatalhöyük ya sufrían problemas típicamente urbanos hace 9.000 años

Vista del yacimiento de Çatalhöyük / foto Omar hoftun en Wikimedia Commons

Hace unos 9.000 años, los habitantes de Çatalhöyük, una de las primeras grandes comunidades agrícolas del mundo, estuvieron entre los primeros seres humanos en experimentar algunos de los peligros de la vida urbana moderna.

Los científicos que estudian las ruinas de Çatalhöyük, en la actual Turquía, descubrieron que sus habitantes -entre 3.500 y 8.000 personas en su máximo apogeo- sufrían hacinamiento, enfermedades infecciosas, violencia y problemas ambientales.

Excavaciones en Çatalhöyük / foto Scott Haddow

En un artículo publicado el 17 de junio de 2019 en Proceedings of the National Academy of Sciences, un equipo internacional de bioarqueólogos detalla los nuevos hallazgos basados en 25 años de estudio de restos humanos descubiertos en Çatalhöyük.

Los resultados pintan un cuadro de lo que fue para los humanos pasar de un estilo de vida nómada de caza y recolección a una vida más sedentaria construida alrededor de la agricultura, según Clark Spencer Larsen, autor principal del estudio y profesor de antropología de la Universidad Estatal de Ohio.

Çatalhöyük fue una de las primeras comunidades proto-urbanas del mundo y sus residentes experimentaron lo que sucede cuando se reúne a mucha gente en un área pequeña durante un tiempo prolongado, dijo Larsen.

Çatalhöyük, en lo que ahora es el centro-sur de Turquía, fue habitado desde aproximadamente 7100 hasta 5950 a.C. Excavado por primera vez en 1958, el yacimiento ocupa 13 hectáreas con casi 21 metros de depósitos que abarcan 1.150 años de ocupación continua.

Comenzó como un pequeño asentamiento alrededor del año 7100 a.C., probablemente formado por unas pocas casas de adobe en lo que los investigadores llaman el período Temprano. Creció a su punto máximo en el período medio de 6700 a 6500 a.C., antes de que la población disminuyera rápidamente en el período tardío. Fue abandonado alrededor del año 5950 a.C.

La investigadora Nada Elias excavando un esqueleto de adulto en Çatalhöyük / foto Scott Haddow

La agricultura siempre fue una parte importante de la vida en la comunidad. Los investigadores analizaron evidencias químicas en los huesos y determinaron que los residentes tenían una dieta basada en trigo, cebada y centeno, junto con una variedad de plantas no domesticadas. Las proteínas procedían de ovejas, cabras y animales no domesticados. El ganado doméstico se introdujo en el período tardío, siendo las ovejas el animal más importante en la dieta.

La dieta basada principalmente en cereales ocasionó que algunos residentes pronto desarrollaran caries dental, una de las llamadas enfermedades de la civilización, según Larsen. Los resultados mostraron que entre el 10 y el 13 por ciento de los dientes de los adultos encontrados en el sitio contenían evidencia de caries dentales.

Los cambios a lo largo del tiempo en la forma de las secciones transversales de los huesos de las piernas demostraron que los miembros de la comunidad en el período tardío de Çatalhöyük caminaban significativamente más que los primeros residentes. Eso sugiere que tanto la agricultura como el pastoreo se realizaban a mayor distancia de la comunidad a medida que pasaba el tiempo.

Creemos que la degradación ambiental y el cambio climático obligaron a los miembros de la comunidad a abandonar el asentamiento para dedicarse a la agricultura y encontrar suministros como leña, afirma Larsen, eso contribuyó a la desaparición definitiva de Çatalhöyük.

Reconstrucción de una casa de Çatalhöyük / foto Stipich Béla en Wikimedia Commons

Los hallazgos del nuevo estudio también sugieren que los residentes sufrían de una alta tasa de infección, probablemente debido al hacinamiento y a la mala higiene. Hasta un tercio de los restos del período temprano muestran evidencia de infecciones en los huesos.

Durante su pico de población las viviendas fueron construidas sin espacios entre ellas, con acceso mediante escaleras a los techos de las casas. Las excavaciones mostraron que las paredes y los pisos interiores eran enlucidos muchas veces con arcilla. Y aunque los residentes mantenían generalmente sus pisos libres de escombros, el análisis de las paredes y los pisos de las casas mostró rastros de materia fecal animal y humana.

Las condiciones de hacinamiento en Çatalhöyük también pueden haber contribuido a altos niveles de violencia entre los residentes, según los investigadores. En una muestra de 93 cráneos, más de una cuarta parte -25 individuos- mostraron evidencia de fracturas cicatrizadas. Y 12 de ellos habían sido víctimas más de una vez, con de dos a cinco heridas en un corto período de tiempo. La forma de las lesiones sugiere que fueron causadas por golpes en la cabeza de objetos duros y redondos (bolas de arcilla, también encontradas en el yacimiento).

Más de la mitad de las víctimas eran mujeres (13 mujeres, 10 hombres). Y la mayoría de las heridas estaban en la parte superior o posterior de la cabeza, lo que sugiere que las víctimas no se enfrentaban a sus agresores cuando fueron golpeadas.

Según Larsen encontramos un aumento en las lesiones craneales durante el periodo medio, cuando la población era mayor y más densa.

La mayoría de las personas fueron enterradas en pozos que habían sido excavados en el suelo de las casas, y los investigadores creen que fueron enterrados precisamente bajo las casas en las que vivían. Eso llevó a un hallazgo inesperado: la mayoría de los miembros de un mismo hogar no tenían parentesco biológico.

Los investigadores descubrieron esto al comprobar que los dientes de los individuos enterrados bajo la misma casa no eran tan similares como se esperaría si fueran parientes. Las personas que están emparentadas muestran variaciones similares en las coronas de sus dientes y no lo encontramos en las personas enterradas en las mismas casas, dijo Larsen. De momento, las relaciones entre esas personas siguen siendo un misterio.

Fuentes: Bioarchaeology of Neolithic Çatalhöyük reveals fundamental transitions in health, mobility, and lifestyle in early farmers, Clark Spencer Larsen, Christopher J. Knüsel, Scott D. Haddow, Marin A. Pilloud, Marco Milella, Joshua W. Sadvari, Jessica Pearson, Christopher B. Ruff, Evan M. Garofalo, Emmy Bocaege, Barbara J. Betz, Irene Dori, and Bonnie Glencross. PNAS, doi.org/10.1073/pnas.1904345116 / The Ohio State University