Cuando se puso de moda en Inglaterra tener un ermitaño viviendo en el jardín

Eremita, cuadro de Johann Baptist Theobald Schmitt (1795) / foto dominio público en Wikimedia Commons

¿Cómo empezó la costumbre de los enanos de jardín? ¿Quién tuvo la idea de decorar la zona verde del hogar con estatuillas, algunas incluso policromadas, de esos seres fantásticos? Nunca lo sabremos pero si la original idea ha tenido tanto éxito, hasta el punto de convertirse en una broma recurrente que siempre recordaremos por una escena de la película Full Monty, lo cierto es que se queda en nada al lado de la estrambótica moda que se difundió entre los siglos XVIII y XIX en las fincas de la gente acomodada: en vez de gnomos ponían ermitaños, con la insólita particularidad de que éstos eran auténticos, de carne y hueso.

Seguramente pocos habrán oído hablar de San Francisco de Paula. Era un fraile mendicante, natural de la localidad de Paula (en italiano Paola), situada cerca de Cosenza en la península de Calabria, con un pasado curioso: sus padres llevaban años intentando tener un hijo y sólo lo lograron en 1416, tras encomendarse a San Francisco de Asís, que también intervino milagrosamente para salvarle la visión cuando era un bebé al curarle un ojo enfermo. Por esa razón prometieron vestir al niño con hábito durante un año, cosa que llevaron a cabo cuando cumplió trece, en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Al término de ese período acompañó a sus progenitores en una peregrinación a Asís y Roma, donde quedó escandalizado del lujo de la alta jerarquía eclesiástica.

San Francisco de Paula en un grabado dieciochesco/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tanto que al regresar se instaló en una pequeña cueva que había en la finca familiar, donde vivió como ermitaño un tiempo hasta que se trasladó a otra algo más alejada. Así pasó más de un lustro y en 1435 se le unieron dos compañeros, fundando de esa improvisada forma una nueva orden monástica que se llamó de los Mínimos, cuya divisa era, como se puede deducir por el nombre, una extrema humildad. Fue aprobada en 1470 y en las siguientes décadas tanto los monarcas franceses Luis XI y Carlos VIII como el alemán Maximiliano I y los Reyes Católicos manifestaron interés por crear monasterios de los Mínimos en sus países. El papa Alejandro VI aprobó la primera regla de la orden en 1493 y León X canonizó a Francisco en 1519, doce años después de su muerte.

Ahora bien, lo que nos interesa aquí es la faceta eremita de San Francisco de Paula, ya que algunos autores le consideran el origen de esa moda que decíamos al principio de tener ermitaños en las fincas privadas. Porque a raíz de su estancia en la corte francesa, a la que acudió en 1480 para dar asistencia espiritual a un Luis XI que veía inminente su muerte -como así fue-, tuvo que cumplir la última voluntad del soberano de ser tutor del heredero y, mientras se construía un cenobio para él y los suyos, se instaló en una minúscula capilla que había en el entorno boscoso del Château de Gaillon, el castillo renacentista que era la residencia estival de Georges d’Amboise, arzobispo de Ruan.

El Château de Gaillon en 1658/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y así se sentó un precedente que, dos siglos después, recuperó Luis XIV al mandar hacer un jardín a unos kilómetros al norte de Versalles donde pudiera establecerse un ermitaño llamado Marly. Aunque con lentitud, se iba asentando la tendencia, que eclosionó en la centuria siguiente de forma doblemente paradójica: primero por tratarse del Siglo de las Luces, de manera que coexistiría el afán por la Razón y la Ciencia con el deseo snob de poseer su propio eremita, y segundo porque el país donde realmente recibió impulso la cosa fue Inglaterra.

No se sabe cómo tuvo lugar el desarrollo de ese inaudito episodio, aunque hay quien apunta a la familia Weld, una dinastía que aseguraba remontar sus orígenes al siglo XI y a la persona de Eadric el Salvaje, el cacique anglosajón que lideró la resistencia contra los invasores normandos. Se daba la circunstancia de que los Weld eran fervorosos católicos y habían sido recusados por permanecer fieles al Papa, de acuerdo con el Acta de Supremacía de 1558, la ley que obligaba a asistir a los servicios religiosos de la Iglesia Anglicana so penas varias que incluían desde multas a expropiaciones, pasando por cárcel y, a veces, incluso ejecución. El caso es que esa recalcitrante estirpe habría erigido una ermita en sus tierras de Lulworth (Dorset) para acoger a un ermitaño.

Anacoreta dormido (Joseph-Marie Vien)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, la finca de los Weld no sería la única. Lugares diseñados específicamente como Painshill Park, un parque paisajistico de Cobhan (Surrey) creado entre 1738 y 1773 por el diputado Charles Hamilton, y Hawksone Park, un centenar de acres también realizadas al gusto de la época y ubicadas en Market Drayton (Shropshire, West Midlands), contaban con sus respectivos anacoretas como si se tratasen de un elemento decorativo más, en el primer caso en una minúscula ermita y en el segundo en una gruta que horadaba una colina. Por eso no extraña que en inglés se les llamase también ornamental hermits.

El gran momento llegó en el primer cuarto del siglo XIX, cuando el Romanticismo se impuso como principal movimiento cultural y artístico. Reaccionando contra la serenidad geométrica y racional del Neoclasicismo que había caracterizado las décadas anteriores, el nuevo estilo dejaba atrás la Ilustración y la imitación de la Antigüedad clásica para exaltar la libertad y el sentimiento, sustituyendo la horizontalidad que caracterizaba a los templos griegos y romanos por la verticalidad nervada de las catedrales medievales, y la literatura amable de ambiente cortesano o didáctica por los cuentos de terror, aventuras, leyendas y amores imposibles.

La ermita de Painshill Park/Imagen: Rick Norton y David Allen en Wikimedia Commons

En ese nuevo orden estilístico, la Edad Media pasó a ser la referencia y en el imaginario popular, la religión estaba estrechamente vinculada. Y, claro, poco podía haber más romántico, más extremo, que abandonarlo todo para retirarse y vivir en la pobreza en plena naturaleza. Eso sí, una cosa era practicarlo en persona y otra disponer de alguien que lo hiciera y diera un toque especial, excéntrico y chic, a la finca. Resulta curioso que a veces, hasta cuando no se tenía a mano a un voluntario se habilitaba un rincón como si realmente hubiera alguien: una cueva con una mesa y una silla a la entrada, acaso enriquecido el decorado con un libro, unos lentes y una palmatoria.

Más adelante, eso no bastó y al atrezzo se le incorporaron figurantes contratados ad hoc, con un aspecto personal deliberadamente poco cuidado: pelo, barba y uñas largas, ausencia de higiene, hábito raído… Hay quien considera que se intentaba evocar la imagen típica de los druidas, en ese revival del folklore que trajo el Romanticismo. A menudo se trataba en realidad de campesinos que trabajaban en el predio, a los que se asignaba esa función extra de actuar como ermitaños cuando había fiestas con invitados, con los que hasta podrían interactuar debatiendo de filosofía o religión y ofreciéndoles consejos como si de sabios se tratase.

Dos ermitaños en una cueva (anónimo decimonónico)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por raro que parezca, no faltaron contratos en ese sentido, tal como testimonia la escritora Edith Sitwell en su obra Excéntricos Ingleses, en la que habla de períodos contractuales de siete años durante los que los falsos eremitas debían exhibirse ante las visitas, recibían una comida al día como pago y podían ejercer otras funciones como camareros o trabajar la tierra. El famoso marino Charles Hamilton, que combatió a las órdenes del almirante Hood contra la armada francesa a finales del siglo XVIII y que antes mencionábamos como el impulsor de Painshill Park, tenía un anacoreta en su finca y se conservan en un documento las condiciones pactadas con él, que incluían un pago de setecientas libras (que no cobró porque a las tres semanas se escapó a un pub y fue despedido):

«… se le entregará una Biblia, gafas ópticas, una esterilla para los pies, un cojín como almohada, una clepsidra para saber la hora, agua para beber y comida para la casa. Debe usar una túnica de color camello y nunca, bajo ninguna circunstancia, debe cortarse el cabello, la barba o las uñas, desviarse más allá de los límites del terreno del Sr. Hamilton o intercambiar una sola palabra con la servidumbre».

En otros casos pasaba a la inversa y se publicaban anuncios en prensa de personas que ofrecían sus servicios como anacoreta. También de eso hay documentos, como un recorte del periódico Courier fechado el 11 de enero de 1810, en el que se lee textualmente:

«Un joven que desea retirarse del mundo y vivir como ermitaño en algún lugar conveniente de Inglaterra está dispuesto a comprometerse con cualquier noble o caballero que pudiera estar deseoso de tener uno. Cualquier carta dirigida a S. Laurence (postpago), que se dejará en el número 6 de Coleman Lane, Plymouth del Sr. Otton, mencionando qué propina se dará y todos los demás detalles, se atenderá debidamente».

En fín, la moda de los ermitaños ornamentales se mantuvo aproximadamente hasta que empezó a decaer pasado el primer cuarto del siglo XIX por los nuevos conceptos paisajísticos para los parques. A mediados desapareció porque se impuso una nueva moda importada de Alemania ¿Adivinan cuál? En efecto, los enanos de jardín.


Fuentes: English eccentrics and eccentricities (John Timbs)/The Hermit in the Garden: From Imperial Rome to Ornamental Gnome (Gordon Campbell)/Excéntricos ingleses (Edith Sitwell)/Wikipedia